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Alicia y el león

Cuentos de bolsillo 

El Arca de Luis 21/07/2022 Luis García Orihuela
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Crédito:Pinterest

POSDATA Digital Press| Argentina

Luis García Orihuela

Por Luis García Orihuela|Escritor | Poeta|Dibujante

Érase una vez una niña que se llamaba Alicia. Sus padres habían perecido en un accidente de coche siendo ella muy pequeña. La habían dejado en casa de su abuela y ellos habían salido de viaje por un tema de negocios al que no podían desatender a pesar de estar en plena Navidad. Cuando la policía se personó en casa de su abuela la informaron del terrible accidente. El todoterreno había patinado en una curva a causa del deshielo de la nieve que había caído y volcado después por un barranco.  
Alicia pasó a vivir con su abuela Alejandra. La ayudaba con algunas de las tareas de la casa y daba de comer al ganado que tenía en su parcela. No eran muchos animales, pero les permitía vivir con sus ventas. La abuela cuidaba mucho a su nieta y siempre estaba pendiente de que no le faltase de nada. Alicia la correspondía con un beso y un abrazo de cariño, pero sin embargo siempre estaba triste. Añora a sus padres que apenas recordaba y que lo que sabía de ellos era por algunas fotos y por lo que la abuela Alexandra le contaba de ellos. En esos momentos Alicia se sentía feliz, era como si sus padres estuvieran en la casa, pero luego la abuela se iba a coser o a lavar la ropa y la tristeza regresaba con más fuerza. Aquello de que sus papás estaban en el cielo no la terminaba de convencer. Luego, a escondidas, lloraba en su habitación en silencio abrazada a su oso de peluche favorito. Un peluche de color azul que llamaba Eme. Era más grande que ella. Tenía peluches y muñecas de todos los tamaños y colores que se podían comprar en el mercado. Para dormir cogía el osito marrón y blanco al que había dado en llamarle Jota. 
A Alicia le gustaba fantasear. Para ella era una forma de escape de la realidad y de no pensar en la ausencia de sus padres. Los fines de semana como no tenía que ir a clase salía a pasear por el campo, siempre bajo la atenta mirada de Alejandra, que le recordaba siempre el que no se alejase demasiado de la casa. Un día Alicia escuchó decir al que traía el pienso para los animales que había llegado al pueblo el circo. Alicia quiso al saberlo ir a ver el circo. Nunca lo había visto. Tan sólo lo conocía de fotografías e ilustraciones de los libros del colegio. ¡Por fin podría ver  a todos los animales moverse y disfrutar de su presencia! Conocería de cerca a los elefantes y a los leones que tanto le gustaban. La decepción, la tristeza y las lágrimas furtivas llegaron cuando su abuela le dijo que no la llevaría al circo. Era demasiado peligroso para una niña de poco más de ocho años. Como era sábado Alicia tomo su mochila rosa y guardó en ella unas galletas de mantequilla, unas chocolatinas y una botella de agua. La abuela Alejandra le había inculcado la necesidad de llevar siempre agua para no deshidratarse. Alicia salió decidida a llegar hasta un gran árbol que se veía en el horizonte. Nunca había llegado tan lejos, pero aquel día pensó que si no era lo suficientemente grande como para poder ir al circo, al menos debía de serlo para pasear hasta el árbol y sentarse a disfrutar de su sombra. Agotada cumplió su propósito. Se sentó apoyada en el grueso tronco, y sacando la botella de agua bebió hasta saciar su sed, quedando poco después dormida. 
Cuando Alicia despertó le costó entender lo que veía. Frente a ella se hallaba sentado, observándola, un enorme león de largas melenas. 
—Por fin despertaste —dijo el león a Alicia— ¿Porqué pones esa cara? ¿Acaso nunca viste un león tan apuesto como yo? 
—Pero estás hablando. Los leones no hablan —dijo Alicia frotándose los ojos con las manos— ¿De dónde has salido? 
—He venido con el circo, pero me he escapado a dar una vuelta. En verdad todos podemos hablar, pero preferimos no hacerlo con los humanos. Deberás guardarme el secreto. ¿Lo harás? 
—Oh claro. Lo prometo. No diré tu secreto a nadie. Yo me llamo Alicia. Y tú ¿Cómo te llamas? 
—Clarence. Pero ni se te ocurra reírte o te como. Tranquila Alicia —dijo Clarence sonriendo— es una broma. En el circo me lo pusieron porque recordaban una serie de televisión de un león bizco. 
Alicia y Clarence siguieron charlando y se hicieron amigos, Alicia le invitó a galletas y a chocolate. Le contó que tenía su corazón roto por la muerte de sus padres. Clarence a su vez le dijo que de él decían que no tenía corazón, que los de su especie mataban cebras y búfalos, ciervos y hasta jirafas. Los dos eran dos corazones heridos. Sentados juntos, con las cabezas apoyadas de uno en el otro vieron como el sol comenzaba a ponerse. La voz de la abuela Alejandra se dejó oír llamando a Alicia. 
—Es mi abuela llamándome. He de volver a casa —dijo Alicia incorporándose y tomando su mochila rosa. 
—Y yo he de regresar al circo o saldrán a buscarme. Quizás el año que viene el circo regrese. Si lo hace vendré a visitarte. Gracias por invitarme a comer tus galletas Alicia. ¿Te vas a comer ese chocolate? 
Alicia sonrió y le dio la barrita. Luego se abrazó a Clarence y se dio la vuelta con lágrimas en los ojos. 
 
Y colorín colorado… éste cuento se ha acabado. 
 
 
 


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