El espantapájaros

Cuento.-A partir de sucesos sombríos e increíbles, surgió...la leyenda.

Mi mundo mágico 19/10/2023 Graciela Enriquez
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Crédito:pinterest

POSDATA Digital Press| Argentina

Graciela Enrique

Por Graciela Cecilia Enriquez| Escritora| Tallerista| Socia de SADE (Lomas) 


En una pequeña aldea de casas conformadas en piedras que se van generando sobre una superficie natural de una hermosa llanura, donde existen grandes plantaciones de girasoles, cereales y otras hortalizas. Y toda esta belleza se encuentra en una región de España, al sur de Aragón.

Alrededor de esta comunidad de pintorescas casas, se hallaban los huertos de las familias de los aldeanos con sus viñedos y olivares.

Y más allá... ¡Sí!, más allá, el bosque... De una inmensa extensión que abarcaba toda mí vida hasta donde alcanzaban mis ojos al mirar. Teníamos un almacén donde guardábamos los frutos, las leñas, y algunos animales. Muchas veces al ir a buscar el leño para el hogar, pequeños roedores dejaban su rastros por doquier dentro de las despensas.

Donde vivo, es un pueblito de pocos habitantes, unos trescientos o mil, tal vez.

Por ende, nos conocíamos en general todos los vecinos del lugar. Yo era feliz, alegre, y jugaba corriendo por todo el ancho y largo de los campos y rincones de mi aldea.

Mis padres decidieron colocar un espantapájaros en el campo de girasoles para salvaguardar los cultivos. Fue para mí, motivo de risas, y un juego divertido, muy gracioso por vestir a un palo de escoba y transformarlo casi, en un ser humano. Mi papá lo lleno de paja, le puso una camisa vieja de él mismo, sucia, que apestaba a olores rancios de su piel sudorosa y unos pantaloncillos semi largos, ya que no llegaban a tapar su improvisado cuerpo de palo. Su rostro era triste y mis sentimientos se chocaban entre sí, porque estaba contento y al mismo tiempo al mirarlo, un frío helado y extraño recorría mi cuerpo, esa vez, no supe aún porque. Después de aquellos días todo transcurría igual, no había cambios en nuestra cotidianeidad entre el verde del bosque y los sembradíos. En primavera, el campo olía a perfume natural, el que se desprendían de las flores silvestres que se mecían por el prado. En aquella última primavera, un carro muy extraño cruzó por nuestra comunidad y compraron algunos menesteres y comida. Era un matrimonio realmente peculiar, su aspecto impartía algo así como incomodidad y desagrado, un poco de miedo y asco, no sé, fue realmente la situación muy singular.

Detrás de ellos, una señorita también bajó con su cabellera renegrida como sus atuendos oscuros, y cuando la pude mirar, sus ojos eran vidriosos, sin vida y lo más extraño fue que al verme, intento un gesto de sonrisa, una mueca, que le quedó fuera de lugar por su forma de ser. Su físico escuálido parecía que se quebraba a cada paso. Y los dos adultos, tal vez sus padres supuse, la miraron con un dejo de intimidación que infundía respeto terrorífico y volvió a subir al carro no sin antes murmurarles unas palabras inaudibles para mí, porque no entendí ese idioma o dialecto cerrado como percibía de ellos. Y eso, que por aquel entonces yo contaba con doce años y una picardía, que según mi papá, desarmaba a cualquiera y conquistaba al más serio sacándole una sonrisa con solo decir algo para mí conveniencia.

Así y todo, esa gente me había causado un pánico involuntario que por varias noches me asaltaron pesadillas en pleno sueño durante la madrugada. Hasta que pasaron, y... De pronto, solo olvidé al igual que ese carromato desvencijado con tres personas extremadamente espeluznante y ensombrecidos seres. Quedaron dormidos en mi interior.

Los años cruzaron por la comunidad de la aldea y crecí...

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Al cumplir los diecisiete años, descubrí que mí mamá iba dándole una forma más perfecta y humana a aquel espantapájaros. Le colgó dos latas de frijoles en cada brazo, los que movían la brisa al rozar aquella figura casi humana. Le agregó también papeles luminosos que al pegar los rayos del sol y por las noches el reflejo de la luna, brillaban y cumplía su función para el que fue creado: espantar pájaros. Era desde siempre el encargado de atormentar a los cuervos que deseaban comerse los maizales y sus semillas, los que formaban enormes y ruidosas bandadas que cada noche y día sobrevolaban para bajar a concretar sus planes de arrasar con todo. Otros se escondían entre los girasoles que crecían gigantes en el campo, mientras que nuestro espantapájaros los espantaban una y otra vez, si bien permanecía inerte allí, parado y (sin cansarse) durante estos últimos cinco años.

Esta vez llevaba el sombrero de alas grande de mi mamá con el que salía en pleno sol. Se lo donó a aquella figura de paja, así como su camisolín ya muy viejo. Yo veía como ondulaba y bailaba al son del viento como queriendo arrancárselo con su fuerza. Parecía que llevaba una capa y que en cualquier momento se desprendía de la tierra que lo sujetaba y sería libre para volar con aquellos pájaros que espantaba. Pero hasta ahí, nunca pasó, todo se renovaba. Todos en casa hacían lo posible para que ese espantapájaros aumente su interés en espantar. Lo único que nunca realmente cambió fueron sus ojos; los míos, al mirarlo continuaba dándome esa sensación de frío intenso que recorría mi cuerpo y me causaba piel de gallina. A estas alturas, no me preocupaba mucho, como cuando era niño pero... Ese terror-respeto nunca se lo perdí. Fue la misma inquietud que me invadió al ver aquel carro años atrás y nuevamente volvió a cruzar por el pueblo. Esta vez, la jovencita era una bonita mujer, rara, pero linda.

La pareja ya no estaba, en su lugar bajaba un chico con un bebé, los miré, y él pronunció aquellas mismas palabras extrañas hacia ella, igual que en aquél entonces de la boca de sus padres. Y la joven no regresó al interior del carro, sino que salió a correr con el bebé en brazos. La noche llegó y el ocaso teñía el cielo de colores fluorescente estallando por todos los extremos del horizonte, los reflejos pegaban en el campo y algunas flores brillaban ante del oscurecer. La luz dejó de ser, y en un instante el silencio invadió esta parte del planeta. El tiempo, para mí, se había detenido. El joven que vino con la mujer quedó mirándola cómo huía de él e intentó gritar en su idioma, pero ella ya no escuchaba. Mientras en aquella oscuridad profunda y densa, opacaba y ennegrecía los sembradíos, allí donde los girasoles dormían, cayó justo frente al espantapájaros. Y como queriendo disipar todo ese sombrío y tétrico paisaje, la luna irrumpe colgada en el cielo, formando un claro sobre el panorama. La chica con su bebé estaba temblando, hablaba con susurros frente a la figura y éste se compadeció de su tristeza; las ramas de sus brazos se alargaron transformándose en un par de manos con garras y tomó al niño, ella le sonrió, y parecía entenderlo. En cuanto pudo también lo acurrucó y la luna dejó de iluminar el lugar y la noche se adueñó nuevamente del paisaje.

Sin darme cuenta, esa pesadilla real transcurrió durante la madrugada.

Al aclarar y rayar el día, con los primeros hilos de luz de un nuevo amanecer, yo me refregaba los ojos, recién me despertaba y había dormido fuera de mi casa. Mis padres también ya se encontraban levantados listos para cumplir con las tareas diaria. Los rumores no tardaron en llegar, encontraron muerto al joven entre los cultivos de cereales, todo picoteando por los cuervos. Sus ojos ya no estaban en su sitio, en su lugar, dos espacios profundos caían en el abismo del misterioso vacío infernal. Parecía que un animal le hubiese chupado toda la sangre, las venas azules moradas resaltaban sin ese líquido acuoso que nos da la vida, y su rostro ajeado, como si los años cruzaron por él, en un abrir y cerrar de ojos.

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Yo, aún incrédulo por todo lo acontecido, no tenía una explicación y deseaba saber qué ocurrió, quienes eran ellos, y el porqué de  tanta rareza. Y vi cómo levantaban en andas al chico algunos aldeanos llevándolo hasta el campo santo para darle cristiana sepultura. También contemplé como lo enterraban poniéndole una cruz sin nombre. Otros suspiros, del boca en boca llegaron a mis oídos, con la cálida ventisca del mediodía. Y una vez más, me lancé a correr hacia el otro lado del cementerio por la llanura a la inversa de donde me encontraba. Seguro que no se escaparía nunca más de allí. Cuando llegué  agitado y cansado  a donde estaban mis padres,  los encontré  junto a otros lugareños y trabajadores, que  miraban consternados al  muñeco de paja, el que se parecía más a una mujer. Su mirada ya no me daba miedo y el camisolín de mamá se arremolinan en su espalda, dándole otra apariencia. Para mí asombro, fue que había otro similar, más chico, que llevaba colgado un chupete con un detalle muy peculiar: la paja en su cabeza parecían rulos. Su cara era pequeña y sus ojos aparentaban estar cerrados, ¿durmiendo tal vez?, porque no se los veía muy bien. Llevaba trapos de mantas de niño y aquella escena me desconcertó. A todos los presente en realidad que continuaban mirando los espantapájaros. Esos ojos que decían todo, se miraban unos con otros, reclamando quién erguió ese otro muñeco. Todos permanecían en un mutuo silencio. Yo por mi parte, tenía esa última noche muy borrosa en mí memoria, si bien me proponía a descifrar cada imagen, todo se tornaba más confuso. Y al igual que el resto, no dije nada. Rodeado de esa realidad bucólica, por aquella visión natural ante mí, rústica, con un bosque y llanura, río y agua circulando, más este hecho indescifrable al que le iba a dar sentido o moriría en el intento. Después de unos días, nadie más retomó el tema. Pero ese espantapájaros el que le tenía un cierto respeto desde chico, hoy me llamaba y ya no me asustaba,  en realidad, el que me daba un poco de miedo, era el nuevo integrante del campo. Una noche, comenzó a perseguirme un pájaro de rapiña, ave que al parecer no  intentaba atacarme. Más bien creí, que se quería acercar. Una semana más tarde, quedé varado en el pueblo con compras que mí padre me mando a realizar, y la noche me alcanzó. Una vez más, el pájaro gigante, se me acercaba y se alejaba, me seguía de cerca. Continúe mí camino en la carreta familiar hasta que me di cuenta que pasaba por ese portón negro e inmenso que me invitaba a entrar a Tierra Santa. Mi curiosidad fue mayor, y a sabiendas que en mi casa se preocuparían por mí, Igualmente no pude dejar de oír ese llamado al peligro o algo así. Tal vez, adentrarse en él, por esos senderos silenciosos podría darle a mi vida un giro rotundo e irreparable. Miré el cielo y lo hallé sembrado de estrellas titilantes, una luna nueva que iluminaba parte de tanta oscuridad y sentí una magia ancestral pululando por aquí y por allá. En cierto momento mis piernas se paralizaron, quisieron detenerse en un  instante  y dudé al seguir esos pasos frente a ese mundo de tumbas que se presentaban ante mí. Un mundo desierto de seres vivos, y habitado por huesos viejos y quebradizos de carne coroidea por el tiempo, y más allá de lo sabido... Espíritus y fantasmas que me helaban la sangre, y caminaban junto a mí, eso yo lo sabía, porque los sentía en el aire que respiraba. Y emprendí la marcha nuevamente. Mis huellas iban quedando marcadas a cada paso que daba y con asombro me percate que  me encontraba con  incontables lápidas que me daban la bienvenida. Enseguida vi aquella tierra movida y removida recientemente, la que le daba el supuesto descanso eterno al jovencito que terminó sus días en extrañas circunstancias. Y al sentir que algo sobrevolaba sobre mi, miré instantáneamente en derredor y era el mismo pájaro que venía acompañándome por varias noches. Y perdí el sentido del tiempo y las horas quedaron encerradas en los relojes de la humanidad. Para mí sorpresa, el ave me tomó con su pico curvado la solapa de mi saco viejo, queriéndome sacar de allí. Lo espanté una y otra vez, fue inútil, no se iba. Cuando me di cuenta ya era tarde, muy tarde, demasiado tarde. Una mano cadavérica y otra empezaron a escarbar la tierra hasta hacer la fuerza necesaria para salir de su tumba, y creí que moriría en ese momento y un estrepitoso grito dejé salir de mi garganta, como tres veces, y cada vez fue menos intensa. El pavor, el temor, el pánico y el peligro de, ¡sí ! ya saber que perdería mí vida...Miré al pájaro que graznaba con ahínco, y comenzó a picotear el cadáver que asomaba una y otra vez en su cara desgarrada, en sus brazos y sus piernas que expandía un olor nauseabundo de color verde oscuro de moho y algunos insectos que salían y entraban por esas dos cuencas de ojos que los cuervos picotearon antes de morir. Allí, me di cuenta que era ese pájaro carroñero, como un cuervo gigante o un buitre imponente o tal vez era yo que todo lo veía distorsionado. Lo único real era que el ave me quería proteger. Mientras que me escapaba, y me caía resbalando entre tumbas, el ave peleaba hasta que salí de su vista, y al sacarme de allí, el gran portón negro se cerró tras de mí con un estrepitoso ruido. Miré al pajarraco y le empecé a hablar mientras subía a la carreta dándole las gracias por su ayuda. Como también rondaban pensamientos lúgubres por mí cabeza sobre aquella horrenda experiencia sobrenatural. Y el ave se posó en un gran árbol enhiesto que se erguía en una vereda y se balanceaba danzando con la brisa de la noche. Me habló, ¡sí!...El cuervo gigante me habló.

"Antes espantaba, como hoy, tú me espantas a mí, antes no era libre, hoy lo soy, antes fui un espantapájaros, hoy me transformé en un gran pájaro" . Y me sonreí .

Entendí y aunque quise saber más, no pregunté otra vez. En silencio seguí caminando hasta mi casa y el pájaro desde lejos me observaba. Esa noche me acosté a dormir y soñé con aquella mujer y su bebé; bella y hermosa bailando y cantando entre los trigales y las amapolas que la acariciaban como así también los girasoles la saludaban girando sus pétalos de un lado al otro. No me dio miedo el sueño, pero me llevó a querer ir ante ese espantapájaros que habitaba el campo de cultivos. Volvieron a pasar unos cuantos días, hasta que el susto se me pasó pero del que no dije una palabra. Mis padres ya estaban grandes, no valía la pena hacerles pasar mala sangre por algo que aún faltaba resolver. Tampoco quise ocasionar un mal mayor por mí vehemencia en algunas cosas, no quisiera que ellos se enfermaran.

¡Y callé! .

Un atardecer, cuando la luz del día se desvanecía y los naranjas y rojos se confundían, los celestes y azules, teñían la noche que llegaba algo fresca; donde esta vez, se podía escuchar el rumor del agua que circulaba en un río al costado de la entrada del bosque. Si bien estaba un poco más alejado, ese sonido en aquella noche, que recién la tarde le dio paso, se escuchaba como corría hacia el Sur. Me dirigía a lavarme la cara después de terminar mi trabajo en el campo, donde las cosechas estaban listas para dar sus frutos. Escuché un canto extraño como un hálito que llegaba a mis oídos y mis tímpanos lo sentía dulce y tierno, sin saber qué decía realmente.

Y corrí por todos lados, hasta hallar a la fuente de ese cántico, y la música me llevó hacia los espantapájaros que seguían tiesos, impertérritos, allí en medio de los maizales. La joven me habló, y entremedio del envoltorio de su figura, una hermosa mujer fluye y surge hacia mí. Era la misma, era ella, no tenía dudas, pero era más linda, era mejor, y su rostro brillaba; su energía oscura, la que un día tuvo, ya no existía. La luz de todo su ser, se irradiaba en sus ojos color cielo, el infinito vivía en su interior, la libertad que le devolvió mí antiguo muñeco la recuperó para toda la eternidad. Al instante, de la figura más pequeña, sale riéndose un niño, ya no era un bebé que debían llevar en brazos, era su hijo, que corría llamándola, riendo y abrazándola, la besaba. No entendía pero comprendía su alegría de libertad, ya que había pasado por muchas cosas terroríficas, más que el mismísimo miedo a lo desconocido. Ellos serían inmortales y encerrados en esos espantapájaros, libres para siempre. Fue una de las noches más largas para mí, un lapso que se extendió temporalmente.

En un tiempo, sin tiempo.

Y tuve el honor de escuchar su pasado y el cómo llegaron a esa decisión, aquellos padres que al final y supe con certeza que lo eran. Comenzó a relatarme su vida.

— "Me llevaban para entregarme al hijo de un hombre que era, según mí padre, un amigo de su juventud. Mí madre no pudo negarse, allá fuimos en un viaje al más siniestro infierno. Llegamos a un castillo, más allá del bosque. Al llegar, era un lugar tétrico y horrible, donde cardos, tunas y toda planta que se defendían en jardines muertos. Donde las aves parecían demonios y unas personas de una gran fealdad salieron a nuestro encuentro, tenían mucho poder y de una hechicería muy negra. Mis padres fueron seducidos por la avaricia y la ambición, la gula y el egoísmo. Sin darse cuenta que junto con esos manjares y banquetes, entregaron sus almas, más allá de lo conocido. El chico parecía... (me seguía contando), más normal, pero solo... ¡Sí!... Sólo antes de las nupcias, porque una vez que un hombre de túnicas oscuras y casi diabólico, nos casara, automáticamente mis padres fallecieron y el chico se convirtió en la marioneta de su propio padre, ordenándole que debía hacer conmigo. Y fui su esclava más que su esposa. Quedé embarazada, e intenté huir, pero siempre fracasaba.

Así y todo, nunca bajé  los brazos, nunca me rendí. Empecé a decirle todo que sí, pero en el fondo esperaba la oportunidad de escapar, o un milagro. Una mañana cerca del mediodía, alguien llegó por ahí, y con unas palabras y rezos que sonaban en mis oídos muy desagradables. El padre del chico, mí suegro, murió; así como así, su poder se esfumó y todo comenzó a derrumbarse, piedra por piedra. Mi esposo, tomó a nuestro bebé, me ordenó subir al carro con el que llegamos con mí familia.

Huimos de allí. Tampoco, él mismo, no sabía que hacer o dónde ir. Y yo al fin y al cabo, no sabía si solo era un ser manejable, o ya tenía algo de esa oscuridad en su interior. Su mundo se derrumbaba, se destruyó y entre ruinas, un ave renegrida salió del polvillo que hacían las paredes al caer. Y me dijo que pronto sería libre, y él también. Qué no sería lo que deseé siempre, pero que nunca más sería esclava de alguien que me maltratara.

Creí en esta profecía y me aferré  a ella".—  (Y concluyó).

Hubo un tímido silencio y continuó. "Por eso, al cruzar por esta aldea, no sé cómo, supe que tenía que correr con mí bebé, la voz del pájaro me llamaba". Definitivamente dejó de hablar.

Así también recordó que aquella primera vez que me vio, me sonrió y sintió felicidad.

Luego, soltó a su hijo, y caí en un profundo sueño. Mientras me estaba quedando dormido, vi cómo entraban ambos en sus cuerpos de espantapájaros.

Al día siguiente, mientras almorzaba en un sublime silencio, recobre las fuerzas y fui mentalmente armando el rompecabezas.

Reflexioné cada vivencia, palabras y realidades. "Esas personas eran avaras, entregaron a su hija por codicia, a brujos y magos, y algo siniestro los tomó como rehenes. Aliguen más fuerte llegó a ese lugar infernal y los destruyó. Mí amigo el pajarraco, era y fue siempre el espantapájaros, el que ayudó a la mujer y su hijo, y mató al chico, y más tarde me ayudó en el cementerio a que no me asesinara. Y ahora, madre e hijo son los muñecos de paja. Y nuestra primer figura es un pájaro definitivamente"

Después de entender la historia que le causaba un poco de estupor, recelo y la pesadilla, de casi haber perdido su vida, se dio cuenta que estaba enamorado de ella, de su belleza, de su espíritu aguerrido.

La soñaba de noche y la veía de día entre los girasoles. Nunca creyó que esto lo llevaría cerca de la locura y la obsesión. Sentía que sin ella no podría seguir viviendo, que su vida no tenía sentido sin poder mirar sus ojos color cielo. Y una noche de tormenta, rayos y centellas, perturbaron la comunidad de las casitas , los refusilos iluminaban y parecía electrificar el firmamento y retumbaba en cada casa. La lluvia caía violenta y sin querer parar en toda esa noche, que brillaba con los truenos.

¡Se oscurecía!.

Y las nubes grises opacaron el lugar. Me encontré caminando sin control, a pedirle que me acepté como su amor eterno. Que la amaba y que sin ella no viviría. Cuando otro rayo iluminó peligrosamente toda la noche, y me alcanzó.

Ella salió de lo que simulaba ser, y me abrazó; me dijo que también me amaba y que no podía permitirme que quedará encerrado como ellos, eternamente.

Y mientras agonizaba, le dijo que no importaba, mientras estén juntos. Antes de exhalar el último suspiró, se vio como se levantaba frente al campo... Ya era otro espantapájaros más. El amor los transformó.

A partir de aquellos incidentes y acontecimientos sombríos e increíbles, surgió... la leyenda.

En España siempre se la contaba a la luz de las brazas en algún fogón a la orilla de una playa a orillas del Mediterráneo, en el interior de un verde  prado, o en los equinoccio de primavera en plena abundancia de las cosechas.

— Abuelo, abuelo, ¿Tu crees en esas historias?— pregunta un niño

— Si , supongo que algo de verdad tendrán-— Contestó el anciano.

Escuchando lo que hablaban.

— Chicos, las leyendas se dicen que son, mitad real y mitad fantasías— se escucha decir al pasar.

Así saludaban a su abuelo los niños y otros amigos.

Mientras volando llegaba un pájaro renegrido de pintas blancas que se posa en su hombro.

— "-No me creen, muchos hoy día, ya no creen en nuestras tradiciones ancestrales-" — Se decía a si mismo el hombre,

al quedar solo, mirando a los chicos como se alejaban. Mientras acariciaba las alas del ave.

— ¿Y tú?— dice el ave

— ¡Si!. Si no fuera por ti , seguiríamos siendo espantapájaros.

— Si, verdad. Pero serán eternamente inmortales— contesto el pajarraco

— Es el precio de nuestro amor — Y sonrío.

Giro su cabeza, y su esposa llegaba junto a él, lo abrazó y con un beso sello una vez más su contrato eterno.

Mientras le cuchicheo al oído "Tu siempre contando nuestra historia"...

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