Jazz para tres, sobra uno… sobra el muerto

Relato ambientado en el viejo Chicago de la Ley Seca. ¡No vas a poder dejar de leerlo hasta el final!

El Arca de Luis 15/02/2023 Luis García Orihuela
ROCCO KIMBERLY
Dibujo de Luis García Orihuela 

POSDATA Digital| Argentina 



Luis Gracia OrihuelaPor  Luis García Orihuela  | Escritor

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17/11/2018


   JAZZ PARA TRES

 Sobra uno… sobra el muerto

Nací, vivo y viviré en Chicago, «La ciudad del viento». Seguramente esto así será hasta que alguien de conmigo en el suelo con un golpe o una bala. Mi nombre es Rocco Kimberly, y en los pocos más de cuarenta años que tengo a la espalda, he pasado por distintas profesiones; todas en contacto muy de cerca con la gente. El primer trabajo serio que realicé para otros fue, el de conductor y camillero de una ambulancia en el Hospital del Condado de Cook. La cosa no duró demasiado, apenas un par de años, si mal no recuerdo. Cuando quise darme cuenta habían pasado doce años y era un oficial de la policía de ancha espalda, con poco pelo, mal carácter y bastante peso, todo esto factores que hacía que a los delincuentes, gángsters, confidentes y borrachos no les gustase para nada el verme contrariado. La noche entonces era mi mundo y solo dormía algunas horas cuando clareaba el día. Dejé el cuerpo de policía asqueado de la corrupción que había dentro de las mismas comisarías, desde los que estaban patrullando las calles y visitando garitos en busca de alguna noticia o chivatazo interesante, hasta las más altas instancias policiales y gubernamentales. Viendo que todo era un fiasco, que los años pasaban y los kilos aumentaban en la báscula del gimnasio, decidí entrenar en el Boxing Club de Eddie Falk y hacerme boxeador; más o menos así fue, con la diferencia de que el bueno de Eddie aceptó entrenarme personalmente a cambio de que hiciera yo de sparring para sus chicos en el cuadrilátero. Poco a poco fueron muchos los que decidieron cambiar de sparring o de club. A los seis meses, eran muy pocos los valientes dispuestos a entrenar conmigo, y un mes después, era el mismísimo Eddie Falk quien en persona me indicaba que el acuerdo entre ambos quedaba anulado desde ese mismo momento.

Durante unos tres años entrené y me preparé en el gimnasio del Boston Boxing, gueto negro del sur de Chicago. Era ágil de piernas, rápido de movimientos y de puño pesado. Comencé a cosechar victorias, todas antes de tiempo por knockout técnico. Lo dejé el día en que vi caer a mi oponente en el cuadrilátero y quedarse totalmente quieto a mis pies, inerte. El árbitro me dio por vencedor en la velada y el médico forense le dio a él por muerto. Hematoma subdural, dijeron.

Lo tercero que deberían de saber de mí aunque pueda ser un detective del montón, es que soy perseverante y no abandono nunca un trabajo. Más allá de mi trabajo, de mi deber, está mi honor, y con él no se juega.

Desde entonces decidí olvidar todo lo pasado y abrirme paso en un nuevo trabajo: Detective privado.

Después de mucho patear las calles en busca de un lugar en donde establecer mi despacho, he dado con un lugar bastante adecuado a mis intereses personales en el Distrito 7. Ni muy alejado del corazón de la ciudad ni en el mismo centro, en donde los precios se disparan a la usura por unos pocos metros cuadrados. Por estar en navidad las calles se ven muy concurridas estos días, se acerca el fin de año y todos parecen tener cosas por terminar antes de comenzar el nuevo año.

El apartamento se encuentra en un séptimo piso (último del edificio) y el número siete siempre me ha traído buena suerte, así que no lo he dudado ni por un momento y he dejado la señal que me pedía la propietaria del inmueble mas el importe del alquiler. La escalera que continua a la derecha de la séptima planta, comunica con la terraza del edificio. De normal esta cerrada con llave y nadie sube a ella. Nadie excepto yo. Toda la disposición de los muebles, archivadores y demás de la oficina giraban en torno a una sola cosa; el espejo junto a la licencia de detective expedida a mi nombre. Y eso, por que desde la terraza pude descubrir el día que decidí alquilar ese apartamento, que desde un punto concreto podía observar sin ser visto el interior del despacho sin llegar a ser detectado desde dentro. Solo tenía que mirar al espejo donde lo había instalado en la pared, para poder ver con todo lujo de detalles mi estancia al completo. En caso necesario he comprobado que podría descolgarme por una de las cañerías del edificio colindante. En esta profesión todo es poco llegado el momento y un arma escondida en un lugar estratégico, o una vía de escape si la cosa se complica, es fundamental tenerla previstas, de ello puede depender tu vida.

Mientras acondicionaba el despacho, maldecía una y otra vez el tener debajo de mi ventana el Janny’s Jazz Club, y escuchar todas las noches el jazz que una tal Annie Abbott ejercía. Su voz no es que sea mala, no, de hecho es dulce y envolvente, pero ese nuevo estilo… no se. Me deja fuera del ring.

Desde el 16 de enero que el senador republicano Andrew J. Volstead se saliera con la suya de prohibir la venta de bebidas alcohólicas en el país, con la entrada en vigor de la Ley Seca, el mundo como tal se ha vuelto loco de repente. Hasta la música es extraña y se propaga ese ritmo que llaman jazz, por todo el país, a la misma velocidad que los garitos ilegales se multiplican como un virus. Cabarets, music halls, y todo tipo de antros han proliferado y prosperado en menos de un año. Parece que todo el mundo prefiera lo clandestino, se diría que quienes antes no tomaban ni una gota de alcohol, ahora solo viven y piensan en él. Si quieres que algo se aprecie, solo prohíbelo.

Chicago es una de las ciudades en las que el negocio del alcohol ilegal tiene mas presencia en las calles que en ninguna otra ciudad. Quizás por su posición geográfica central en el país, al encontrarse al fondo del lago Michigan, hace posible cruzar un pequeño mar navegable, que es utilizado a menudo por miles de lanchas cargadas de alcohol de contrabando. Para traer el alcohol de fuera, (generalmente de las Indias Occidentales y las Bahamas) es uno de los métodos preferidos para hacer llegar el preciado líquido a la población. El otro sistema que usan es más inmoral, ya que supone elaborar el alcohol de forma casera, destilando alcohol industrial para convertirlo en bebidas sintéticas (whisky, ginebra, etc.), resultando de ello un producto que en muchos de los casos es altamente venenoso e incluso, mortal. Pero ¿a quién le importa eso? La ciudad está alegre y desenfrenada siendo los más aventureros y osados quienes mejor tajada están sacando de la prohibición mediante los garitos clandestinos.

Por hoy he dado el día por concluido, y tras comprar algo de comida; leche, algunas galletas, latas de carne, pescado y una botella de «mata ratas», he regresado a casa. He dejado la bolsa de papel con la compra en el banco de la cocina, cuando Missy, maullando, ha entrado a pedirme algo de comer. Hacemos una extraña pareja; ella silenciosa, majestuosa, afectuosa lo mínimo y con su cuerpo de pelo pardo a rayas con distintos tonos de blanco, mientras que yo ni siquiera recuerdo desde cuando llevo esta ropa. Una noche de copiosa lluvia, al poco de la muerte de Ellen, escuché sus lamentos en el exterior. Quizás me sentí parte de su problema o un hombre amargado y solo. Desde entonces entra y sale cada vez que le apetece por una pequeña compuerta que le hice, que viene a ser cada vez que tiene hambre. Missy se ha acostumbrado a no tener que cazar para comer, y yo, me he habituado a darle de comer y dejarle un plato hondo con leche. Mientras sigo aquí solo, con la única visita de la casera una vez a la semana.

He apagado la lámpara del techo, encendido la lamparita de la mesa del rincón y la del escritorio. Con esta luz y la que entra por la ventana del Janny’s Jazz Club, tengo más que suficiente. Enciendo una cerilla y me entretengo jugando con el cigarrillo, mientras contemplo el marco sobre la mesa con la foto de Ellen. Murió en estas calles sin nombre y plagadas de sombras, atropellada por un coche que se daba a la fuga después de haber perpetrado un atraco en un local de alterne. Nadie se acercó a ayudarla y murió desangrada antes de que llegara la ambulancia y la policía. Esta ciudad es así, nadie se preocupa por nadie, y todos esperamos que si ha de pasar algo, sea a otro a quien le pase. Doy una calada larga al cigarrillo con los ojos cerrados, el día ha sido largo, mi vaso está vacío, y siento los ojos humedecidos y vidriosos.

Es una noche extraña. Me he sentado a escribir en el diario. Estoy disfrutando de un café caliente bien cargado y de otro cigarrillo, pero he tardado bastante tiempo en darme cuenta de que algo fallaba en mi entorno y no era como todas las noches. El silencio me ha dado la respuesta. La voz de Annie Abbott no se oye en el Janny’s, ni tan siquiera el sonido de la gente entrando y saliendo y dando voces. La trompeta ha enmudecido junto con el resto de instrumentos.

He dejado de escribir en el diario para mirar por entre dos láminas de la persiana lo que acontece abajo en la calle. Por precaución, antes he apagado la lámpara del escritorio y he observado a cubierto desde la penumbra del despacho. En la calle se ha montado una pequeña bronca entre dos tipos. Andan chillando y empujándose sin llegar a más por lo que parece. Un grupo de gente se ha ido congregando como buitres a la espera de tener carnada que comer. Hasta uno de los que van con la campanilla de Papá Noel, se ha detenido a la espera de que haya puños al menos. Con suerte puede que aparezca la policía, aunque lo dudo. Si se dejan caer por aquí nadie será testigo de nada y todos desaparecerán más rápido que un hielo en un vaso de güisqui. Hay un sedán negro aparcado con el motor apagado que me llama la atención. Veo lo suficiente para darme cuenta de que en su interior hay alguien sentado en el lugar del conductor y ni siquiera se inmuta ante el escándalo que hay en la puerta del Janny’s Jazz Club. Eso me escama; no es normal esa despreocupación, ya que si hay jaleo pueden volar cosas por el aire, y el coche es un modelo que apesta a nuevo y aparenta estar cuidado. No estoy seguro, pero juraría que ya estaba estacionado justo ahí cuando he regresado de la biblioteca pública. Mañana será otro día, no obstante mi instinto me dice que antes de irme a dormir deje anotado en mi diario la matricula del sedan negro.

 Conforme salía del despacho, he recogido el sombrero de uno de los brazos del perchero de madera, y he terminado de acoplarme todos mis aparejos contra el frío del Distrito 7. No tenía nada que hacer, sin clientes soy como un niño sin juguetes, no se estar quieto y necesito hacer algo para evitar la sensación de inutilidad, de tiempo perdido. Nada más salir a la calle he visto que se levantaba Eddy de uno de los escalones por los que siempre anda su pandilla sentada y se dirigía a mí.

—¡Ey! Rocco, ¿Te enteraste anoche?

Me pregunta de tal manera, que estoy convencido de que no quiere ninguna respuesta. Busca un protagonismo dentro de su banda de pequeños sinvergüenzas, de los cuales es probable que el de más edad no tenga más allá de quince años. La calle les ha enseñado que si son capaces de obtener información pueden ganar dinero con ella según a quien se la ofrezcan.

—¡Escupe lo que sea, pequeño diablo! No me hagas perder mi tiempo… o te colgaré de las orejas.

—Los chicos de Freddy, entraron en el Janny’s Jazz Club a cobrar su impuesto, y a una orden de él se pusieron a golpear y romper sillas y mesas. Hoy si abren el local será sin música…

—Explícate —Le exijo me cuente lo que sabe mientras le doy unas pocas monedas. Me imagino lo que va a decirme y deseo con toda mi alma equivocarme, pero se que no va a ser así. El chico ya con las monedas escondidas en uno de sus bolsillos, me lo cuenta todo, pero lo hace en voz baja y mirando a uno y otro lado de la calle con gran atención. ¡Es listo el condenado! Tal y como pensaba los músicos y la cantante se llevaron la peor parte. El tal Freddy sabe bien que sin música un local está destinado al fracaso. Un brazo roto, una pierna fracturada, un corte en el pecho, son fácil de reemplazar, solo tienes que buscar a otros que ocupen sus puestos en el local; sin embargo solistas y músicos con sus instrumentos, tiene peor reemplazo y lo sabe. Por eso en todos los garitos de Chicago son los artistas los primeros en pagarlo cuando las cosas no ocurren como quiere la mafia.

Todavía no lo saben, pero ayer noche cometieron un error. Un error que van a pagar muy caro. Palabra de Rocco.

 Aunque el pequeño diablo me ha dado pelos y señales de todo lo ocurrido, he querido ver con mis propios ojos el estado en que ha quedado el local, y la verdad es que el chaval no se ha quedado corto cuando me ha largado como fue la fiesta de anoche dada por Freddy. El local del Janny’s Jazz Club presentaba un aspecto peor que el solar que había detrás de mí antigua casa. Todo era desorden en el interior del recinto y los empleados rezumaban temor en sus rostros por todos sus poros. Nada más verme entrar, dos de ellos, se han perdido por debajo de uno de los mostradores. A unos de ellos se le notan las marcas dejadas por unos puños en el rostro. El ojo izquierdo medio cerrado y amoratado cuenta su historia en silencio.

 Parece guiñe ese ojo maltrecho al esconderse. Entiendo su miedo.

 Junto a una de las paredes se encontraban apilados los restos rotos de la escaramuza sufrida la noche anterior. Un auténtico desastre que de algún modo clama justicia, y en el caso de no ser ello posible, al menos venganza.

 Lo han callado. Pero ya es un secreto a voces que se escurre por las asfaltadas calles del distrito 7. De los tres músicos del Janny’s, han dejado fiambre al trompetista.

 A mi habitación sólo llegará silencio esta noche. Y quizás muchas más noches. No se si me gustará eso, pero creo que no.

 Todo el mundo sabe quién ha sido el responsable de devastar el local y dejarlo hecho un solar con un cadáver, como advertencia, tendido en el suelo en un charco de sangre. La ciudad está copada de mafiosos, gángsters y oportunistas. Todos ellos sacan pingües beneficios de la Ley Seca, y el fulano este no es más que otro vividor que intenta desde entonces hacerse con un sitio en el distrito 7 y vivir como un rey entre tantos otros como él.
Tengo dos objetivos claros: Arreglar cuentas con el que ha dejado fiambre al trompetista y arreglado la cara a los demás en el caso de que haya sido el mismo. Los zurdos cuando pegan lo hacen al lado derecho del oponente. Yo soy zurdo y lo se. Ese zurdo lo va a lamentar.

Freddy tiene su negocio esparcido por toda la ciudad. No me ha llevado demasiado tiempo averiguar lo que quería. Unos cuantos centavos repartidos aquí y allá han dado su resultado. Un inmigrante apodado «El Irlandés» me ha dado pelos y señas sobre todo lo que necesitaba saber. Se que no es alguien de quien pueda fiarme, Ni ahora ni en un futuro, Se que si me ha informado es con la idea de quitarse competencia y crecer él en el distrito 7, pero también se que sería el último en ir a largarle a Freddy que soy el causante directo de sus desgracias comerciales.

Destrozarle uno de sus garitos a Freddy tan solo serviría para hacer mas fuerte a otros como El Irlandés, y tantos otros que pugnan por hacerse un sitio en esta ciudad que todavía huele a incendio y a brasas después de tantos años. He buscado algo que no rompa el equilibrio y no involucre directamente al Janny's Jazz Club. Pero lo primero es lo primero. Me alegro de que el zurdo sea conocido con el apodo original de «El Zurdo», y ya puestos de que sea un tipo grande. A más grande, más pesado, y por tanto más lento.

 He tenido que esperar a que saliera del garito de mala muerte en el que mata las horas aporreando con un taco de madera las indefensas bolas del billar, Ya pensaba que no saldría nunca y moriría allí de viejo, cuando al abrirse la puerta de la entrada su figura de mastodonte se a recortado contra la liz del fondo. Como si saliera de una sucursal del mismísimo infierno tras él se contorneaban volutas gigantes de humo impregnándolop todo de un olor a tabaco malo. Afortunadamente ha cerrado la puerta y salido solo a la calle. ¡Perfecto!

Parecerá cosa de brujos, pero en Chicago las calles más sucias y con restos de comidas de restaurantes son las menos iluminadas. Afortunadamente, también son las menos frecuentadas por los transeuntes normales, no así por la gente que tiene un alias como «El Zurdo».

 He tirado el cigarrillo sobre un charco cuando tyerminaba de prenderlo. Siempre me pasa igual. Cubriéndome el rostro con un gorro como el que usan los transportistas ilegales de alcohol le he salido al paso en cuanto lo he tenido a mi altura, y de un fuerte empellón lo he lanzado al callejón en penumbras. El Zurdo no ha tenido apenas oportunidad de defenderse. Le he pillado desprevenido y golpeado con violencia en el rostro. Quería dejarle marcado por mis puños endonde se viesen los golpes y no pudiese ocultar ante los demás la paliza recibida. Creo que le he llamado idiota en irlandés. Cuando he salido a la luz de las farolas, él quedaba arrebujado contra un cubo de basura, inconsciente y con los dos ojos a la funerala. Por una temporada va a estar fuera de juego y sin molestar a nadie.

 Freddy tenía, ya no lo tiene; un almacén junto al río repleto de madera. La tenía destinada para la venta de construcción de muebles. ¡Lástima! He prendido una cerilla al pasar cerca de la entrada, y tras encenderme un cigarrillo la he lanzado sin apagar, con tan mala suerte, que ha ido a caer junto a un gran charco de gasolina que rodeaba la planta baja. Como una boa constrictor, el fuego, a devorado a su presa.

 

 

 
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