Cuentos insolubles: perdido sin saber donde

El Arca de Luis Por Luis García Orihuela
Cuentos en cuarentena. Muchas historias terminan en sus últimas líneas con que todo lo acontecido a sido un sueño, ¿será éste el caso?
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- Olustración:Luis García Orihuela

POSDATA Digital Press | Argentina 


Luis García OrihuelaPor Luis García Oriueja | Escritor | Poeta | Dibujante 

 

  Se perfectamente que parecerá una idiotez, de hecho muchas historias terminan en sus últimas líneas con que todo lo acontecido a sido un sueño, pero la realidad es que de pronto me he encontrado aquí, ni siquiera se a ciencia cierta si me termino de despertar o me he materializado aquí de repente por arte de “birlo birloque”, ni que decir tiene que si me he dejado a medio comer, un plato de carne de Kobe, con un vino de Château d’Yquem 1787 y en compañía de una pelirroja impresionante, tampoco lo recuerdo; aunque al menos espero haber desaparecido antes de haber pagado la cuenta. Bien pensado es improbable haya ocurrido esa situación… Ahora que me fijo en mi mismo, al sentir una pequeña corriente de aire que me entra por el camal del pantalón, subiendo un tanto gélida hacia la goma de la cintura. Cualquiera diría pues, que es un sueño, pues voy en pijama a rayas como el niño del irlandés Jhon Boyne, pero a los pies llevo unas grandes y calentitas pantuflas con unas graciosas orejas largas de conejito Boony. Afortunadamente estoy solo, no se ve a nadie. Ni cerca ni muy lejos, y por lo que veo puede ser eso bueno, al menos nadie me preguntará que hago aquí vestido de pijama y sin un teléfono móvil de pantalla táctil cuando menos, ya que sería complicado, por no decir que imposible el explicarlo, no la presencia del pijama claro, sino la ausencia del celular. De todas formas me da de que por aquí no debe de haber cobertura y a saber cual será el prefijo. El paisaje en cuestión que vislumbro ante mi es hermoso, sobre todo por lo inusitado e inaudito que resulta de su contemplación. El cielo, desnudado de nubes, es de color verde yerba, de esa que ponen los ejecutivos en sus despachos para jugar al mini golf y que no requiere de ser regada ni podada. Bajo mis pies y a modo de alfombra persa, una autentica hierba descansa en ese momento. Es de color azul; azul “celeste” y frente a mí y alrededor, hay flotando a unos veinticinco centímetros del suelo un número indeterminado y quizás infinito de puertas. Todas se ven cerradas a pesar de que detrás de ellas no hay nada, solo más hierba azul y más puertas. Sus pomos varían en formas y materiales, lo mismo que su ancho, molduras, estilos; (algunos de otras épocas remotas) e inscripciones pintadas o talladas en lenguas desconocidas, al menos para alguien que viaja en pijama. Pienso puedan ser conjuros o adivinanzas secretas para poder cruzarlas e ir al otro lado, aunque la verdad que maldita tontería el querer hacerlo, el querer atravesar aunque sea una de todas las que hay. El ser humano es curioso por naturaleza, y coincidencias de la vida, yo también lo soy. Al fin y al cabo no tengo mucho que hacer ahora mismo, por lo que opto por intentarlo con la segunda puerta que está un poco más a la derecha; más que nada porque esa no ostenta gárgolas como las hay en otras y que me imponen un cierto respeto más que considerable.

 Antes de llegar a mi objetivo, justo la inmediata a mi puerta por su lado izquierdo se abre y sale corriendo un cerdo, seguido de cerca por Harpo y este a su vez seguido por Chico. Ambos están tal y como los recuerdo del cine… A blanco y negro, sin un ápice de color en brazos y semblante, sin embargo, mientras escucho la bocina que hace sonar Harpo a la vez que se sujeta el sombrero de copa con la otra mano, vislumbro no sin cierta emoción propia de alguien que hace rato que no ha comido nada, de que el rollizo e inmenso cerdo es totalmente verde claro. Distraído y con la boca todavía abierta, intuyo la presencia a mi espalda de alguien vestido con levita negra y un gran bigote negro pintado bajo la nariz, a modo de esas tiras negras que se ponen en las fotos y vídeos para que no sean reconocidos sus legítimos propietarios.

— Bonito traje amigo, parece un pijama a rayas. ¿No tendrá fuego? Este puro no hay forma de encenderlo. Conteste a la segunda pregunta –Dice esgrimiendo un puro falso de utilería y atrezzo.

—Pues no llevo. He debido de dejar el encendedor en el otro pijama.

 —Una pena, nos hará falta para la trufa blanca.

—¿La trufa blanca?

—Si amigo, el cerdo de Harpo… Quiero decir el cerdo que es de él, claro; ese bello verdunante y tunante, nos llevará con su inestimable y certero olfato ante la presencia de la trufa blanca.

En ese momento, vuelven Harpo y Chico perseguidos por el cerdo y conforme cruzan la puerta por la que salieron, desaparecen. Groucho elevando sus discretas cejas de tres dedos de ancho por cuatro de largo y encorvado, hace una reverencia y encasquetándose su majestuoso sombrero bajo su única neurona, hace mutis por el foro. Extraño mundo este, si, pero divertido.


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