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Luis García Orihuela
 Por Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante


En el andén se encontraban tres jóvenes negros apoyados en la barandilla que servía de apoyo al subir por la rampa que daba acceso al mismo, y de espaldas a aquel tren de color blanco que, en ese momento, entraba por las vías. Me llamó la atención los colores y los números. Todo en ese momento parecía tener un sentido y formar parte de un todo que se me antojaba complejo ya desde ese mismo instante, y que a mi se me escapaba, a pesar de atraer toda mi atención.

El tren constaba de cuatro vagones, pudiendo viajar en ambos sentidos según fuese su destino. La confluencia matemática hizo que me sintiera un número e inquieto.. Solo eso. Una cifra más en un pensamiento fortuito que quizás nunca debía de haberse producido, y me atrevería a decir que decadente. No me sentí bien. Para nada. Aquello no me había pasado nunca. Cifras y combinaciones, opciones de números, sumas y restas se agolpaban en mi mente y bailaban livianas ante mis incrédulos ojos. No estaba preparado para ser un número entre números, una maldita cifra formando parte de algo, de otras cifras o quizás de un todo del que no podía saber cuanto era lo que abarcaba o lo que duraría por mucho que sintiese la necesidad de saber, por más que todos lo fuésemos de una u otra manera.

Aquello no era bueno, no podía serlo de ninguna de las maneras. Me hacía sentir uno más entre una masa humana entre otras muchas más. Un hilo quizás, en la complicada red de una araña en la que probablemente ni ella misma fuera consciente del valor de su trabajo al no tener una percepción global del mismo. Entré al segundo vagón y conté los asientos. Tres a cada lado y cuatro en el centro. Otros diez igual en la parte de enfrente. Luego conté el número de hombres y el de las mujeres, cuántos prestaban atención a su móvil y cuántos no. Analice el flujo de personas que subían y bajaban en cada parada, así como el continuo cambio de asiento por parte de los sentados en el asiento central cuando alguien a uno de los lados dejaba su asiento libre. Cada estación tenía un color en sus paredes. Conté el número de estaciones en el recorrido, las leí de atrás adelante y busqué un orden en sus iniciales que me permitiera memorizarlas. Lo mismo hice con los colores de la ropa de cada uno de los que estaban en el vagón y les asigné un oficio según su vestimenta. Luego intenté memorizar los suficientes datos como para poder dar una descripción perfecta de cada uno a la policía si ocurriese un accidente. Imaginé si frenara de golpe el tren cual sería el movimiento de cada uno llevado por la inercia y lo inesperado. Los sentados en los grupos de tres asientos mas cercanos al conductor se golpearían contra la barra de metal y el del otro extremo se golpearía con el del asiento central en el caso de no caer al suelo. Me sentí satisfecho imaginando mis respuestas precisas a las preguntas de la policía cuando se personasen después de la explosión. Quedarían impresionados ante el lujo de detalles que les daría. Dejé mi mochila sobre el asiento y avancé hacia el dispensador de gel. Iba a dejar de ver los números y de ser uno mas entre la multitud. 

Luego vino la explosión y un gran resplandor blanco.


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