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Llegado el momento

 Año tras año, y día tras día, de manera impasible, recorría medio cojeando a causa del reuma de su pierna derecha, los pasillos  y dependencias, pero su rutina un día cambió...

El Arca de Luis 11/04/2020 Luis García Orihuela

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Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

Berni el Gordo, como todos le llamaban, levantándose de su maltrecha y desvencijada silla, se dirigió al casillero de las llaves y agarrando el manojo que necesitaba, conectó la linterna y se dispuso a realizar su ronda nocturna de todas las noches.

La cárcel del Condado estaba prevista ser demolida en breve, podía ser cosa de unos pocos meses ya, y con ella dejar atrás toda su historia a cambio de una nueva penitenciaria que se estaba terminando de construir algo más alejada del núcleo urbano de la ciudad.

 La cárcel, cuyas celdas medían 2 metros de ancha por 2,5 metros de larga, eran individuales. Allí iban a parar asesinos, violadores, estafadores y en general, todos aquellos que el juez dictaba sentencia enviándolos a dichas dependencias a causa de su temperamento hostil.

Berni, conocía las dependencias de la prisión a la perfección, sus talleres, escuela, la iglesia, la enfermería, las dos bibliotecas a las que el se había aficionado a acudir en busca de información. En alguno de los libros que allí se encontraban había leído un día que recibía el sobrenombre de la “Sangrienta” en referencia a unas esculturas talladas que figuraban en la fachada, donde figuraba un animal alado mitológico desmembrando a una presa.  Se decía que el anterior dueño del recinto, era un gran amante de la caza.

 Año tras año, y día tras día, de manera impasible, recorría medio cojeando a causa del reuma de su pierna derecha, los pasillos  y dependencias, entreteniéndose unas veces mirando alguna obra enmarcada años atrás, ora cogiendo aire para poder continuar su ronda, en la fuente de la plaza situada en el centro del patio de la prisión. Allí, paraba a beber agua y entre trago y trago, miraba hacia el cielo nocturno contemplando las constelaciones mientras se encendía un pitillo qué el mismo se liaba con tabaco de la marca  “ziggy azul” de Kentucky.

 A pesar de los años transcurridos desde que quedase viudo a causa del asesinato de su esposa Shara, Berni recordaba todas las noches sus rizados cabellos rubios, tan dorados como el oro y más brillantes que el propio Sol.

 Su felicidad fue rota como una rama seca al cruzarse en su camino un ladronzuelo de poca monta, que descontento del fruto de su botín, arremetió contra Shara cuchillo en mano sesgándole la vida y dejando vivo a un enamorado Berni. Dejando a un Berni, que moría una y mil veces a cada comienzo del nuevo día y que siempre se preguntaba ¿por qué? Nunca entendería el que el ladrón la matase por no llevar más dinero encima. Ese día, en ese momento, Berni estaba trabajando cuando le dieron la noticia. La policía le contó lo poco que habían podido averiguar. Un testigo que pudo vislumbrar la escena, reconoció al autor como Dany, “Dedos Largos”, un ratero heroinómano de poca monta, que hacía de las suyas siempre por dicha zona del barrio. La policía le busco por los recreativos que frecuentaba y en las puertas de los colegios durante las salidas de los estudiantes. No tuvieron éxito y el caso fue archivado a la espera de nuevas pistas.

  Lanzó la colilla al suelo de arena y pisándola meticulosamente para asegurarse de que quedase bien apagada, continuó su ronda hacia el pasillo de los incomunicados.

El enlosado del pasillo, databa del siglo XVIII, y era una de las partes que no había sufrido remodelación a causa de la carencia de medios económicos por parte del alcalde para dichos menesteres y como tampoco era una zona con demasiados inquilinos, había ido pasando el tiempo y no se había cambiado nada. De tarde en tarde, por alguna razón desconocida para Berni, alojaban a algún preso. Estos serian los últimos ya con toda probabilidad, pues hacía ya varios días que andaban trasladándolos a las celdas ya terminadas de la  nueva cárcel.

Berni dejó de hacer el ruido que provocaba su  cojera al andar. Se detuvo frente a la celda diecisiete. El preso le miro.

Sacó una hoja de periódico de su bolsillo, observó iluminándola  con la linterna el rostro que en ella se encontraba. Miró al preso. Desenfundó el arma de su cinto y apunto.

En la noche dos detonaciones desgarraron  el silencio.

Al amanecer, el relevo de Berni lo encontró frente a la celda diecisiete, en el suelo, junto a su arma reglamentaria y la linterna, con un tiro en la sien y el cadáver en el interior de la celda, de Dany, “Dedos Largos”.

La “Sangrienta” fue clausurada una semana después.


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