Historia en Londres: Saint Bartholomew

El Arca de Luis Por Luis García Orihuela
Años atrás quise saber si sería capaz de escribir una historia con Sherlock Holmes como protagonista. Este fue el resultado.

sherlockComposición fotográfica: Luis . G. Orihuela

  POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

Por primera vez en mucho tiempo, hoy me encuentro francamente bien, y ello se debe a que a primera hora de la mañana, la enfermera que viene tiempo atrás poniéndome el termómetro, me ha confirmado mientras miraba mi temperatura, que hoy me darían el alta médica del Hospital de Saint Bartholomew.

Mi primer recuerdo al despertar, fue muy vago, tanto que solo  el olor a humo y a carne humana quemada me hacían recordar. Se me estremeció el cuerpo al revivir en mi mente ese momento, y tuve que mirar mi nombre escrito a los pies de la cama para saber que me llamaba Alan Wedgwood.

 Según me contaron tiempo después de haber sido ingresado, parte de la culpa de mi situación se la debía a Ayub Khan y al hecho de pertenecer al 66º Regimiento de a Pie británico, el mismo al que la reina Victoria impondría una medalla al valor a Bobbie, el perro de nuestro regimiento tras la batalla de Maiwand. Ironía del destino, a mi no me impuso ninguna, a pesar de que los efectos de la metralla me dejara la pierna derecha un tanto maltrecha y la memoria con ciertas lagunas.

 He debido quedarme dormido y mi mente como en las demás ocasiones, me remonta al día de la gran batalla campal contra los ghazis.

 El comandante nos había ordenado rechazar el inminente ataque afgano con el fuego de nuestros fusiles. La fuerza de Herat había avanzado a una distancia de unas escasas ochocientas yardas de nuestras posiciones. Nuestros rifles Zinder y los Granaderos les causaban muchas bajas a las filas afganas a pesar de los numerosos intentos. Durante la siguiente hora y media los afganos  reagruparon sus fuerzas para reanudar el ataque. Fue el momento más crucial debido a las muchas bajas sufridas y heridos necesitados de atención médica a los que se hacía necesaria su evacuación del campo de batalla.

En mi recuerdo, o en mi sueño, no se bien a ciencia cierta, se me representa Malala, la gran heroína afgana, la veo de pie entre los ghazis, junto con otras mujeres recitando con voz firme y clara, baladas tradicionales e  infundiéndoles un nuevo espíritu de valor y coraje, mientras suenan envolventes los acordes de la retab entre el fragor de la batalla y los llantos de los heridos. Gracias a ello, el comandante en jefe, el teniente general Hafizullah Khan, consiguió detener temporalmente la ofensiva.

 —Vamos Sr. Wedgwood, despierte de una vez.

—Hola, doc. —le contesté.

El doctor sentado en un taburete de madera de tres patas, se encontraba escribiendo, lo que supuse debía de ser mi alta médica. Tras el se acercó la enfermera, que inclinándose hacia delante y apoyando sus manos sobre  los hombros del doctor, esgrimió una amplia sonrisa al dirigirse a mi.

—Animo Alan, debes de estar contento. Por fin ya te vas de Saint Bartholomew y podrás iniciar una nueva vida.

—Si, desde luego. Les estoy muy agradecido por todo.

Una nueva vida, si, era fácil de decir, pero para empezar no disponía de trabajo ni tan siquiera de una casa donde vivir. En el Hospital estaba atendido, comido y con techo. Cierto es que la cama era un camastro junto a otros muchos en un pasillo largo, iluminado por bombillas que caían desde el techo tras un largo pie metálico de color negro y embutidas en una especie de plato blanco. No había mucha más decoración, salvo algún cartel escrito a mano y pegado en las columnas indicando con una flecha la dirección del dispensario o cualquier otro sitio.

Mientras Shara, que era como se llamaba la enfermera engalanada con la cofia blanca, y a juego con el mandil del mismo color y cruzado por la espalda en forma de aspa, seguía hablando y prodigándose en halagos hacia mi persona. Yo asentía sin saber muy bien a qué, mientras intentaba prestar atención a una conversación que tenía lugar no muy lejos de mi camastro. Dos hombres acompañados de un tercero ataviado de médico, discutían acaloradamente desde que habían hecho acto de presencia. El que iba  vestido con bata blanca era alto, huesudo y con aspecto de cazador, nariz  estrecha y puntiaguda típica de los fisgones, de esos entrometidos que se meten donde nadie les ha invitado; hacía ademanes con los brazos y subía y bajaba sus manos de dedos alargados y finos portando unos tubos de ensayo y volcando unas disoluciones en un alambique que desprendía un humo inquietante de color verdoso y con olor a azufre o algo parecido; mientras a la vez hablaba con el otro vestido de paisano que era todo lo contrario a él, bajito, algo entrado en kilos, con gafas y ataviado de traje con levita y con mirada perdida. El tercero era más joven, de aspecto agraciado, comedido y posiblemente de fortuna incierta, quizás un estudiante. Parecían buenos amigos los dos que vestían de paisano. Pronto comprendí que al de la bata solo lo conocía el más joven, posiblemente de trabajar con el  allí también. Por lo poco que pude escuchar al pasar a mi lado, fue más que suficiente para coger mis cosas y salir a toda prisa del hospital ataviado de cualquier manera.

Tuve la gran suerte de poder coger un carruaje nada más llegar a la calle, justo cuando el alto y delgado atravesaba la puerta del hospital y salía a la calle quitándose la bata, mientras a la vez se dirigía al que salía con él diciéndole algo que escucharía bastantes más veces durante cierto tiempo: Vamos, vamos doctor Watson, ¡Dese prisa¡

El cochero asintió cuando le di la dirección del 221B de Baker Street y por alguna extraña sensación o presentimiento, cuando me fui a dar cuenta, escuchaba mi propia voz diciéndole: "¡Dese prisa¡" Arremetió con la fusta a los caballos y yo salí despedido hacía atrás al iniciar el carruaje su carrera por aquellas calles empedradas e irregulares. Me recibió al llamar a la puerta la señora Hudson, una mujer joven y hermosa que era quien alquilaba la casa, me quedé inquieto al indicarme que pasara al salón donde me esperaban. Si nadie me conocía… ¿Quién podía estar esperándome? —Creo se confunde Miss Hudson, le dije. Yo no conozco a… —pero me interrumpió sin dejarme terminar— ¿Usted no es el señor Alan Wedgwood...?

  La respuesta no se hizo esperar. En el interior de la sala de estilo victoriano, junto a la lumbre de la chimenea, Sherlock Holmes fumaba en pipa mientras paseaba por la estancia, y el doctor Watson arrellanado en un mullido sillón, sorbía con poca elegancia de una taza de té inglés, decorada con flores silvestres multicolores. Todavía se veía caliente y humeante. La señora Hudson hizo las presentaciones pertinentes y tras invitarme a sentarme junto a ellos en otro sillón, salió de la sala dejándonos solos. Decidí quedarme de pie.

—Querido amigo —Inició Sherlock Holmes, tendiendo su huesuda y fuerte mano derecha— Me he permitido comentar su caso con la señora Hudson y…

—¿Mi caso?

— Claro amigo, es evidente que usted busca un lugar donde alojarse, un sitio que no sea demasiado oneroso para su diezmado bolsillo y que a ser posible resulte tranquilo y alejado de ruidos y voces molestas. Su estancia

El doctor Watson, jugueteaba con su bigote retorciendo las puntas de los extremos que rebasaban la comisura de sus labios; miraba a Holmes entre divertido y escéptico ante la perorata lanzada con tal rotundidez.

—Pero… ¿Cómo puede usted saber siquiera como me llamo? Si no me conoce de nada… —Acepté sentarme en el sillón que me ofrecía el doctor, mi pierna izquierda comenzaba a acusarme con pinchazos del mucho tiempo que permanecía ya de pie— Gracias doctor, muy amable.

—Señor Alan Wedgwood, —Dijo Sherlock Holmes— permítame pues  le explique ante la compañía del señor Watson, cual es la situación; la verdad es que le veo confundido y no hay razón alguna para ello. Puede usted creerme.

—Holmes, yo también estoy intrigado… No entiendo como usted ha podido… —Intervino Watson mientras dejaba la taza de té sobre la mesita.

En ese momento hizo su aparición la señora Hudson con un servicio en plata inglesa, una bandeja de contorno ondulado con la superficie cincelada con motivos florares y vegetales y asas curvas; dejó la tetera, cafetera, lechera y el azucarero, con pastas de té y sin tapa, de cuerpos periformes y globulares, con asas curvas; el aroma inundó la estancia gratamente. Se disculpó por su entrada y retirose una vez dejó el servicio. 

—Usted se encontraba en el Hospital de Saint Bartholomew hace ahora mismo –Sacó de su bolsillo superior su reloj con tapa grabada y con cadena, y miró la hora que marcaba— Menos de una hora. Diría que para ser precisos cincuenta y siete minutos exactamente.

—La cuestión según yo la veo es la siguiente: La señora Hudson estaría conforme en alquilarle por un precio bastante económico, la dependencia del piso de arriba. Justo encima de nuestras cabezas. Lo utiliza a modo de buhardilla para guardar los trastos y enseres ya fuera de uso, así como la leña seca para el invierno. Digamos que  ya que le hemos dejado sin este habitáculo donde vivir, me ofreceré con gusto como cofiador de usted hasta que las cosas le marchen mejor y pueda resarcirme el importe dispuesto a su favor hasta dicha fecha.

Me quedé desconcertado al escucharle; su lenguaje vivaz, sus ojos tan locuaces y fulgurantes acompañaban sus rápidos y señoriales movimientos un tanto teatrales, pero efectivos sin duda alguna. Reparé una vez más en sus grandes manos de largos y huesudos dedos, pero que denotaban fuerza y nervio. No supe que decirle, y allí quedé supongo con expresión de tonto y la boca a medio abrir.

—Vamos, vamos, mi querido amigo, no se extrañe y acepte mi oferta, la paga de fusilero que le va a quedar me temo va a resultar harto insuficiente. Solo debe de fijarse en nuestro doctor Watson para llegar a la misma conclusión.

—Un momento Holmes —Dijo Watson al sentirse aludido— ¿Como puede usted decir... ¿Qué le hace pensar que yo no pueda...?

—No se ofenda Watson, solo constato un hecho cierto, ¿No se dan cuenta de lo evidente? Si mi afirmación no fuera del todo cierta, ninguno de ustedes dos buscaría compartir gastos, ¿No les parece?

—Está bien, acepto su propuesta —Dije— Ahí va mi mano para cerrar el trato. Pero dígame antes algo, si su premisa sobre nuestro infortunio económico es cierta, ¿No debe de encontrarse usted en la misma precariedad que manifiesta de nosotros dos?

—Bravo amigo. Un argumento brillante partiendo de alguien que hasta hace poco estaba enfermo, sudoroso y con fiebres altas. Verá, analicemos los datos de que disponemos. ¿Le parece bien?

—Por supuesto, goza de toda mi atención, puede explayarse a voluntad. Ya que voy a quedarme instalado  no tengo prisa alguna en estos precisos y a lo que parece ser memorables momentos. —Años después recordaría estas palabras en innumerables ocasiones,  pues la primera vez que alguien conociese a quien sería el afamado Sherlock Holmes, nunca podría pasar desapercibida u olvidada en modo alguno. Yo mismo sería una prueba de ello.

Agarró la cachimba que le haría famoso entre policías y maleantes de Inglaterra, y una vez la hubo prendido con todo cuidado y precisión, se dispuso a continuar sus aseveraciones anteriores, disfrutando sin disimulo alguno al saberse el centro de nuestra atención. Dio un par de profundas caladas, cuyo humo se entremezcló con el aroma desprendido de la tetera y creó un fuerte olor por toda la estancia.

—Bien, en primer lugar, como puede usted y Watson comprobar con sus propios ojos si observan mis ropas, constatarán sin lugar a dudas que estas prendas están en un buen estado, miren el chaleco, la chaqueta,  —de una zancada dio con su abrigo colgado en la percha— Fíjense en el abrigo... No les resultará complicado de llegar a la conclusión de que una economía inestable no podría permitirse una compra semejante. Por lo demás, aunque soy solitario en mis estudios sobre el crimen, han de saber que gusto de la compañía. Me ayuda a analizar y encajar las piezas cuando analizo un caso, no obstante soy el creador de mi propia profesión, “Detective consultor” —Dijo Holmes, lanzando desde su posición con sorprendente tino el abrigo hacia su procedencia anterior. Girándose hacia el doctor y mi persona, juntó las palmas de las manos con los dedos hacia arriba, como en una actitud de ir a ponerse a rezar.

—La segunda cuestión, amigo Alan Wedgwood, solo requiere un poco de perspicacia y buena vista, así como una capacidad racional para discernir entre lo útil y lo que no lo es. Verá, le he dicho que estuvo enfermo y sudando hace poco a causa de las fiebres altas. ¡Fíjese Watson! Esta será su primera lección para ser un buen detective. Vea el color de la piel del Sr. Wedgwood, se nota hace mucho tiempo no le ha dado el sol, se podría decir que ha debido de perder peso, ya que la ropa le para algo grande y el rostro se le ve algo demacrado. Arrastra el pantalón al andar y se nota si se fija está bastante raído y deteriorado. En su labio superior puede apreciar un herpes labial, que de seguro puede usted dar un diagnóstico preciso.

—Es cierto. No me había fijado. Tiene usted toda la  razón Holmes. No comprendo como se me ha podido pasar por alto ese detalle.

Que poco podía Watson llegar a imaginar, la de veces que repetiría dicha frase a lo largo de los años en el 221B de Baker Street. Se acercó a escasos centímetros de mi cara, mirándome como quien observa un cuadro clásico de gran valor en el interior de un museo. Al poco me dio su dictamen profesional.

—Si. Ha debido de pasar fiebres altas, con dolor de cabeza y quizás irritabilidad. —Aventuró Watson— ¿Traga con facilidad? Seguramente ha de sentir todavía algo de picazón. Puede frotarse hielo en la zona afectada por unos minutos, eso le hará bien. Evite las comidas ácidas y saladas y la harina de avena e incluya ajo en su dieta si le es posible. Le recomiendo coma comida fresca, mucha fruta y vegetales de hojas verdes— Hizo un alto para tomar aire y adquirir un aspecto solemne y profesional— He de reconocerlo Holmes, tenía usted razón en cuanto a las fiebres.

—Yo le recomendaría ponerse una bolsita de té tibia. Pero continuemos el análisis. Fruto de esas fiebres y su correspondiente sudor, este ha dejado unas claras marcas en el cuello de su única camisa, ya que de no ser así, usted la habría cambiado por una limpia. Puedo hacer esta deducción en base a que usted se ve limpio y aseado. Atiende su aspecto físico, como podemos concluir al ver sus uñas cuidadas y limpias.

—¡Impresionante! —Exclamé realmente asombrado de ver la cantidad de detalles y datos que había sido capaz de observar, almacenar y relacionar en tan corto espacio de tiempo desde mi entrada al recinto de la señora Hudson— ¿Pero como puede usted llegar a saber que he sido fusilero?

—Bien, lo primero y más obvio, es el hecho de poner en una hoja a la entrada de donde se encontraba ingresado un rotulo realizado a mano que indicaba “66 Regimiento“. Para quien guste de leer la prensa, puede encontrar en ella gran cantidad de información. Pero avancemos hacia lo menos ostentoso. Les voy a decir paso a paso el  razonamiento que he empleado en este breve lapso de tiempo, desde que usted hizo su presencia por esta puerta acompañado de la señora Hudson.

Si se fijan, se darán cuenta que no existe ser humano que sea en cuanto a su forma física simétricamente igual. Tampoco medimos igual del lado izquierdo que del derecho. No me mire así Watson, yo me fijo en donde la ciencia médica no lo hace. ¿Acaso no se han preguntado alguna vez, el porqué en el desierto cuando alguien se pierde camina haciéndolo involuntariamente en círculos?

—Es cierto. Yo lo he pensado en muchas ocasiones —dije yo— A saber porqué será... —Me arrepentí enseguida de mi frase, pues empezaba a pensar ya como Holmes, y deduje él nos lo iba a explicar en ese mismo momento.

—Así es, todos nos lo hemos preguntado en alguna ocasión. Si yo ando en dirección al Sol, ¿Por qué termino haciendo un recorrido circular y regresando donde el principio? —Holmes hizo un alto teatral recurriendo a dar una calada de su pipa.

—Bueno Holmes —Dijo Watson— ¿Y usted nos va a sacar de la duda? —Advertí un cierto rintintin, un desafío intelectual oculto en sus palabras.

—Por supuesto, buen doctor —Dijo condescendiente Sherlock Holmes— El misterio no es otro que lo que ya les dijera antes respecto a la simetría humana. Aunque es un dato bastante imperceptible a simple vista, no hay nadie con unas medidas idénticas del largo de las piernas, eso conlleva, sobre todo si el recorrido es largo, como es el caso que nos ocupa en el ejemplo del desierto, a que finalmente el trayecto resultante sea circular y no se camine en línea recta, por más que uno lo intente —Se acercó a Watson como ave de rapiña que ha olfateado a su presa, inclinando  el cuello hacia delante y acercando su rostro a Watson— Pero si duda de mí, me ofrezco a medirle y si hay diferencias llevarle al desierto que usted elija para la prueba.

—No. No creo que sea necesario. No pongo en duda su argumentación Holmes. Por favor, prosiga si es tan amable.

—Dependiendo pues, de que uno sea diestro o ambidiestro, cargará con más fuerza el paso en uno u otro sentido, es decir, hacia la izquierda o la derecha, como si fuera una manecilla de un reloj; de ahí se desprende, un dato importante, según se sea diestro o zurdo el calzado que se utilice se encontrará en un mayor estado de desgaste en su suela.

La verdad es que en aquel momento he de confesar que me sentí perdido; o me encontraba ante alguien con una locura sin igual o ante un genio, un ser sin igual como no podría haber otro en la faz de la tierra, pero de una u otra manera era evidente la capacidad que tenía para llamar la atención y hacerse escuchar. Creo que de haber estado solos en aquel  momento tanto el doctor como yo, nos habríamos quitado los zapatos para comprobar su desgaste, pero por temor a hacer el ridículo no nos atrevimos a dar tal paso. De pronto Watson, pareció leer en mi mente y puso en su boca las dudas que yo no me atrevía a realizar.

—Perdone le moleste, no es mi intención interrumpirle... Pero no consigo entender a donde quiere ir a parar con todo este razonamiento que nos ha expuesto. Quiero decir que, ¿En que medida nos sirve todo esto o le sirve a usted, para su sistema de análisis sobre el comportamiento humano?

 —Como puede usted imaginar, no se trata de lanzar hipótesis y esperar que alguna encaje. Hacen falta más puntos de apoyo que avalen un método científico. Ahí entramos pues en un proceso de investigación y observación, de un análisis y una conclusión. Observe.

Tomó de la percha el sombrero del doctor y sin previo aviso se lo lanzó con inusitada fuerza hacia su cara. Watson, haciendo gala de unos buenos reflejos consiguió tomarlo sin apenas contratiempos.

—¿Se da cuenta, doctor Watson de lo que ha hecho?

—Evitar que mi flamante sombrero cayera al suelo, o lo que es peor, impedir diera contra alguna pieza de este hermoso juego de té de la señora Hudson.

—Si, si... Pero vuelve a omitir el detalle más importante y evidente de su acción.

—¿Y ese detalle es?

—Su sombrero lo ha prendido con la mano derecha, dese cuenta. Con este acto reflejo suyo, puedo asegurar sin mayor dilación que usted no es zurdo, o lo que es igual, que usted es diestro. Las manos son muy importantes a la hora de estudiar a los asesinos, nos dicen mucha información sobre sus dueños y las tareas que realizan con ellas.

Sherlock Holmes giró entonces como una peonza sobre su tacón derecho y se detuvo ante mí sin haberse desplazado de donde se encontraba. Señalándome con su dedo índice hacia mi corazón, continuó su exposición.

—Ya entrados en esta acumulación de datos mediante el método inductivo y deductivo, puedo llegar a elaborar sin margen de dudas, de que usted también es diestro, y eso nos lleva a fijarnos nuevamente en un detalle importante. Si usted es diestro, esa será la mano con la que amartillará un arma, ¿Verdad?

Asentimos Watson y yo al unísono con movimientos arriba y abajo de la cabeza.

—Así pues, si usted hace ahora el favor de mirarse con detenimiento la palma de su mano derecha y compararla con la izquierda, comprobará existen unas diferencias en ellas, en concreto en su dedo índice. 

Hizo otra parada en su disertación, dándome tiempo a realizar su petición, cosa que cumplí sin dilación alguna.

—Efectivamente, tiene unas callosidades, las cuales no se dan en su mano izquierda, y si en su mano derecha en el dedo índice, motivadas por el hecho de reiteradas rozaduras, como ocurre al presionar el gatillo de un arma de fuego en pleno combate. Pensarán pueden estar provocadas estas callosidades por la ejecución de otras tareas, oficios o disciplinas, pero convendrán conmigo en el hecho conocido de que usted termina de ser dado de alta del Hospital Saint Bartholomew y su actividad anterior ha quedado sin ningún género de duda  establecida.

—La verdad —Dije dirigiéndome hacia los presentes, incluida la señora Hudson que en ese momento terminaba de entrar, y que a fe de ser sincero, habría jurado años después de que debió de andar tras la puerta, a la escucha de lo que en la sala se decía, pero que si Sherlock Holmes no la había delatado, pensé tendría sus buenas razones, habida cuenta de sus grandes dotes de observación mostradas en el transcurso de mi estancia— He de hacer público en este preciso momento, de  mi aceptación de su oferta señor Holmes. Para mí será un gran honor pasar a ser vecino suyo y si me lo permiten, me agradará bajar de tarde en tarde a visitarles. Su método de análisis mostrado ha sido increíble.

—Elemental señor Wedgwood. Elemental.

—¿Les apetece otra taza de té?

  Durante años permanecí alquilado en el 221B de Baker Street sin  querer buscar ningún otro alojamiento. Como dije en aquel día y cumplí, fueron constantes las visitas que hice. En muchas ocasiones el detective consultor como se hacía llamar Sherlock Holmes, salía de incógnito de la casa, disfrazado de mendigo o de rudo pirata con un parche en el ojo derecho, a la espera de descubrir pistas allá donde Scotland Yard hubiera demostrado su total ineficacia para apresar a ladrones y criminales. Era en esos momentos, cuando el buen doctor Watson, pedía un par de tazas de té a la señora Hudson y me narraba los casos solucionados por Holmes y que él transcribía para ser publicados posteriormente. Sherlock Holmes nunca aceptó las libras que me dejara en los primeros tiempos, aduciendo estar ambos en paz por lo que había disfrutado aquel día viendo la cara de ofuscado que puse. 

 (1) "Meerschaum": Su traducción literal es "espuma de mar". Inicialmente se pensó que se trataba de restos fosilizados de espuma de mar, pero en realidad se trata de un raro mineral — silicato de magnesio.

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