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El viaje

"Cuando lo vi, sentí que mis ojos se prolongaban en los suyos. Debajo de esa robusta imagen de hombre ausente, afloraba la huella perdida".

La Cima Del Tiempo 08/10/2020 Sil Perez
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POSDATA Digital Press | Argentina

sil Pérez

Por Sil Peres | Escritora | Poeta | Miembro de la SADE

Cuando lo vi, sentí que mis ojos se prolongaban en los suyos. Debajo de esa robusta imagen de hombre ausente, afloraba la huella perdida. Su rostro parecía esconderse detrás de un muro de dudas. Aquella tarde, la sombra de un cuerpo senil burló el tiempo. Frente a él me encontré dispuesta a desmembrar el hilo de la mentira.

Llegué a Villaguay a las cinco de la tarde. El viaje había durado una eternidad por los inconvenientes que había sufrido el transporte de larga distancia que la empresa había dispuesto para cubrir el fin semana largo. 

El micro había emprendido la partida desde la terminal porteña de Retiro con una demora de unos treinta minutos. Como era habitual en esos casos, nadie dio explicación por el contratiempo; la nave insignia de doble camello partió de la estación con soberbia impunidad. Moría de ansiedad de llegar, por lo que no quise darle a la circunstancia más importancia de la que tenía.   Al fin y al cabo, aquel sería el transporte que cargaría mi última esperanza. 

Los asientos de suave pana azul, cubiertos en su totalidad por los pasajeros vespertinos, vislumbraban un trayecto lento. Pero la eventual demora no sería la última. Habíamos cruzado el puente Zárate Brazo Largo. Próximos a la localidad de Urdinarrain, a unos ciento ochenta y siete kilómetros sobre la ruta provincial N.°20, el motor del micro sufrió un deterioro, por el cual debimos esperar, en el medio de la nada, inmersos en una planicie asfáltica que se perdía en el horizonte, como el canto de los teros. Sin el menor consuelo, el calor acechaba la desolada carretera, mientras el aire acondicionado que había dejado de funcionar comenzó paulatinamente a dibujar un paisaje escalofriante. Procuré relajarme y aprovechar el tiempo detenido para pensar.  La última vez que había visitado la ciudad de Villaguay, era un adolescente de dieciséis años. Recuerdo que quise regresar a Buenos Aires en una Honda CBR 600 roja fuego. No bien la vi en la tienda de Ronaldo Bruselas, me voló la cabeza. El propietario del local era un legendario amigo de mi tío, y su negocio de fierros distaba a tan solo unos metros de la joyería de él.  No había que ser muy ingenioso para saber que el tío Luis, que por entonces tenía la mejor tienda del pueblo, había preferido sacarme un pasaje de ida en micro, en la misma línea en la que luego había regresado. ¡Lo que me divertí por entonces no tiene desperdicio! Aquella tarde habíamos llegado juntos a la vieja terminal de ómnibus de Villaguay, pues uno de mis primos nos había alcanzado en su rastrojera marfil Diesel 66. Veníamos cortando clavos porque embarcábamos a las tres de la tarde y, faltando diez minutos, recién cruzábamos la avenida Thomas Rocamora y 18 de Julio. No bien llegamos, bajé de la rastrojera con tal rapidez que olvidé despedirme de mi primo Horacio. A Luis le sucedió lo mismo aunque, al bajarse, su pantalón de jean quedó enganchado con el picaporte de la puerta delantera, por lo que debió girar abruptamente antes de quedar en bolas. Algo agitado y con mi pasaje en mano, me dispuse a subir al micro y ubicarme en la fila cinco de la ventanilla. Pero mi tío, que iba detrás de mí, no tuvo mejor idea que ir al único baño ubicado a metros de la entrada, con tanta mala suerte que lo hizo justo a la hora exacta de la partida. Todavía me parece verlo corriendo detrás del micro como un desaforado y gritándole al chofer, con su acentuada voz de pajarito, que se detuviera. Por años recordamos aquel momento, sobre todo cuando había subido al micro con su camiseta del Club ADEV Villaguayense empapada y con su rostro colorado como vasija de barro.

A mi lado, una mujer anciana de cabellos blancos dormía plácidamente en el primer asiento de la fila izquierda. Parecía no percibir (o no importarle) lo que estaba ocurriendo. Sus párpados titilaban como dos luciérnagas en plena noche.  Sus labios finos y rosados esbozaban con naturalidad una línea curva que tímidamente concluía en una sonrisa. Hubiera dado cualquier cosa por saber lo que soñaba.  Me quedé con su rostro, con esa imagen serena que, como la soledad, la abrazaba con fuerza.  El chofer y el acompañante solo hacían malabarismos inútiles para lograr detectar el error.  El conductor principal, hombre de mediana edad, de brazos robustos y ojos saltones, balbuceaba, convencido de que las bujías estaban tapadas. Pero que también podría tratarse del sensor de flujo de aire, que a su vez también podría estar sucio.  Su acompañante, un poco más extravagante y con cara de Tales de Mileto, replicaba: «Seguro es una fuga en el sistema del vacío del motor. Aunque podría tratarse de la falta de potencia del convertidor catalítico. Pero, tal vez, bla, bla, bla». Y así hasta ingresada la noche.

Mucho humo y poca fogata. Yo no entendía nada de mecánica, pero estaba convencido de que ellos tampoco. Un hombre de unos cuarenta años de extrema delgadez, que al parecer viajaba con un menor pelirrojo de ocho años, había tomado la iniciativa de entablar charla con los sabios conductores.  Su aporte al momento de aquella circunstancia no servía de mucho, pero al menos la distracción dilataba la bronca que a esas alturas ya todos teníamos. Tuve sed, pero las bebidas en la conserva habían perdido el frío: beber un jugo de naranja de bidón barato, y para colmo caliente, no era la mejor idea. Comencé a ponerme nervioso y a mirar el reloj de manera insistente, como si, al hacerlo, el caos se revirtiera.  Sin embargo, y para mi mayor tragedia, al igual que el micro, mi reloj pulsera también se había detenido. 

El canto de los teros y de las calandrias anunciaron el crepúsculo.  Pero aquel paisaje maravilloso plantado en medio del asfalto que aún hervía enceguecía el resplandor del natural suceso.  

Luego de cinco horas de espera, inexplicablemente, la nave levantó vuelo. No quise preguntar cómo, ni cuándo. Las teorías conspirativas que hasta el momento había escuchado habían sido suficientes. A esas alturas de la convivencia, los pasajeros ya éramos como chanchos. Entre todos habíamos cruzado alguna puteada, y hasta una sonrisa irónica que nos había encontrado en algún lugar maléfico de nuestro ser más profundo. Con todas las miserias a bordo, y sin mayores preámbulos, Villaguay me esperaba. 

Con las estrellas titubeantes sobre mis espaldas, bruscamente bajé del micro. Sentí en ese instante que debía olvidar aquella turbia experiencia. 

Ya en pleno centro, me alojé en un hotel de medio pelo que había reservado desde Buenos Aires. No iba a pasar más de dos noches. La ciudad de Villaguay no había cambiado mucho desde la última vez. Sus calles empedradas, sus casas erguidas de pasillos infinitos, y sus veredas angostas, como un camino de hormigas delataban un tiempo claudicado en la memoria.  Esquinas solitarias que aún conservaban las sombras de la gurisa del barrio que tanto deseaba.  No quise pensar en ella, ni mucho menos saber qué había sido de su vida. Todo allí era quietud… Si hasta el aire parecía rasguñar las voces de mis recuerdos. Aquella mañana, los postigos de madera se abrieron a la primavera, para darle paso al reencuentro. 

Una realidad inmutable. El momento deseado se había presentado, y no podía esquivarlo. Durante las primeras horas de la mañana, caminé por las veredas silenciosas de la calle Sarmiento. El camino parecía extinguirse a medida que mis pasos crujían desesperados. El ripio y la humedad lograron irritar mis ojos, pero no mi tenacidad. Fueron quinientos o seiscientos metros, hasta la dirección que había registrado. La casa donde él había vivido gran parte de su vida.

Y ahí estaba, desprovisto de lucidez, de memoria y de remordimientos. Detrás de los barrotes que cubrían el ventanal de su habitación de muebles escasos, se escondía un hombre olvidado. Se encontraba solo. Había dos tazas de plástico dispuestas sobre la mesa de luz de madera de algarrobo, por lo que pude deducir que alguien más lo acompañaba.  Al haber sentido algunos pasos que provenían de la vereda de enfrente, el anciano alemán giró su cabeza castaña hacia la calle Sarmiento.  De inmediato, me escondí detrás de unas enredaderas próximas a la puerta de entrada. Fue un impulso por demás inconsciente, ya que él no me conocía. Lentamente retomé la guarida, con la obsesión desmedida de llegar a su rostro. En ese instante asimilé que, detrás de esas rejas oxidadas se encontraba el propósito de mi búsqueda. Mi intención más genuina. 

A el parecía no preocuparle lo que a mí me desesperaba. De pronto, y sin mediar palabra, su rostro ajado impactó con el mío. El giro sorpresivo me devolvió la imagen tantas veces figurada. Sus ojos de esmeralda dilatados y ausentes se anclaron en mí por primera vez. Su mirada estancada fue todo lo que ese tiempo mendigo me dejó. La búsqueda de mi padre, en los ojos de mi abuelo. 


Reconocimiento

WhatsApp Image 2020-10-08 at 14.16.31Con enorme satisfacción comparto con ustedes el reconocimiento y la distinción realizada por el Grupo Literario Contemporáneo de Latinoamérica en representación de la Presidente de la SADE Moreno,  Silvina Crespo.

Nota original

 

 

 

 

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