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La Navidad, una celebración prohibida

Columnas - De mí hacia ustedes 23/12/2022 María Cecilia Marsili

papá noel

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Cecilia Marsili
Por María Cecilia Marsili |Escritora | Conductora de radio


En occidente damos por hecho las celebraciones públicas y privadas con motivo de la Navidad, devenida en la actualidad en festividad cristiana muy diluida y carente de todo sentido religioso. Son días frenéticos. En los países del hemisferio norte, el frío y la nieve complican todo de manera superlativa. En los países que pertenecen al hemisferio sur el calor sofocante, y el inicio de la temporada estival también hacen lo suyo.

DEL FRENESI A LA CARCEL?

La celebración navideña del 25 de diciembre estuvo prohibida en Inglaterra y todos sus territorios de ultramar durante 17 años, en el siglo XVII. El responsable fue Oliver Cromwell y la prohibición permaneció vigente desde 1643 hasta 1660.  En la fecha, oficialmente declarada “día laborable”, los ciudadanos tenían prohibido emborracharse, comer en exceso (sí, prohibido comer en exceso, so pena de prisión…). Las tiendas estaban obligadas a permanecer abiertas; hasta se habían prohibido las reuniones familiares, incluso decorar las casas también estaba fuera de la ley.

. Cromwell, junto a otros miembros del parlamento inglés declararon ilegal todo aquello que pudiera representar la celebración de la Navidad. El gobierno puritano veía los festejos como una celebración pagana, sin ninguna justificación bíblica, dado que no hay una sola letra de que Cristo hubiese nacido el 25 de diciembre. Por tanto decidieron que: “las tiendas y negocios deberán mantenerse abiertas el 25 de diciembre, comúnmente conocido como día de Navidad y se prohíbe acudir a cualquier acción ni ofrenda religiosa en las iglesias vinculada a esa festividad”. Pero no todos los ciudadanos del Reino Unido eran puritanos, la situación trajo consecuencias muy grandes. 

En Massachusetts, actual Estados Unidos de Norte América, en 1659 la prohibición de la Navidad se hizo oficial. 

En Escocia, la prohibición duró mucho más, casi 100 años. Pero, como es natural  lo prohibido tienta. con el tiempo  la Navidad comenzó a ser más popular que antes.

La revolución francesa también hizo su aporte a la cancelación no solo de la Navidad, sino de la religión y hasta del calendario. El consejo de París instituyó una nueva religión el 20 de Brumaire (10 de noviembre) de 1793 en la catedral de Nôtre Dame de París, estableciéndose el culto a la “diosa razón” y para ello se construyó en el interior del templo un trono sentándose como representante de la diosa razón a la cantante de ópera Mademoiselle Maillard. El día 4 del mes de Nivôse (25 de diciembre) se celebró el día del nacimiento de esta nueva divinidad

Un solsticio, renacimiento, renovación y el NIÑO DIOS

En las distintas culturas, el inicio del invierno representa una época de renovación y renacimiento, es por eso que se designa un 25 de diciembre como el día del nacimiento de Jesús. Él viene a traernos esperanza, a renovar nuestro espíritu y a renacer en cada uno de nosotros.

Asociado con el solsticio también está el tema de los árboles. 

Jeremías, el profeta, dice que "las costumbres de los pueblos son “vanidad"  refiriéndose al hecho de adorar "objetos sin valor", propia de los paganos, en vez de venerar al Señor, "el Dios verdadero". El árbol de Navidad no existía como tal, pero era una costumbre ancestral cortar un árbol para adornarlo o, como hacían los babilonios, para dejar regalos debajo del mismo. Tertuliano, un cristiano de Roma critica los cultos paganos  de colgar laureles en las puertas de las casas y encender luminarias durante los festivales de invierno. Los romanos adornaron las calles durante las Saturnales (solsticio), pero fueron sobre todo los celtas quienes decoraron los robles con frutas y velas durante los solsticios de invierno. Era una forma de reanimar el árbol y asegurar el regreso del sol y de la vegetación. Desde tiempos inmemoriales, el árbol ha sido un símbolo de la fertilidad y de la regeneración.

 arbol navideño

El cristianismo adoptó y transformó estas costumbres paganas ante la imposibilidad de erradicarlas. 

El misionero Bonifacio taló un árbol ante la mirada atónita de los lugareños y, tras leer el Evangelio, les ofreció un abeto, un árbol de paz que "representa la vida eterna porque sus hojas siempre están verdes" y porque su copa "señala al cielo".

A partir de entonces se empezaron a talar abetos durante la Navidad y por algún extraño motivo se colgaron de los techos. Se cuenta que el teólogo Martin Lutero puso unas velas sobre las ramas de un árbol de Navidad porque centelleaban como las en la noche invernal. Dos ciudades bálticas se disputan el mérito de haber erigido el primer árbol en una plaza pública: Tallin (Estonia) en 1441 y Riga (Letonia) en 1510. Unos comerciantes locales instalaron un abeto en la plaza del mercado de Riga, lo decoraron con rosas artificiales, bailaron a su alrededor y finalmente le prendieron fuego. 

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