Hambre de guerra y otras zarandajas

21/06/2024 Luis García Orihuela
  

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Luis García Orihuela
Por Luis García Orihuela| Escritor | Poeta | Artista plástico | Columnista internacional


Nos hemos vuelto locos o qué.

Épocas atrás, independientemente de la que elijamos,  uno (cualquiera) no tenía que demostrar que era un ser humano. Según el momento que fuera de la historia, lo demostraba blandiendo una gruesa rama, una afilada espada o cualquier otro objeto que sirviera como arma defensiva. De igual manera, cantar como los trovadores, cantar una historia de amor o narrar intrigas palaciegas eran hechos más que suficientes para demostrar nuestra "humanidad". Los ejemplos, claro está, son infinitos.
Ahora, una máquina,  boot,  o IA (Inteligencia Artificial,  jajaja) nos piden, eso sí, de manera educada, demostrar que no somos un robot a otro robot. O sea, es decir. Que somos humanos. Ver para creer.
Otro tanto ocurre con esas llamadas -las más de las veces de los usureros (perdón, quise decir de nuestros amigos los bancos) o de nuestras queridas compañías de telefonía, luz, agua, etc.  Nos llaman ¿personas? desconocidas pidiéndonos que les demostremos que nosotros somos quienes decimos ser. Ni Groucho Marx lo habría hecho mejor. Ver para creer.
Así pues, nos encontramos en una situación Cortazariana de "Casa tomada", que como menos, asusta.

Hemos llegado al punto en el que los adultos usan lo que antes eran los juguetes de los más pequeños de la casa, los llamados patinetes. Ahora son, eso sí  más sofisticados, pero en verdad no dejan de ser lo mismo. Una tabla con dos ruedas. Lo sé, lo sé. Ahora llevan motor y manillar. De acuerdo, pero ahora son los menores los que pugnan por utilizar los "juguetes" de los mayores. Sus coches de alta gama, eléctricos, claro está, y no obviemos sus teléfonos móviles.

El mundo sigue girando. El sol, saliendo cada día. Los ricos, los bancos, las grandes corporaciones multiplican más y más sus beneficios a costa de la salud de los demás y a veces de la vida propia. A cambio, claro está, cada vez nos ofrecen menos. Todo es más precario y menos satisfactorio para los ciudadanos de a pie. Los sindicatos. Antes garantes de los derechos de los trabajadores, hoy, dejan hacer a los gobiernos, a los que les dan  sueldo y garantías de continuar en sus mullidos sillones. Comen de caliente entre otras prebendas. Los perros no muerden a quienes les dan de comer.

Hoy los países tienen hambre de  guerra. Un hambre increíble. La guerra siempre es negocio y un buen momento para deshacerse de las arnas antiguas, probar las nuevas y poner en marcha la industria armamentística con nuevos diseños y proyectos.

Así están las cosas. Así se las he contado.

Quizás,  y sólo Quizás,  esté en nuestras manos cambiar el rumbo que llevamos y reconducirnos hacia un mundo y una sociedad más aceptable, más humana y espiritual.

Ahí lo dejo.


Luís García Orihuela
Desde las trincheras de la vida Somos la última Resistencia.

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