Cuentos insolubles: Manhattan

El Arca de Luis Por Luis García Orihuela
Cada historia supera a la anterior. Cuentos en cuarentena.
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Dibujo de Luis G. Orihuela

POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

 

Cruzo la puerta y allí, al otro lado, lo que hay es un puente colgante, el puente colgante de Brooklyn suspendido por sus cables de acero, por lo que esta parte debe de corresponder a Manhattan y al otro lado a Brooklyn, ambos barrios de Nueva York. Es de noche y las luces de la ciudad impiden toda visión con el firmamento; si hay estrellas ahí arriba no se pueden ver, pero sin embargo, al poco de acostumbrarse mis ojos al repentino cambio de luz, me doy cuenta de que una situación peculiar, divertida e inquietante se está produciendo. Con las manos en los bolsillos pasea amigablemente ese actor y director de cine que tiene apellido de llave de esas en forma de siete; ahora lo recuerdo, Allen, Woody Allen. Su compañera de paseo sin embargo, no me cuesta de reconocerla, la dama que le acompaña es la Muerte.

Woody viste con ropa de footing de color gris marengo con rayas laterales color rojo. La dama, bastante más alta y delgada, luce su atuendo de capa negra con capucha y guadaña de mango a juego. O estoy en otra realidad distinta a la mía, o pasan olímpicamente de mí como la boñiga de una vaca. A pesar de ello me uno a “La extraña pareja” y pongo toda mi atención a lo que dicen mientras les acompaño por el puente en total silencio.

 —Hace tiempo que quería darte el pésame por la muerte de tu esposo –Dice Woody Allen— Aunque no se si tú tendrías algo que ver con eso, pero debías de quererle mucho, ya que conservas el luto después de tantos siglos. Realmente con los tiempos que corren hoy en día y las crisis económicas, tienes suerte de tener un trabajo indefinido, con una clientela que nunca se queja del servicio ofrecido.

—No creas. Tampoco es para tanto. A fin de cuentas, no tengo nunca vacaciones… Ni siquiera un mal convenio al que acogerme.

—Bueno, pero eres la delegada sindical, de los llamados cuatro jinetes del Apocalipsis, algunas horas sindicales si que te cojeras para tus cosas.

—No creas, la Peste, La Guerra y el Hambre, siempre están pendientes y no me quitan el ojo de encima. ¡Que si las horas las utilizas para ti!¡Que si te las pones luego como horas extras! Un asco, chico.

—¡Oh! Y yo que pensaba que te pegabas una gran vida…Bueno, quise decir una gran muerte.

—Que va, que va, para nada… Recuerdo con nostalgia las dos grandes guerras… —La Muerte eleva los brazos hacia el cielo nocturno, a la par que mira sonriente hacia la luna y se escucha el frenar y chocar de un coche contra otro— Esos si que fueron buenos tiempos, los cuatro jinetes mano a mano, en plena actividad. No como ahora, que ya ves…

 La Muerte deja caer su huesuda mano de largas falanges sobre el hombro derecho de Woody Allen y se detiene ya cercano el final del puente mientras aprovecha para limpiarse las gafas con un pañuelo de papel que saca del bolsillo.

—¿Sabes, Woody? Con el tiempo la guadaña va pesando cada día que pasa más –Aprieta su mano en el hombro, dejando escuchar un ruido de huesos entumecidos— Y más…

—Mi psicoanalista me cobra 50 pavos la hora, para luego decirme que vista de colores alegres porque yo soy un tipo gris y mediocre medio cegato. Quizás tu también podrías cambiar de “look”. Ponerte una ropa blanca con su capa; ya sabes que el blanco siempre hace más llenita a la vista —Woody se sube las gafas al puente de la nariz en un gesto estudiado para enfatizar sus palabras eruditas— Y el calzado, no sé… Quizás algo parecido pero de firma, tipo Ed Hardy pongo por caso. De diseño. Por una vez que te rasques el “bolsillo”, metafóricamente hablando, claro… Algunos ahorrillos has de tener por ahí… En todo este tiempo…

Se ponen en marcha otra vez, mientras yo me voy quedando más atrasado y escuchando como se aleja el sonido de la guadaña al golpear en el suelo a modo de cayado. Todavía consigo escuchar sus últimas frases, ya algo amortiguadas por la distancia y el ruido ambiente.

—Estoy pensando Woody, en cambiar la guadaña por algo más ligero y actual, más infernal… No sé si me entiendes…

—Quizás un desintegrador a modo de acelerador de partículas, que se ilumine de azul al ser usado…

—¿Y que te parece si me pongo un mp3 y bailo un rap dando vueltas por el suelo?

—Oh, veo que estás cogiendo la idea, amiga mía. Te dejo que he quedado con mi psicoanalista y si llego tarde es capaz de dejar pasar a otro y cobrarme la visita igualmente. Te veo luego, ¿Eh?

—Si Woody, de seguro nos veremos.

 El camino de regreso a la puerta de entrada por el puente de estilo neogótico más largo del mundo, va a ser me temo muy aburrido. Atrás queda piedra caliza, granito y cemento, mientras abajo yacen las aguas oscuras del East River.

 

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