La inocencia

El Arca de Luis Por Luis García Orihuela
Por un segundo el niño que todos llevamos dentro se asomó...

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POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

He llegado pronto. Quedé con el comprador aquí mismo en la playa, un lugar alejado del bullicio del interior de la gran ciudad y bastante seguro a esta hora cercana al mediodía. El sol está casi en lo más alto y apenas proyecto sombra sobre la ocre arena. A estas horas calienta fuerte y a pesar de la fresca brisa que se deja sentir de cuando en cuando, comienzo a sudar y decido quitarme la chaqueta y aflojarme un poco la corbata. Dentro de un rato, si todo sale bien, seré un hombre muy rico y podré comprar una playa privada para mi uso exclusivo. Ante esta perspectiva, cierro con más fuerza si cabe la mano que trasporta la maleta con las muestras. Como es temprano para la cita, decido acercarme a la orilla y andar por ella. Me descalzo y quito los calcetines metiéndolos en los zapatos, y con los pantalones arremangados un par de vueltas, me adentro en la ardiente arena. Atrás en la carretera se escucha el paso de coches y lo que parece el “petardazo”, el estruendo de un tubo de escape al arrancar una moto. La playa está desierta salvo por la presencia de un niño pequeño, que arrodillado entre la arena y la húmeda orilla parece trabajar afanosamente en algo. La curiosidad me puede y me acerco donde él se encuentra. Su tarea es curiosa, consiste en llenar un pozal con agua de mar y verterlo por completo en un agujero no mayor que una pelota de baloncesto. Inmediatamente después, la tierra absorbe el contenido y el niño comienza una vez más el ciclo. Durante un rato le observo con detenimiento, algo en él me llama poderosamente la atención, pero por más que intento descubrir qué es, no consigo averiguarlo.  Es un niño de unos ocho años de edad, delgado, de cabello rubio ensortijado cubriéndole las orejas. Sus ojos son claros, muy claros; de un azul desvaído como la línea del horizonte y muy vivos. Me sonríe cuando le pregunto que es lo que está haciendo y me contesta con voz clara, firme, convincente como la de un adulto “Voy a pasar todo el mar a este agujero que he creado”, “Pero eso es imposible…” Le contesto intentando reprimir una pequeña risa apenas contenida. “No lo es si no lo sabes” Quedo un tanto perplejo ante su respuesta, al fin y al cabo no deja de ser un mocoso todavía, de cara pecosa, con un cierto parecido a alguien conocido que no consigo recordar.

Es curioso como de pronto, caigo en la cuenta de que hace tiempo que no noto la arena quemándome las plantas de los pies, y el sol que ya llega a lo más alto, parece no conseguir su propósito de deslumbrarme y hacerme sudar llevando estas ropas tan poco apropiadas para el momento.

El niño, continúa afanoso en su quehacer, aunque no por ello deja de hablarme. “No veo el porqué te extrañas de que cambie el mar de sitio, ¿Acaso no me reconoces? Hace treinta y cuatro años atrás, tu también quisiste hacerlo” Le miro a los ojos y contemplo el pasado, cuando con apenas ocho años mi alma era ingenua y limpia y no albergaba animosidad contra el mundo. Ahora se trata de sobrevivir de entre los demás, es un o tú o yo, y para conseguirlo todo vale, todo está permitido aunque no sea legal.

Miro hacia arriba, buscando el sol. Ha de ser la hora de la cita, pero solo veo al niño que fui yo, despidiéndose con el brazo levantado mientras se dirige a la orilla a llenar una vez más su pozal. 

Es la hora. Decido irme cuando noto que soy incapaz de levantar la maleta y el sol me da directamente en la cara sin molestarme para nada. Es en ese preciso momento cuando mi comprador de diamantes aparece junto a mí y agachándose sobre mi cuerpo caído en la arena me desprende de la maleta que me iba a hacer rico.

 

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