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Aquellos ojos negros

'Cuentan, los más viejos en la ciudad, de una pavorosa leyenda, de unos niños...'

El Arca de Luis Luis García Orihuela
Aquellos ojos oscuro -posdata -digital-press
Foto: Pinterest. Composición fotográfica: Luis G. Orihuela



POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García Orihuela

 Por Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

 

Afuera de la casa llovía con moderada intensidad. En su interior el viejo reloj de cuco de los Brando hacía apenas unos pocos minutos, que su pájaro había salido de su encierro para anunciar eran las once de la noche. Llamaron al timbre de la puerta de la entrada principal por dos veces, dejando un lapsus de tiempo entre una y otra llamada.

La señora Lee dejó de recoger los restos de la cena, y prestó atención al timbre. ¿Quién podía estar llamando a esas horas de la noche y con el tiempo que estaba haciendo afuera? Seguramente pensó, su marido había olvidado una vez más las llaves de la casa. No sería ni la primera ni la última vez que se marchaba al trabajo olvidando coger su cena o su permiso de circulación.

Volvió a sonar el tono de llamada de la puerta, esta vez acompañado de unos tenues golpes dados con los nudillos.

Arriba dormía la niña, y terminaría por despertarse si seguía su marido dándole al interruptor de la entrada. Nunca había entendido como era posible que su esposo trabajase por la noche de seguridad en una fábrica, siendo como era, tan despistado y propenso a olvidar las cosas.  Abrió la puerta tras descorrer el cerrojo con la intención de llamarle la atención por su poco tacto. El comienzo de su arenga quedó cortado en seco al ver que eran unos niños los que habían llamado.

En el zaguán de la puerta se encontraban aquellos niños con unos chubasqueros, grises como la noche, totalmente mojados y las cabezas encapuchadas ligeramente agachadas y goteando a pesar de la repisa de la entrada. Inmediatamente pensó la señora Lee se trataba de dos hermanos. El que debía de ser menor de edad, al juzgar por la estatura, sería el niño, y la de las mechas oscuras asomando por la capucha, se trataría de su hermana. Pero ¿que hacían dos niños, pequeños y solos, perdidos a aquellas horas de la noche? Sin lugar a dudas, debía de tratarse de algo grabe. Quizás un accidente de circulación. Sus padres…

La voz de la niña la devolvió a la realidad del momento presente. Al parecer, creyó entender, le decía que necesitaban llamar a su casa. Se habían perdido.

Les indicó entrasen nada más ver el estado tan calamitoso en que se encontraban, y después de un periodo de silencio y de quietud de ambos niños, avanzó la niña seguida del hermano al interior de la estancia, gratamente caldeada por la chimenea.

La señora Lee les invitó a quitarse los chubasqueros y a secarse, pero la niña no parecía escucharla o importarle estar mojada, volvía a decirle una y otra vez que tenían que llamar a su casa. Fue entonces, que de pronto, sintió una extraña sensación, el presentimiento de que había algo raro en aquellos niños, aunque no supiera bien el qué. El niño aún no había abierto la boca para soltar palabra, y la niña, su tono de voz sonaba como poco natural para alguien tan joven de edad. Por su estatura dedujo bien podría tener unos doce años como su Jenny. Tenía un timbre de voz seco, algo silbante al final de las palabras, que le hacía sonar con un cierto toque metalizado. Pensó que a lo mejor eran extranjeros y por eso hablaban tan poco al no conocer bien el idioma.

            Lo que en verdad la asustó fueron sus ojos. De pronto, ambos niños habían levantado la cabeza lo suficiente para dejar ver sus ojos a la luz de la lumbre. Eran unos ojos totalmente negros, ocupando todo el cristalino del glóbulo ocular. Nunca antes en su vida había visto algo igual, ni tampoco oído hablar de nada parecido. La señora Lee sintió un frío glacial recorrer  toda su espalda hasta llegarle a la nuca. Nada bueno —pensó— podían traerle aquellos dos niños que parecían ser hijos del mismísimo diablo. Dejó de mirarles, y con disimulo no exento de nerviosismo, se dio la vuelta y se santiguó sin que llegarán a verla. Por algún motivo sintió la imperiosa necesidad de subir a ver a su hija. Podía notar la presencia de sus ojos puestos en ella. Descolgó el teléfono con la intención de dejarles que llamarán y se fueran así cuanto antes de la casa. Al fin y al cabo ¿Qué mal le podrían causar? Ella era una mujer adulta, todavía joven y de complexión fuerte, mientras que ellos no dejaban de ser dos niños pequeños. Por muy raros que fuesen no debía temerles. Quizás lo de sus ojos fuese a causa de alguna rara enfermedad desconocida para ella.

Colgó. El teléfono. No daba señal. Era algo frecuente cuando había tormentas eléctricas como la de aquella noche. Como pudo les hizo saber de la imposibilidad de llamar por teléfono al no haber señal a causa de la tormenta. Luego, sin llegar a tocarlos, consiguió salieran de la casa sin más.

Después de cerrar la puerta y correr el pestillo, la señora Lee volvió a santiguarse y subió las escaleras todo lo rápida  de que era capaz. Tenía un mal pálpito. Su corazón en esas cosas nunca la engañaba. La niña tenía desde siempre un dormir ligero. Un pequeño ruido la despertaba. Era improbable no se hubiese enterado de la inesperada visita que había tenido.

Gritó nada más abrir la puerta y prender la luz de la habitación. La ventana estaba abierta de par en par. Su hija había escapado por ella como había hecho en otras ocasiones. Pero siempre se había escapado de día y con buen clima, nunca de noche, y menos aún, con tormentas a las cuales tenía miedo desde muy pequeña. Se asomó a la ventana y miró hacia la calle. Seguía lloviendo. Casi al final de la calle le pareció distinguir entre la lluvia la silueta de tres personas que giraban a toda prisa hacia la avenida principal. La visión fue tan breve que apenas pudo discernir si eran tres niños o tres adultos. Cerró la ventana y se sentó a los pies de la cama llevándose las manos a la cara. "Ay, Señor. ¿Porqué me pasarán a mi estas cosas siempre, y cuando estoy sola? ¿Qué hago ahora?". Decidió bajar y llamar a la policía, luego decidiría si llamar o no a su marido.

Al menos, —pensó para sí— ha tenido el buen juicio de llevarse su chubasquero rojo. A la policía le resultará más fácil de encontrar si se fue con aquellos extraños niños.

 Hacía un par de horas que había dejado de llover. La señora Lee viendo que no recibía de la policía noticia alguna sobre Jenny tomó el teléfono y se dispuso a llamar a su marido. El pobre se iba a llevar un disgusto terrible al enterarse, pero no podía retrasarlo más. Ya iba a llamar cuando sonó el timbre de la puerta. Corrió todo lo que pudo hacia la puerta, descorrió el cerrojo de un golpe dado con la mano y abrió.

Allí estaba su hija. Su Jenny. Fue a reprenderla por lo que había hecho y decirle lo disgustada y preocupada que estaba. Había llamado a la policía para que la buscasen… Se contuvo. Al fin y al cabo estaba feliz por su regreso. Ya abría tiempo de hacerla entender que eso no debía de volver a hacerlo nunca más. 

La miró de arriba abajo varias veces y dio la vuelta a su alrededor para cerciorarse de que no estuviera herida. Ya en el interior de la casa la llevó cerca de la chimenea para que entrase en calor. La veía bastante pálida. Se dirigió a la cocina a prepararle una taza de caldo caliente cuando recordó que había vuelto sin su chubasquero. Se giró ya en el marco de la puerta para preguntarle por él, y fue entonces cuando sonó el teléfono. Era la policía avisándola de que habían encontrado a Jenny deambulando sola y diciendo repetidamente que tenía que llamar a casa. Les había sido fácil dar con ella gracias al chubasquero rojo.

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