Los mejores finales de la historia de la literatura

¿Quién no recuerda el principio de Cien años de soledad o Historia de dos ciudades? Pero, ¿recuerdas cómo acababan?
Los mejores finales de la historia de la literatura-posdata digital press

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Suele suceder que recordamos más los comienzos que los finales. En la historia de la literatura hay infinidad de comienzos célebres, esas primeras frases que nos enganchan a la lectura de ese libro y que resuenan en nuestra cabeza durante años. ¿Quién no recuerda el principio de Cien años de soledad o Historia de dos ciudades? Pero, ¿recuerdas cómo acababan? Pero si bien una primera frase es esencial para hacernos seguir leyendo, no lo es menos saber cerrar un libro. Hay finales que se quedan suspendidos en el aire y que nos persiguen mucho tiempo después de haberlos leído. Hoy repasamos algunos de los más memorables cierres de novela de la historia.

Se podría decir que en la literatura hay tantos tipos de finales como novelas, pero por su intención y su efecto en el lector, se podrían agrupar en varios grupos. Algunas obras clásicas, como Crimen y castigo o Ana Karenina, nos dejan en un punto concreto de la peripecia vital de sus personajes a la vez que dejan entrever que su historia no tendría por qué acabar ahí. Hay otros títulos que buscan el impacto de una frase corta, un tanto enigmática, que invitan al lector a buscar en ellas interpretaciones para el estado de ánimo de sus protagonistas. “Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo”, el cierre de La regenta, es una de ellas. En Las uvas de la ira, John Steinbeck también deja un margen a la imaginación del lector (“ella levantó la vista y miró a través del granero, y sus labios se juntaron y dibujaron una sonrisa misteriosa”). Las últimas palabras de La campana de cristal (“los ojos y las caras se volvieron hacia mí y, guiándome por ellos como siguiendo un hilo mágico, entré en la habitación”) conforman otro cierre que nos deja un margen a la interpretación.

El dramatismo de una obra, en otras ocasiones, se ve potenciado por un final que no deja lugar a dudas, sino que se clava en la mente de los lectores. Difícil de olvidar es la frase que cierra Pedro Páramo, por ejemplo, o la profunda tristeza que se desprende de las últimas palabras de Madame Bovary. Algo parecido sucede con Expiación, de Ian McEwan. De igual manera, la manera en la que Joseph Conrad elige acabar El corazón de las tinieblas continúa estremeciendo mucho después de cerrar el libro, al igual que el desasosiego se apodera de nosotros con la afirmación que dar por terminada 1984 de George Orwell, ofinales todos que no reproduciremos para aquellos lectores que todavía no hayan descubierto esas obras maestras.

Existe otro tipo de finales que desconciertan al lector, que producen más interrogantes que respuestas pero que, dada la naturaleza de esas obras, no solo tienen sentido sino que potencian su efecto emocional. La manera en la que J. D. Salinger acaba su relato Un día perfecto para el pez plátanodinamita todo lo que nos había presentado antes el autor y le da un nuevo punto de vista a la obra. La conjunción de horror y el sentimiento absurdo de Matadero 5 crecen con un cierre que descoloca a más de un lector. Y Nocturno de Chile, que Roberto Bolaño quería haber titulado de igual manera que sus últimas tres palabras, consigue chocar y aumentar su impacto. Pero también hay otros finales más luminosos, como el que nos propone Alfanhuí.

Por su naturaleza o su estructura, otro tipo de obras utilizan finales más específicos. El curioso caso de Benjamin Button es un claro ejemplo, además de un ejemplo de escritura elegante. La distancia temporal con la que Margaret Atwood acaba El cuento de la criada produce a la vez intriga e inquietud. Distintas maneras de hacer que una novela siga perdurando en el tiempo una vez que termina.

Fuente:El País

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