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Bob, el espantapájaro

Cuento infantil inédito.- Pocas veces se tiene el privilegio de zambullirse (siendo adultos) en un mundo de niños. El autor lo logra, y con creces.

El Arca de Luis Luis García Orihuela
Espantapájaros-posdata digital press
Ilustración: Luis García Orihuela

 Posdata Digital Press | Argentina

Luis García OrihuelaPor Luis Garcia Orihuela | Esritor | Poeta | Dibujante

  —¡Abuelo, abuelo! —gritaron al unísono el niño y la niña mientras corrían dirigiéndose hacia donde se encontraba su abuelo sentado. El abuelo se despertó sobresaltado a causa de los estridentes gritos que proferían sus nietos, María y Pablo. Sonrió satisfecho al volver en sí y descubrir allí a sus nietos  favoritos y más queridos. —¡Abuelo! Cuéntanos un cuento —dijo María, la más mayor de los dos, mientras le zarandeaba agarrándole por los brazos. —¡Eso, eso! Porfiii —exclamó Pablo llegando donde su hermana. —¡Vamos, abuelo! —insistió María, poniéndole la voz mas suave y dulce que fue capaz. —Está bien, niños… —asintió condescendiente y mostrando una amorosa sonrisa— pero dejar de estirarme de la camisa, o al final me la vais a romper de tanto zarandearme. 

  El abuelo, al que todo el mundo en el pueblo le llamaba Don Anselmo, se levantó de dónde estaba; no sin cierto esfuerzo a causa de los años. Cómo él siempre decía a quién gustase de escucharle, las manías no las curaban los médicos, y él era de los de hacer la siesta todas las tardes después de comer. Así hacía todos los días como era su costumbre, dejándose caer debajo del árbol más grande del terreno de la casa; un gran algarrobo de ancho tronco y recias ramas, a cuyo pie dormía y en dónde el aire al pasar refrescaba todas las tardes su placentero rostro y merecido descanso. Desde aquella posición en la que echaba la siesta, podía contemplar la belleza de toda la extensión del terreno y vigilar lo que había sembrado. Aquellas tierras se habían portado bien con él y con su familia, y les estaba increíblemente agradecido por ello. Desentumeció las piernas al levantarse, dándose con las palmas de las manos abiertas sobre los camales del pantalón. Acto seguido estiró los brazos con los dedos entrelazados, dejando oír un pequeño chasquido de los huesos al forzar los nudillos de los dedos. Se bajó un poco el ala del sombrero de paja para evitar le diera en los ojos el sol que ya se escondía por el horizonte. Extasiado. contempló lo crecido que estaba ya el trigo. Aquella iba a ser una buena siembra, sería un buen año sin la menor duda. Al fondo, a contraluz, pudo distinguir cómo una media docena de pájaros se posaban en los rectilíneos y escuálidos brazos del espantapájaros. Sonrió.

 —Veréis, lo que os voy a contar, no es un cuento.

 —¿No? ¡Ohhh! —exclamaron  los dos hermanos entristecidos al pensar sería alguna batallita del abuelo.

 —No, es mucho mejor que un cuento. Muchísimo mejor. Ocurrió de verdad. Y además aquí mismo  —explicó Anselmo acercándose a los niños al oído y diciéndoselo en voz muy baja, poniendo la mano junto a su boca como se hace cuando se confiesa un secreto muy importante y no quieres que nadie más pueda oírlo.

 —¡Guauuu! — Exclamaron María y Pablo a la vez— ¡Cuenta, cuenta, abuelo! —Estaban entusiasmados, se miraban entre ellos como compartiendo una muda complicidad. Los cuentos del abuelo siempre eran especiales y les encantaban, pero una historia que fuera mucho mejor que un cuento ¿Qué historia sería la que decía el abuelo de forma tan misteriosa? De seguro abría de ser una historia fantástica. Todas las del abuelo lo eran.

 —Dejad que me acomode —dijo sentándose en un tronco cercano y estirándose su blanca barba como si pensara la mejor manera de comenzar su relato fantástico— Luego, con los dos niños sentados a los lados y los rostros radiantes de felicidad, comenzó su historia.

 —Veréis, hace años atrás…

 —Pero abuelo, se dice “Érase una vez…” —interrumpió María toda orgullosa de saber dicho dato.

 —Cierto, cierto. Es verdad —contestó Don Anselmo a su nieta conteniendo la risa— Empiezo pues de nuevo.

 —Érase una vez dos familias que tenían los terrenos de labranza colindantes entre si, es decir, uno al lado del otro. Estaban divididas sus parcelas por estacas de madera clavadas al suelo y unidas entre si por alambre de espino. Cada familia para evitar que los pájaros se comiesen las siembras, decidieron poner un espantapájaros en su terreno que los ahuyentase del campo de maíz. A uno le pusieron el nombre de Bob, y al otro el de Trak.

 Don Anselmo hizo un alto en su relato. No estaba cansado, pero quiso crear interés en los niños con su silencio. Tomó una brizna de hierba del suelo y se la llevó a la comisura de la boca. Miró a las nubes que en aquel momento adoptaban formas de rollizos borreguitos.

 —¿Y sabéis lo que pasó?

 —Nooo —dijeron María y Pablo abriendo mucho los ojos.

 —¿Qué pasó, abuelo? —dijo María acercándose más al tronco em el que estaba sentado su abuelo.

 —¿Les cayó un rayo y los quemó? —soltó Pablo todo orgulloso de su idea.

 —Veréis, lo siguiente que pasó, según dijeron en el pueblo, fue cosa de magia. Pero eso fue después de que pasara lo que pasó.

 —Ohh… ¡Magia! —dijo María, mientras su hermano se llevaba el dedo índice a los labios para indicarle guardase silencio.

 —Shhhh, shhhh. Calla.

 Anselmo, resignado y acostumbrado de otras veces a ser interrumpido, no dijo nada, y continuó como si nada. Una de las nubes borreguito se desplazó seguida de otra más pequeña, que parecía un hijito.

 —Veréis, niños. Ocurrió que para asegurarse de que el espantapájaros asustase a los hambrientos gorrioncillos, una de las familias encargó al mejor carpintero del pueblo la construcción de un muñeco gigantesco. Tan grande que con su sola presencia diera miedo. Medía, según algunos, algo más de dos metros y para su realización se había empleado restos de las mejores y más nobles maderas: robles, fresno, nogal. No quisieron escatimar en gastos y para que aparentase  mas realismo le añadieron a los extremos, de lo que hacía las veces de brazos, unas manos cuyos dedos estaban articulados, aunque bastante toscos en su acabado.

  —Abuelo, Qué es toscos? -preguntó Pablo confundido por aquella palabra— Es extraña. Nunca antes la oí.

 —Ni yo  —dijo María uniéndose a la consulta de su hermano.

 —Bueno... veamos. Pues que las manos, igual que las nuestras, tenían cinco dedos, pero poco más. El parecido con unas manos reales, como las mías o las vuestras, terminaba ahí. Cierto es que el carpintero creó los dedos con sus pertinentes articulaciones y una cierta maestría. Igualmente —continuó— creó un rostro hecho también de madera. Aunque a decir verdad, el rostro que hizo no fue demasiado afortunado en sus rasgos. Según cuentan, era una cabeza bastante terrorífica,  aunque también es verdad que pudo hacerla precisamente con ese propósito para espantar a las aves que se acercaran al maíz. En cualquier caso, ocurrió que una vez tuvieron el espantapájaros terminado y puesto en el mismo centro del maizal, decidieron vestirlo para salvaguardar su estructura de madera de las inclemencias del tiempo,  a la vez que para darle una apariencia que asustase aún más a los pájaros de ser ello posible.

 —¿Y que hicieron, abuelo? —Preguntó María acercándose un poco más para oírle mejor.

 —¿Hicieron magia? —Consultó Pablo muy emocionado.

 —No. Todavía no hay magia… hay que tener paciencia, niños. Ya llegará la magia en su momento oportuno. No os impacientéis.

 El abuelo de Pablo y María no se molestó por la interrupción de los nietos. Estaba acostumbrado a que le ocurriera cada vez que les contaba un cuento.

 —Lo que hicieron fue ponerle un sombrero negro muy alto, y debajo de él mucha paja para hacer las veces de una melena y luego añadirle un gran pico en el sitio que correspondería a la nariz. El resto fue un grueso abrigo que el dueño hacía años no se ponía por estar apolillado y con agujeros, y unos duros pantalones de labranza cubriéndole lo que serían las piernas. Con aquel aspecto tan impresionante los pájaros cuando se acercaban volando se asustaban mucho al verle y se marchaban volando bien lejos.

 —¡Claro! Debía de dar mucho miedo vestido de esa manera —comentó María. Yo de los pájaros iría a comer por la noche, Así no le verían y no se asustarían.

 El abuelo sonrió ante la idea de la nieta. En verdad que era una niña muy lista.

 —Pero ¿sabes que pasa? Que de noche los pájaros duermen como hacemos nosotros.

 —¡Bah! Pero podrían coger el maíz y guardarlo para el día siguiente —Dijo Pablo todo orgulloso de su idea.

 —¡Ay, estos niños! Así no terminaremos nunca y anochecerá pronto. Y vosotros debéis cenar e ir a la cama. Bueno, prosigo de nuevo. La otra familia, viendo lo que había hecho esta, no quiso ser menos, y acercándose al pueblo buscaron al trapero.

 —¿Al trapero? —dijeron los dos hermanos al mismo tiempo.

 —Así es. El trapero tenía una tienda en la que vendía a precios muy baratos todo lo que iba encontrando por las calles y que le regalaban los vecinos cuando algo ya no lo querían o no les servía. A veces eran cosas que funcionaban perfectamente, pero que se habían quedado anticuadas y sus dueños cansados de ellas se las regalaban a cambio de que las recogiese en sus casas y así deshacerse de ellas.

 —¿Y que le pidieron al trapero, abuelo? —preguntó María toda impaciente.

 —Pues veréis. Le preguntaron si disponía de alguna ropa con la que vestir a su espantapájaros, y efectivamente les ofreció una con la que hacerlo. Les dijo, “Miren ustedes, tan solo tengo esta capa que aquí ven. Está algo viejita, pero es de buen paño. ¿Y saben qué? Esta capa —dijo tomándola de la percha entre sus manos— La compré a unos gitanos que pasaron con su caravana por el pueblo. El más viejo de todos, me contó que había pertenecido a un mago muy poderoso, el cual la había dejado tiempo atrás como prenda a cambio de comer con ellos durante todo el trayecto que les acompañara. Dijo era una capa mágica.

 —¡Siii! ¡Por fin la magia! —Saltó jubiloso Pablo de su asiento. 

 —Así es. Cuando la familia salió de la tienda del trapero, lo hizo llevando la pesada capa envuelta con hojas de papel de periódico. Aunque la capa no fuera cierta la historia contada por el trapero, estaban más que  satisfechos con su compra, ya que les había cobrado a precio de ganga, como decís vosotros, tirada de precio. Al regresar a la casa, el dueño de Bob el espantapájaros la desenvolvió con presteza. Quería ponérsela a Bob cuanto antes para ver como lucía con ella, y eso iba a hacer, cuando de repente… ¿sabéis lo que pasó? —preguntó dirigiendo sus ojos hacia donde se encontraban los niños.

 —¿Queee, queee? —dijeron los dos hermanos atropellándose para ser los primeros en preguntarle.

 —Pues ocurrió que de repente sintió el impulso infantil de ponérsela, de probársela frente al espejo de cuerpo entero que tenía en la puerta del armario del dormitorio. Y fue pensado y hecho. En el mismo momento en que terminaba de lazar a su cuello la capa, vio como ésta se tornaba brillante toda ella, tanto que apenas se distinguía su color negro. Los rotos que antes tenía se cerraron, como si una aguja invisible los tejiese con gran maestría y presteza. Fue entonces cuando sintió que de alguna manera la capa siempre formaría parte de él, y él de ella. Entonces supo lo que tenía que hacer. Se sintió fuerte, poderoso como nunca antes lo hubiese sido, a la par de valiente y audaz. En esas estaba cuando con paso firme y decido se dirigió al maizal, y llegando ante el espantapájaros le tocó con su mano diestra en el lugar que correspondería con el hombro izquierdo. Al volver a tocarlo, el espantapájaros comenzó como a temblar. Primero levemente y luego de una forma más notoria. Los dos grandes botones que tenía cosidos a modo de ojos se plegaron a su vez por el centro, como si parpadease, y luego la línea bajo su nariz que hacía las veces de boca se curvó por sus extremos, formando una simpática sonrisa. Entonces el hombre hablándole con una lengua extraña, que recordaba el canto de los pájaros y el susurro del viento. Le dio unas instrucciones, y el  espantapájaros asintió con un leve movimiento de cabeza. La capa refulgió en ese instante, brilló inundando con su resplandor la inmensa cosecha. Luego aquella luz que no dañaba a los ojos se extinguió en décimas de segundo, pero algo ocurrió…

 Pablo y María estaban que ya no podían más. Si hubiera sido la noche de Reyes, no habrían estado más nerviosos. Así era como se sentían escuchando el relato de su abuelo.

 —¿Qué pasó, abuelo? —        Quiso saber María sin poder contenerse por más tiempo. 

 —¿Qué ocurrió? Consultó Pablo a su vez todo nervioso y expectante.

 —¿Y que instrucciones le dio, abuelo? —preguntó María.

 —Se está haciendo de noche —apremió Pablo con voz temerosa.

 —Bueno, ya termino. —dijo el abuelo. Veréis, era una tarde como esta, y el sol aquel día se puso pronto. Y entonces ya siendo noche cerrada, y todos dormidos a cubierto en sus casas, el espantapájaros pareció cobrar vida. Doblándose por la cintura apoyó sus manos en el suelo como si fuese a dar una voltereta, y presionando con fuerza con ellas consiguió  sacar sus piernas de madera del terreno en el que se encontraban aprisionadas.

 —Wuauuuu.! La magia, ¿verdad abuelo? -dijo Pablo todo emocionado.

 —Así es. La magia. Y sin apenas hacer ruido, se dirigió al maizal colindante, llegando ante la presencia del gigante e imponente Trak. Todo era silencio y no había allí tampoco nadie despierto a aquellas horas, pero la historia cuenta que al poco de regresar Bob a su campo, Trak había ardido y quedado desfigurado. Su amenazadora y desafiante nariz había sucumbido ante unas llamas que lo habían cubierto por completo. Las manos habían perdido sus dedos articulados a causa del inexplicable fuego, y el sombrero había sido devorado por las llamas, dejando al descubierto la cabeza ennegrecida y gravemente dañada.

 —¿Y Bob no se quemó también, abuelo?

 —No, María. Bob estaba protegido por la magia de la capa. Una vez hubo cumplido con su cometido, regresó a su sitio para seguir protegiendo el maizal de las alimañas.

 —¿Y como...? —esta vez fue Pablo quien comenzó a hablar siendo interrumpido por su abuelo.

 —Cómo logró afianzarse al suelo?

 —Siiii, siii  —gritaron los niños.

 —Lo hizo tomando impulso y dando un gran salto. Al caer, sus piernas de madera entraron en la tierra con facilidad. Y ahora niños a cenar y a dormir. No os entretengáis. Se está poniendo que parece vaya a llover. —dijo mirando a las nubes que cubrían el cielo nocturno. Adelantaros vosotros a la casa, que a mí me cuesta más. Yo iré en breve.

 María y Pablo, obedientes, corrieron a la casa, felices por la historia que habían oído por boca de su abuelo. No vieron, sin embargo, como su abuelo Anselmo sacaba de un hueco del árbol una vieja capa negra y ésta se iluminaba al contacto con sus manos. A lo lejos, el espantapájaros hizo una reverencia a modo de saludo y volvió a quedarse inmóvil.

 Al día siguiente los pajarillos irían nuevamente a jugar con él.

 

 

 

 

 

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