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"La muerte que no se pudo comprobar"

Cuento de mi libro: "El indigente y otros cuentos" 

Mi mundo mágico 10/03/2022 Graciela Cecilia Enriquez
Crédito:https://quo.eldiario.es/

POSDATA Digital Press | Argentina

Graciela Enrique

Por Graciela Cecilia Enriquez | Escritora/ tallerista/ y directora del Diario literario digital Cuentos de hadas y fantasías


Cuento de mi libro: "El indigente y otros cuentos" 

(2019)

 

Llegó el martes 13; en la comisaría todavía no hubo ninguna llamada en las clínicas y hospitales públicos de la zona, tampoco durante toda la mañana y tarde de aquel día. 

Un día como cualquier otro; solo lo de siempre: alguna picadura, una leve quemadura, un quebrado y algunos esguinces, sumado la rutina de toda guardia.

El cambio de esa guardia diurna trajo un llamado al 911 al dar las 22 horas. Fue solicitado para una ambulancia, un extraño accidente ocurrido en esa noche. 

Fabiana Francesetti, descendiente de padre francés y madre latina, hermana mayor de cinco hermanos, dos mujeres y tres varones. Ese día su agenda era normal; universidad, trabajo, algo de compra, un encuentro con amigas para cenar y la última parada  era visitar como estaba su madre e ir a dormir. Pero el destino le deparaba otra ruta, otro camino para desembarcar.

Estaba fuera de su coche tirada a unos metros después del accidente... ¿Cuál accidente?

No había otro auto chocado, no había otros muertos, no había testigos.

¿Qué pasó allí?

Tenía rasguños en la cara y en sus brazos, sus piernas quemadas por habérselas rayado contra el asfalto, el impacto fue fatal. Al llegar a la morgue, el forense debía dar la información correcta a los oficiales, fue cuando comenzaron una serie de acontecimientos insólitos para una morgue o tal vez eran los correctos para la antesala del cementerio.

—¿Doctor, comenzamos?, consultó otra médica forense.

—¡Si, Gisel, comencemos!, contesto el doctor.

—¿Y el cadáver?, una pregunta llena de asombro, temores y respeto por el más allá.

—¡Estaba aquí! ¡Yo la revisé ante el oficial que solicitó urgente posible causa y efecto de su muerte!, contesta también asombrado.

Después de mirar a un lado y al otro, el cuerpo lastimado e inclinado de cuclillas, escondida entre camillas y mesas, obviamente y totalmente desnuda, ¿acaso que pudor podría tener?, ¿acaso no estaba muerta?, pues todo se tornó muy confuso.

El forense hizo un paso para atrás, su ayudante dejó caer unas pinzas de su mano al suelo e intuitivamente caminó para atrás al ver a la joven (muerta viva) casi sentada entre la mesa de un lado y la pared de aquella fría sala.

—¡Hola! ¡Buenas noches, querida!, ¿cómo te llamas?, a media voz  y entre cortada  interrogó el doctor.

Ella los miraba a ambos con sus ojos fríos sin casi iris, los tenía muy vidriosos y opacos como si fueron tapados por un velo, aunque veía a través de ellos, por lo menos eso se notó al intentar comunicarse con ambos médicos e intentar responder a la primera pregunta que le formularon.

—¡No lo sé, no me acuerdo!, dijo sin reparar que estaba desnuda.

—¿Quieres taparte con una sábana?- el doctor

—¿Por qué debería hacerlo, respondió sin entender?

—¡Cómo tú quieras, pero relájate e intenta recordar que pasó!, el forense  afirmó con  dulce la voz.

 —¿Doctor quiere un vaso con agua?- dice Gisel, su ayudante al verlo y escuchar su voz que carraspeaba en su garganta

—¡Si por favor, tráeme uno bien lleno!, contesta.

Al regresar con el vaso, la chica, pudo ver que la occisa (viviente) se relamía y sentía la necesidad de beber agua, entonces le pregunta:

—¿Quieres un poco?- el doctor

Mientras que tímidamente o quizás solo era desconfianza, se acerca a él y toma el vaso, bebe de un solo trago y siente que se desvanece.

— ¡Tómala del otro lado!, señalando  a la joven mientras él la agarraba de un costado para que no dé contra el piso. La suben a la mesa, aunque parecía dormida, no latía su corazón, no tenía pulso, pero pestañeaba como si soñara.

— ¡Nadie debe saber que está pasando aquí!, ¿¡Entiendes!?- 

—Si, doctor- contesta

—Ve y mira si alguien denunció de una desaparecida o alguien que llamó por ella.

—¡Si doctor!, pareciera que fuera lo único que podía responder y continuó. 

 —¿Usted va a estar bien a solas con ella?, dijo muy nerviosa y sobresaltada.

—¡Si, si! ¡Ve y vuelve con noticias! ¡Únicamente compórtate como tú, como siempre!, y le cierra la puerta de la morgue. 

Allí el médico forense comienza un cierto monólogo con él mismo y su tan extraña paciente.

—Haber, haber niña:¿qué te hicieron?, seguía preguntándose mientras la revisaba y auscultaba las heridas para que el cuerpo hable por sí solo, como todos los cadáveres lo hacen, fue cuando nuevamente ella abrió los ojos.

—¡Ya me acordé! Me llamo Fabiana Francesetti, soy universitaria... Y antes que puedan continuar, el doctor le pregunta:

¿Qué estudiaba o estudias niña?-le habla claro y conciso, sin más miedos. 

Él era Médico de muertos, ¿por qué asustarse por uno de ello?

—Ahora que lo pienso también estudiaba medicina, quería ser pediatra (la muerta viva...)

—¿Y no lo quieres ser más? Pregunta el  forense.

Pregunta que parecía tonta,  pero él lo decía con mucho fundamento, esperando una respuesta inmediata.

—Creo que ya no voy a poder serlo más. ¿No?- La chica resignada sabiendo que había fallecido. Aunque no sabía el porqué de su actual estado entre este mundo de los vivos y el otro en el más allá. 

 —¿Tú, entonces Fabiana, estás consiente, (si se puede decir así), que estás cruzando la línea más allá del horizonte de la mortalidad? 

—¡Sí doctor! ¿Pero por qué aún siento y parece que vivo y respiró, aunque  ya no tengo aliento?, pensó ansiosa por saber que podía contestar el forense.

—¡No lo sé niña, no lo sé! Científicamente como profesional tengo que firmar y sellar tu acta de defunción. Y como cualquier ser humano, tal vez creyente en algo superior en alguna divinidad (podríamos llamarla Dios), te está dando un pequeño tiempo para reparar alguna cosa que pueda servir para aliviar tu karma - expresó el médico.

—¿Usted práctica alguna religión? Consultó la joven.

—No, ninguna. Creo que existe algo universal. 

 —¡Me acordé...! (se calla, se pone triste y con angustia al recordar  a su familia).

—Mis padres, ellos no saben aún que estoy aquí con usted. Mis hermanos se pelearán por mi habitación... Y pareció  sonreír.

— Fabiana, no sé cuánto más estarás en este estado. ¿Dime que sucedió? Preguntó el médico muy firme.

AI dialogar paciente y doctor en una situación extraña, así y todo sabía que le pasó al leer sus daños físicos, pero quería que ella aceptó lo ocurrido para marcharse tranquila.

— El coche se detuvo, parecía no querer funcionar más, una luz fuerte me encandiló. Observé un camión gigante con unos faros inmensos e iluminando la calle y, yo pienso, que salí de mi auto por él impactó que le dieron. Luego seguía viendo esa misma luz más radiante, el camión ya no estaba, creí verlo marcharse entre las sombras de la noche. Unas personas se me acercaron y me levantaron, ellos me ayudaron cuando... La calle desapareció, la luz pareció disiparse, aún no sé... Considero que una nebulosa se extendió por todos lados y ya no veía nada, solo escuchaba voces que me decían que me quedara tranquila, que ya vería todo mejor y será lo que tenga que ser. Hasta que gritos y más gritos, personas vivas me rodearon viendo cómo alzaban mi cuerpo a la ambulancia. Veía  y escuchaba que preguntaban que había ocurrido. La ambulancia se iba y cada vez más lejos con mi cuerpo en ella y yo quedé llorando allí.  Nuevamente pareció desmayarse.

—¡Gisell, pasá, pasá! Insistió el médico. 

—Doctor, ella llegó acá por una llamada al 911 hecha por un desconocido. La policía ya ubicó su casa, supongo que a esta hora estarán avisándole a su familia.

 —, Pero Gisell, aún no está totalmente del otro lado, ni de este.

—¡Sé a ciencia cierta que está muerta doctor, pero al verla allí despierta hablando!

¡Mi mente no puede aceptar que murió!, dijo la joven ayudante.

En eso se escucha griteríos, lamentos, llantos profundos y muy dolorosos; la furia de padres que quieren ver el cadáver de su  hija. La policía, que intenta sostener la situación e intenta consolar a esa familia desbastada  a la que nada (ni nadie) en aquel instante puede controlar; entonces Fabiana contempla todo aquello y vuelve a entrar en su cuerpo.

— ¡Mis padres están afuera, es injusto que tengan que perder una hija! Pero yo estoy bien, no me siento mal, solo qué, tendría que tener más tiempo porque necesito revisar mi vida y encausar mi muerte hacía otro tiempo más lejano y no ahora- reflexionó.

—¡Niña, ese tiempo se agotó, debes aceptar que tu presente es este; regresa al estado espiritual y allí se verá en qué te puedes desempeñar! Y no sé realmente en qué o  qué sería eso- expresó el  Doctor.

—Dios, universo y todo lo que existe en este plano. ¡Devuélveme a la vida y yo prometo serles fiel aceptando que hay vida más allá de la muerte! ¡Quiero y necesito otra oportunidad! Así rezaba "la muerta" y sentía Fabiana, así el misterio entre la vida y la muerte se había unido con un paso fuera de este mundo  y las ganas de seguir viviendo en él.

—Doctor... ¡Vísteme por qué sé que regresaré!, y se durmió.

Lentamente, el ritmo cardíaco se hacía sentir a través de su corazoncito, sus pulsaciones lograron ser escuchadas, el pálido de sus mejillas comenzaron a tomar color. Su rostro se sonrojaba como su cuerpo todo. Su cabellera volvió y mientras el médico y Gisell (su ayudante), observaban atónitos aquella escena tan inusual, tan irregular salida de un cuento de ficción. Los dedos de sus pies  y manos se comenzaron a mover muy lentamente y la ventana de su joven vida se abrieron, al abrirse sus ojos azules y su iris destilaba vida y energía, su mirada ya no era fría sino con calor y fuego de vida la que no tenía hacía unos minutos. La tomó de la mano, la ayudaron entre los dos a vestir el camisolín hospitalario y decirle:

—¡Bienvenida Fabiana a la vida!, dijo el doctor sonriente.

Ella también le sonrió, pero parecía aún adormecida cuando empujaron la puerta de la morgue, los policías fueron los primeros en verla despierta (viva), sentada en la mesa de la morgue y antes que sus padres se infarten, piensen cualquier cosa, antes que alguien decidan demandar al hospital... 

—Disculpen señores. Esto es una morgue a la cual me trajeron una hermosa joven que tuvo algo llamado catalepsia; sus latidos bajan a un estado tan bajo y se los creen muertos aunque no lo estén. Y los miraba a cada uno de los dos, sin saber que dirían si supieran la verdad.

Si lo qué dijo el doctor era verdad o no, ya no importaba... ¡Ella estaba viva!

Los padres esperaban en el pasillo sin entender, la policía hablaba con el forense mientras que Fabiana Francesetti salía caminando de la morgue; el destino le había dado otra oportunidad, una segunda vez para dar prueba de su fe hacía lo desconocido hoy tan conocido. 

Esta vez fue una muerte que no se pudo probar,  porque el más allá decidió esperar.

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