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La semilla y el vuelo

" No se decidían. Ellos aún no conocían la dimensión que los esperaba".

La Cima Del Tiempo Sil Pérez

La semilla y el vueloFoto:Flick

Posdata Digital Press | Argentina

sil PérezPor Sil Perez | Escritora | Poeta

 

Me estaba yendo.  Aquella mañana estival, mis ojos habían anticipado la partida. Una tristeza húmeda recorría mi rostro sin piedad. No fue fácil alejarme de ese sosiego, pero había que partir. Los bolsos aguardaban en el auto, mientras el sol, con cierta impunidad, incendiaba el terreno fértil. El deck, con sus confortables reposeras, invitaba al último descanso. Mis vacaciones eran ya una realidad estancada en el recuerdo. Pretendí sostener el tiempo y, ante esa impotencia, me dispuse a mirar por un instante la naturaleza que me rodeaba.  Las ramas de los álamos caían sobre mi cuerpo, como un rocío caprichoso. Abracé ese silencio hasta exterminarlo. El calor era cada vez más intenso, por lo que decidí aprovechar la sinfonía de las chicharras, para recoger mis cabellos, y sentir sobre mi nuca desnuda la brisa agrietada del mediodía. Pocos minutos pasaron; mientras mis dedos se enredaban en una maniobra obstinada con el prendedor, escuché el sonido de aleteos que provenían de las copas de esos árboles. Se trataba de una familia de calandrias que, al parecer, tenía el nido muy cerca de la cabaña. Desde ese fortín animaban a sus pichones a emprender la búsqueda de sus primeros alimentos. Sin siquiera moverme, observé ese circuito doctrinario con suma curiosidad. Ellos, los papás, acompañaban a sus pichones y daban muestra concreta de cómo llevar a su pico las semillas de los árboles y alguna que otra sustancia apetecible. Observar esa danza principiante me generó cierta gracia, pues los pequeños, que ya no lo eran tanto, por momentos iniciaban su búsqueda y se alimentaban por sus propios medios. Y, por otros, aleteaban con insistencia, mientras abrían sus picos rojos desesperados. Alas desplumadas, picos aullantes y ojos desorbitados desesperaban a sus mayores en el intento de supervivencia. 

Las semillas eran devoradas con un ímpetu asombroso. Las aves se acercaban al objetivo y tragaban todo lo que encontraban a su paso. Luego los cuatro emprendían un vuelo circular en derredor del follaje y de mi cuerpo inerte. En esa acción desmedida realizaban maniobras de aterrizaje colectivo, para detenerse finalmente sobre la baranda que rodeaba el deck de madera. Desde mi rincón agazapado, comprendí que los pichones dejarían de serlo en cualquier momento. Aún no se decidían. Aún no sabían si debían seguir esperando, o si ya estaban en condiciones de emprender su propio viaje.

Y con esa inquietud abordé mi regreso. Ya nada me retenía. Solo la duda y el misterio de saber que la vida es un ala del instante y que el vuelo es la semilla de la libertad.

 


 

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