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Te llamo

Cuando uno se siente mal, está segura de que la culpa es del que está enfrente. Miré los muebles de mi cocina y me decidí. 

De mí hacia ustedes María Cecilia Marsilli
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Foto:misionesopina

 POSDATA Digital Press | Argentina

Cecilia MarsiliPor María Cecilia Marsilli | Narradora Oral 
|Escritora | Pta: Presidenta de la Asociación Civil
Compartiendo Miastenia Gravis

 

 

Cuando uno se siente mal, está segura de que la culpa es del que está enfrente. Miré los muebles de mi cocina y me decidí. 

Se lo comenté a Nely. Me aturdió con los halagos y recomendaciones sobre Hilario, el mago de la carpintería. 

Me decidí. Treinta años junto a los mismos muebles eran demasiado.

Lo llamé. Me llamó. Aguardaba mi llamado.

En la insistencia de los desencuentros telefónicos, supo que lo necesitaba. Su trato era más que cordial, casi meloso.

¿Qué le habrá dicho Nely? Yo solo quería cambiar los muebles de la cocina. 

 Ni bien hablé con él, ya esperaba en la planta baja.

 “Querida, debo tomar las medidas y hacer un esbozo.” 

Interesante señor mayor, más interesante la cuatro por cuatro blanca, 0km.

Se aseguró de que lo entendiera: anillo en dedo meñique, divorciado. Mi cocina estaba en sus manos.

Empezó a insistir en que fuera a conocer su taller:

“Así conversamos y te asesoro para elegir los materiales y colores."

Terminó por convencerme, antes de desistir de los cambios en casa.

 Después de varios pedidos, casi ruegos, fui a su negocio. Enorme.

No ahorró elogios hacia su persona, su trabajo, su hombría de bien, cómo amaba a su esposa (nunca entendió por qué lo abandonó).

¿Alta autoestima o charlatanería?

Sirvió un café para contarme sobre su vida, y su familia: ex, hijos y nietos viven de su fortuna.

Quedamos en que llamaría cuando tuviera el presupuesto.

 Durante una semana solo llamó para preguntarme cómo estaba y reiterarme la invitación a las reuniones de los viernes.

Le pedí que me adelantara los costos pero Insistió en venir a casa por unos mates y traer el presupuesto.

Después de una larga y aburrida charla, casi un monólogo, volvió a invitarme a su casa, a las partidas de chinchón, truco y apuestas con sus amigos.

¿Y el presupuesto? Excusa para más mates y cobrar la seña al día siguiente. 

Cada tornillo, cada serruchada, llamaba. ¿Era esa su intención? ¿Serruchar...me?

 Me llamó. El trabajo estaba listo. Enviaría dos operarios para que armaran los muebles.

¿Y el señor Hilario? Ya empezaba a interesarme más que la cocina.

Señora, él viene a inspeccionar, contestó el operario. 

Hilario vino. Controló todo y se llevó unos amargos. También dejó sus historias de viejo seductor y aventurero.

Lo llamé por el saldo del trabajo. Dijo que no tenía apuro, con tal de que yo vaya a su taller.

“De paso, charlamos.” ¿Otra vez?

Reiteró su invitación al juego con sus amigos y me pidió que llevara a mis amigas.

Dijo que no había perdido la esperanza de encontrar una mujer en esta etapa de la madurez (extrema, pero…).

Me llamó. ¿Cómo es que no pasé más por el taller?

Empezaron los mensajes amorosos por Whatsapp. Yo intentaba ignorarlos.

Me llamó.

Ahora necesitaba tomar las medidas de las alacenas. Por suerte, el tema de los materiales y colores estaba resuelto, una cita menos.

Aunque siguieron las insinuaciones.   

Por unos meses no supe nada de su vida.

Comencé a extrañarlo, además de recordar que no había terminado de pagarle los muebles.

Lo llamé. ¡Quién me mandó!

En tiempo real, me relató su agonía y su deficiencia cardíaca.

Volvimos a los muebles. También hubo alguna insinuación, más leve: no le resiste el corazón.

Me llamó. Apuró los muebles, evité la charla.

La cocina quedó soñada, el carpintero es una pesadilla, le dije a Nely. Porfiado. Insistente. Quiere que le vaya a pagar a su taller. De paso, sigue contándome.

Dijo que nos debíamos un almuerzo. No recordaba esa deuda, pero si invita, pensé.

Lo llamé para pedirle los datos de una cuenta bancaria. No hubo caso.

Demoré el encuentro al máximo, pero ya no podía retrasar el pago. 

Me llamó, enérgico.

Me espera. Me empilcho y salgo. Todo planeado: nada más que a almorzar. 

 Me recibe por primera vez en su oficina, bien al fondo del taller, no hay nadie alrededor.

Saca una botella de vino tinto, caro. Me voy preparando.

Veo, en un archivo (en casa de carpintero muebles metálicos prehistóricos), el teléfono de un delivery. Hasta elijo, sin decírselo, el gusto de la pizza.

Él sigue con su relato. Jamás le hizo daño a su esposa. Se merece una buena compañera.

 Yo empiezo a imaginarme, dinero tiene, vida por delante, le queda poca. Aunque no puede tomar la pastillita, algo haremos.

Mientras asiento con la cabeza y escucho sus proyectos, pongo mi mejor mirada seductora y digo que estoy dispuesta a acompañarlo. 

Agarra el teléfono.

Pienso que va a pedir la pizza. 

¿Te pido un remis?, me pregunta.

 

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