La noche que Mar del Plata no durmió

La columna de Eduardo Por
Se cumplen 60 años de la tragedia aérea del Curtis en la ciudad de Mar del Plata, en la cual fallecieron 51 personas y hubo un solo sobreviviente.
Eduardo ServentePor Eduardo Servente | Ingeniero Civil

Posdata Digital | Argentina

Era una noche de tormenta, de fuerte tempestad en Mar del Plata. Tormenta de verano con tenebrosos relámpagos y truenos y mar embravecido. Era la noche del 16 de enero de 1959, hace 60 años. Esa noche la ciudad no durmió.

La hoy gran ciudad era solo una estación veraniega con su puerto pesquero, importante por cierto, pero distaba mucho a la enorme ciudad que es hoy.

Roberto Servente con un pedazo del aviónRoberto Servento, detrás un resto del avión iniestrado. Foto:E.Servente

Roberto, mi padre, luego de una semana de trabajo tenía decidido ir a pasar el fin de semana con nosotros en la playa y a tal efecto tomó un vuelo de Austral que hacía la propaganda inaugurando un vuelo triangular Aeroparque, Mar del Plata, Bahía Blanca, Aeroparque.

El viejo avión Curtis se movía como una coctelera en medio de la tormenta. Algunos pasajeros distendidos, o que pretendían estarlo aduciendo experiencia en esos momentos, y otros, los más, tensos y con miedo por los sacudones a los que era sometido el viejo avión. Mi padre era uno de estos últimos.

El piloto con gran pericia intentó llegar a la pista y hasta llegó a tocarla, pero al notar que no le alcanzaba volvió a remontar vuelo y tratar de tomar altura. Se dispuso a dar una gran vuelta sobre el mar para volver a encarar nuevamente la pista del aeropuerto de Camet.

En esa vuelta aparentemente un ala tocó las aguas embravecidas y el avión se estrelló contra el mar.

Mi madre y mi hermano mayor habían ido al aeropuerto a esperarlo en medio de la lluvia; notaron que el avión había hecho un intento de aterrizaje y había levantado vuelo nuevamente; el personal de tierra les informó que las condiciones no estaban dadas y el avión retornaba a Buenos Aires, así que se despidieron de la mamá de una azafata que se había acercado a ver a su hija y volvieron a dormir a la casa.

El golpe contra el agua fue tan fuerte que luego se comprobó que la totalidad de los 51 fallecidos habían muerto desnucados. Papá, sentado en uno de los últimos asientos, con el cinturón firmemente ajustado fue el único que resistió el golpe y vio como empezaba a entrar agua en la cabina produciendo un efecto extraño con las luces internas todavía encendidas. Una vez que el agua llegó donde él estaba se desabrochó y entró en ese mar frío que lo estaba recibiendo. Se dejó llevar, el agua lo revolcó y lo golpeó de distintas maneras hasta que luego de un rato, cuando sus pulmones estaban a punto de rendirse afloró su cabeza fuera de la superficie. Lo primero que sus ojos lograron ver en el medio de la oscuridad fue el gran pingüino, viejo isologo de Austral, de la cola del avión que se estaba hundiendo.

Curtis C46Ilustración Curtis C46

Una vez que la cola del avión terminó de hundirse se quedó solo en medio de la tormenta. Los únicos sonidos que podía oír eran los truenos y el oleaje poco amistoso. Su mente de ingeniero y el instinto lo llevaron a evaluar la situación y tomar decisiones.

Cuando las olas lo subían lograba divisar muy a lo lejos una luz y supuso que podía ser un barco pesquero aprovechando las aguas revueltas. Pensó que estaba cerca de la costa por lo que supuso que el oleaje, aunque sea torcido lo iba a llevar hacia ella y por suerte tomó la decisión de acompañar las olas con la ventaja extra que se sentía ayudado por las mismas.

No sentía su clavícula rota, sus dos costillas o su pierna quebradas, ni su gran herida en la frente; se sacó el saco, intentó sacarse los zapatos, pero no pudo deshacer el nudo de los cordones hinchados por el agua de mar, y empezó con gran paciencia intentar nadar ayudado por las olas.

Se quedaba dormido y se despertaba asustado tragando agua, para distraerse pensaba en las capas del infierno de la Divina Comedia del Dante y razonaba, “si todas esas personas hace tanto tiempo que están ahí, yo también voy a poder”.

Él calculaba que había estado nadando cerca de cuatro horas. Quizás suene descabellado, pero no lo es cuando se empiezan a relacionar los tiempos de cómo sucedieron las cosas esa noche de tormenta.

Mi madre y mi hermano hacía rato que habían vuelto y ya estaban durmiendo cuando sonó el teléfono. Mi madre atendió y escuchó: “¿Sra. de Servente?, soy la mamá de la azafata que nos encontramos en el aeropuerto, la llamaba para avisarle que el avión se cayó al mar y no hay sobrevivientes.”, y cortó.

Mi madre desesperada llamó a su cuñado Alberto y a su concuñado Pancho quienes la buscaron y se pusieron a buscar y juntar información donde consiguieran. Pasaron la noche de tormenta yendo a la radio, a la morgue, a la policía…

Papá nadó como pudo, con las fuerzas que pudo sacar de su interior y Dios que lo mantenía a flote. Ayudaba con alguna brazada cuando la ola avanzaba y se dejaba estar cuando volvía.

Sus pensamientos iban de la Divina Comedia a imaginarse quien iba a estar recibiéndolo; trataba que su mente no lo traicionara y buscaba de pensar en cosas que lo distrajeran de la negrura del mar profundo, de la tormenta cerrada, de la visión oscura; no quería pensar que se había equivocado de dirección. Nadó horas sacando energía que no tenía en su cuerpo…

No sintió que los ruidos eran distintos, no sintió que el agua no solo acompañaba a los truenos, sino que también provocaba ruido al morir el oleaje en la arena. Por eso se sorprendió cuando una ola lo depositó en la playa.

Pasó un buen rato tirado en la arena y sintiendo el mar que seguía incansablemente yendo y viniendo y enfriándolo cada vez más. El frío ya era insoportable. Se arrastró como pudo, ahora ya sintiendo sus heridas hasta el abrigo del acantilado y ahí se quedó esperando que Dios lo lleve o bien que guíe a algún mensajero a rescatarlo. Se desmayó.

Cuando se supo la noticia en la ciudad se comenzaron a movilizar las organizaciones pertinentes para buscar algo que diera algún indicio de lo sucedido.

El Padre Gardella, entonces capellán de la policía, se enteró como todo Mar del Plata de la tragedia, entonces acompañado por un muchacho y un perro se subieron a un viejo Jeep Willys y salieron a recorrer por donde nadie lo estaba haciendo.

En aquel entonces la costanera llegaba asfaltada hasta el cruce con la Avda. Constitución y la continuación del camino a Santa Clara era del barro más espeso. El Padre Gardella tomó ese camino y cada tanto se acercaba al borde del acantilado y trataba de ver algo iluminando con un viejo reflector; el perro que los acompañaba subía y bajaba corriendo buscando algo que valiera la pena para ladrar y llamar la atención del cura y el muchacho, como si fuera un juego…

En varios puntos se detuvieron, iluminaron, caminaron, buscaron, hasta que sintieron los ladridos desde allá abajo, desde la playa; el Padre Gardella iluminó bajo la lluvia y le pareció ver un brazo, una mano que asomaba del acantilado. Bajaron corriendo a la playa y lo encontraron. Lo envolvieron en frazadas empapadas, lo subieron al Jeep y dieron aviso por radio a la policía para que preparen una ambulancia en el cruce de Avda. Constitución.

Restos del avión que el mar llevó a la playa

Restos del avión que el mar llevó a la playa

Estaba en coma, con hipotermia. El Padre Gardella confesó que le dio la extremaunción y no creía que pudiera sobrevivir mucho más. Lo pasaron a la ambulancia y con la mayor celeridad lo llevaron al hospital.

Esa noche Mar del Plata no durmió. Avisaron en la radio que una ambulancia estaba llevando un sobreviviente al hospital. Parientes llorando, curiosos que nunca faltan, periodistas…, un mundo de gente hacía imposible la llegada de la ambulancia y luego el poder acercarse a esa persona que estaba llegando. Mi madre y mis dos tíos lograron hacerse un lugar y llegar hasta la camilla y a pesar de estar ensangrentado y lleno de arena pudieron reconocerlo.

Varias semanas internado tuvo una lenta recuperación. Cuando finalmente fue dado de alta las revistas del momento levantaron reportajes. Uno de los hechos que quedó en mi memoria fue cuando pudo volver a la playa un mundo de gente lo seguía como si fuera una mega estrella internacional. Parecía como si todas las personas de Playa Grande querían acercarse, tocarlo, ver que era una persona real, escucharlo.

La vida siguió. Luego de un par de años volvió a volar sin ningún miedo y la vida lo llevó a la increíble coincidencia que terminó siendo director de la compañía que lo había dejado en el mar.

Continuó su vida haciendo de su empresa constructora una familia. Muchos sinsabores en un país muy cambiante; alegrías, decepciones y fracasos que lo marcaron con una conducta recta, y esa conducta fue su gran enseñanza.

Tuvo que soportar la desaparición temprana de su hijo mayor, pero nos acompañó hasta sus 93 años enseñándonos con su ejemplo. Puedo decir que fui el único hijo que comprendí su vida, sin juzgarlo supe conversar con él y entenderlo como ninguno. Amó y fue amado bien y por pocos, y quizás pocos lo valoraron.

Ese hombre, mi padre, Roberto Servente, hace 60 años se salvaba de la muerte, esa noche Mar del Plata no durmió.

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