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De amores y vinos

El Arca de Luis 31/01/2022 Luis García Orihuela
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Credito:revistaelconocedor

 POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García Orihuela

Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

 

Afuera hacía mal tiempo. Aunque extraño en estas fechas de finales de mayo, el día en vez de ser soleado había despuntado desapacible y algo fresco ya de buena mañana, cosa poco frecuente en Toledo.

Me duché como pude. La habitación de la pensión en la que me había hospedado días atrás recién llegado a la ciudad era la más económica que había encontrado de entre las que disponían habitaciones, y cansado como estaba, con tal de que dispusiera de una maltrecha cama en la en la que dejarme caer y, un techo que me cubriese del frío de la noche, me valía más que suficiente. Me daba igual fuese el Hostal San Judas Tadeo o San Pepino Mártir. Y en verdad, eso fue lo que me ofrecieron y lo que encontré nada más cruzar la puerta que daba al interior de mi habitación. Lo contrario me habría extrañado y mucho. Incluso puede que me hubiese defraudado, a decir verdad, de no ser así. Era un habitáculo con el mínimo mobiliario posible e imprescindible: Una cama, una  mesilla de noche de un solo cajón, la silla de rigor estilo castellano y un pequeño armario en donde meter mis escasas y maltrechas pertenencias. El resto, lo conformaba un minúsculo cuarto de baño con un retrete y un plato de ducha oxidado por los bordes y con pelos de su anterior inquilino pegados por aquí y por allá, cómo si de un extraño ritual se tratara. ¡Dios, cómo necesitaba salir de allí! Poner en orden mis ideas, regresar al mundo que conocía y su engranaje de gentes siempre en continuo movimiento por las calles de cualquier ciudad.

.Quizás más tarde, en otro momento del día, dispondría de tiempo y de las ganas suficientes para quejarme a la dirección de la pensión de lo condenadamente fría que salía el agua de la maltrecha ducha, eso por no mencionar la escasez de agua que salía. No era más allá de un hilillo de agua algo grueso y tremendamente helado el que había salido al girar la llave de la ducha, o como decía mi amiga Raquel de México, la llave de la regadera. A eso si que se parecía bastante más. Al menos, parte del abotargamiento de la noche anterior provocado por la ingesta de alcohol había desaparecido nada más sentir su contacto gélido en mi piel y alcanzar mi entrepierna como un cuchillo hecho de hielo.

Con los ojos todavía enrojecidos del champú, he salido a la calle de pavimentos adoquinados y enfilado hacia el Obrador del Moro. Cerca de allí, me habían recomendado una fonda que según decían en la pensión, era económica y se comía bien. A decir verdad, eso es lo que precisamente necesitaba, así como el echarme, cuanto antes, un trago de buen vino al gaznate que hiciese correr tanta basura y polvo acumulado como llevaba pegado en mi garganta desde la partida de Alejandra. Había sido tan inesperada su actitud, que todavía intentaba asimilar lo sucedido. 

 La fonda, podría decirse que entraba dentro de lo que yo llamaría mi estilo personal, o incluso de mi no estilo. Tras hacerme con la mesa que quedaba libre en el rincón menos iluminado, me he sentado, y armado de paciencia he esperado a que alguien del local se dignase a atenderme.

Al otro lado, frente a mi, un displicente camarero reparte con su bandeja la demanda de un grupo de turistas.  Inglesitas de piernas largas, las dos rubias, de piel blanca como la leche, pantalones de lo más corto que he visto, y pegados a los muslos como una segunda piel. Sus mochilas rodeándolas a modo de dique de contención de pelmazos como yo, cierran un cuadro que haría las delicias de Rembrant y cómo no, las del doctor Nicolaes Tulp. Los inglesitos que las acompañan lucen parecido a ellas. Uno, con lentes azules de espejo, y el otro, algo más mayor y tosco, con melena y una barba desarreglada fuera de época. No se ha enterado, a lo visto, de que el tiempo de los hippies ya expiró hace tiempo.

—¿Qué va a ser? —me pregunta el camarero con voz indolente.

De la manera que me ha soltado la pregunta el enlutado con mandil, me ha sonado como si yo fuera a ser padre y él deseara saber si de un hermoso niñito rubio o de una linda niña de ojos negros se tratara.

—Un vino. En vaso, por favor. Nada de copa.

El estirado con cara de patibulario, ha dado un respingo, y su vena carótida durante una fracción de segundo se ha hinchado en una actitud beligerante y a la vez autónoma. Me ha recordado a los enterradores de las películas de Hollywood, los del Salvaje Oeste. Mas seco que la mojama. Habría quedado bien en cámara en alguna de las tomas de Romero en La noche de  los muertos vivientes. Se ha retirado sin decir ni mu. Al poco, a regresado con un vaso translúcido que, en su día, debió de haber conocido momentos mejores y dejado ver el contenido en todo su esplendor. Con desgana, pero con buen hacer, el camarero ha acercado el cuello de la botella al vaso, y ha comenzado a llenarlo con  pulso firme, lentamente, sin hacer burbujitas odiosas, y como calculando en dónde sería la medida correcta para detenerse y no poner de más. Es perro viejo que vela por los intereses del propietario.

Me he reprimido.  Iba a echarme el vino a la garganta de un solo trago, pero he pensado, ¡Que respire mi buen amigo! El también necesita su tiempo, aclimatarse a la temperatura ambiente igual a como lo hago yo. De joven no lo hice con aquella primera botella de vino y me arrepentí después, estando con aquellos viejos amigos que nunca más volví a ver, y en aquel piso junto al río que tenían de prestado por un desconocido para mi. La dejamos arruinada al día siguiente, echa un solar. Cuando nos cansamos de chocar con las paredes del pasillo y atender a las quejas de la vecina por haberle tirado con nuestros golpes en la pared, las figuritas que tenía en los estantes de su pasillo, fuimos a la única habitación que seguía sin amueblar. Era tierra de nadie y apenas quedaba bebida. De algún sitio, alguien se hizo con un bote de pintura negra y una brocha. Lo siguiente fue un irresistible impulso, incluso puede que sintiéramos todos una súbita posesión demoníaca narcisista, en la cual nos dio por ser grandes artistas y dejar para la gloria y el paso del tiempo nuestro arte allí plasmado. Al día siguiente fuimos desfilando casi sin apenas decirnos nada o mirarnos a la cara, y dejando atrás nuestras propias siluetas dibujadas como unos auténticos hombres de las cavernas.

 La inglesa lleva tan ajustado el pantalón que bien pudiera creer se lo hayan cosido a su medida con él puesto y sin ropa interior debajo. Ni tan siquiera un tanga. Ríe y brinda con sus compañeros elevando una gran jarra de cerveza, la cual desborda espuma por sus bordes como crestas de un mar embravecido. Entre brindis entrechocando jarras de cristal y risas exageradas, me ha lanzado una tanda de miradas fugaces como estrellas desprendiéndose de la noche. Miradas pícaras que no me han pasado desapercibidas.

 En verdad, es cierto que están armando mucho escándalo, pero a nadie de los presentes parece importarles un pijo el que lo hagan. Los propietarios, o quienes están al frente del negocio, se frotan satisfechos las manos viendo como crecen los euros en la caja registradora de su local. Las voces que dan deben de oírse, con seguridad, desde la calle, y está entrando gente atraída por la curiosidad del alboroto que están creando..

Mi vaso de vino tinto me grita que ya ha salido de la UCI. Se encuentra en un buen estado de forma y perfectamente oxigenado. Su temperatura ambiente es excelente para recorrer mis venas sin necesidad de andar deteniéndose ante el recodo de una arteria cualquiera. ¿Qué más le puedo pedir a mi fiel compañero de mesa y de penas? Doy un sorbo despacio y lo mantengo en la boca para deleitar mi paladar con su sabor afrutado. Lo saboreo con los ojos cerrados, Permito bañe mi boca por completo antes de tragármelo. En el segundo trago he liquidado el resto del contenido. El vino ha recorrido mi cuerpo como si fuera una carretera nueva creada para darme calor y consuelo ante la irreparable perdida de Alejandra. ¿Qué estará haciendo ahora?

¿Qué fue lo que me pasó con Alejandra? ¿Qué hizo que nuestra relación naufragara apenas salir del puerto? Me desplacé desde Valencia para encontrarme con ella, aquí, en su ciudad, y luego, de pronto, y sin venir a cuento, todo se fue al garete al día siguiente de estar juntos en su casa. Ella me dijo algo muy enfadada, yo la contesté en un tono similar, agrio, quizás con la voz más elevada que la de ella y más seca si cabía, y cuando quise darme cuenta me había puesto de patitas en la calle y lanzado mi mochila a la puerta de la calle como si estuviera infectada con el peor de los virus. Que me cuelguen si recuerdo de que discutimos minutos antes, lo hacíamos tan a menudo sobre temas literarios y políticos, que pienso lo vi como algo cotidiano a lo que no le di el valor adecuado que debiera. También cuenta el que la noche de mi llegada la celebración fue por todo lo alto, no faltando las bebidas, ni sexo y sudor en una mullida cama de 1.10.

El estirado ha pasad a mi lado con  una bandeja de jarras de cerveza de esas de medio litro, llenas hasta sus bordes. Le he hecho un gesto con la mano, y al verme, le he levantado el vaso vacío para que sepa quiero que me traiga otro lleno de lo mismo.

Una de las inglesitas se ha puesto entonces de pie y ha soltado un pequeño discurso con la jarra en ristre. El pequeño grupo se ha puesto de pie y acto seguido ha brindado por quién sabe qué, ante las miradas inquisitorias de los clientes más cercanos a su mesa, que veían con desagrado y cierto estupor sus efusivos comportamientos en público.

El estirado, bandeja en mano, a retirado los restos de una mesa que ha quedado vacía. Luego, ha dejado un nuevo vaso de vino tinto en mi mesa y retirado el vacío. Me gusta su carencia de conversación. Su demacrado silencio. Tengo la seguridad de que le favorece, de que le hace ganar caché aunque pueda parecer extraño.

Alejandra es... o era, ya no se que decir, muy habladora. De todo parecía saber siempre, y daba su opinión sentando cátedra, y casi podría decirse que sin derecho a réplica. No tenía pelos en la lengua a la hora de poner como un trapo a los políticos, sobre todo a los de azul, los de la gaviota española. 'Esa derecha rancia y casposa", solía decirme. "Son todos unos corruptos. Ese es, el punto". Cualquier hora fuese del día o de la noche, cualquier garito, era siempre el lugar y el momento oportuno para ella. Cuando no, un banquito de madera  en un rincón tranquilo de un jardín, nos resultaba más que suficiente para arreglar el mundo y sobrarnos tiempo para hacerlo. Los fines de semana Alejandra acudía a Valencia para encontrase conmigo, y si hacía buen tiempo, quedábamos en los jardines de Monforte o en los de Viveros. De regreso, pasábamos por el súper a comprar bebida y algo de comer. Ya en casa, nos enrollábamos escuchando Pink Floyd, sobre todo su tema de Time, Police, o un Leonard Cohen algo trasnochado. Aunque intentaba no caer en conversaciones ya tenidas con ella, de alguna manera se las ingeniaba para hacerme caer una y otra vez en sus redes de araña. “Pareces Bukowsky, aunque bueno, más que parecerlo, eres su viva imagen y reencarnación”. Así me decía para tirarme de la lengua, y anda que lo conseguía. Yo la increpaba diciéndole que ella era Anaïs Nin, y ella me contestaba que nosotros tan sólo éramos dos y nos faltaría el Henry Miller que cerrara el triángulo amoroso. Así pasábamos las horas durante el fin de semana, entre guerras de almohadas o lanzamientos de palomitas de micro ondas. En otras ocasiones nos poníamos en plan “serio y formal”, como auténticos escritores poetas, y tirados en la alfombra del comedor comenzábamos a escribir alguna que otra poesía de verso libre, a sabiendas de que  no pasaría de ahí, de aquellas cuatro paredes un tanto rancias. Imagino que aquellos fueron los mejores días entre nosotros dos, sin contar los momentos-alcoba en los que nos desmelenábamos.

No se que marca de vino me ha puesto el tipo éste enlutado, pero está jodidamente bueno. Mientras vacío el vaso, desde la mesa más contigua a la puerta de la calle, la pareja allí sentada veo que se siente molesta por el escándalo que están armando los del grupo inglés. Parecen sentirse como en la batalla de Trafalgar o parecido. De pronto, algo de cerveza ha volado desde una de las jarras y ha  ido a derramarse justamente a la  mesa en la que están sentados, con tan mala fortuna de ir a caerle encima al macho Alfa. Un tipo de treinta y pocos, acompañado de la que puede, por edad, ser su esposa o amiga sentimental con derecho a roce. Es un personaje enfundado en unos jeans de esos lavados a la piedra, y desgastados luego por el uso diario. Es ese tipo de personas de brazos velludos y tatuados, que uno nunca sabe como debe de mirarlos o a qué atenerse con ellos. Ha volcado su silla al intentar eludir la repentina lluvia de cebada y ésta a chocado con un joven que terminaba de acceder al local un tanto despistado. El joven que entraba es de esos de mochila a la espalda y aspecto de eterno universitario con melena larga dejada a lo Jesucristo. A partir de ahí, el tiempo que antes transcurría lento y pegajoso como un tórrido día de agosto en Castilla-La Mancha, ha cobrado una inusitada vida propia, como si le hubiesen sacudido con un desfibrilador de última generación una fuerte sacudida en la ingle. Un rubio del grupo de cabello ensortijado, ya muy borracho, se ha lanzado contra el macho Alfa y ahí ha comenzado el follón de verdad. El camarero, ojo avizor, en un acto de previsión, ha dejado la bandeja que llevaba con las bebidas sobre una de las mesas vacías, aunque no lo suficientemente lejos de mis rápidas manos que han actuado en consecuencia. Desde detrás de la puerta de la cocina, ha salido un tipo gordo y mal encarado, portando un mandil mugroso lleno de manchas de grasa y enarbolando un gran rodillo de madera, dispuesto al parecer, a mí entender, a dejarle a alguno la masa cerebral como pasta lista para una pizza familiar.

"Necesito un trago". Pensado y hecho. Con naturalidad, he agarrado la botella de vino de la solitaria bandeja, y por si volaban más cosas, me he ido a vivir debajo de mi mesa-bunker. Tampoco se está tan mal a pie de silla y en primera línea de bronca. Con el caos reinante algunos parroquianos han puesto pies en polvorosa y se han escapado sin pagar. ¡Chicos listos!

Alguien desde dentro ha gritado “¡Llamen a la policía!”. En ese momento, un pantalón corto, elástico, me ha rozado la cara. “¡Sorry, sorry!”, me dice la inglesita de los ojitos tiernos, mientras invade mi refugio provisional y se aprieta contra mi cuerpo como si no hubiera un mañana. Huele a cerveza y a hembra, pero no me importa, yo huelo a vino y no parece importarle para nada. Compartimos lo que resta del vino, aunque no sin cierta dificultad. Que distinta es a Alejandra, pero sin embargo, quién sabe. Seguramente nunca haya oído hablar de Anaïs Nin o de Lorca, tampoco me verá como Bukowsky, y eso quizás sea una ventaja a mi favor. Pienso si en la pensión serán permisivos con visitas femeninas en mi habitación a eso del mediodía. Pero… ¡Qué demonios! tampoco es que eso me importe un carajo.

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