POSDATA Digital Press POSDATA Digital Press

Detrás de la puerta

Había pasado mucho tiempo, aunque no me atrevo a confesar cuánto...

Columnas - La Cima Del Tiempo 15/05/2022 Sil Perez

Detrás de la puerta-posdata-digital-pressFoto:stock

POSDATA  Digital Press | Argentina

                                          

sil PérezPor Sil Pérez | Escritora | Poeta | Miembro directivo de SADE (Loma)

   Detrás de la puerta

Había pasado mucho tiempo, aunque no me atrevo a confesar cuánto. Hoy el día amaneció frío, y la escarcha de este invierno aterrador no hace más que mis pensamientos tiriten. Me levanto con la decisión a cuestas. Sebastián sabía con certeza entender mis dudas, sobre todo mis miedos.  Si algo les pertenecía a su alma y a la mía era ese sabor intenso de complicidad.  Un juego siniestro y placentero que solo dejaba huellas en la piel dormida. Una desnudez que nos provocaba la alegoría de un sigilo compartido.

Abro las cortinas de la cocina y dejo entrar una luz que con firmeza apuñala mi sosiego. Me distrae por momentos pero, como algo inevitable, enciende en mí una intención. Sí, tal vez hoy me atreva. Llevo años pensando en ello.

Enciendo el fuego de la hornalla y pongo la pava a calentar. Busco en esta rutina dejar paso a mis ideas. Con mis prendas de dormir y mis ojos lagañosos, preparo mi desayuno. No puedo dejar de imaginar el momento del encuentro. De solo pensarlo, mi piel se eriza, como en aquellos tiempos.

Mientras tanto, una luz temerosa atraviesa los cristales empañados. Sí, hoy debo acercarme a ella. Conozco su arrogancia y esa manera sutil de escapar de los rincones frágiles.  En el fondo, ella lo sabía, pero prefería seguir erguida al muro del vacío. A la distancia que le imponían las horas. A las sábanas frías y agónicas. Nada más digno que la llegada del día. La mañana le devolvía la estima y el gran respeto de dama.  Aunque la almohada conservara en sus bordes la humedad de la espera.

Hoy la mirada es un punto fijo de recuerdos, y ella, con su aspecto inmortal, sabe que el tiempo es un roedor con prisa que solo deshilacha mentiras.  Porque la verdad no es más que un arma letal en manos de la ilusión. 

Por aquellos años había aprendido a vivir con esa cuota del vértigo que ofrece la pasión.  A cruzar la frontera de la dimensión prohibida. Un látigo dulce que con placer mordía cada noche. Un recorrido que estremecía mi cuerpo, para sangrar luego en mi alma. Una lujuria que atravesaba mis días de oscuridad, entre lunas que se sucedían.

Pero hoy es ella el muro que debo atravesar. Para pedir disculpas tal vez o para mirar y mirarme a través del espejo de su sombra. Ojos ciegos de estrellas que, a pesar de todo, supieron brillar en los rostros del alba.  ¿Será tal vez su figura un muro de escombros? ¿Un rencor acumulado en polvo de ladrillos? En verdad, no lo sé, y no sé si quiero saberlo. Porque ambas pertenecimos al imperio de la soledad. Al hilo delgado de la ausencia.

Finalmente derrumbo esos ladrillos viejos y voy hacia ella. Hacia una figura mortal, de cabellos blancos y ojos encriptados. Una mujer que, al igual que yo, busca atravesar los vidrios de la ventana para encontrar, a través de estos, la tibieza del sol de sus últimos días.

Sin embargo, nunca nos animamos al encuentro. Ambas presentíamos el miedo. Un olfato adiestrado al aroma de las mentiras, envuelto en ramos de jazmines semanales.  Y decidimos vivir con la inquietud de la duda.  El tiempo, como una oruga, se deslizó por nuestros cuerpos hasta dejarlos corrugados y añejos.  Durante años conspiramos con la venganza, de la que supimos que nunca llegaría. Porque ella, más que yo, conocía los secretos que guardaba la mañana.  Una tibieza carcomida por el frío de la ausencia.

No sé con qué me enfrentaré cuando toque su puerta. No sé qué diré cuando detrás asome su cuerpo de anciana. Tal vez nos abracemos en un silencio extendido.  ¿De qué le sirve la guarida al águila que agoniza?

Porque nos aferramos a la herida, sin intentar salvarnos. Porque fuimos pasión y sosiego, y cada una en su terreno construyó un faro de sangre, que ingenuamente llamamos destino. 

Ahora me toca esperar detrás de la abertura. El placer consumado es hoy un frío intenso que refleja, en la escarcha de la mañana, un alma atormentada.

En tanto la otra, sumida en la intriga del llamado, solo acudirá a abrir la puerta.

 

 


 Publicación original:16/05/2019 

Te puede interesar

Lo más visto

c5bbedd80477937f7a1fdf4f6fe7cb5c

El arreglador de entuertos

Luis García Orihuela
El Arca de Luis 26/06/2022

LEYENDA.- A su despacho hacía mil años que no entraba ningún cliente. Quizás hoy llame alguien a su puerta y cambie su suerte para siempre. Aunque nunca se sabe si será para mejor.

Boletín de noticias