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El atardecer se introdujo en el río

Mi mundo mágico 02/07/2022 Graciela Cecilia Enriquez

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Graciela Enrique

Por Graciela Cecilia Enriquez |Escritora/ tallerista/ y directora del Diario literario digital Cuentos de hadas y fantasías

Fecha de publicación original:17/03/2022 

 

El atardecer se introdujo en el río y seguía allí sentada en las orillas de aquella playa. 

 Sus aguas comenzaron a moverse un poco más rápidas y la noche invadió el lugar, oscureciendo mi vista que miraba desde hacía más de dos horas, cautivada por el paisaje ondulante, que se flameaba de aquí para allá.

 El horizonte desapareció y esa oscuridad no me atemorizó, un viento suave se precipitó hasta tornarse algo fuerte, castigando mi rostro con su frío al cruzar. Aun así, estaba anonadada y sorprendida por tanta belleza. Vi como el sol se iba ocultando tras el lejano abismo, donde caía al finalizar las aguas.

Cuando me di cuenta de que una tenue música y una brillante luz, quería sobrevivir al serpenteante oleaje del río, las tinieblas de la noche penetraban el espacio negro.

Observé una luna rojiza al principio, pero más tarde ya era solo claridad blanquecina; se posaba casi sobre mí, bañándose en las aguas dulces del río tierno, volviéndose brioso. Creí verla sonreír, tal vez, porque yo estaba feliz; escuchando cánticos de sirenas que aleteaban cerca de donde me hallaba sentada, en las piedras que se alzaban a las orillas de la playa. Aunque en su timidez, temían aproximarse. Con lentitud intentaba pararme sin molestar su canto, con mis dos piernas muy largas; cuando una vocecita muy pequeña, suave y frágil, me llamo por mi nombre. Como si me conociera desde hacía tiempo ya, giré la cabeza dándome media vuelta y una mujer con cola y atletas se contorneaba ante mí. Me comenzó a decir, no sé, cuantas cosas que no puedo aún discernir, pero que mi interior entiendo su sentir. Me quedé estupefacta, con la boca abierta, mirándola sorprendida, mucho más que antes; pensando que soñaba.

 Cuando regrese a mi supuesta normalidad, un mundo mágico se levantaba frente a mis ojos, no entendiendo que sucedía, no sé. Pensé que estaba ante la ciudad perdida de la Atlántida. Pase días junto a ellos, nadie me contemplaba, ni se admiraba de verme ahí; nada se identificó conmigo y todos eran cordiales y afectuosos. Hasta que regresé a Morfeo. Fui escuchando casi dormida mi nombre. Al comienzo fue un susurro, luego se iba sintiendo como un estridente llamado.

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 Era mamá, la que me terminó de despertar trayéndome de ese mundo mágico hasta mi realidad. Ella me pedía que me levantara con rapidez porque se hacía tarde para ir al colegio.

 Si fue todo aquello real, aún no lo sabía. Solo luego de un año, al volver al mismo sitio, ver el paisaje familiar, y un río que se veía tan intenso con sus aguas remolinándose descubrí que alguien  se escondía, pícara e inocente y me miraba sonriendo. Con la seguridad que esperaba por mí, desde el cristalino río. 

 

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