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Kalpavriksha

Cuentos de bolsillo (para adultos).

El Arca de Luis 16/05/2022 Luis García Orihuela

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POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García Orihuela

Por Luis García Orihuela|Escritor| Dibujante

El hombre sintió la necesidad de salir de su casa. Quería andar un buen rato para despejarse del trabajo y sentirse libre aunque tan solo fuera por unas horas. Frente a él tenía el desierto, pero no le importó. Ni tan siquiera pensó en las consecuencias que podría tener si se perdía. Decidido pues a dar un buen paseo, salió con lo puesto. Al rato de estar andando por las dunas sintió cansancio. Había caminado en línea recta, pero de pronto se dio cuenta de que no tenía referencia alguna mediante la cual poder dirigirse de regreso. Pensó entonces en lo bien que estaría sentado debajo de un árbol y resguardado del sol. De pronto, al mirar al frente, divisó a corta distancia un gran árbol muy frondoso y bajo él a una mujer. Se acercó hasta ella, la saludó con cortesía, y tras sentarse apoyado en el tronco del árbol quedó dormido de inmediato. Estaba agotado.

Cuando despertó el hombre de su sueño reparador sintió que ya no estaba cansado y que se sentía muy bien. La mujer seguía allí. Cerca de ella habían restos de frutas que había comido mientras el dormía. Entonces pensó en lo bien que le vendría comer algo. Tenía hambre después de la larga caminata que había realizado. La mujer le miró a los ojos y luego lo hizo hacia su lado. Allí, en dónde antes no había nada, ahora había una fuente de plata con todo tipo de frutas. El hombre se acercó y tomando una manzana comenzó a comerla con verdadero apetito. Cuando se sintió satisfecho dejó de comer. Entonces calló en la cuenta de que durante horas no había bebido nada de agua. La mujer, que recogía sus cosas para marcharse, le dijo “Si tienes sed, ahí tienes agua”. El hombre se giró y vio que así era. Una hermosa jarra de metal llena de agua fresca se encontraba a su lado. La tomó y bebió de ella con deleite hasta sentir saciada su sed. La mujer, haciendo un atillo con sus pertenencias fue detrás del ancho tronco del árbol. Allí, ante ella, un hermoso camello la aguardaba para servirle de transporte. Subió a él y se alejó sin más. 

El hombre la vio partir sin despedirse. La miró hasta perderla de vista detrás de una duna. Comenzó a hacerse de noche y a darse cuenta de que se había quedado sólo. Entonces pensó que no le importaba. Había descansado, comido y bebido. Si algo tenía claro era que aquel árbol debía de ser un Kalpavriksha, el árbol de los deseos. Tan solo tenía que desear algo para que se cumpliera. Entonces pensó que le vendría muy bien una luz con la que alumbrarse. No pasó nada. Miró a uno y otro lado, dio la vuelta al árbol, pero nada pasó. No había luz alguna. Pensó que lo que más necesitaba quizás debía de ser una brújula y en ella debería de enfocar su deseo. Pero tampoco obtuvo nada del árbol. Tuvo miedo de ser atacado por los bandidos. La noche era total y sin luna.  Desesperado se sentó de nuevo y se puso a pensar que era lo que había fallado. Apunto estaba de quedarse dormido cuando vio una luz resplandeciente en el horizonte, justo en la dirección que partiera la mujer. Entonces se dio cuenta de su gran error. Kalpavriksha no era el árbol… era ella.

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