
POSDATA Digital Press| Argentina
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««Viur, despierta»».
—¿Eh?
««¡Qué despiertes!»».
—¿Qué quieres ahora Cursiva? No estaba dormido, y lo sabes.
««Pero estabas obnubilado, ido. ¿Has visto al chino?»».
—Bueno y qué, ¿acaso no puedo obnubilarme si me da la gana en el tren? Es mi derecho.
««Por supuesto, no te lo tomes tan a pecho. Solo que he pensado que no podías perderte el registro de gente como el del chino que tenemos en el compartimiento»».
—No tiene desperdicio. Claro que le he visto. ¿Y quién no? Con esa camiseta de colores insultantes que lleva en plan guiri amarillo, me ha dejado la retina transpuesta. Transgrede lo racional y atenta directamente contra mis delicados ojos.
««He visto yanquis con la gorra siempre puesta con la visera hacia la espalda, pero esto…»».
—¡Es increíble!... I know.
—¿Perdón, cómo dice señor?
Es la mujer madura sentada a mi lado quién hace la pregunta. Su voz es clara y agradable.
—Disculpe, pero no era con usted con quién hablaba.
—¿Con quién lo hacía entonces?
««Bah, no le des cuerda a la vieja o no te la quitarás de encima nunca»».
—¿Te quieres callar de una vez, Cursiva?
La mujer madura —La vieja plomazo— se levantó de su asiento totalmente ofendida, mientras soltaba un tono de voz subido diciendo algo así como «¡abrasé visto, quererme hacer callar a mí». Su frase, concluyó de pie y con el bolso en mano, consiguiendo que el chino se girase a prestarnos atención.
««Mira que te lo he dicho de veces, que el hablar conmigo en voz alta te daría problemas, y tu sin embargo ni caso. ¡Dándole al palique de lo lindo!»».
Finalmente, la mujer, la vieja, ¿Mejor, Cursiva?
««Si, mucho mejor, vas mejorando»».
—La mujer se ha sentado junto a unas estudiantes de esas uniformadas con faldas cortas a cuadros blancos y azules, que parece que nunca hayan roto un plato, y que, sin embargo, luego tienen poco de santas. En fin. Intento no mirar al chino, o más en concreto no mirar la cabeza del chino medio rapada y, con unas patillas que lleva y, que hasta para un chino como él, resultan del todo ridículas, que parece le hayan hecho los ojos con dos golpes dados de canto con una espátula de pintor. «Es que parece tonto», eso o, se las da de genio y se quiere quedar con nosotros llevando las gafas así. ¿A quién se le ocurriría algo parecido? Las gafas las lleva puestas en las orejas a modo de pequeñas coliflores, pero con las lentes en la nuca y las patillas de las gafas sobresaliendo a los lados de la nariz. Mi mente registradora de sucesos comienza a barajar posibles cabezas absurdas que podrían darse y que le estarían bien a una entidad biológica como él. Creo que la nariz orientada donde la gafa, quedaría interesante, dejando el rostro con los dos ojos muescados con apenas cejas y esa boca impersonal.
Por suerte a llegado el momento de bajarme, Hoy es jueves, día de visitar a Freiberg.


En tiempos de campañas políticas, "¿no creés que es hora de dejar atrás los flyers y acercarnos de verdad?


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