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Rhom

Comenzamos un viaje literario de la mano del autor Luis García Orihuela. ¡Quédate en casa y dejate llevar por la lectura!

El Arca de Luis Luis García Orihuela

vinos-marsella-barcelona-1280x720Foto:vinopack

 POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

Desperté apoyado en una mesa de madera ubicada en un rincón poco iluminado de lo que parecía ser una taberna no demasiado cuidada, y decorada con un estilo retro que bien podría corresponder a sesenta años atrás en el tiempo. No recordaba haber entrado en dicho lugar, cómo se llamaba el sitio o tan siquiera en que ciudad me encontraba. Y lo que es peor: No recordaba mi nombre. Solo una música pegadiza de fondo parecía inundarlo todo con su presencia y su letra amartillaba mi cabeza: conforme el vinilo giraba y giraba en la gramola.

Voyage, voyage

plus loin que la nuit et le jour...

Voyage, voyage

  Me fijé nada más aclarárseme la visión de mis ojos,  en que mi ropa presentaba un aspecto desaliñado, arrugada, ni tan siquiera parecía nueva; daba la impresión de haber estado dormido durante bastante tiempo, apoyado quizás de mala manera sobre la mesa en la que me encontraba. Al momento percibí mis huesos entumecidos y un dolor penetrante en los riñones. Lo siguiente en ponerse a funcionar fue mi sentido del olfato. La atmosfera del local era penetrante, con un olor imposible de identificar, quizás a que debía de proceder de la suma de muchos olores dispares, no pude evitar me viniese a la mente el recuerdo del olor a cartón mojado y a madera vieja barnizada. Di la bienvenida en silencio a mis oídos que comenzaron a procesar todos los ruidos y voces que se estaban produciendo allí adentro. Un hombre con voz grave pedía una copa de brandy en la barra, sonidos de botellas al ser desplazadas, el de un vaso al ser dejado de golpe seco sobre la barra, una silla al ser arrastrada hacia delante, la puerta al abrirse y la corriente de aire creada al cerrarse. Una mujer movía un carrito de bebé adelante y atrás para que a éste le venciera el sueño y callase en sus lamentos. Unas voces provenientes del lugar más apartadote dónde yo estaba se dejaban oír como si estuviesen sentados a mi mesa. Son tres los que hablan a gritos entre ellos. Al parecer, por lo que  logro entender entre la música, ayer un cartero, al que apodaban Crazy Pat en la zona, había matado a catorce personas a tiros justo enfrente de este local, por lo visto eran muchas las quejas que recibían sus gerentes sobre el correo mal dirigido o entregado tardíamente a sus destinatarios. La conversación se acalora por momentos, se ve era una persona poco eficiente en su trabajo y nada querida por la población. Sherrill me ha parecido le llamaban.

  Por unos minutos cerré los ojos. No podía evitar un cierto picor en ellos y el mantenerlos cerrados me producía un cierto placer bastante agradable. A pesar de ello lograba oír el característico sonido que hacen al girar los tapones metálicos en las botellas de cristal, cuando han quedado pegados a causa del azúcar que lleva la bebida y que queda en la boca de la botella cada vez que sirve. Algo menos claro sentí el sonido del brandy al derramarse en una copa de cristal. Arrastre de pies, luego otro arrastre más y un suave taconeo acercándose hacía donde yo me encontraba.

 —¿Ya despertó?  Empezaba a pensar si le habría pasado algo.

El que así me hablaba era el que arrastraba los pies, y a escaso medio metro de él, se encontraba la causante del suave taconeo que había conferido de una cierta musicalidad al local con su presencia. Una rubia de cabello rizado y corto, no muy alta, con una falda corta tan ajustada que le impide dar los pasos largos aunque tuviera las piernas largas.

A mis pies, apretada contra la pata de aquella mesa de madera envejecida, noté de pronto al mover mis piernas, la presencia inconfundible de lo que debía de ser un portafolio de piel, a juzgar por el olor a nuevo que todavía desprendía. Si aquello estaba allí, era de suponer que debía de ser mío…

—Un rato  mas y abría llamado a la policía. No se movía y apenas se le percibía respirar… ¿Quiere tomar algo? Me imagino debe de tener hambre —dijo como dando por zanjado el tema de llamar a la policía.

El que así había hablado, era el dueño de aquel local. Nunca antes le había visto ni hablado con él; sin embargo, de alguna manera, sabía que se llamaba Edmond y que todos los parroquianos asiduos a su casa le llamaban por el diminutivo de «Ed». 

Tenía razón en lo que me había dicho: Tenía hambre. No recordaba cuando debía de ser la última vez que había comido algo.

El portafolio, puedo ver con disimulo, dispone de dos cierres en los extremos y una cerradura de combinación numérica en su centro. Me agaché para cogerlo, elevándolo del suelo y deteniéndome segundos después a unos pocos centímetros de aquel suelo renegrido y grasiento. Pesaba. Lo volví a dejar en el suelo en contacto con mis pies. No era su peso lo que me había hecho desistir, fue el haber notado al echarme hacia adelante un bulto duro oculto por mi chaqueta, a la altura del pecho. Pude ver por el rabillo del ojo de que se trataba de un arma de fuego, aunque a primera vista de aspecto bastante sofisticado por lo que había podido ver de ella. Instintivamente apreté el portafolio contra la pata de la mesa con la pierna derecha.

—Gracias Ed. Prepárame algo de comer y sírveme una copa de vino tinto.

—¡Marchando! ¡Un completo para el señor Howard! —gritó desde la mesa hacia la barra del local.

¿Howard? ¿Era ese mi nombre? Tenía gracia, era capaz de recordar el nombre del dueño de aquel tugurio poco agraciado, y sin embargo no recordar mi nombre, ni dónde estaba, lo que hacía en aquel lugar, y sobre todo, por qué portaba un arma de fuego y tenía un pesado portafolio junto a mis pies. Ardía en deseos de abrirlo y ver su contenido, pero… ¿sería prudente hacerlo allí, ante toda aquella gente? Me fijé en mí alrededor con detenimiento, pues la cosa no era para menos; una mala decisión podría costarme un disgusto o incluso quién sabe si algo peor. Solo me reconfortaba el que al menos me sentía aparentemente tranquilo. Mi pulso latía a un ritmo sosegado y nada alarmante, y para mi fuero interno me sentía dueño de la situación, a pesar de estar flotando en una piscina en la que todo eran dudas y sentimientos contradictorios que iban surgiendo y flotando en la superficie a medida que mi cerebro todavía algo adormecido despertaba de su letargo. Observé en silencio y procurando no hacerme notar. De alguna manera intuí que aquello era algo que se me daba bien y me alegré por ello.

 El lugar no estaba muy concurrido; poco mas de una docena de individuos que deambulaban de un lado a otro de la barra sin parecer tener prisa alguna por nada. Al fondo, un poco mas a la izquierda, debajo de un gran espejo enmarcado de volutas de madera de estilo barroco —o pareciéndole querer imitarlo— se hallaban dos mujeres sentadas a la mesa que tenían enfrente y a su lado un carrito de bebé que por su color azulado diríase ubicase en su interior un pequeño niño de pocos meses. Por la diferencia de edades quedaba a las claras que se trataba de una mujer con sus dos hijas. Tomaban un refresco y hablaban entre ellas en voz baja. Sobre la mesa quedaba un biberón con restos de leche. Pasó un camarero a su lado y les retiró los vasos ya vacíos sin que dejaran de hablar entre ellas mientras lo hacía. A unos metros, y prácticamente a la misma altura del espejo, vi que había un reloj de pared. Era de ese tipo de relojes antiguos que uno nunca sabe a que época pertenecen, de esos que se van heredando de generación en generación y al final nadie sabe quien fue el espíritu inquieto y conmovido, que, dejándose llevar un buen día por acaso un pronto artístico, decidiera entrar en un local y comprarlo para satisfacerse ese gusto o como regalo para alguien de la familia o de su circulo personal mas cercano. En cualquier caso funcionaba y si la hora que indicaba era cierta,  pasaban unos pocos minutos de las once, pero ¿de la noche o del mediodía? De pronto caí en la cuenta de que yo lucía en mi muñeca derecha un reloj de pulsera, pesado, grande y de aspecto caro. De esos que suelen llevar los que están acostumbrados a cerrar negocios con cifras de muchos dígitos. ¿Sería yo uno de ellos? ¿Un tipo importante? Enseguida me asaltó la pregunta de si los hombres notables llevarían un arma oculta en su costado. Quizás, pensé para mis adentros, fuera un hombre rico; un abogado, un magnate del petróleo, pero en todo caso, de serlo, ¿Qué demonios hacía en aquel sitio? Mi ropa no correspondía con aquel tipo de personajes, aunque si bien es cierto que una persona poderosa y con una gran fortuna sería lógico que fuera armada para su propia protección. Deseché aquellos pensamientos que me saltaban como pequeñas gotas de lluvia en primavera. El arma (pensé) y miré con disimulo hacia ella, con la vana  ilusión de que ya no estuviera allí, de que nunca antes lo hubiera estado. Allí seguía. Quizás fuera yo un broker, un detective privado… algún miembro de las Fuerzas de la Ley y el Orden, o quizás, —y el cabello se me puso de punta con solo pensarlo— un delincuente, un asesino. El arma debía de ser de última generación al juzgar por su apariencia sofisticada y casi de ciencia ficción por su diseño tan alejado de las armas convencionales conocidas. Concluí por aceptar tenía un problema. Un serio problema.

 Uno de los camareros, bandeja en mano, sirve unos platos todavía humeantes a la mesa de las dos mujeres. Han dejado de hablar entre ellas para hacerlo con él.

El camarero asiente a lo que le dicen las dos mujeres, madre e hija han mirado sus relojes con aire de preocupación, como si esperasen a alguien y éste se estuviera retrasando. La más joven a mostrado sus blancos dientes en una arrebatadora sonrisa que el camarero a sabido agradecer como si de una propina importante se tratase. Yo también la he disfrutado aunque no fuera dirigida hacía mí En cambio me ha parecido que la madre —o la de mas edad— si lo hacía y le decía algo en voz baja a la joven, igual que si estuviera confesando sus pecados mas íntimos en un confesionario. 

El camarero, sin guardar la nota tomada de la otra mesa, se ha acercado donde yo me encontraba, dejándome después de pasar un paño humedecido por la mesa, una pequeña cesta de mimbre con una hogaza de pan, los cubiertos y una copa grande de cristal, a la cual no ha tardado en  llenar de un vino  tinto bastante aromático y afrutado. Ya daba la vuelta sobre sus pasos en dirección a la barra, cuando he tenido una idea.

—¡Disculpe!  ¿Tendría la prensa de hoy?

Su cara a adoptado una expresión de sorpresa ante mi petición, aunque al momento siguiente su rostro más neutro y complaciente a regresado. 

—¡Veré lo que puedo hacer, señor! A estas horas de la noche el periódico suele haber pasado ya por tantas manos, que le faltan hojas —y a continuación a concluido como disculpándose— Todos los clientes recurren a él cuando necesitan apuntar algo…

—Gracias. Se lo agradeceré a pesar de cómo esté.

 Bueno, —pensé— al menos ya se algo sin haber llamado la atención de manera innecesaria. Es de noche, iba por lo tanto a cenar. Y una duda me ha asaltado de pronto, ¿llevaría dinero para pagar su importe? Decidí que por lo que pudiera pasar mas tarde, la mejor decisión que podía tomar en aquel momento pasaba por cenar y satisfacer mi hambre en la medida de lo posible, lo que viniese luego podía esperar una hora o mas sin problema, y de pasar algo malo, como podría ser el no disponer de dinero para pagar la cuenta de la cena, al menos lo podría afrontar con el estómago bien satisfecho y regado de aquel vino tinto cuyo aroma parecía ahora al probar el primer sorbo, me traía la sensación de haberlo bebido antes. Quizás me ayudase a recordar o por el contrario me acercase a esa puerta que delimita la vigía del sueño. Aprovechando a entrado  un hombre de unos treinta años y creado un cierto revuelo entre los presentes con sus declaraciones en voz alta de tipo reaccionario, me he levantado con la intención de ir al baño y asearme antes de cenar. Para ello he tomado el portafolio y me he dirigido sin dudar hacia una de las puertas cercanas al mostrador, tenía que jugármela el acertar que puerta de las tres que veía sería la que yo buscaba para no generar sospechas. Habría perdido la apuesta… El camarero, saliendo de la barra cuando ya casi la rebasaba yo, me ha llamado.

—¡Señor! ¡Señor! Disculpe. Aquí tiene la prensa que me ha pedido. Como lo comenté, faltan algunos trozos que han sido arrancados. Probablemente sean anuncios con ofertas de trabajo. Muchos prefieren gastar su dinero en tomar un desayuno caliente con lo que se ahorrar no comprando el periódico y tomando algo de él si les interesa.

—Si, bueno. Lo entiendo. Voy al servicio. Si es tan amable de dejármelo junto a la cena, se lo agradeceré.

—Por supuesto. Pero señor… Esa puerta es la del almacén, la de los aseos es la del fondo.

Como he podido me he disculpado de mi torpeza, esperando no sospechara del estado de mi situación actual. No se me ocurre un lugar mejor que los aseos para revisar el portafolio, el arma y cualquier otra cosa que pueda llevar encima. Una vez dentro del baño he buscado el pestillo y cerrado la puerta intentando no hacer ruido. Sobre la tapa del inodoro he depositado el portafolio y aunque he estado tentado de abrirlo lo primero que nada, al final no he podido evitar darle esa prioridad al arma. La he tomado con la derecha, supongo por ser diestro. Se podría decir que me sienta como hecha a la medida, es liviana y agradable al tacto, pero no veo lleve punto de mira ni cargador visible. Un misterio mas. De pronto, nada mas tenerla en la mano, he sentido que la hebilla de mi cinturón se ha puesto a vibrar dándome un sobresalto tremendo por lo inesperado e incomprensible del hecho. Desabrochándome el chaquetón con celeridad ante la idea de quitarme el cinturón de inmediato, he visto que la hebilla refulgía con una luz blancuzca y que  a la vez de vibrar ahora se podía escuchar como un tenue zumbido o bip-bip. Para mi sorpresa, nada mas tocar la hebilla  ésta ha dejado de hacer el zumbido y la luz a remitido hasta apagarse del todo. Ha sido entonces cuando una voz femenina se ha dejado oír a través de ella.

—¡Rhom! ¡Gracias al Supremo que te has puesto en contacto! En la Corporación ya estaban preparando un nuevo envío para sustituirte en tu misión al no conseguir hacernos contigo.

—¿Misión… Rhom? ¿Cómo es posible que esto…?

—Escucha agente Rhom, cuando saltaste en el tiempo al pasado, algo falló en la transmisión, tus células y órganos internos no se conformaron del todo y perdiste parte de tu memoria. En el portafolio tienes la foto de la persona que has de eliminar en ese tiempo en el que estás. Aunque antes del partir tenías todos los datos fue parte del protocolo el que llevases esa copia. Te voy a trasferir la copia de tu memoria que guardamos en la New World Corporation. Implanta ahora tu huella del dedo índice en la pantalla de la hebilla. Procura no hacer movimientos bruscos durante la transferencia de datos, ni tener pensamientos complejos. La aplicación podría provocar algún tipo de error durante la actualización. Ten cuidado.

Han sonado golpes en la puerta dados con los nudillos.

—¿Le pasa algo, señor?

Quien hace la pregunta es el dueño del local. Al dirigirse hacia el almacén por alguna cosa  ha debido de escuchar nuestras voces dentro del cuarto de baño, cuya capacidad es para solo una persona. Durante la actualización de mi memoria, ha he entrado en un estado de quietud semejante a una hibernación durante unos pocos segundos, lo cual me ha impedido contestar a la llamada y que una nueva se vuelva a producir.

—Señor Howard, ¿Se encuentra bien? Me ha parecido oír voces…

El silencio se perpetúa en respuesta a su pregunta, solo disfrazado por el ruido ambiente que llega desde el mostrador y algún arrastrar de sillas. La transmisión termina y abro la puerta del baño. Ya no tengo dudas. Se quién soy y el porqué estoy aquí en este momento del pasado. Las dudas han muerto, igual lo hará mi objetivo.

—Perdone. No ocurre nada.

El hombre no ha quedado convencido. No ha sabido ocultar de su simple rostro esa sombra de duda y desconfianza, pero es algo que ahora mismo me resulta indiferente. Aprovecha para indicarme que mi cena está ya servida. 

He retrocedido sesenta años para matar a un revolucionario de unos treinta años de edad el cual es el padre de un niño que cuando sea adulto seguirá las indicaciones de él y atentará con éxito contra el presidente de la NWC (New World Corporation). Evidentemente esto es algo que no va a ocurrir, o mejor dicho: ha ocurrido en otros futuros y en esta ocasión se eliminará dicha posibilidad. Al dirigirme a la mesa en la que estaba sentado paso cerca de la señora y la chica con el carrito del bebé, lo mecen para que éste se duerma provocando con ello una cierta molestia con el chirriar de las ruedas al moverlo. Le he mirado a los ojos con curiosidad, se ha dado cuenta y me ha lanzado una amplia sonrisa desde su rostro sonrosado y redondo. Es un niño feliz y confiado.

Junto a la humeante sopa el camarero ha dejado la prensa del día como le pedí. Es el Globo de Boston, y  me encuentro en el lugar exacto, en Edmond (Oklahoma). Tal y como estipularon debía de suceder en mi salto temporal hoy es 21 de agosto y me encuentro en el año 1986. En portada va el suceso de ayer, Patrick Henry Sherrill, un cartero estadounidense que amenazado de despido, mató a tiros a 14 personas e hirió a otras seis en la oficina postal  que hay cruzando la calle. 

 En la gramola suena ahora Live To Tell de Madonna.

 Leyendo este tipo de noticias me pregunto si las decisiones que se toman en la CNW son acertadas en cuanto a quiénes se han de eliminar y quienes han de sobrevivir en un futuro más o menos cercano al día de hoy, o si quizás no sirvan para nada. Hoy salvaré la vida de su director, Gallagher. ¿Pero y si hubiese llegado un día antes y hubiese eliminado a ese tal Patrick? Habría salvado catorce vidas a costa de una sola. Si lo pienso bien, no se si yo soy un asesino como él o no, a fin de cuentas no se me puede culpar de asesinar a gente que nunca ha existido, pues lo que consigo es que no lleguen a nacer en ningún momento ni plano existencial.

El camarero ha retirado los restos de la sopa y cuando ha ido a retirar la prensa se lo he impedido. Me servirá para ocultar el arma encima de la mesa. Según el reloj de mi pulsera apenas faltan dos minutos para que cruce por esa puerta que tengo enfrente el que no ha de nacer. Igual ya le eliminé en este mismo local en otro intento o quizás en muchos con distintos resultados, aunque todos insatisfactorios obviamente. para la NWC.

El reloj se ilumina de un verde fosforescente y vibra avisándome de la cuenta atrás. Tan solo sesenta segundos me separan del final de mi misión. De un solo disparo no solo le abre matado a él sin que llegue a saber el porqué, también abre eliminado a su hijo que ahora debe de tener tan solo unos pocos meses. 

Treinta segundos.

Las voces han disminuido y se oye perfectamente la pieza que suena, Don't Dream It's Over.

Escamoteo debajo de la chaqueta el arma, dejándola preparada en mi mano cubierta con el periódico. La puerta se abre y aparece mi victima tal y como está previsto. El tiempo se puede plegar de muchas maneras, pero nunca engaña. Lo que ha de ser, siempre se cumple. Es más joven de lo que pensaba. En el momento en que le disparo al corazón veo como descubre a las dos mujeres y las saluda con la mano. Al caer muerto guardo mi arma a tiempo de ver como el carrito con el bebé y todos los accesorios que estaban sobre la mesa desaparecen.  Descubro tarde que aquel niño que me había sonreído antes era su hijo, el que mataría a Gallagher en el futuro. 

Mientras espero con el revuelo montado por el disparo la confirmación del objetivo, veo entrar a un individuo que viste raro. En la muñeca de la mano derecha un reloj deja de iluminar de verde fosforescente y sacando un arma de otra época me dispara. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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