Cuentos insolubles VII

El Arca de Luis Por Luis García Orihuela
Original. Esa es la palabra clave… Original.
Adan y la Tierra
Adan y la Tierra - Ilustración:Luis. G. Orihuela

POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

 

 

 Original. Esa es la palabra clave… Original. Me ha llevado tiempo de reflexionar aquí en Mura y alcanzar ese sentido, esa concreción. El tiempo a perdido toda su importancia par mí, y no obstante ha debido de pasar una estimable cantidad de él, solo así he llegado, yo Daniel, a discernir la causa, el denominador común que existe y existía aquí en Mura, en ese multiuniverso de realidades alternativas. Todo es real en la medida de lo que se puede ser real, pero nada es auténtico, original, en el sentido de creado artesanalmente, con las manos, paso a paso, en un proceso a veces largo y complejo y que aquí basta con desearlo, con visualizarlo y ya lo tienes hecho. Pero no. No es original, y parece que nadie haya caído en la cuenta de ese detalle tan importante.

 Meditando he llegado a pensar una vez dejé al preceptor, de que yo no era real, sino más bien una ilusión, el producto de la imaginación de alguien quizás también imaginado; pues todo parece un cuento insoluble y nada es lo que parece. Me he llegado a preguntar si en esta realidad no hay maldad y está pues exenta del aforismo de “El hombre es un lobo para el hombre” como adoptara Hobbes en su “Leviatán”, aunque aquí no llego a distinguir la necesidad de disponer de límites capaces de reprimir los instintos destructivos inherentes al ser humano.

 He buscado una meta, un sentido a mi presencia no buscada y a mi ausencia injustificada en donde quiera estuviese antes. Ahora ésta es mi verdad, la cual aquí redacto en estas hojas soñadas, en espera de poder transcribirlas a un papel original creado.

 Deseé crear una biblioteca, pero no una biblioteca cualquiera, o una con muchos libros, escritos, pliegos y pergaminos. No. Deseé crear la Biblioteca Universal de Mura. Fue quererlo y empezar a culminarse la gran obra. Ante mí crecían paredes y anaqueles llenos de libros de todos los tiempos… Fue efímera su visión, pues dejé de desearlo al comprender el engaño que sería de ser creada sin esfuerzo, sin trabajo, y tal como se iniciara, en el orden inverso desapareció para dejar paso a un nuevo idealismo transcendental al estilo de su progenitor Emmanuel Kant. Pues mi moral y ética, mis sentimientos, estarían negando su autenticidad, aunque por otro lado mi audacia en la empresa de la búsqueda de la esencia del conocimiento y su posterior divulgación, son quizás a decir de otros, objetivista, tal y como se denominara al idealismo de Hegel. En cualquier caso, creo que en aquel preciso momento de pura elucubración, conseguí involuntariamente darle razón a Kierkegaard, cuando decía que lo que se piensa no existe realmente, es solo algo posible. Yo le creo.

 Corriendo con un pliego enrollado y cogido firmemente en la mano, veo llegar a mi último amigo conocido aquí; el florentino Leonardo, discípulo de Verrocchio. El gran da Vinci. Llega a mi lado levantando polvo a su paso atolondrado y dando voces tan fuertes y seguidas que me hace difícil el entenderle, pero que en cambio consiguen romper el hilo de mis pensamientos existencialistas de estos días.

 —¡Daniel, Daniel! ¡Ya lo tengo! —Me lo dice como un crío nervioso lo diría al haber conseguido su primera cita amorosa. Ante mí despliega el pergamino amarillento. Es una pieza grande con todo lujo de detalles y anotaciones lo que me muestra

.—¿Qué te parece, Daniel? Es tu Biblioteca Universal, es… La… Biblioteca –me dice enfatizando cada silaba que pronuncia. Parece un loco en ese momento, con sus pelos blancos cubriéndole toda la cara, y sus ojos a lo lejos en el rostro, expectantes y despiertos en espera de una aprobación. Hace semanas le conocí en persona y hablé con él de mi singular proyecto, de mi meta personal en Mura, y en seguida de oírme comenzó a hacerme preguntas y más preguntas, como solo un polímita de su clase sería capaz de hacer.

 —Leonardo, amigo. Me dejaste sin palabras. Es… ¡tu mejor obra sin lugar a dudas!

 —Quita, quita… Eso es agua pasada. Por cierto, te puse en el diseño algo de fortificaciones, aunque aquí no parece haga falta, nunca se sabe, ¿Verdad? No sea nos ataquen los turcos. Las batallas dan tanto juego en las pinturas… —dice soltando una gran carcajada.

 Me ha conmovido totalmente. Le abrazo como a un padre encontrado, a un profesor querido, pues ¿Quien podría decir que el gran Leonardo da Vinci, le ha hecho un estudio arquitectónico? Contemplo una y otra vez su majestuoso dibujo, mientras él se atusa sus pobladas cejas y hace gestos con la cabeza arriba y abajo confirmando su satisfacción mal disimulada. Con esto puedo aseverar sin lugar a dudas que es verdadero y original, y que nadie sería capaz de crearlo con el solo desearlo.

 —¿Y bien Daniel...? Dime algo. Me tienes sobre ascuas.

 —Ya lo sabes maestro, tu obra será una maravilla intemporal.

 —¿Pero?

 —No tenemos materiales genuinos para poder construirla, y mucho menos trabajadores para acometer una obra tan magna y faraónica como esta.

 —Ay, Daniel, Daniel. Pareces un niño pequeño que no se entera de nada. Tú idea ha corrido como la pólvora de boca en boca, de puerta en puerta y de sueño en sueño. No tardarás en tener una legión de Muranienses dispuestos a trabajar, a picar piedra, a talar árboles, hacer pozos… Nos llevará tiempo, si, pero al fin y al cabo ¿no tenemos aquí todo el tiempo que queramos?

 Me interrumpo antes de empezar a contestarle. Escucho un ruido en el cielo que me resulta familiar, es el varón von Richthofen que me saluda con su pulgar enguantado levantado. Tras él, decenas de aviones de todos los tiempos le siguen, y comienzan a aterrizar escalonadamente frente a nosotros. Hoy me siento el hombre con pijama a rayas más feliz del mundo y entre lágrimas y lágrimas que me desbordan la visión, aún alcanzo a ver como por las dunas cercanas comienzan a emerger en su horizonte decenas de hombres y mujeres de todas las edades y épocas, cantando y riendo, con sus pulgares también levantados hacia las nubes.

 

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