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Colette

'Un nimio detalle, un lunar en la piel, puede llevarnos a otro mundo'.

El Arca de Luis Luis García Orihuela
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Foto:Pinterest



POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García Orihuela
Por Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante



 

 

Un escritor, al igual que un poeta, se fija en los detalles, hasta en los más pequeños e insignificantes. Fue por ello, que nada mas regresar a casa, después de casi un año de ausencia, me di cuenta de que mi mujer no era mi mujer. Se parecía totalmente a la mujer con la cual me había casado, La voz era la suya, sin ningún tipo de dudas, y porqué no decirlo, en la cama era la misma fiera a la hora de hacer el amor. Actuaba como siempre,  cimbreaba sus caderas sobre las mías a uno y otro lado volviéndome loco de placer. ¿Y entonces? A pesar de todo, aquella mujer tan idéntica a mi esposa, hermosa y apetecible, algo en mi interior me decía que no era ella. 

La primera noche de haber regresado a mi casa, ya percibí, aunque levemente, que algo no marchaba correctamente como era de esperar, Era ese tipo de sensación que notamos cuando alguien nos está observando fijamente desde nuestra espalda. Lo achaqué en un primer momento al cansancio. La diferencia horaria de un país a otro, la altitud del avión durante el regreso desde la isla de Honshu, todos los factores daban sumados un resultado: Agotamiento. 

Luego de que Colette, y yo, decidiésemos no salir a celebrar mi regreso definitivo a casa, y apostáramos por quedarnos a cenar en plan romántico, con velas aromáticas en la mesa y una buena botella de vino blanco, me regresó la sensación nuevamente. 

 Colette, —o la mujer que parecía ser Colette—, se afanaba en preparar la mesa con todo lujo de detalles mientras iba y venía desde la cocina, cargada con la cubertería buena, a la par, que miraba el pescado en el horno para que no se le quemase. Obviamente Colette abría actuado así; muy dinámica, habladora y perfeccionista en todo lo que emprendía; aunque esto pudiera ser el freír un simple huevo. Pero no era ella, no era Colette. Mi corazón me lo decía a gritos una y otra vez, a pesar. de que todo mi cuerpo la deseaba intensamente, con ansía de gozar con ella sin ni siquiera aguardar a después de la cena. Pero no era ella. Estaba seguro de ello. Como la fe en las religiones y sus dioses pertinentes, no podía demostrarlo, no tenía pruebas. ¿Quién me iba a creer?

 Con disimulo hice por olerla. Su perfume era el que siempre había usado, al menos desde un año atrás, antes de irme a Japón: L’Air du Temps, de Nina Ricci.  Su aroma era inconfundible, por no mencionar el característico frasquito de cristal con ángeles en su cierre custodiándolo y dejado encima del sinfonier del dormitorio, y su particular aroma y color amarillo. Entonces… ¿qué? Abordarla a boca jarro y decirle a la cara ‘tú no eres mi esposa’, ¿Dónde se encuentra Colette? ¿Qué has hecho con mi mujer? Todo era un sin sentido que giraba vueltas y vueltas en mi cabeza como si esta ahora se hubiera convertido en una batidora doméstica de gran potencia. ¿Y si mis sentidos me estuvieran engañando? Aunque no me gustase la idea, a lo mejor en la isla de Honshu podía haber contraído alguna enfermedad de esas raras de nombre impronunciable. Aunque a decir verdad, durante toda mi estancia en ella, no llegué a padecer, ni tan siquiera, un simple constipado. ¿Entonces?

La conversación que mantuvimos, poniéndonos al corriente de todo lo acontecido durante mi año de ausencia, y la generosa ingesta del “Sancerre Blanc” con el pescado al horno, consiguió que dejara de pensar en ello y me sintiera, una vez más, en el paraíso.

 Poco después de cenar, retozábamos sudorosos sobre la cama y nuestros cuerpos se entrelazaban con pasión sobre unas sábanas que eran fieles testigos de nuestra pasión y cómplices con sus dobleces. Brazos y piernas parecían formar un único y extraño cuerpo que se retorcía con vida propia, buscándose y sintiéndose, alimentándose de si mismo, deseoso por conocer el nuevo cuerpo que se había formado fruto de la atracción sexual y el deseo carnal más incontrolado.

 Durante las primeras horas de la noche dormí de un tirón. Colette me había hecho gozar con todos mis sentidos. Su pasión me había desbordado, dejándome satisfecho y exhausto. No pensé entonces que Colette no era Colette. Por supuesto que no. ¿Quién en su sano juicio lo habría hecho? Nadie. Pero lo hice al despertar.

 Refugiado bajo el agua fresca de la ducha, sentí nuevamente la sensación inicial. Aquel hostigamiento entre el corazón y el cerebro  ¿Qué era lo que hacía que todas mis alarmas se disparasen a la vez, y que las luces rojas de emergencia parpadeasen ansiosas por decirme algo? Tenía que hacer algo o así no  podría seguir viviendo, con la duda atada a la espalda como una penitencia.

Aprovechando que Colette había salido a hacer la compra, para el fin de semana, me dediqué a recorrer el apartamento en busca de algo que pudiera darme una pista, y confirmar así, que estaba en lo cierto. A Colette no le llevaría mucho más de una hora el hacer la compra y regresar. Todo lo más hora y media si se entretenía hablando con alguien. Me di cuenta de que debía moverme con celeridad si quería no dejarme nada por ver. 

 Sistemáticamente fui revisándolo todo, poniendo toda mi atención en dejar todo tal como estaba antes. Dejé algunas zonas del apartamento para lo último y me centré en el dormitorio. Si había algo, alguna prueba de mi temor, era lógico pensar estuviese allí, en el sitio que mas cosas podían encontrarse de Colette y mías.

Entrando Colette por la puerta del apartamento, creí haber dado con la prueba que buscaba. La tenía en mis manos, ante mis ojos, en aquella caja de metal con imágenes vintage, que en su día destinamos para guardar nuestras fotos personales. Nada de álbumes, habíamos decidido los dos. Lo sistemático y predecible no iba mucho con nosotros. Con nuestra forma de ser. 

Sentí como Colette dejaba las bolsas con la compra en la encimera de la cocina y entraba seguidamente al dormitorio. Se comenzó a quitar la ropa y quedó en ropa interior, Se tumbó en la cama a mi lado y se puso a ver las fotos conmigo sin mayor problema. Foto a foto que yo iba tomando en mis manos, ella decía algo sobre el día en que había sido tomada. Recordaba los detalles y anécdotas tan bien como yo. Le dije había pensado llevar a enmarcar unas cuantas y decorar con ellas alguna pared del apartamento. No sólo estuvo de acuerdo con la idea, dijo le parecía genial lo hiciésemos. Terminó de desnudarse, y descalza como iba, entró a la ducha. Afuera hacía bochorno ya de buena mañana.

En una de las fotos de Colette, un retrato tomado en verano, unos pocos meses antes de salir yo hacia Japón, estaba la prueba irrefutable de que Colette, no era mi dulce Colette. Ni se cómo pude darme cuenta. Pero lo hice. 

Colette tenía de nacimiento un pequeño lunar, a modo de fresita, alojado en el lado derecho de su esbelto cuello, cómo a dos dedos por debajo de su oreja. Obviamente, lo mismo que en los espejos nos vemos al revés, pasa igual cuando salimos retratados en una fotografía. Lo derecho pasa a convertirse en el lado izquierdo, y el izquierdo, en el derecho. Así pues, su lunar era imposible se hubiese desplazado de lugar por si sólo, y sin embargo, ahora lo tenía en el lado de la izquierda. Igual que se veía en el retrato.

Ahora tenía la ansiada prueba que confirmaba fehacientemente el que yo estaba en lo cierto, pero… ¿Qué hacer ahora?

Colette y yo teníamos amigos en común con los que guardábamos una estrecha amistad. Desde mi llegada a París no había contactado con ninguno, De hecho, ni siquiera les había anunciado mi inminente regreso. Esas cosas me daban mala espina. Era como tentar al destino o al diablo a que entraran en liza haciendo que todo saliera mal. Decidí hablar con Jean Paul, y cuando la situación fuese propicia, ponerle en antecedentes de lo que estaba pasando con Colette. Él nos conocía desde hacía años.

Quedamos encontrarnos en la antigua estación de Montrouge. En la Avenue du Général Leclerc, una zona con multitud de restaurantes y cafés en dónde sentarse a charlar sin ser molestado. Jean Paul me envió un mensaje de que se retrasaría quizás un poco, así que nos emplazamos a vernos en la Terraza del Poinçon.

Llegué el primero y tomé mesa. Cuando al cabo de unos quince minutos de espera le vi aparecer cojeando entre un grupo de jóvenes que se estaban despidiendo, me quedé atónito. Jean Paul cojeaba desde que le atropellara un turismo hacía cosa de unos diez años. A pesar de haber sido operado varias veces de su pierna izquierda, ésta nunca quedó bien. Sin embargo ahora su pierna andaba perfectamente, no así la derecha. Una idea cruzó mi mente, y un escalofrío recorrió mi cuerpo dejando mi sudor helado. Como pude me deshice de él a los pocos minutos y quedé en llamarle más adelante.

Entré a pagar la consumición de la terraza y busqué la toilette. Estaba seguro de lo que encontraría al mirarme al espejo y buscar la cicatriz que la viruela me dejara de pequeño en el rostro.

 

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