Terror en la noche (parte I)

El Arca de Luis 06 de abril de 2019 Por
Tengo doce años y mi padre desde que nací me ha enseñado a no tener miedo. Pero esta noche lo tengo.
 Terror en la noche
- Composición fotográfica: Luis O. Orihuela

 Posdata Digital | Argentina

Luis Gracia OrihuelaPor Luis García Orihuela | Dibujante | Escritor 

TERROR EN LA NOCHE

(parte 1)

Desperté sobresaltado por el gran estruendo provocado por un trueno que pareciera querer destrozar el paisaje con su increíble poder eléctrico. Pero había algo más. Otra luz. Era increíblemente blanca y muy potente, tal era así, que hasta por la rendija más pequeña de puertas y ventanas se filtraba inundándolo todo con su presencia de aspecto lechoso. Ahí no terminó la cosa, claro que no, entre el fragor de la tormenta se filtraba un sonido nuevo muy peculiar. Era como una mezcla de ruido metálico, pero que vibraba, se acercaba y alejaba de la casa, subía y bajaba de intensidad… parecía transmitir una tonada musical que se repetía  una y otra vez.

En la casa todos dormían. De normal mi madre se habría levantado al sentir el primer trueno avisar de su presencia en el valle. Habría comprobado puertas y ventanas estuviesen bien cerradas y luego nos habría arropado a mi hermana Luz y a mi. Luz es más pequeña y por tanto siempre es la primera cuando se trata de ver si estamos bien. Yo, por ser chico, me corresponde el segundo puesto. Estoy acostumbrado, como a que mi padre no se despierte en toda la noche por mucho que llueva y truene. Él trabaja duro talando árboles en el bosque, se pasa todo el día fuera, y cuando regresa cena con nosotros y se acuesta enseguida.

Tengo doce años y mi padre desde que nací me ha enseñado a no tener miedo. Pero esta noche lo tengo. Es distinta. La tormenta es más intensa que ninguna otra que pueda recordar. y es muy extraño no se oigan ruidos por la casa. Estoy temblando. Quiero hacer algo, no se, abrir la puerta y bajar corriendo por las escaleras para ver esa luz de donde viene, o quizás ir al dormitorio y despertarles, pero no me atrevo. Mis piernas entrechocan entre si, tiemblan de frío como el resto de mi cuerpo, pero no es un frío provocado por la tormenta, es un frío interior que me hace daño cuando respiro y lleno los pulmones de aire. Otro relámpago. Ha sonado más cerca que el anterior. He contado  los segundos transcurridos respecto al anterior. Hasta el cristal de la ventana a sonado como si fuera a romperse. He abierto la boca para gritar, y juraría lo he hecho, pero no me he oído, era un grito sordo, una voz muda. El miedo ha sido tal, que he abierto la puerta de mi habitación de golpe, justo a tiempo de ver a mi hermana Luz huyendo de su osito de peluche Poppy. Es un oso azul muy grande, y mi padre lo ganó en la feria hacía un par de semanas, gracias a que es un gran tirador de rifle. En casa tiene varias escopetas y cartuchos para cuando sale a cazar con sus amigos del valle. Los osos de peluche no corren, los osos azules no corren, entonces ¿por qué este oso corre tras mi hermana? ¿Por qué gruñe y lanza zarpazos?

La llamé: ¡Lucy! ¡Por aquí!, le grité señalando el interior de mi habitación, y comprobando que por fin mi voz había conseguido sobreponerse al silencio anterior. Se giró y abriendo mucho los ojos miró hacia su espalda, y acto seguido hizo un gesto de asentimiento, de haberme entendido. El oso con aquella cara que le hacía deseable el ser acariciado, movió su hocico al oírme gritar llamando a mi hermana, y sentí en ese preciso momento  que había olido mi presencia. No podía ser cierto que estuviera pasando aquello y que nadie se diera cuenta. Sin embargo así era. Al parecer solo mi hermana y yo estábamos despiertos y al tanto de lo que estaba ocurriendo. Me entró un gran miedo al pensar si la puerta de mi habitación sería fuerte, lo suficiente como para aguantar la envestida que sin duda se iba a producir en segundos. Lucy pasó ante mí corriendo, con la cara despavorida y apenas color en sus mejillas de normal sonrosadas. Nunca la había visto así. Cerré de un portazo la puerta y esperé el impacto del cuerpo del oso de peluche al chocar contra la puerta. No se produjo ningún sonido siquiera. Era como si se hubiese desvanecido de pronto aquella bestia azulada. Lucy había corrido hasta la cama, escondiéndose debajo de ella y asomando la cabeza por entre los faldones del edredón. Sonó otro trueno. La tormenta estaba justo encima de nosotros en esos momentos, y por encima del ruido del rayo al descargar contra algún árbol, pudimos sentir unos fuertes zarpazos en la puerta. La sangre dejó de circular en esos momentos para ambos. Mi hermana me miraba y temblaba. Yo la miraba a ella y temblaba también. Odiaba que me estuviera pasando a mí y ella pudiera verlo. Pero esa era la realidad en aquel momento y nadie habría sido capaz de romperla. En realidad aquello era el menor de mis problemas.

En la habitación solo se escuchaba nuestras respiraciones alteradas. Eran como si alguien las hubiera amplificado mediante altavoces para que todo el mundo pudiera escucharlas sin problemas. La tormenta ya no se escuchaba pero la presencia de la luz filtrándose por todos los resquicios no había variado en nada. Nos miramos a los ojos y decidimos en silencio. Lucy asintió desde su escondite bajo la cama, y saliendo procurando no hacer ningún ruido se acercó hasta a mí. Con el corazón en un puño acercamos nuestros oídos a la puerta. Escuchamos. Silencio absoluto. Ninguna señal del peluche azul. Permanecimos así un buen rato. Escuchando. Esperando. Sabíamos que antes o después deberíamos de salir de nuestro encierro voluntario, pero el tomar una decisión al respecto nos venía grande, eso era más bien cosa de mayores, de nuestros padres. ¿Les habría pasado algo? ¿Por qué no sabíamos nada de ellos? ¿Seguirían dormidos en su habitación sin haberse despertado? Parecía improbable. Necesitábamos saber las respuestas, y para ello deberíamos afrontar ciertos riesgos.

Mi hermana apartó su rostro de la puerta y miró hacia el suelo. Una especie de neblina lechosa cubría toda la estancia. Entonces levantó los pies, primero uno y luego el otro, exageradamente, tal como lo haría alguien que hubiera pisado un chicle y se le hubiera pegado a la suela del zapato. Fui a decir algo, pero ella se anticipó a mis palabras con un gesto. Por la neblina del suelo se adivinaba avanzar mi coche de bomberos. No se le veían las ruedas, pero si su escalera desplegable situada en su parte superior. De pronto, sus luces intermitentes se conectaron, a la par que su sirena comenzó a sonar con gran estrépito. No lo pensé dos veces, abrí la puerta y salimos al pasillo. No había rastro del oso, solo de sus marcas echas con las garras en la madera de la puerta. Cerré la puerta justo a tiempo de impedir salir al coche de bomberos tras nosotros. La niebla había llegado a los otros juguetes que estaban apartados lejos del suelo. En una de las estanterías se encontraban mis soldados vestidos de comandos y el helicóptero. La niebla alcanzó el estante de abajo y el balón de fútbol comenzó a dar saltos y tirar al suelo todo lo que había por la habitación. Sentí el tirón de mi hermana en el brazo y corrimos sin soltarnos de las manos escaleras abajo. No había ningún plan establecido, ninguna idea preconcebida. Simplemente éramos dos niños, dos hermanos huyendo despavoridamente de un terror sin sentido. ¿Desde cuando los juguetes podían cobrar vida propia y atacar a sus legítimos propietarios? Pasamos corriendo y sin detenernos apenas por la puerta del dormitorio de nuestros padres. Seguía cerrada, y seguramente ellos debían de permanecer en su interior, ajenos a todo lo que estaba ocurriendo en la casa que tanto dinero había costado de remodelar. Frenamos en seco ante la puerta e intentamos abrirla para entrar. No conseguimos nada. La puerta estaba cerrada como si desde dentro hubieran echado un cerrojo para impedir el acceso. Golpeamos con los nudillos con todas nuestras fuerzas. Nada. Ninguna respuesta. Ningún sonido desde el interior, solo el de nuestras menudas manos golpeando la puerta. Escuchamos a la pelota dar lo que sería un fuerte bote contra una de las paredes y luego el ruido del cristal de la ventana al romperse como si se hubiera producido una gran explosión. 

Escuchamos ruidos que procedían de la planta baja y nos detuvimos a mitad de las escaleras sin saber que hacer. Lucy me apretó la mano y con su otro brazo señaló hacía arriba. La niebla llegaba ya a la escalera y por debajo de ella se filtraba la luz igual que un relámpago por entre las nubes en una noche de tormenta. Parecía ahora una niebla más densa y pesada, como si se moviera de manera inteligente hacia nosotros. Con vida propia de ser ello posible Estuvimos a punto de gritar y delatar nuestra presencia. Aunque fuera una locura, aquella niebla trepaba, y lo hacía cubriéndolo todo a su paso. Tiré de mi hermana hacía la planta de abajo sin pensarlo dos veces. No sabía que podría pasar si la niebla nos alcanzara y cubriese, pero una cosa tenía clara: No sería nada bueno.

 


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