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El trato

Mi mundo mágico 26/10/2022 Graciela Cecilia Enriquez
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Crédito:taringa

POSDATA Digital Press |Argentina

Graciela Enrique

Por Graciela Cecilia Enriquez ||Escritora |  Poeta |Tallerista | Directora del Diario literario digital de Cuentos de Hadas y Fantasías.


La casa parecía desde afuera lúgubre y muy oscura. La curiosidad nos atrapó. Un día con mi amiga ingresamos por una ventana rota y al pisar  el piso parquet  comenzó a rechinar, y ese  sonido  retumbó en mis oídos por varios segundos. Nos miramos sorprendidas y continuamos nuestra peligrosa aventura. Aquel era el sótano, un olor nauseabundo y pestilente salía de entre las paredes y el piso reseco no dejaba de crugir. Luego de subir las escaleras nos encontramos con una puerta que  se resistía a dejarnos pasar, pero finalmente al empujar con más fuerza se abrió y pudimos ver el infinito corredor del otro lado. Una neblina se instaló opacando la visión en la oscuridad. Las baterías de nuestras  linternas se fueron consumiendo rápido y su luz, ya no nos guiaba. Al entrar en una de las habitaciones notamos su decoración con motivos infantiles. Parecía haber pertenecido algún pequeño. De pronto sentimos un sudor helado y un frío glacial nos abrazó.

Desde las profundidades de aquel cuarto antiguo, salió riéndose sarcásticamente un niño con rostro deforme, es lo que alcanzamos a ver. A través de un espejo se reflejaba una luna llena que iluminaba tenuamente el tétrico lugar. ¡Nos asustamos tanto, que creí morir! Al salir corriendo chocamos con muebles, juguetes añejos, que se entrecruzan en nuestro camino. Cuando nos dimos cuenta, la casa era una extraña y misteriosa trampa de la que tal vez, no saldríamos nunca. Luego vi una gran cantidad de espejos por todos los rincones de la sala, que nos mostraba una variedad de puertas. Y al decidir por una u otra se iban alejando y un laberinto nos encontró. Quedamos paralizadas y las densas tinieblas se condensaron más y más. Fue lo último que recuerdo. Pasamos la noche viendo seres desfigurados, escuchando gemidos horrendos y toda clase de siniestros contornos y figuras cruzándose a nuestro derredor. 

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Después de esto perdí mi memoria y voluntad, tampoco supe más de mi amiga, solo recuerdo su imagen llorando...desconsoladamente. Al despertar, segundos antes del alba, vi un hombre de rostro agradable, sus cabellos renegridos y su cutis muy blanco. Parecía  un actor. Vestía un traje oscuro con chaleco de alta costura y galera sobre su cabeza. Sus zapatos de charol dejaban ver las elegantes medias. Era llamativo un detalle de su aspecto:sus manos, suaves y dedos estilizados, uñas afiladas.  Miré hacia mi izquierda y percibí que también continuaba allí mi amiga, temblando… Intenté incorporarme y no perder la razón, hasta que aquel hombre nos habló. Su conversación era amena.  Sentí que nos conocíamos desde siempre. Nos pidió amablemente que olvidemos lo acontecido haciendo un trato con él, el cual nos beneficiaría a las dos. Nos miramos otra vez,   y recordó que ya amanecía y lo pactado se vencía. No lo dudamos. Queríamos salir de ese problema, y con un gesto de afirmación con la cabeza aceptamos lo que nos ofreció. Y fue cuando nos extendió la mano y aunque se me congeló la sangre y en su cara se proyectaba lenta e irónica sonrisa de éxito y gloria, una turbia satisfacción se iluminó como fuego a su alrededor, al tomar mi mano y apretarla muy fuerte y luego la de mi amiga, nos dijo: —¡No sé imaginan el gran poder que tiene el hacer este trato conmigo! 

Fueron palabras que iban saliendo de su boca tan acentuadas e hirientes. Cada una de ellas parecía apuñalar mi alma y mi corazón, sentía que algo se desprendía de mí como una gran pérdida definitiva y profunda. Mi amiga de pronto retiró bruscamente su mano de entre la suya, arrepintiéndose. El rostro del culto, elegante y hermoso hombre se transformó. Sus ojos irradiaban fuego, parecían estar chispeando, sus cejas se desfiguran y su boca se agrandaba y un repentino rigor mortis se precipitó en ella. De pronto, su respiración se extinguió. Su mirada se opacó, y su sangre se concentró fluyendo hacia el exterior, así, saliendo por sus ojos y nariz. Colgaba como hilos su sangre, por sus labios pálidos. Él, la miraba y dando su último suspiró, tomo su alma, que flotaba en el aire como una nube transparente. Le aspiró el aliento de vida hasta el final y se la succionó. Yo me desvanecí al llegar la primera luz del día. Y cuando regresé de mi real "pesadilla" me encontraba en el jardín de mi casa, entre flores y verdes. Lo único que recordaba era que había hecho un trato y que desde ese momento obtendría muchos beneficios, hasta que alguien me necesite. Pero nunca más por años lo recordé. 

R

El tiempo pasó. Crecí en todo sentido y me hice mujer. Recuerdo episodios de esa etapa: fui líder en el secundario y en la facultad los chicos se peleaban por ser mis novios. Fue entonces cuando un productor me conoce por casualidad en vacaciones con mis amigos en Mar Del Plata. Mi vida cambió, me lancé como modelo. Mi imagen era portada de numerosas revistas. El reconocimiento y la popularidad me rodearon. No entendía que veían en mí, solo sé que el pasado quedó dormido y encerrado en aquel tiempo de mi infancia. Ya no recordaba la siniestra aventura que viví junto a mi amiga. Quedó en el olvido lo sucedido y nadie supo que había sido de aquella compañera de primaria.

 Y desde ahí en adelante la felicidad surgió y se instaló en mi propio mundo, mi vida dio un salto cuántico, mis padres  mis hermanos estaban orgullosos de mí y   eran mis fans más optimistas. Las cámaras me amaron y llegué a la tele y con ella una lluvia de proyectos de cine. Nada podía ser más mágico, fue un salto al infinito. El tiempo se esfumó tan rápido que cuando me quise dar cuenta, veintisiete años pasaron entre dicha y juventud.

 Así como afloró un día, estaba llegando a su fin los beneficios dado, creyendo que eran regalo del cielo… Volví a recordar. Y un martirio comenzó atormentarme  de repente tan impredecible. Todo se iba por la borda hasta naufragar en el limbo de mi existencia, el pasado regresaba como aquella mala pesadilla, que al final no lo fue. Y una noche en plena madrugada un sudor frío conocido me camino por todo el cuerpo, desde las puntas de mis pies hasta la cabeza y vi transcurrir mis cuarenta años en imágenes, al principio algo borrosas hasta hacerse más nítidas. Mostrándome mis éxitos, hasta llegar a mis inocentes trece años y ver como moría mi amiga. Y salió a la luz aquel trato, de entre el abismo de las tinieblas más oscuras. Reaccioné al apretón de manos y el poder que tuvo durante toda mi vida, la que creí siempre era muy feliz. Y reconocí que ese hombre desconocido se llevó el alma de Nélida. Mientras estas imágenes se superponían unas tras otras, el mismo hombre se hallaba sentado en la punta de mi cama. Con su rostro sereno resplandeciente, con el mismo traje elegante. Con esa galera hechizada y ojos muy rojos. A su lado el niño endemoniado  de la casa maléfica, jugando con sus juguetes viejos. Se miraban cada tanto de reojo, y entre ellos habitaba una rara complicidad. El miedo me hizo dejar de respirar por unos segundos y sus primeras palabras fueron :

— ¿Te acordáis de mí?—Se sonrió maldiciente y continuó— ¡Tenemos un trato!

Después de tomar  conciencia y algo de estabilidad emocional  pregunté:

—  ¿Y mi amiga?— Él, con otra leve sonrisa, me contestó: 

— Vive conmigo en mi reino— Y una larga carcajada salió por su garganta en forma de estruendo y poder.

 —¿Y ahora que quiere? —le volví a preguntar.

— ¡Tu alma! —Dijo sin titubear—Solo puedes quedarte en este mundo si cumples una misión para mí,  durante cien años —Concluyó.

 Aunque estaba aterrada, yo también me reí, no entendía aún la magnitud infernal del apretón de manos de años atrás. Antes de marcharse me volvió a decir —¡Tienes tres días para pensarlo, si venís conmigo  o te quedas a trabajar para mí!

Haciendo enfásis en cada frase desapareció en la oscuridad  del averno. Ya no era una niña,  sabía realmente que era tan real como lo era ese hombre. Y no queriendo ir al mismísimo infierno o quedarme eternamente trabajando para él.  Intenté suicidarme de varias y diferentes formas pero ninguna pudo lograrse. Él tenía conmigo un trato y lo haría cumplir al pie de la letra y sellado por mis manos y mi cabeza. Nada volvería a ser igual , tal vez peor. Y mí extraña felicidad de años se fue desvaneciendo al paso de esos tres días. Perdí el trabajo, mis amigos se alejaron, mis padres fallecieron y mis hermanos me hicieron responsable  de todo. Y así quedé, sola, sin familia, amigos o conocidos, solo era una errante viviendo una vida sin vida, prestada. Pesadumbre y tristezas fueron el gran cambio de aquellas inolvidables glorias y fama. El tercer día llegó. Y esa madrugada regresó el hombre y sin mediar nada más, solo dijo:"

—¿Qué decidiste? 

Lo miré y respondí:

—¿Qué quiere que haga para usted?—Y me respondió con seguridad:

—Durante estos próximos cien años, tendrás que traerme las almas que te vaya pidiendo. Te doy los nombres y tú solo los tocas, diciendo: ¡el trato fue cumplido! «¡Y listo, es todo!»

Y los años, épocas, modas, guerras, conflictos, y mil y una noches y días transcurrían entre personas desconocidas.

El mundo en que una vez viví se perdió en la nada. A un siglo del reencuentro solo era una mujer fantasma, caminante sin deseos, sin sueños, viviendo mi propio letargo. Y aquellos a los que me acerco, no saben que su muerte es irreversible, indiscutible y siniestra. Se contaba por ahí, entre mitos y leyenda del boca en boca que al llegar un nuevo milenio un deseo se cumplía, si se deseaba muy fuertemente desde el corazón. Y yo al saber que llegaba el término de mi desdichado trato, durante estos  cien años trabajando para aquel hombre sentí la esperanza de soñar por mi enmancipación. Más allá de todos los momentos inevitables e irreversibles, creí  haber encontrado el modo de quebrantar mi castigo, retornar al pasado, y a mis trece años . Por única vez a la media noche del primer día del comienzo de un milenio,  se abre un gusano atemporal en el espacio-tiempo y quién debe cambiar algo malo, esa es la oportunidad. Y un brillo de luz casi celestial me encandiló y me sumergí en un horizonte sin fin, muy brillante y me tiré como por un tobogán en él. Ya no me importaba nada, mi destino y mi suerte estaban echadas desde hacía un largo tiempo atrás. Y esa luz me envolvió y no me soltó hasta llegar a donde todo había comenzado. Mientras esto ocurría no pude dejar de escuchar un grito furioso lleno de bronca e ira que aturdió mis tímpanos. Las cadenas que ataban mi alma se soltaron y sentí que lo que se me había escabullido de mí, volvía a entrar a mi cuerpo. El torbellino del viaje me sacudía de un extremo a otro y no sabiendo que ocurriría. Solo que yo no tenía nada más por perder sino, todo por ganar. Ya  no tenía la certeza de qué recuperaría  de mi  y si era el  fin del trato que hicimos. Entonces caí en el jardín de mi casa materna y nuevamente era una niña. Nélida (mi amiga), venía corriendo alegre y radiante, llena de energía  y juventud infantil. Aún, no entendía, estaba absorta y sorprendida y nos abrazamos.  Yo lo hice más  fuerte... Y ella me dijo: — ¿Qué te sucede amiga?— ¡si hace un rato nos vimos! Solo reí con sincera felicidad. Entonces volví a caer en otra realidad que se me otorgó la misericordia divina: una nueva oportunidad de vida.

 Comenzamos a caminar y frente a nosotras se encontraba la casa embrujada, y me dijo:

— ¿Entramos?

—¡Noooooo! — grité

Y un escalofrío me recorrió el cuerpo una vez más. Nunca entramos en ella, no volvimos a cruzar ningún otro día por ahí. Y cuando giré la cabeza por última vez hacia la casa infernal. El hombre riente, murmurando, decía “El trato, el trato, el trato”. Apreté la mano de Nélida y echamos  a correr de allí, para vivir nuestras simples y humildes vidas, sin que mi amiga sepa lo que realmente pasó.  Otra oportunidad teníamos ella y yo.

¿Otra oportunidad...?

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