Terror en la noche, (final)

El Arca de Luis Por
La casa se había transformado en una pesadilla, de la cual nosotros éramos sus protagonistas principales.
Noche-de-terror-final-
- Terror en la noche. Composición fotográfica: Luis Garcia Orihuela

Posdata Digital Press | Argentina

Luis Gracia OrihuelaPor Luis García Orihuela | Dibujante | Escritor




TERROR EN LA NOCHE (FINAL)

 Primera parte: terror-en-la-noche-

Tan solo habían transcurrido unos pocos minutos y nuestro desmoronado mundo se había vuelto loco. La casa se había transformado en una pesadilla, de la cual nosotros éramos sus protagonistas principales. Llegamos al final de la escalera y descubrimos de dónde provenía el ruido que habíamos escuchado desde arriba. En la cocina se encontraba Poppy, el oso de mi hermana. Aquel oso azul estaba destrozando todo a su paso y comiendo cuanto encontraba cerca. Su hambre parecía no tener fin. Por el suelo se encontraban esparcidos restos de comida y de loza rota, a modo de alfombra surrealista. Nos detuvimos sin saber que hacer. Estábamos en la planta baja, pero era como si no hubiéramos avanzado nada. En la parte de arriba la niebla avanzaba ominosa hacia nosotros, descendiendo lenta y silenciosa, pero de manera inexorable.

 Estábamos sitiados y sin saber qué hacer. La niebla parecía tener vida propia y buscarnos de seguro para nada bueno. Solo de mirarla se me puso la piel de gallina. Por otro lado, el oso nos cerraba el paso hasta la salida, y afuera era un misterio, lo que podíamos encontrar. No quise pensar en ello. La pelota seguía botando y rompiendo los ventanales con gran estrépito. El oso había dejado de comer y estaba quieto. Levantó su cabeza y la que antes fuera su graciosa nariz marrón se movió y comenzó a oler el aire. Nos había detectado. Su rugido rompió las cadenas imaginarias que nos retenían agazapados al pie de la escalera. Tiré con fuerza de Lucy hacia la calle. Estaba agarrotada. Sus brazos eran como ramas rígidas y resecas de un árbol milenario. Estábamos ya junto a la puerta, pero aún quedaba descorrer los cerrojos que mi padre echaba todas las noches, antes de acostarnos. No le dije nada a mi hermana, pero no creí me diera tiempo a abrir antes de que llegase su oso junto a nosotros. Pero lo intenté. Tenía que intentarlo. Solté la mano de Lucy y tiré con fuerza. «Mira» Dijo mi hermana con una voz apenas audible. Reconocí el sonido que se escuchaba. Era mi helicóptero militar. Sin soltar el pestillo ni dejar de hacer fuerza para descorrerlo, miré por el rabillo del ojo la escena a la que nos enfrentábamos. El helicóptero lanzó una ráfaga hacia el oso que le impactó en el pecho. Aunque solo pareció contenerlo de forma momentánea y encolerizarlo todavía más de ser ello posible. Varios comandos saltaron sobre la cabeza del oso disparándole con sus armas automáticas a quemarropa. Por el suelo mientras tanto habían avanzado en formación el resto de mis soldados. ¡Nos están defendiendo! ¡Por fin una buena noticia! Me recriminé de no haber pedido a Santa Claus el año pasado «Los Vengadores».

El sonido del cerrojo al abrirse hizo que volviera a la realidad. La pesada puerta de la calle estaba abierta y podíamos escapar de aquella pesadilla que estábamos viviendo. Afuera llovía en silencio y hasta donde pude ver gracias a la luna, la niebla no había llegado al exterior. Corrimos hacia los árboles en busca de refugio y protección. La pelota de pronto cayó ante nosotros y desapareció hacia la casa con gran fuerza. La seguimos con la mirada. Sobre la casa, a escasos metros del techo, vimos algo que emitía la luz blanca que lo inundaba todo. Aquello parecía tan grande como nuestra casa, puede que incluso más, y se adivinaba una forma muy parecida a la de los platillos volantes de los cómics, pero no se la veía bien. El sonido que emitía era distinto a cualquier otro de este mundo. La lluvia caía sin violencia, pausada y placentera.

Parecía que aquella nave no se veía afectada por nada. Se mantenía flotando como suspendida por cables invisibles a nuestros ojos.

Corrimos todo lo rápido que pudimos y finalmente llegamos a la arbolada que estaba a pocos metros frente la casa. Sus árboles grandes y frondosos, de troncos recios y anchos se nos antojaban un lugar seguro y a cubierto de la lluvia. Escondidos tras ellos, y con la respiración todavía alterada por la carrera, vimos entonces la casa en todo su conjunto. Los ventanales están destrozados por la pelota. No hay uno que no haya sido golpeado en alguno de sus múltiples botes. Ya no la oímos botar, pero imaginamos ha de seguir por dentro de la casa rompiéndolo todo con cada uno de sus rebotes. Desde la ventana de mi cuarto vi salir al exterior el helicóptero. También llevaba las luces encendidas, cosa inexplicable, ya que hacía mucho tiempo que habían dejado de funcionar sus baterías y se habían oxidado, estando puestas. El helicóptero se elevó hacia la aeronave. Por alguna razón que desconocíamos, la niebla se filtró fuera de la casa. Parecía diluirse ante la presencia de aquella luz, hasta terminar de desaparecer por completo. Quizás la lluvia al mojarla le causó ese efecto. De pronto escuchamos dos disparos que venían de la casa. ¿Papá? ¿Se han despertado por fin y conseguido salir de la habitación en nuestro rescate? Estábamos empapados y sin saber qué hacer. Presté atención para intentar escuchar entre el sonido de la tormenta, si se oían las voces de nuestros padres. Pero no se oía nada. Pensé que la niebla debía de haber reptado hasta las escopetas de caza, y había dado vida a las armas de papá, o al menos animado, tal como había sucedido con Poppy, los soldados y el helicóptero. Por alguna razón, que seguro un adulto tampoco podría comprender, aquella niebla conseguía animar mediante su contacto, todo aquello cuyo estado natural era ser inanimado. Aunque con diferentes resultados. Si bien el oso azul, como peluche inspiraba cariño y comprensión, había pasado a ser un animal vivo agresivo y dañino. En tanto que todo lo militar se había convertido en destructivo y amenazante. Un elemento de defensa, hacia nosotros.

El helicóptero llegó a la altura de la aeronave y la sobrevoló dándole vueltas. Quizás buscando un resquicio por dónde abordarla. En su interior iban dos de mis soldados de plástico favoritos con su uniforme de invierno.

 Abstraído como estaba, me sorprendió el sonido de la sirena de un coche de policía, de los de verdad. Subía la cuesta hacia nuestra casa a gran velocidad. Pero de pronto se detuvo en seco y sus luces se apagaron. Mi hermana se soltó de mi mano aprovechando que la agarraba ya sin fuerza. No dijo nada, ni tan siquiera le llamó la atención la sirena del coche patrulla de la policía. Al pensarlo ahora, creo que desde que bajamos y vimos a Poppy en la cocina, no abrió la boca para decir nada. De pronto se movió con inusitada celeridad, alejándose de mi en dirección a la explanada. Y la luz se desplazó hacia su encuentro. Lucy se detuvo al llegar al medio de la planicie. La llamé sin que me hiciese caso: ¡Lucy! ¡Lucy!¡regresa! ¡Vuelve aquí!. Pero fue en vano. Parecía no oírme, o le era indiferente que la estuviese llamando. Corrí hacia ella todo lo rápido que pude.

 Entonces pude ver claramente la nave. Era de forma triangular, con una luz intensa en cada uno de sus extremos. Desde su centro se abría una compuerta que emitía un haz de luz mucho más intenso y ancho, aunque sin llegar a dañar los ojos. Como si fuera una gran linterna iluminó a Lucy que aguardaba sin hacer gesto alguno. Se giró y me miró. Sonrió y me dijo adiós con la mano. Algo invisible, como un muro de fuerza, me impedía avanzar y llegar a mi hermana.

De pronto la luz aumentó en intensidad, como miles de soles juntos y desapareció sin más. Mi hermana ya no estaba. Escuché a los policías que llegaban corriendo hacia nuestra posición. La nave se elevó ante mi presencia, y ante aquel muro invisible que me impedía avanzar hacia Lucy.  Pude sentir ya no estaba. La nave desapareció en la noche de la misma manera que la tormenta. Ya no llovía. El helicóptero había aterrizado y había quedado quieto, inanimado como su esencia. Cuando llegaron a mi lado los dos policías solo se escucharon los últimos botes de la pelota dentro de la casa.


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