Los amores de Laura 3 (o el amor que soy)

Sin ojos que los miren Por Juan Botana
Tercera entrega de: Los amores de Laura.

1538045550_978943_1538047121_album_normalCréditos:SAUL LEITER/ ESTATE FOR IMAGES

POSDATA Digital Press | Argentina

Lic Juan Botana Por Juan Botana | Lic. en comunicación | Escritor

—¿Desde cuándo estás haciendo estas cosas Laura…? Si la nena no está con vos. No está con vos. 

—¿Cómo que no? La perdí, entonces… la perdí. Como un manojo de rubíes coagulados por el sol la perdí.

—(…)

—¡Vamos a buscarla…! 

—¿A dónde…?

—¡Vamos…!

—Paraaá, ¿a dónde vas? No la perdiste, Laura. 

—¡Perdoname, Emilia, por favor, perdoname! 

—No tengo nada que perdonarte. ¿Qué?

—(…)

—¡Mirame, Laura! La nena no está con vos, nunca la trajiste a la plaza. 

—¿No te acordás? 

—No, no me acuerdo. Es que estaba muy nerviosa cuando fui a la casa de tu mamá a buscarla para traerla a la plaza, que el rasguño del paisaje me corrió el maquillaje. Y vos me podés creer, que tengo tanta mala suerte, que tu vieja se la llevó a comprar al súper, que no me acuerdo. 

No sé porque me hizo esto tu mamá. ¡Qué guacha! Si le pedí especialmente que me esperara, que yo iba a ir hoy a buscarla a eso de las 3, que estaba demorada, que la necesitaba esta vez, porque se la quería presentar a alguien muy importante para mí. La perdí entonces… la perdí. 

—No, no la perdiste, Lau. Sofía está con mi mamá lo más bien. 

—¡La perdí!

—(…)

—Y veo pasar las nubes tratando de recordar su perfil dorado en esos algodones blancos que deshilacha el viento. Porque empezó a refrescar. ¿O soy yo que tengo chuchos de frío? No sé.

—¿Qué perdiste? 

—La última oportunidad que tenía de encontrarme de nuevo con Matías. Si le mandé un mensaje con una carta recordándole nuestra historia para que viniera, y hasta me clavó un visto y todo. Y él nunca me hace eso. 

Por eso, qué sé yo, pensé, que a diferencia de las otras, ésta vez iba a venir, si hasta lo imaginé llegando bajo la lluvia lila de jacarandás, estirando la tarde húmeda, otoña del parque, y me mandé corriendo a lo de tu vieja para buscar a Sofi, porque quería que me viera con la nena. Para que se retorciera pensando que teníamos una hija. Que sacara cuentas, que repasara las fechas, y que llegara a la conclusión que podía ser suya.

Si hace un rato ya largo que frente a mis ojos lo veo continuamente venir, aunque sea por reflejo.

—Pero, Lau, ponele, en el caso de que fuera así, que viniera a la plaza y se creyera esta historia… ¿Cuánto tiempo crees que podrías sostener una mentira como esta? Minutos, días, horas, segundos ¿Cuánto? Además, yo que él me enojaría muchísimo si fuera así realmente y no me lo dijiste. 

—Puede ser, que sé yo, no sé, no importa, lo que sea. Lo que sea quería. Un instante al menos que prolongara la gota catarata de lo que quede pendiente de nuestro frágil amor. Si es que queda algo. Y yo creo que sí. Porque él nunca se volvió a enamorar. 

—(…)

—No sé, quería verlo, con mis ojos grandes oscuros de sombra a punto de llorar. 

—(…)

—Eso quería. No sé, aunque sea eso.

—(…)

—-Pero a lo mejor no viene él, y lo que hace es mandar a un emisario. A alguien… A uno de sus tantos amigos. Qué sé yo. Y si me viera con Sofía iría corriendo a contárselo. Y ahí sí, la duda no lo dejaría dormir por las noches. Como a mí, desde que él me dejó, y éste cuento duraría un poco más. ¿Quién sabe? 

¿O me llamaría? O a lo mejor lo haría después. Si le deje escrito mi teléfono nuevo en la carta con el deseo irrefrenable de gustarle intacto. Si hace un mes recién que me animé a mandarle mensajes por privado desde que lo encontré en el facebook, y si no hubiera querido saber nada de mí, ni que le escribiera, ni nada, no me habría aceptado. Si sabía muy bien que iba a hacerlo. 

Aunque para mí, este face al que le escribo es trucho, y seguro tiene otro, donde se lo ve tan contento con la novia y sin tantos amigos. Si es que tiene novia. Qué sé yo. Porque para mí que él tampoco se volvió a enamorar. 

—(…)

—Porque por más que quiera nunca va a sentir por otra lo que sintió conmigo. Lo decían sus ojos la última vez que estuvimos juntos. Y en eso siempre fue transparente.

 ¡Ufff!! ¿Cómo contarte todo lo que pasó? Bueno, más o menos todo surgió así: A decir verdad, no estábamos bien. Era la verdad. Pero yo lo quería mucho, así que estaba poniendo lo mejor de mí para remontar la situación. 

Un mes antes de cortar me insistió para ir a comer a mi casa, y me pidió que mi viejo le hiciera el asado de “bienvenida a la familia” tal como le había prometido el día que los presenté y que lo saludó desafiante con la mano extendida sin bajarse del auto. Lo hicimos. Siempre hacíamos lo que él quería. Tal vez por la belleza de sus ojos verde mar, que durmieron mi playa, desde que lo conocí en San Bernardo.

Otro día, me llevó a un bar por Martínez con sus mejores amigos y sus novias,  para que las conociera, supongo, y no me soltó la mano en ningún momento. Era sólo ojos y sonrisa cuando lo veía. Y pelo…, casi siempre suelto para que él me dijera lo linda que era. Nos reímos mucho…tanto, aquella noche, que mi sonrisa se quedó estampada en los vidrios de los vasos y en las servilletas a cuadros de las mesas redondas. Le contó a sus amigos que se quería ir un fin de semana largo de viaje conmigo, a no sé bien qué lugar. Aunque el lugar no importaba (cosa rara porque la propuesta se la había hecho yo, unas pocas semanas antes, y él se hizo el desentendido cuando se lo dije, pero ahora con los amigos enfrente contaba otra historia). De paso, como yo recién arrancaba a manejar y quería practicar había puesto el auto de mi viejo a disposición para ir a aquel bar. Así que cuando todo terminó lo llevé hasta su casa, me invitó a pasar y ya no me dio la mano como lo hacía antes, en ningún momento… al rato me fui porque sentí que no me necesitaba más ahí con él. 

Pero todavía me quedaban ganas para soñar otras noches como esa, en que me regaló el cielo celeste iluminado de sus ojos, y me dispuse a recuperar las flores ajadas como una foto que se vuelve eterna lavada por la lluvia triste de su despedida.

 —¡Lauu, la historia ya la conozco! Y además me la contaste mil veces. Pero pasaron casi 4 años y hasta la lluvia de entonces dejó de ser poética. ¿No te parece?

—¡Y si te la conté mil veces que te cuesta escucharla una vez más! Si siempre le agrego algo. Si un poco cambio las cosas.

—(…)

 Arrancaban las fechas de finales y los dos teníamos mucho para estudiar. Demasiado para mi gusto. Nunca me gustó estudiar tanto. ¡Pero con él todo era tan lindo! Así que aprovechábamos para hacerlo juntos y de paso cañazo matábamos dos pájaros de un tiro. Nos veíamos y estudiábamos. A veces lo hacíamos en su casa y otras veces en la mía. 

Una tarde de esas, en las que el aire se endulza para limpiar el cielo, entre horas de estudio a Mati se le escapó un “te amo”, cosa rara porque él siempre me decía “te quiero”. Pero conociéndolo y sabiendo que no te iba a decir algo que realmente no sintiera, ese “te amo” me lleno de amor. 

Entrecerrando los ojos me parece verlo. Sentirlo. Casi por oler el perfume durazno de aquella propuesta. Y a veces hasta me cuesta un poco. Y en ese amor primavero dejamos volar los libros sudando el miedo previo a la desnudez temprana, contando despacio los eternos segundos hasta que suceda. Y entre horas y horas de quemarnos las pestañas por fin me lo dijo: que no podía estudiar más teniéndome a su lado. ¿A qué distancia?, le pregunté. A quince centímetros. Tan cerca, tan claro. Que le gustaba tanto que sólo pensaba en lo linda que era y me pedía de nuevo que me soltara el cabello, que no se podía concentrar. Y yo le hice caso, si me pasaba lo mismo.

Que mandemos al diablo tanto apunte gastado por el cansancio reojo de no me esperes ni un poco que no aguanto más. Que tenía ganas de abrazarme, de llenarme de besos, de comerme la boca, marchitando las rosas que acabarían en el jardín sobre la ventana de sueños que alfombraba la tarde, y que termináramos juntos en el vuelo relámpago de su habitación. Y otra vez los libros, no me preguntes por dónde quedaron, entre tanto beso derramado, suspiro agitado que dio el corazón. Arrebatados, irrepetibles, únicos, soltados al aire dulce inolvidable de otro tiempo. Difíciles de recuperar, pero aún tibios fuego en la boca nostalgia de mi desconsuelo.

—¡¡¡Laauura!!! No llores.

—Eso ahora no importa. 

—(…)

-Vos escuchame, Emilia.

-(…)

—Por favor…

 

Ese mismo día, su hermana me había invitado, nada más y nada menos que a su casamiento, porque quería sin falta que estuviera en su boda como parte de la familia. Y así pensaba entonces presentarme en la fiesta, cuando al pasar ese momento el esplendor de mis perlas se volvieran cultivadas en las alas barrocas de una nueva mujer, y me aclaró varias veces que aunque Mati se fuera de viaje por trabajo como anticipadamente tenía previsto, yo fuera igual (Matías trabajaba en una empresa multinacional y a menudo lo mandaban a hacer presentaciones al exterior y esa vez por ningún motivo podía negarse).

Al final no fui, nos peleamos antes.

—Ya sé, Lau. Ya sé.

Un martes, no me olvido más, rendí Química General e Inorgánica (estudiaba Bioquímica) y no me fueron para nada fáciles los exámenes. Por lo que salí para la mierda de la clase. Así que no tenía ganas de darle explicaciones a nadie y mucho menos a Matías, que estaba a punto de recibirse de Ingeniero Industrial y que ya trabajaba exitosamente en lo suyo, que a su novia siete años más chica, que recién arrancaba la carrera, le había ido mal. Pero como era lógico me llamó para preguntarme cómo me había ido y no me quedó otra que decirle la verdad, que no me había ido todo lo bien que hubiera querido. ¿Pero qué importaba? Si yo ya estaba de vacaciones y Mati ya casi. Le faltaba rendir el viernes y lo tenía de nuevo todo para mí. Y podíamos entonces ir a pasear al Tigre como me había prometido. 

 —¡No llores más, Laura!

—No puedo evitarlo. Es que tengo la voz tomada, como si de un momento a otro algo quisiera borrarme de un plumazo el recuerdo. 

 Llegó  el viernes a la noche y Matías se presentó a rendir, y para variar le fue re-que-te-bien… Para mí era el mejor, por lo que no dudé ni un segundo que le iría excelente. Era lindo, rubio, alto, inteligente, seguro de sus actos, sereno, tenía ojos claros y nariz respingada más bien grande como a mí me gusta. 

Al finalizar de rendir me llama y me cuenta que estaba contento. Le dije que yo también, mucho, sobre todo por él. Y no terminé de soñar que nos íbamos a ver para festejar su 9,50, que ahí mismo me clavó el anzuelo. No empecé a cambiarme para ir a verlo, que me paró después, diciéndome que se iba a tomar algo con unos amigos de la facu supongo. Ni me dio tiempo a secarme el cabello ni a soltarme el pelo como hubiera querido, cuando con voz de novia copada atiné sólo a un “bien merecido tenés el festejo”, “aprovechá ahora que estás libre y podés”, que ya habrá otras noches para vernos de nuevo.

Dejándome abandonada, ahogándome en un mar de llanto y aromas de cristal soplados por una copa vacía antes de brindar, frotada por más de mil veces, que no tuvo festejo. 

—¿Hice mal, Emilia, no? 

—Qué sé yo.

—Hice mal…para vos.

—(…)

—Fue lo que me dijiste me parece ese día.

—Puede ser, Laura, puede ser.

Porque la realidad es que no estaba para nada contenta. Su fruta dulce fue amarga y me dejó por semanas esperando sola terminar con los finales para estar con él, sin más libros de por medio que demoraran los suspiros, los abrazos, las caricias, los besos. ¡Pero bueno!, a veces hay que ser comprensiva. Él prefirió más ir a festejar con sus amigos que encontrarse conmigo. ¿Qué podía hacer yo?

—¿Hice mal Emilia, no? 

 —(…)

—Hice mal…para vos.

—(…)

El sábado siguiente arreglamos para ir al teatro con su familia, pero otra vez la salida por un imprevisto quedó trunca y se canceló de nuevo, así que me propuso salir por acá, con una amiga mía y su novio. Y eso que a él no le gustaba demasiado venirse de Olivos a Adrogué y mucho menos por Camino Negro, porque el puente estaba cortado. Pero al final resultó que ellos tampoco pudieron, así que viendo y considerando que al día siguiente era el cumpleaños de mi abuela y que tenía muchas ganas de hacerle una torta, me dispuse a cocinar -a mí me gusta mucho cocinar- total una vez más no habíamos quedado en nada. 

Al rato, vos podés creer, que me vuelve a llamar y me propone ir a tomar algo con un amigo suyo. Le cuento que estaba cocinando y se enojó mucho por eso, porque yo había organizado otra cosa. ¿Qué era lo que había organizado? ¿Cocinar? ¡Me quedé tan mal por eso que me dijo!  Como los días en que llueve mucho y la lluvia de hojas tristes te golpea la cara. Tenía muchas ganas de verlo, lo quería ver, lo extrañaba tanto, mucho, demasiado, un montón. Entonces lo llamo y le pido que se venga para casa, que a eso de la una o dos de la mañana terminaba la torta, que le estaba preparando a mi abuela, y que iba a estar lista, así nos íbamos a tomar algo juntos los dos solos en un bar de Adrogué. Me contestó que había cambiado de planes y que ya había arreglado hacer algo con un amigo, que no podía decirle que no, que otro día nos veíamos…. “No sé, hablamos”, me dijo.

—¿A vos te parece?

 —¡No llores más, Laura! ¡No llores más! Te va a hacer mal.

—Es que lo pienso y no puedo evitarlo. Es que de a poco me obligó a soñarlo como quien dibuja el rostro amado en el aire nublado de un paisaje invisible.

—(…)

—Así.

 Y entre idas y vueltas estuvimos dos o tres semanas sin vernos. Hasta que justo un domingo, de esos en que los gallos cantan a deshora, con indirectas directas nos peleamos mal. Nada concreto, pero por más que me esforzaba parecía en vano. El clima se enrarecía, se anunciaba espeso, por demás tensionado. El tema de que él no quisiera venir a los cumpleaños de mi familia fue la gota de lluvia que rebalsó el vaso y ponía las cosas peor de lo que ya estaban para ese momento. 

Eso por mi parte. Y por la de él, que yo no quisiera ir a buscar mis notas de Química e Inorgánica a la facultad lo ponía loco. Y como siempre: daba vuelta las cosas, él siempre me criticó que yo no luchaba por nada y en este caso que no quisiera ir a buscar el resultado de los exámenes a la facu confirmaba su hipótesis.

Como siempre daba vuelta las cosas, a su favor, claro, y una discusión que empezó porque nos estábamos viendo poco, terminó en mi miedo a no saber si había aprobado o no las materias, y no sé cómo y cuándo terminó de pronto en que yo no luchaba por nada.

—¿Y no me vas a decir que no luché por él, Emilia? Sólo vos y Dios saben cómo luché.

 Al lunes siguiente le mando un mensaje de texto con la intención certera de que hagamos las paces, y más tarde otro. Mati los veía y no me contestaba. Para mí que me mandó a cagar de una manera muy sutil, así que preferí decirle que lo quería mucho, que no quería pelear y que cuando él estuviera mejor conversábamos.

Ayyyyyyy, la bronca que tenía.

 Por lo que mi comprensión duró poco y nada: cuando él me llamó, yo ya no tenía el mismo ánimo de que hiciéramos las paces. 

Para hacerla un toque corta, nunca arreglamos de vernos, si no era porque él tenía sueño y quería dormir la siesta, era otra la excusa. Lo mismo hice yo de rencorosa que soy. Me cansé –alguna vez me tenía que cansar- sólo por pasar tan seguido. Cuando suena el teléfono y su voz por entonces no sonaba tan dulce… no sé para que me llamó, excepto que haya sido para cancelarme de nuevo y con ésta iban tres de manera consecutiva y ese fuera el motivo. Respiro hondo y le pregunto qué le estaba pasando… me dice que estaba cansado. “Está bien, después hablamos”. 

—¿Qué comprensiva que estaba otra vez, no? 

—(…)

 Bueno… pero tampoco me duró mucho la comprensión. No más de cinco minutos, seis a lo sumo. Mi sonrisa se desdibujó del papel coagulado del comienzo ya sin tanto calor. Agarré el celular y le escribí por mensaje: “¿Qué mierda te pasa? ¿Tenés ganas de verme? ¿O me vas a seguir boludeando?”.  Su respuesta fue: “No me escribas, Lauri, llamame”.

Lo llamé, buscando en la noche una perla lunera que el vuelo de tantas madrugadas ausentes la hicieron de pronto naufragar con el sol, y ya con una voz súper calmada y triste le pregunté al oído, qué le pasaba otra vez… me dijo que nada, que no sabía bien en realidad. Le pregunté si tenía ganas de estar de novio conmigo, si se había replanteado estar en una relación, si quería seguir… con voz firme le aclaré que prefería que me cortara en vez de continuar así, que no podía más escuchar sus ecos de un disparo nocturno. ¡Me dijo que No! Que no era eso, que me lo quería explicar, que se cambiaba y venía para Adrogué para que pudiéramos hablar mejor más tranquilos. 

Parece que tanto sueño que tenía se le había pasado y resultó que ahora entonces sí podía venir a verme. 

Cuando llegó, subí al auto, y cuando voy a darle un beso en la boca, dispuesta a suavizar rasmillones dolidos con el goteo entornado de la pena, como me hubiera gustado, me corre la cara, matando de un grito silencio mi beso en su boca. Me descolocó por completo. Después bajamos a caminar a la Plaza Brown en la rotonda que une a Leonardo Rosales con Drumond (justo donde estamos ahora), vueltas y más vueltas dimos, conocí calles que en mi memoria de chica ni siquiera con mis abuelos había recorrido. 

 Esta plaza aún me entristece la mirada y sin embargo acá estoy, sin poder dejar de soñar el acuario turquesa de sus ojos verdes, que es lo único que chispea seguro en el descolorido paisaje del crepúsculo gris, esperando que venga, que me diga algo lindo, lo que sea, aunque después me deje igual que aquel día.

 El resumen de toda la charla fue que no sabía del todo lo que le estaba pasando, que quería pedirme un tiempo o algo así. Le contesté que yo no creía en los tiempos. Así que me animé y le dije de una todo lo que pensaba, que entonces era mejor cortar en vez de estirar una situación que los dos sabíamos no daba para más, por más que me doliera.

Para mi sorpresa aceptó y en ese preciso instante no supe más que decir, me tragué las palabras, se me cruzaron mil cosas, pero una vez más me salió de nuevo hacerme la superada y ya no sabía bien si debía rogarle para hacerlo cambiar de opinión o tenía que dejar que pasara el tiempo y todo se calmara y ya más tranquilo se replanteara acaso lo que me había propuesto. 

 —¿Pero te lo propuso él o se lo propusiste vos?

 —Él, yo, da lo mismo, Emilia.

Pero no. Además, hace unas horas atrás me había dicho por teléfono que no quería cortar… Tantas cosas me pasaron por la cabeza en ese momento que si te tengo que narrar exactamente cómo fue todo creo que muy bien no me acuerdo, por eso lo cuento así, todo junto, un tanto mezclado, confundido, disperso. Lo que sí te puedo decir es que desde ese día se me partió el alma en dos y que lo que me estaba pasando dolía sangrando, como una trompada en mitad de la boca. 

Y me arropé en mis deseos, y me dejé envolver otra vez como pájara herida suplicando ayuda.

 Esa noche, sólo quedamos en que nos debíamos otra charla para más adelante y a la vez más calmados; pero que si era por él quería dejar ahí la relación. No quería que me ilusionara con un cambio de parecer. 

Como bien sabés lloré, a moco tendido por días.

—Sí, Laura, si estuviste en mi casa, y lloramos juntas, como ahora. Pero no quiero que llores más, como cuando te conté lo de mi embarazo.

—Siií,  si hasta pudimos haber quedado embarazadas juntas, y las dos pensábamos ponerle Sofía de nombre si teníamos nenas.

 Dos o tres semanas después, mucho más calma le mande un mensaje para hablar de pavadas. Me preguntó si me podía llamar por teléfono porque tenía ganas de escuchar mi voz aunque sea un ratito y obviamente acepté. Ahí aprovechó para recordarme que nos debíamos una charla –como si no me acordara- y eso me sorprendió. Pensé que ni siquiera quería volver a encontrarse conmigo. Quedamos en vernos al día siguiente, tipo cuatro de la tarde, cinco; él me pasaba a buscar e iríamos a tomar el té a algún lugar por el centro de Lomas. Me vestí y me puse exactamente todo lo que sabía que a él le gustaba… calzas negras, camisa blanca, el sweater a rayas que me había elegido entre los tantos pulóveres seleccionados que tenía para llevar de viaje cuando nos fuimos a Nueva York y unos súper mega tacos. 

Cuando me asomo por la ventana de mi cuarto y lo veo radiante que llega en su auto, una de esas tardecitas nacaradas con el aire primaveral que contradice la nube temblorosa de mi recuerdo vano, y de pronto se me paró el corazón. Pensé que iba a estar más tranquila, pero de hecho no pude. Entré a su coche y no sabía muy bien cómo saludarlo… una tonta porque sólo había una sola manera, con un beso en la mejilla, como saludás a un amigo, a un pariente… ¿a tu ex novio quizás?  Le propuse ir a tomar el té a Pertutti y aceptó. Hasta llegar a la confitería extrañamente no me dirigió la palabra. Digo extrañamente porque supuestamente nos juntábamos para hablar. Mientras manejaba se la pasó mirando siempre hacia adelante y evitó girar la cabeza siquiera unos grados para verse conmigo. Al llegar me bajé y también extrañamente estábamos peor que al comienzo, no sabía si tenía que esperarlo para caminar uno al lado del otro o si debía entrar directo a Pertutti y esperarlo adentro. Además así evitaba lo incómodo que sería caminar juntos sin poder tomarnos por un instante de la mano. Al llegar pedí un té con leche y dos medialunas de manteca. Al pedo, porque con lo triste que estaba ya ni ganas de comer tenía. Ahora se presentó la duda de quién era el que empezaba a hablar. Como era obvio fue él, como todas las veces que tuvimos que decidir las cosas importantes de nuestra pareja. Con los ojos llorosos me dijo que lo ponía mal verme, pero que a pesar de todo él estaba firme en su decisión y que de hecho la mantenía. Y de nuevo se me partió el alma en dos, tenía la ilusión que me había citado porque había cambiado de parecer. Yo en cambio le dije que lo seguía queriendo, mucho, igual, que tenía razón en muchas de las cosas que fue describiendo de nuestro noviazgo y que no estaban buenas, pero que quería pelearla, que sentía desde lo más profundo de mi corazón que valía la pena. Me dijo que él en cambio consideraba que era muy difícil, que éramos muy distintos de “base”, me explicó que se puso a salir conmigo porque yo le hacía sentir muchas cosas, que me quería mucho, pero que siempre supo que estaban esas cosas  de “base” que no nos hacían el uno para el otro. Le pregunté si me amaba y me respondió con un terminante No. Con un pétalo de ternura en sus ojazos emocionados que me hicieron de golpe escuchar un “no sé” como un “no”, sin él “sé”, hasta que reaccioné y le pregunté sin miramientos…

¿Pero qué es amar para vos, Matías? Me contestó que ya no sentía lo mismo, que no le agarraban más dolores de panza cuando me veía, que no estaba pensando todo el tiempo en mí.  

Me reí porque no podía creer que para él eso fuera el amor. Capaz ahí estaban las cosas de “base” que nos separaban. Le contesté que me pasaba lo mismo, que hubo meses que me planteé esas mismas cuestiones que él me comentaba acaso hoy, pero que a diferencia suya, con idéntico diagnóstico yo deduje otra cosa y era también que era obvio que ya no me pasaba lo mismo porque nuestro amor había madurado a otra etapa y que no se trataba más de enamoramiento, sino que se venía otra época en la que una empieza a ver las cosas malas del otro, y te das cuenta a las piñas que la otra persona no es tan perfecta como vos querés; pero que, aun así, con defectos y todo, la seguís eligiendo, y que yo a él lo seguía eligiendo “a pesar de las dudas y del qué dirán, el amor puede más”, como dice la canción.

No lo pude hacer cambiar de parecer. 

—(…)

 Me dijo que no teníamos temas de conversación, que nos juntábamos y no hablábamos de nada o casi nada. Me reí otra vez, ¿realmente no teníamos nada de qué hablar o no queríamos avanzar más allá? 

Y fue ahí cuando tiré al ocaso mi última piedra devuelta a mi hondera y lo arrinconé a preguntas: A ver, Mati, sé que tuviste un perro hace unos años, me mostraste las fotos, me dijiste que se llamaba Andy. También me contaste que se te desconectó la guitarra haciendo un solo en una obra del colegio cuando eras chico y te cargaron de por vida tus amigos por eso... ¿Y qué pasó con tu mamá? Porque sé que se murió ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿La tenés presente en tu vida? ¿Qué tipo de relación tenías con ella? ¿Cómo te afectó? ¿Cuánto? Por otra parte, ¿por qué tuviste que retomar terapia cuando quisiste ponerte de novio conmigo?, ¿cuál es ese miedo tan grande que tenés que vivís de psicólogo en psicólogo desde que tenés nueve años? ¿A qué se debe que las dos únicas relaciones amorosas que tuviste en tus veintisiete años no duraron más que uno o dos meses? ¿Qué es lo que esperás vos de la otra persona? O mejor dicho, ¿qué esperás de mí?

Matías, contestame.

—Ahora te pregunto: ¿qué tan seguro estás de que no tenemos nada de qué hablar?  

Y ahí, a mitad, en el camino, al fin, recién me contó un poco acerca de su madre. Me dijo que cursaba el CBC, que su mamá siempre tuvo problemas en el corazón, que al quedar embarazada de él corrió tanto riesgo su vida que le dieron la opción de abortar, pero como ella deseaba mucho ser madre igual siguió adelante. Después del parto la tuvieron que operar  y al pasar los años tuvieron que intervenirla nuevamente. El tiempo pasó y el médico le recomendó operarse en ese momento, que según los especialistas estaba óptima para hacerlo. Fueron a almorzar en familia como si fuera un día más. La saludó y se fue a la facu como todas las tardes. Al salir de la operación todo estaba bien, pero al pasar las horas se fue complicando rápidamente su estado. El papá de Matías jamás le comentó lo grave que se había puesto la situación, y mientras Mati estaba esperando en su casa a su mamá que en unos días volvía. Su madre nunca volvió. Y al final pasó lo que nadie esperaba ni quería que pasara, y al cabo de unas horas la pobre falleció. Él siempre me decía: ''mi mamá  estaba bien, si se hubiera operado unos años después hubiera estado más tiempo conmigo''. 

Recién ahí entendí más cosas sobre su forma de ser. Pero ahora me tocaba a mí. Yo lo había hecho hablar de esto que tanto le dolía y esta no me la iba a dejar pasar gratuitamente. Me preguntó sobre mí, por qué era tan reservada con mi vida, por qué nunca le planteé ningún tipo de problema, la facultad por ejemplo. Y para esa altura, por lo pronto él ya se había dado cuenta que tenía algún trauma con mi cuerpo y mi peso. 

Respire profundo y le conteste tan francamente como pude: "Mati, si supieras como te veo yo a vos, entenderías mi forma de ser. Sos hermoso, sos inteligente... me costó mucho aceptar que vos quisieras salir conmigo,  no sentía que estaba a tu altura. Ponete por favor en mi lugar, no quería que conocieras ninguna bajeza mía. Que no me iba bien en la facu. Que no sabía qué hacer con mi vida. Que nunca quise tocar el tema del peso con vos porque era mostrarte mis defectos y de ese modo al menos sentía que vos no te dabas cuenta. Si supieras la cantidad de veces que hice dieta y fracasé... siempre fracasé. Si te estoy siendo tan sincera ahora es porque haciéndome la que no me pasaba nada nunca funcionó y ahora que siento que perdí lo que más me importa prefiero jugármela por completo. Si igual vamos a cortar. Aunque haya algo de luz dorada en el fracaso que anochece temprano cuando llega el otoño. Por lo menos quiero quedarme interiormente tranquila que te hable desde el corazón". 

Ahí fue él entonces el que me confesó que físicamente le encantaba, pero que si bajaba cinco kilos no había chico que no se muriera por estar conmigo. 

Pero, pero… siempre pero, Emilia. Si yo lo que más quería era estar con él.

 Me reconoció que cuando subí al auto no me quería ni mirar porque se quería cortar los huevos de tener que terminar la relación conmigo.

 ¿Y para qué la terminaba entonces, Emilia?

 Y que se había dado cuenta que me había vestido como a él le gustaba, que sabía que las mujeres usaban ese truco pero no pensó que daba tan buen resultado. También me dijo que necesitaba estar con alguien más madura. ¡Eso me ofendió! Por lo que me planté muy firme al escuchar esa frase: "Entiendo que lamentablemente arrancamos la relación jugándola de que yo cumplía el rol de nena chiquita, y lo sostuve porque pensé que a vos te gustaba; y obvio, para mí fue lo más fácil. Pero no soy así, es más, siento que estoy muy bien ubicada para la edad que tengo. ¿Que tengo cosas de pendeja?, claro, pero que me las permito porque sé que es pasajero. 

Me parece tan injusto que vos me vengas a decir que soy inmadura, ¿cómo me gustaría saber cómo eras vos a mi edad? Si me vas a vivir comparando con chicas cinco años mayores que yo siempre voy a perder. Es más, en vez de buscarte una mina madura ¿por qué no buscas una mina que madure con vos y sea algo mutuo? ¿acaso no te parece que crecí este año? Te propongo que te acuerdes de mí hace un año atrás y me mires hoy, a ver si soy la misma. ¿Acaso no crecí? 

Y lo voy a seguir haciendo porque tengo personalmente ganas de crecer. En cambio vos seguís diciendo y haciendo las mismas cosas que al principio conmigo. Y esta charla en la que hacés alarde de lo maduro que sos: ¿con quién te pensás que la estás teniendo? Si fuera tan inmadura, por más maduro que seas vos no la podrías sostener, porque se hace de a dos. Me duele tanto todo lo que me decís, porque al final de cuentas siento que no me conocés, que todo lo que describiste hoy de mí, no siento que lo soy, y lamento mucho que vos decidas quedarte con esa imagen distorsionada mía. 

Por lo que claramente vos a mí no me llegaste a conocer en lo más mínimo.

 Me miró y me dijo que era verdad, que sentía que me estaba conociendo de nuevo y que no podía creer la forma en que le estaba hablando y las cosas que le decía. Que claramente no era inmadura y que estaba sorprendido, que lo hacía replantearse todo otra vez. 

Para esto ya habían pasado un par de horas en Pertutti y como era invierno, no otoño, oscurecía temprano y no tuvo mejor idea que invitarme a cenar a María Bonita, aunque ya no había mucho de qué hablar. Para cualquiera que nos mirara desde afuera parecíamos novios. Después de una discusión, pero novios al fin. Pidiendo pizza como si nada me preguntó: ¿no pensás que fue positivo pelearnos para poder tener esta charla?

Por un lado, Sí, había sido positiva, pero mi intención era luchar por la pareja. Solo me limité a decir que sí (sin mayúscula), y quedarme con la esperanza de que volviera a reveer el seguir saliendo conmigo. 

De la pizza sólo comimos dos porciones, pedimos para tomar unos tragos y a la hora incómoda nos despedimos. Fuimos al auto, y la pregunta que se caía de la boca era si quería ir a mi casa o dar una vuelta más. Yo tampoco tenía ganas de afrontar la despedida, así que opté por patearla para más adelante y elegí dar una vuelta más. Agarró Espora derecho y sin decir nada continúo sin rumbo fijo. Hasta que en un momento dejé escapar una pequeña sonrisa. Él por supuesto me vio, si la hice porque quería que me viera, como si pudiera en esa mirada congelar el tiempo, con las mismas ganas mirándonos tomados de la mano, igual de hermosa, dejando caer mi pelo azabache por sobre mi hombro pintado de azul, para devolverle a sus ojos ese chispazo alegre que extrañaba tanto en su mirada y así fue que sin dudar me preguntó nervioso qué estaba pensando. Medio tímida le dije: “nunca tuve tan buen sexo con alguien como lo tuve con vos, la pasábamos muy bien juntos. ¿No lo pensaste? ¿No te parece? 

Me miró y me dijo que jamás ninguna chica lo hizo sentir tan cómodo desde la primera vez. Que le comía la cabeza pensarlo, “porque no creo que cualquiera pueda ser conmigo tan dulce y comprensible y a la vez disfrutarlo tanto y por supuesto me pesa en los hombros a la hora de tomar la decisión de seguir o no con vos”. 

 ¿Pero no era que ya la habías tomado?

 Llegamos a UNLA, después que la avenida Espora se hace Brown y luego Alsina; y ahí nomás me dice: “hablamos tanto hoy que no quiero caretearla más. O te llevo a tu casa o terminamos en un telo. Lo que si te quiero dejar en claro es que si vamos a un hotel eso no significa que mi decisión cambie”. 

Me da bronca saber que hoy hice todo bien y que si acepto la estoy cagando, pero me muero de ganas de estar con vos una vez más. “Mati: soy la pendeja de esta relación y me guío por impulsos. Me muero por ir al telo con vos”. ¡Me muero! ¡Me muero! ¡No te das cuenta!

En eso frenó el auto y nos dimos esos besos apasionados de película maaal, pero no sabés lo bien que se sentía. Todavía recuerdo su cara en aquel momento, estaba tan feliz como yo. Fuimos a Sur, siempre íbamos a ahí. 

 En un mirar de palomas exaltadas por aquella presencia desnuda fugaz de Matías, no quería otra cosa que tirarle otro beso, un hasta siempre, no me dejes, no ves que me estoy muriendo. Ya era lunes a las 5am, y nos quedamos dormidos abrazados, por iniciativa mía, porque creo que él ya no quería ni abrazarme ni hacer nada tierno después del último suspiro, renegó un poco como siempre, pero terminó haciéndome mimos. A pedido, pero bueno… 

Nos levantamos y me llevó a mi casa con la misma depresión de amor, la misma letra tonta de me dejó y por algo me pasa. Me preguntó si quería que me devolviera las cosas que yo había dejado en su casa y con cara triste de pétalo fino y lluvioso le dije que si íbamos a cortar sí, pero que si no estaba seguro se las quedara un tiempo. Se le transformó la cara al oírlo, y sabiendo que iba a ser así observé como en una milésima de segundos se le cayeron los ojos al verme y con ellos la sonrisa plateada de su cara. Se bajó del auto, abrió el baúl y me dio una bolsita con todas mis cosas. 

Las había llevado…Emilia. ¡La había traído!

 —(…) 

 Nos miramos, nos dimos un abrazo súper fuerte y nos deseamos lo mejor. De regreso a su casa me avisó que había llegado lo más bien y nos mandamos unas caritas por celular con una sonrisa como despedida. Me quedé con la esperanza que le diera curiosidad intentarlo de nuevo. 

 Lo mismo que ahora. Saber si después de esa noche, tuvimos o no una hija, porque no nos cuidamos. Y no fue capaz de llamarme siquiera para ver como estaba. Ningún tipo lo hace. Pero yo quería que él lo hiciera, que me llamara al menos, que se preocupara en saber como estoy, aunque su preocupación no fuera sentida.

Por eso lo busqué en el facebook. Por eso hace tres sábados que le mando mensajes citándolo acá, en la Plaza Brown cerca de los juegos, donde veníamos a pasear de la mano cuando éramos novios juntos como tantas veces. Y te pedí a la nena para traerla a la plaza. Y justo tu mamá se la llevó al súper. ¿A vos te parece?

¡Ahí voy, Sofi! ¡Ahí voy!

—(…)

 Pero cuando me clavó el visto, cosa que nunca antes me había hecho, me trastornó la cabeza por demás trastocada por mi amor hoy ausente, y ahí mismo fue que le adjunte al mensaje una carta recordándole todas estas cosas que te estoy contando, que conté tantas veces. ¡Perdoname, Emilia! Que repito de memoria a cuanta persona quiera escuchar mi historia de amor. Pero a diferencia de otras veces, esta vez la escribí y se la mandé con copia a vos y a todos sus amigos, Emi. Porque sabía que Mati no iba a venir. En cambio vos sí. Y alguno de sus amigos curiosos quién sabe. Y todo lo madura que soy, o me volví, se me va a la mierda en escasos segundos, ni bien pienso que podemos volver a estar juntos. Y al venir a la plaza se me cruza su rostro, un perfume cercano, un olor conocido parecido al suyo. Quizás por el sabor de su aire que tienen las cuadras que van de un bar al telo, del telo a la plaza, o de la plaza a mi casa, como tantas veces, cuando, estando juntos, me acompañaban sus manos donde hubiera querido quedarme para siempre.

¡Ahí voy, Sofi! ¡Ahí voy!

—(…)

 ¡Pero eso ya no importa! Si pasaron casi cuatro años y todavía lloro cuando me acuerdo de Mati, y me sumerjo cada vez más abajo en mi historia de amor, cada vez más abajo en el recuerdo egoísta borrón de su olvido y me muerdo la lengua y hasta acá es que puedo escribir lo que cuento.

—¿Desde cuándo estás haciendo estas cosas, Laura…? 

—Ya te dije, lo de venir a la plaza hace 2 o 3 semanas.

 —(…)

—Lo de pensar en Matías, siempre.

 —(…)

 —Lo de traer a la nena a la plaza, hoy se me ocurrió. Por eso, sabiendo que Sofi estaba en lo de tu vieja la llamé para ir a buscarla. Pero no tuve suerte. Últimamente no tengo suerte en nada.

—¿Desde cuándo estás haciendo estas cosas Laura…?  Si la nena no está con vos. No está con vos.

 —Aaaahhhh, vos te referís a esto que ando gritando mirando al patio de juegos: ¡Ahí voy, Sofi! ¡Ahí voy!

— Sí.

 —Hace un rato nomás que lo estoy haciendo, un poco antes de que vos vinieras. Pero en realidad lo hago por si viene Mati, ¿sabés? Ya que, como no pude traer a la nena, por lo menos que sea para que él lo escuche. Aunque fuera un segundo el tiempo en que le durara la duda de que pudiéramos tener una hija, si siempre le dije que si teníamos una nena la llamaría Sofía. Una cárcel sin salida, como la que tengo yo, igual de injusta y sin libertad para esta pájara herida que suspendió su vuelo una noche sureña por un ala lastimada por el zarpazo del amor y dejó como un chispazo la lírica errante de su alocado frenesí, la tristeza profunda que se amohosa en los parques.

Si hace un rato ya largo que frente a mis ojos lo veo venir, aunque sea un reflejo. Como si mágicamente se parara delante de mí, nuevamente tierno, salpicando de luces su marea ausente en oleaje dorado por la penumbra ya oscura de la tarde marchita, que sin retorno alguno lo devuelve al mar.

 —¿Tanto querés que venga hoy Matías?

 —Y SÍ. Me muero de ganas. No ves que me estoy volviendo loca al pensar. Si el amor que soy se lo debo a él. Yo no conozco otro amor y me parece que a esta altura ni quiero.

 —Ya está Laura. ¡No te puedo ver así! ¡Vámonos!

—¡Paraaá, no! Esperemos un poco más. Por favor, dale.

 En el crespúsculo tornasol de la plaza, cuando al llegar las seis de la tarde se apagan sus colores y enmudecen los rubíes coagulados de los pájaros que ya no pintan de verde naranja las hojas caídas, todas juntas, todas cómplices con el otoño triste fingen amontonarse en un rincón perdido.

 —¡Ahí está, Emilia. Ahí está Matías!

—(…)

— Atrás tuyo.

—¿Dónde?

— Tapame, atrás tuyo, no te des vuelta, que no quiero que me vea todavía.

¿Estoy bien? Decime, los ojos se me nota.

— ¿Qué estuviste llorando mucho?

— ¡El pelo, el pelo! Mirame, me lo pongo para adelante como a él le gusta. ¿Qué decís?

— (…)

—No, mejor no. Tapame, tapame, que no me vea.

— ¿Pero es él?

— No sé, me parece que sí. Es que estoy tan nerviosa que no estoy segura.

 -(…)

— ¡Vámonos! Vámonos… tambaleando por los canteros del regreso recuerdo ahorcado por el ayer que produce el milagro. ¡Vámonos, Emilia! A ver si en una de esas nos reconciliamos y me deja de nuevo.

 

 

 

 

 

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