Apunte:un día diferente

El Arca de Luis Por Luis García Orihuela
La ciudad respira un miedo contenido y lo calla. Nadie quiere ser el primero en declararlo, en confesarse perdido. En decir tengo Miedo.
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- Foto:wodonga

POSDATA Digital Press | Argentina

20200322_161401-1Por Luis García Orihuela | Escritor | Poeta| Dibujante

De estar ocurriendo tan solo en mi ciudad, sin duda alguna el hecho debería de ser nombrado en el futuro en los libros de historia. Pero no es así.

 Mientras comía un plato de pasta con cierta celeridad para evitar que esta se enfriase, miraba por la ventana doble del salón. Miraba al exterior y al silencio contenido en la calle, Miraba en mi interior y reflexionaba.

 Me he dado cuenta, que igual que ocurre cada año con las doce campanadas que anuncian la entrada del Año Nuevo y que luego de ellas estamos pendientes de cual será el primer anuncio que emitan por la televisión, Así me encontraba yo, expectante. Pendiente de que o quién sería el primero en romper dicho silencio, en quebrar dicha quietud que me rodeaba y de algún modo me aislaba. Ha sido al rato, el ruido de un coche al pasar me ha recordado el presente y el aparente pasado, la situación en la que estamos todos inmersos.

 Así como ha llegado la presencia invisible del vehículo se ha perdido quién sabe por dónde y ha devuelto a mi paisaje de «Naturaleza con ciudad muerta» el punto de gris que le correspondía a mí entender.

A algo más de medio kilómetro, a un lado de la carretera yace impávido un edificio que estaba en construcción justo en la curva de la carretera. Ahora es el esqueleto de un dinosaurio de vigas y cemento, un cadáver gris esperando sus propios fantasmas, voces de niños jugando, corriendo por los pasillos y dando voces ante unos vecinos no siempre pacientes y comprensibles.

La ciudad respira un miedo contenido y lo calla. Nadie quiere ser el primero en declararlo, en confesarse perdido. En decir tengo Miedo.

Jugamos con el ADN, cambiamos el curso de los ríos a nuestro criterio y capricho, cercenamos la flora autóctona por otras especies, cambiamos el sabor de los frutos  y sus formas, quemamos bosques y derruimos montañas. Cubrimos nuestros cielos azules de humos de fábricas.  Llenamos los océanos de bolsas de plástico y de residuos radiactivos.

Diseñamos y creamos armas con las que poder matar y matarnos. Hacemos guerras siempre innecesarias.

Nos consideramos los reyes de la Creación... hijos de Dios o descendientes de Dioses.

Dejamos morir de hambre a millones de personas cada año sin pestañear. Nos sentimos satisfechos cuando ponemos fronteras para impedir el paso a quienes huyen de persecuciones, de dictaduras, de guerras civiles. Para todo ello si estamos inmunizados. Nos inyectamos la vacuna del olvido, del no sentimiento, de la no culpabilidad.  De esta manera esperamos poder dormir como benditos y con la conciencia tranquila. Nos lavamos las manos, y no precisamente con gel.

 

 

 

 

 

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