Emathac

El Arca de Luis Por Luis García Orihuela
Hace ya meses de que emprendiera el camino de encontrar a Emathac costase lo que costase...

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POSDATA Digital Press | Argentina


Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante
 


Hace ya meses de que emprendiera el camino de encontrar a Emathac costase lo que costase. En mi búsqueda he recorrido el desierto más árido de todo el planeta; emplazado en el norte de Chile y situado en el Trópico de Capricornio: el desierto de Atacama. Por sus arenas, quebradas y valles he viajado de un lado a otro, del río Copiapó al río Loa, la región de Antofagasta, la cordillera de los Andes. Siempre sin preguntar, sin querer respuestas ni hacer averiguaciones con quienes me cruzo en mí camino. Soy sabedor de que mis insensibles pies me llevarán ante su presencia y por fin podré cumplir con mi destino.

Finalmente, un día no muy distinto de cualquier otro, encontré a Emathac; en el límite norte del desierto de Sechura, en uno de los placenteros oasis que constituyen las desembocaduras de los ríos Piura. Se encontraba cercano a una de las formaciones espontáneas de flora xerofítica. Un gran cactus de siete brazos.

Sentado sobre un caído tronco cercano a una de las puertas de las casas cercanas, bebiendo en un poto de chicha para calmar los estragos del sol ardiente y al resguardo de una fresca sombra, trabajando con técnica mixta tallo y raíces de carrizo, típicas de la zona y que en su mano cobraban vida al ser talladas por sus agrietadas manos y vetustos y alargados dedos resquebrajados por el indeleble paso del tiempo. No se inmutó de mi presencia para nada, de su rostro no salió la más mínima expresión de sorpresa, duda o zozobra; a pesar de que los pasos que me llevaran a el fueran silenciosos como el último halito de un muerto. Solo sus blancuzcos ojos resaltaban de su faz, se adivinaban vivos tras su máscara de eternidad, entremezclados en arrugas de un rostro agrietado por el paso del tiempo, fiel espejo del paisaje allí presente y mapa sincero de toda una vida expuesto al aire libre de ese desierto inquebrantable y eterno. 

 El es un likanantaí, es un habitante del territorio y todavía recuerda el idioma del kunza a pesar de estar ya muerto y perdido en la arena del tiempo.

En el desierto, en cualquiera de ellos, se puede oler la vida, modelarla, palparla en su totalidad y esencia, el tiempo carece de significado y la palabra prisa con todo lo que conlleva deja de existir.

Dice la leyenda de Tapa—lapa de los hombres de la tierra, que el desierto es uno solo en muchos sitios a la vez, y que como un ser vivo se tratara, cada siete años muda su arena, como si fuese la piel de una gran serpiente que se desprendiera de su dermis. En algunas regiones más dispares, cuentan los más viejos pobladores que la leyenda no termina ahí y es más extensa, siendo los primeros habitantes quienes transmitirían de boca en boca, de generación en generación el conocimiento de que cada siete décadas altera su forma; siempre cuando más calor hace. 

Sin mediar palabra alguna y apenas una fugaz mirada, me siento igualmente como él, a su lado. Su aspecto enjuto y delgado trae a la mente la imagen comúnmente aceptada por todos de un fakir. El mentón puntiagudo y desafiante, su nariz prominente y en forma de gancho, se perpetúan y multiplican en mi mente. Resulta del todo imposible hacer un pronóstico con posibilidades de acierto sobre su edad. De todas formas, aquí en el desierto el tiempo es un concepto que carece de importancia e interés; la suma de años vividos no determina ni genera ninguna ventaja de índole social, comercial o religioso. Aquí pueden pasar trescientos años sin llover, ¿De qué serviría llevar la cuenta?

Permanecemos sentados en la posición del loto, por mi aspecto gandhiano, bien podría pasar por un Buda enclenque y anoréxico filosofando allí con la vista al frente, mirando al infinito; la espalda recta y las manos apoyadas en las flexionadas rodillas, viendo como el astro Sol comienza a ocultarse con total desgana, dejadez y carencia de toda prisa.

 Setenta veces setenta, se ha cumplido la alteración de su forma, su catarsis purificadora,  cumpliéndose ese cambio cada ocasión; y es por ello mi presencia, pues debido a la magia de los números, es de todos sabido que algo inusual ha de acontecer en este año que se cumple el triple siete, y Emathac es la respuesta. También él es siete en su nombre.

Justo desaparece el Sol coincidiendo con el cerrar de mis parpados. Pongo atención y relajo mi ritmo cardiaco; poco a poco, sin prisa, mi pecho va dejando de moverse de una manera gradual hasta que deja de hacerlo y noto como mi corazón iguala el ritmo de Emathac y se funden en un solo bombeo. La noche comienza a envolvernos con su silencio y aunque casi imperceptiblemente, a dejarnos oír el canto del desierto. Solo allí, en uno de los sitios más silenciosos del mundo, es posible oír el sonido proveniente de las dunas, ya comentado por algunos viajeros en los tiempos de Marco Polo. El sonido que emiten es fruto del choque entre sí de las partículas que conforman las dunas y según el diámetro que tengan variará el tono que se escuche. Así, en Sand Mountain, en Nevada, Estados Unidos, la tonalidad que deja escuchar es en Do Mayor, en Marruecos en Sol menor y aquí en Chile en Fa mayor.

Emathac, sin emplear palabras, ni tan siquiera hacer un gesto con la cabeza, consigue mediante algún extraño poder, don o sortilegio, narrarme la historia, la leyenda de Tapa—lapa. De noche, cuando baja la temperatura hasta a veces a menos veinticinco grados centígrados, es el momento en que aparecen los guardianes del desierto, macho y hembra, Sisha y Senjol, hembra y macho; dos tigres custodios de la sagrada arena que sin descanso recorren todas las noches su basta extensión para proteger el desierto de invasiones extrañas, de conquistadores modernos hastiados de lo que ya tienen. Él lo sabe, por que él, a diferencia de los demás hombres de la tierra, puede sentirlos, intuirlos, verlos. Para cuando llegan los primeros rayos de la luz del nuevo día, Sisha y Senjol desaparecen, para volver a recorrer el desierto en cuanto anochezca. No necesito preguntarle pues, a quien corresponde el privilegio de custodiarlo por el día desde que empezara el año de la profecía. Me asaltan dudas, y a la vez me entra una cierta desazón que me recorre la espina dorsal, al imaginar si puede ser conocedor de mis pensamientos más ocultos y protegidos. Cuando llegué recuerdo haber visto vestigios de alfarería negra junto a un árbol grande y a su lado tabletas de las usadas por los chamanes para sus rituales en ocasiones especiales, para aspirar alucinógenos, entre ellos el cebil y el cacto. Me pregunto en el mayor de los silencios si es así como llega a ver a los tigres y a contactar con los dioses, a oír sus mensajes.

Yo soy de Casabindo, una localidad perteneciente al departamento de Cochinaca, en la provincia de Jujui, en Argentina.  Desde su iglesia de sendas torres blancas, conservada desde 1690 partí de allí, una vez fui elegido por el resto de habitantes nada más realizar las danzas rituales. Apenas de entre poco más de cien almas fue la selección y con sombrero de plumas en mano inicié la búsqueda según ellos de la leyenda; pero para mis adentros algo me decía que lo hacía en busca de mi destino. Quizás otros emprendieran desde distintas aldeas y etnias con la idea de escudriñar la leyenda de Tapa—Lapa.

Pronto el tiempo gira, comienza a cambiar sin previo aviso y rápidamente forma una ensalada de nubes grandes, grises y negras, que empiezan a cubrir el cielo de forma majestuosa, entrelazándose y avanzando mientras proyectan su sombra sobre la árida arena. A lo lejos, los primeros resplandores de la tormenta que se avecina desde Bolivia, forman el aliño de lo que será un momento único e irrepetible.

Los días y las noches pasan entremezclándose, sin apenas más diferencia que la comida que nos traen desde una choza cercana, unas veces una mujer de mediana edad, y en otras una niña un tanto desaliñada que luce una melena larga y que presumo ha de ser su hija. La dieta que nos ofrecen es rica y variada en carnes de llamas y alpacas, guanacos y vicuñas, lo mismo que la acompañan de maíz tostado en olla con un poco de grasa o aceite, papas, locotos, zapallos y melones calameños, uva, mangos y guayabas y cuando no acelgas, cebollines, coliflores y repollos. Recuerdo que al día siguiente de encontrar a Emathac, la mujer de mediana edad nos trajo un plato llamado calapurka; una sopa picante con muchos ingredientes que me sentó estupendamente bien en aquel amanecer.

Aquella noche, como tantas otras pasadas, cenamos y nos sentamos en el tronco. A la luz de la Luna el aire era fresco y empezaba a cobrar algo de fuerza. Cerré los ojos y me dispuse a entrar en ese estado en que podía comunicarme con Emathac. Así había sido todos los días hasta el momento, incluso empezaba a plantearme si todavía yo tenía voz o alguna vez la hubiese tenido. Solo un anochecer escuché a la mujer de mediana edad hablando con la niña desaliñada a unas decenas de metros de nuestra posición. Esta le preguntó con una voz muy tenue, si yo iba a hacerles daño –desconozco a que tipo de daño se refería— y en el mismo tono de voz, pude escuchar como le contestaba diciéndole que no con una voz que me supo dulce y amorosa como solo pueden conseguir las madres con los hijos. En todos los días que transcurrieron, esas fueron las únicas palabras que escuché. Las otras que oía, eran diferentes, me llegaban desde lo más dentro de mí ser, o al menos desde allí se me asemejaba a mí que era desde donde me llegaban. Algunas pequeñas y diminutas partículas comenzaron a chocar en mi rostro traídas del suelo por el viento que empezaba a coger más fuerza y a dejarme un olor y un sabor a sal y a lluvia inminente a cada picotazo que me dejaban en la piel de cara y manos. De pronto empezó a caer las primeras gotas de agua, poco a poco, gota tras gota, y aunque no llegaban a mojarnos por estar a cubierto de un grueso y frondoso árbol, las sentía chocar contra las hojas, revotar y volver a caer. Empecé a sentir como un estado de júbilo, como si yo formara parte del paisaje, del tronco, de la rama y la hoja, de la lluvia, de la gota que se había abierto paso entre las ramas para ir a caer en mi descubierta frente. Yo era uno más entre todo lo que me rodeaba; respiré cogiendo una gran bocanada de aire fresco y limpio, abrí los ojos y los vi. Allí estaban, frente a nosotros, Sisha y Senjol; majestuosos, sublimes, regios, con unos andares señoriales, solemnes. De soslayo veo que Emathac también los ve y que de alguna manera, a su modo, me hace saber que todas las noches han estado allí… pero yo no podía verlos. No estaba preparado. Sisha es blanca con sus manchas color desierto, mientras que Senjol cabeza y patas son color duna, mas oscura sus líneas estriadas. Se mueven más cerca de nosotros, con porte altanero propio de reyes; no parecen inmutarles la lluvia que ahora ya nos empieza a calar entre la ropa. Es entonces cuando veo y confirmo, lo que antes me pareciera un efecto provocado por la lluvia no lo era, sus manchas y rayas se desplazan constantemente, en su cuerpo cobran vida y luminiscencia, se mutan, cambian de forma y de sitio. Son como otros universos contenidos en su piel. Se detienen a unos pocos metros del tronco, estiran el cuello y levan la cabeza manteniéndola en esa posición. Huelen el aire y quien sabe que más. Quizás escuchan algo a lo lejos… es entonces cuando descubro como pueden recorrer tan grandes distancias todas las noches. Ante nuestros ojos se convierten en arena, en el propio desierto, y como si fueran engullidos, desaparecen y poco después volvemos a verlos emerger recortados por la luz de los relámpagos y pequeñas fisuras no cubiertas por las nubes que abrigan la luna en el horizonte.

Emathac se levanta y camina hacia las dunas, la lluvia dibuja con fuerza su contorno al golpearlo con fuerza, y por primera vez me parece alguien muy anciano y cansado. Yo no hago nada, solo contemplo la escena y la guardo en mi memoria, mi corazón me grita que es importante y que tiene relación con mi viaje, mi estancia y la leyenda. A unas decenas de metros se detiene lentamente y se gira. Me mira. Solo eso. Y yo comprendo al instante lo que ocurre. Como si las piernas le fallaran, su cuerpo se pierde entre su ropa convertido en arena del desierto. Ahora solo queda la ropa en el suelo y yo se que a partir de este momento yo seré Emathac, el de las siete letras, el del número mágico, guardián del desierto. La profecía se cumple y ante mi suena un potente trueno y el relámpago ilumina un espectáculo nunca visto. El desierto exhibe su grandeza y poder, a modo de torres y paredes van surgiendo hacia el cielo dunas de arena y hundiéndose otras muy abajo formando una especie de laberinto. Cuando remite el relámpago y la luna se deshace de su negra nube, solo queda el desierto, tal y como siempre estuvo ahí, pero transformado, mutado en una metamorfosis total, con un oasis donde antes no lo había. Siento una mano pequeña cogerse de la mía y apretarme con fuerza. Se que no estaré solo nunca más, la niña desaliñada me acompañará.

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