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La nueva (a)normalidad

Acudir a un consultorio (en tiempos de pandemia) por controles de rutina, pueden llevarte a situaciones inesperadas...

El Arca de Luis Luis García Orihuela
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Foto:cadena3

POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

Me habían llamado del consultorio para que acudiera a la revisión que tenía asignada cada seis meses y que por culpa del virus se había visto postergada. Llegué con tiempo de sobra y me senté frente a la puerta dispuesto a esperar me llamaran.

 Comprobé en el papelito de la cita el número de la sala: A23. Esta es.

 Pasó el tiempo.

 Abrió la puerta la enfermera y llamó al siguiente paciente. Le preguntó si ya le había revisado la médica por lo del virus y éste le dijo que si. Al poco fue llegando más gente a la consulta. Una mujer mayor, una señora con una niña pequeña y una chica joven que cojeaba con movimientos extraños.

 Finalmente me llegó mi turno y entré. La enfermera me hizo la pregunta de rigor y le dije que no. Que no me habían hecho prueba alguna. Ha insistido en la pregunta una vez más haciendo hincapié en si estaba seguro de lo que le decía. Se lo he confirmado.

 —Pues claro que estoy seguro.

 —Un momento, por favor. Nos están trasladando a otras dependencias más amplias de este mismo edificio. Hay un problemilla… voy a llamar a la médica y que sea ella la que indique cual es el procedimiento a seguir.

 La consulta telefónica duró bien poco. Colgó y se dirigió a mí.

 —Bien, tendrá que dejar toda su ropa en esta consulta antes de ser atendido por la doctora. Su ropa podría estar infectada sin usted saberlo, y no podemos correr el riesgo de infectar a la doctora o a los pacientes que vienen a su cita médica.

—¿Todo?, ¿todo?

 —Si. Todo, todo. —Sonríe con picardía— Y si es tan amable. la deja toda en esta bolsa de plástico.

 Mientras me desvestía, he visto de reojo como ella, la enfermera, mandaba mensajes a alguien con su teléfono. Siguiendo sus instrucciones he metido toda mi ropa en la bolsa de plástico, luego he permanecido como un pasmarote en la consulta, de pie y sin saber a ciencia cierta que hacer. Si intentar taparme o permanecer tal cual, cómo si tal cosa.

 He intentado darle mientras tanto un vistazo a la sala. Aparte de pósters de anatomía, las consabidas letras para graduar la vista, la típica camilla de cuero negra y cubierta de papel, el escritorio de la doctora con su insustituible ordenador e impresora, caja de guantes y pañuelos, y por supuesto dos sillas con aspecto de no ser demasiado cómodas

.No hay ninguna otra puerta.

 No sabía si hacerle un nudo a la bolsa con mi ropa o no. Incluso he pensado en la posibilidad de hacerle dos. Ya puesto… Con un nudo sólo a veces se desatan y terminan cayéndose las cosas. 

 Quizás al hacer ruido con la bolsa, la enfermera se acordase de mi presencia y me prestase la debida atención.

 Han sonado dos golpecitos en la puerta, y mientras ésta se medio abría, la mujer mayor ha asomado su cabeza pasada de época para preguntar por lo suyo.

 —Disculpe. Es que llevo ya mucho rato esperando. ¡Oh! ¡Virgen santa del amor hermoso! Perdón, perdón…

La mujer ha cerrado la puerta, si bien, no con una gran ligereza que digamos. La enfermera entonces se ha acordado de mí presencia al regresar su vista de la puerta de la consulta hacia adentro. Antes de llegar a su celular a pasado por mi persona tras un detenido examen ocular que a empezado en la cabeza, ha hecho un alto en el camino y terminado en los pies.

 —Perdone. Es que era algo urgente. Dígame su nombre completo.

 La enfermera tomando una etiqueta adhesiva del cajón de la mesa, ha rotulado mi nombre con una letra infernal y a continuación la ha pegado a la bolsa con mi ropa.

 —Luego cuando la doctora termine su reconocimiento podrá recoger su ropa aquí mismo.

 —¿Aquí mismo?

 —Así es. La ropa se queda.

 —La ropa se queda… ¿Y yo?

 —Usted se va.

 —¿Me voy?

 —¿Es que no entiende las cosas a la primera? A ver, la bolsa con su ropa se queda aquí. En este despacho.

 —¿Y yo?

 —Y usted se va al despacho de la doctora. Es justo encima de este. Un piso más arriba. En lugar de sala A23, en la sala B23. No tiene perdida.

 —¿Pero como voy a llegar al B23?

 —Puede subir por las escaleras del fondo a la derecha, o bien llamar al ascensor que está antes de las mismas.

 —¿Y la bata?

 —Todavía no han traído. Si hace el favor de salir. Dígale a la señora que se asomó, que haga el favor de pasar.

 He abierto la puerta y asomado la cabeza. Cada tres asientos había alguien sentado, y en torno a una docena de personas dando paseos de un lado a otro con claros síntomas de desesperación. Entonces he mirado buscando la localización del ascensor. Lo he encontrado y en su puerta un cartel de “No funciona”.

 Me he quedado un momento sin saber que hacer, cuando de repente en la consulta de enfrente, en la A12, salía una joven corriendo desnuda hacia la escalera. No lo he pensado más y he salido corriendo detrás de ella.

 

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