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Los escombros del miedo

Cuento-¡Alguien tiene que escarbar! ¡Alguien tiene que sacarle los escombros al miedo!

Columnas - La Cima Del Tiempo 23/04/2022 Sil Pérez

Los escombros del miedoFoto:Screenshot

POSDATA Digital Press | Argentina 

sil Pérez Por Sil Perez | Escritora | Poeta | Miembro directivo de SADE (Lomas)

 

Los escombros del miedo

El Sol no se decide. El suicidio de la tarde es ya sentencia de la noche. Las estrellas, como rumiantes, comienzan a masticar la soledad. Antes de abandonar mis bártulos sobre esta cama foránea, enciendo la lámpara que, improvisada, yace a un costado de la habitación. Son casi las 20.00

Los escombros del pasado acumulan restos de barbarie. Indicios de una guerra que sepultó agonías. Un olor a pólvora envuelve estas paredes. Un incienso perverso de rendición.

El pueblo de Leiden es una canasta de tulipanes y de misterios. Yo me aproximo a la ventana para conquistar el espacio invadido. Me arrojo a una bicicleta que reposa sobre un roble soberbio. Los vencejos acuden a observar, desde lejos, la intrépida ocurrencia: ahondar por callejuelas de silencios.

Las calles de Ámsterdam resisten a las huellas de la huida. Fantasmas cobijados en sombras de encinas. Maniobras, tal vez, del tiempo por guardar, en su corteza, almas perdidas. . .

El escape a Londres de Loe de Hong y su mujer soplan hoy en mi memoria como molinos de viento.

Mi nombre es Aernout Hagen. Me trajo hasta aquí el murmullo desvanecido de una tragedia. Brotes de narcisos y aromas a muerte acechan mi mente. Aquella tarde, el suicidio agazapó la tragedia de los Win. Algo me dice que las paredes de este recinto guardan verdad en sus cimientos.

El hotel Damrak se encuentra a unos trescientos kilómetros de la ciudad. Sus siete habitaciones dispuestas en dos plantas son, a esta altura del mes, un oráculo de secretos. Es agosto: una brasa viva y una soledad a cuestas.

Una ocupación inesperada fue, en ese momento, una invasión aterradora. Un verano que quema en los huesos de la quietud despierta hoy, en mí, exaltación y persistencia. Quiero saber qué fue lo que pasó.

Ámsterdam se despabila de un bostezo, aunque sus veredas duermen ausencia. Solo los ancianos permanecen aferrados al calor de estas tierras. Nadie habla demasiado. De un tirón le han robado ilusión a la palabra.

¡Alguien tiene que escarbar! ¡Alguien tiene que sacarle los escombros al miedo!

Los escasos pobladores transitan por una planicie púrpura que los traslada a horizontes cercanos. Sus casas son murales de matices resplandecientes. Su andar pasivo y sus miradas cautelosas esculpen una esfinge de misterio. Es el iris una ventana de barro y sangre. Cortinas de voces ancladas a la fosa de la muerte.

¿Será el tiempo el huésped más esperado? ¿Será en verdad el olvido un arma de subsistencia?

Sé que estoy en el lugar indicado. Abro la ventana de madera blanca con vista al parque floreado. El aire caluroso penetra por mis poros. Siento sed, giro hacia la mesita de luz y destapo una botella de agua mineral. Sobre la cama aún se encuentra mi bolso con una lapicera negra y un cuaderno Oficio a rayas. (El precipicio donde arrojar mis primeras letras). Las paredes parecen conservar el tono doloso de la partida. Las puertas conducen a laberintos oscuros. Un picaporte de bronce añejo reluce de misterio. Si algo aprendí siendo escritor, es que el silencio también habla.

Intento no distraer mi atención. Fuera, un relámpago atraviesa mis ojos y me delata agazapado al papel. Me inquieta saber qué ocurrió aquella tarde. Quiero romper los ladrillos que se amurallan a las sombras de este hotel.

Comienza a llover de manera inesperada. Los gotones son escarchas que se atan a la duda. De pronto, la puerta estalla de un golpe. Me dirijo hacia allí; observo por la mirilla de cuatro gajos. No hay nadie. Me acerco a la ventana para cerrar los vidrios que crujen por el viento. Los álamos negros de enfrente y los castaños recién cortados son ahora una sábana de seda. Una liviandad que los lleva al compás y los envuelve sumisos a su antojo. El trozo de papel aún yace sobre la cama, con el intervalo a cuestas.

Un segundo llamado envuelve la puerta. Me acerco nuevamente: no hay nadie detrás. Me apresuro a girar dos vueltas de llave. La hoja desnuda descansa impaciente.

Me acerco hacia esa lámina que había dejado en blanco y observo que hormigas negras merodean su entorno. Me acerco un poco más y veo que son letras. Continúo acercándome y veo una historia escrita. No es mi letra. Nadie más se encuentra en el cuarto. Un aire gélido me carcome y me inmoviliza. Con gran desafío me aproximo a la ventana e intento cerrar la cortina blanca. De pronto observo a un anciano que merodea desde el álamo de enfrente. Su sombra se esconde detrás de un cúmulo de ramas, ahora excitadas por el viento. No distingo más que una figura nebulosa que se pierde en la neblina de la noche. Las horas anuncian la partida de la claridad. Otra luz ahora enciende el camino. Mis pies absorben la escarcha de las gotas y, mojados, se dirigen hacia la litera. Una verdad plasmada en el pliego tendido hace fuego en mis ojos. Los derrite de agitación. Una caligrafía en desuso se estiliza como dama antigua. Con letra de ondulantes formas, la historia sella en el folio su trágica seducción. Una evidencia yace ahora escrita sobre esta página.

Me encierro en estas cuatro paredes deshabitadas. Me aferro a la historia plasmada en el pasado. Hoy la memoria es tumba solemne sobre este lecho. Un féretro de vivos tulipanes, orquídeas y jacintos le rinden culto al descanso en paz de los Win.

Soy ahora testigo de un viento que destierra el polvo acumulado.

Ahora soy yo quien guarda el secreto de aquella tarde de mil nueve cuarenta (1940).

El cuerpo de la verdad incrusta sus huellas en sangre holandesa. Los fantasmas son un vuelo de ruiseñor que desafía al miedo. Un canto poético que desnuda el tiempo y destapa el horror acumulado en la piel de la historia.

Publicación original:18/12/2018 

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