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Santa Lucía

Estaba en la sala de espera del hospital. Cuando de pronto lo vi...

Sin ojos que los miren Juan Botana

Santa Lucía-posdata digital pressFoto:artecolonial.

POSDATA Digital Press | Argentina

Lic Juan Botana Por Juan Botana | Lic. en comunicación | Escritor 

Nací bizco. Como tantos, como algunos, que miramos como se inclina la vida a través de un ojo extraviado, o dos. Sin querer.

Nací bizco…

Por un esfuerzo en el parto o una malformación de quién sabe qué cosa en la cabeza.

A esta altura no debería ponerme mal al contarlo, pero sí. 

Porque ya estoy grande y ya llovieron muchas lágrimas en los anteojos como para ponerme a llorar en otro día nublado. 

Hace poco más de cinco años me volví a operar de la vista. 

 ¿Por qué?  

 Por capricho, por estética, por ese afán mío de sentir que el dolor que padecí alguna vez se repita cada tanto para decir la cicatriz que el cuerpo ya no muestra por las cirugías.

Estaba en la sala de espera del hospital. Cuando de pronto lo vi. 

Su estrabismo era monstruoso. Nada que ver con el mío. Parecía que no tenía nariz, sus ojos se chocaban el uno con el otro, en el medio de la cara, como pidiendo ayuda.

Me miró…

(Pude haberle hecho la misma pregunta que me hicieron a mí hasta entrada mi adolescencia: 

— “¿Vos me estás mirando a mí?”

Pero no la hice)

Me miró y dijo:

— ¿Vos estás para la doctora González?

— Sí, pero pasá si querés.

—Yo estoy esperando que me llame la Dra. Sokolowich. Vine al Santa Lucía por una interconsulta porque me voy a operar, pero en otro lado, y como mi oftalmóloga también atiende en este hospital y confía plenamente en la Dra. González (dicen que es una eminencia), quiere que ella me vea para asegurarse que es factible la operación.

—¿Y de qué te vas a operar vos? Si no tenés nada.

—Del ojo derecho. Me operaron los dos de chico, el izquierdo quedó bien, pero ves: el derecho, en cambio, se va un poco para adentro y otro poco para arriba si me saco los anteojos.

— ¿Estás loco? ¿Vos me viste a mí?

— Sí.

(Pude haberle hecho la misma pregunta que me hicieron a mí hasta entrada mi adolescencia: 

— “¿Vos me estás mirando a mí?”

(Pero no la hice)

— ¿Y entonces? Escuchá lo que te voy a decir: cualquier operación de ojos, por pequeña que esta sea, es un riesgo y lo que vos tenés o te quedó, como decís, no se nota, no existe. Por qué no mirás un poco a tú alrededor y te detenés a observar los ojos de todos, los que como vos también estamos acá, esperando.

(Nunca vi tantos bizcos adultos juntos. Yo siempre me atendí en consultorios privados o en sanatorios y, por lo general, los pacientes que concurren para atenderse por estrabismo son menores y uno se siente un pelotudo entre tantos chicos)

—¡Haceme caso! En serio te lo digo. No te operes.

A cualquier otro le hubiera explicado, pero a él… cualquier cosa que dijera hubiera parecido una cargada.

Y cargadas eran las que me iban a hacer en la escuela, según mi padre, por tener los ojos así. Y como para él que me cargaran iba a ser un hecho inevitable me tuvo que enseñar a boxear, como autodefensa nomás, para poner en su lugar a cuanto boludo se le ocurriera burlarse de mi defecto a lo largo de la vida.

No tuvo mucha suerte, el pobre, con esto del boxeo conmigo. Y aunque aprendí con sus clases a tirar un par de golpes, no logró que fuera un gran boxeador, pero sé defenderme.

Y eso justamente es lo que tuve que hacer la mañana de mayo en la escuela primaria en un acto de escuela: defenderme.

Formábamos fila en el patio, esperando el ingreso de la bandera de ceremonia cuando, de pronto, el gordo Tuduri que estaba ubicado a dos compañeros de distancia en la fila, me dice:

— ¿Vos me estás mirando a mí?

(Me tomé unos segundos antes de contestarle)

Y no, no le contesté.

Y a la segunda vez que me preguntó lo mismo, me acerqué sigilosamente por el costado de la fila para que no me viera venir y se diera cuenta de lo que tenía planeado hacer. 

Me soné la nariz (estaba resfriado) y entonces pegué el pañuelo lleno de mocos en su cara con saña, lo frote varias veces hasta hundirlo finalmente en uno de sus ojos. No le dí tiempo a reaccionar y ahí nomás le apliqué el uno, dos que a cualquiera que quiera aprender boxeo le enseñan en su primera clase. Y yo había ido a más de una de las clases de mi padre, aunque sea por obligación. 

Fue ahí cuando lo knockeé. Se cayó al piso como si fuera una bolsa de papas. Todavía puedo escuchar el ruido que hizo al caer. El brillo de las baldosas reflejaron su sombra color gris y mi victoria, aunque borrosa. Porque me había sacado los anteojos para pelear y es así de la manera que mis ojos vieron aquel día mi victoria: borrosa. Porque yo veo así. Y mientras esa imagen corría las sombras con el sol de un trompazo, me agarró el director de la escuela de una oreja y me llevó a la dirección.

— ¿A usted le parece bien, Ayala, lo que hizo? En el medio de un acto patrio y en pleno izamiento de la bandera. 

— ¿No le da vergüenza?

— Perdóneme, señor.

— No pida perdón. Perdón se le pide a Dios y yo no soy Dios.

— ¿Pero al menos digamé por qué lo hizo?

— Porque me estaba cargando. Por mi ojo…sabe.  Me estaba cargando.

—Yo sé lo de su ojo. Si dos veces por semana lo autorizo a salir antes del horario escolar para que vaya a hacer su bendita recuperación. Así que no me diga que yo no sé de su ojo.

  ¿Y hoy por qué no tiene el parche puesto?

—Porque me gusta una chica nueva y me lo saqué. No quería que me viera así.

  ¿Y hace cuánto de…?

— ¿Qué me gusta la chica?

(Se hizo silencio)

 Ya veo que coincide el tiempo en que le gusta esa chica y se sacó el parche.

¡Por eso se peleó, para impresionarla!

—No sé. Lo que pasa es que cuando me saco el parche del ojo izquierdo, el derecho se desvía mucho y se ve que Gustavo Tuduri advirtió la diferencia en mi mirada y me preguntó si yo lo estaba mirando a él o a quién. ¡Me estaba cargando, sabe!

—¿Y usted cree que estas cosas se arreglan peleando? ¿Quién le enseñó a pelear así?

—Mi papá.

— Mañana no puede entrar a la escuela si no viene acompañado por su padre.

 Mi papá no fue, pero al otro día me presenté a primera hora acompañado por mi madre. 

Nunca supe qué conversaron el director y mi mamá esa mañana, porque yo no estuve presente en la charla. Además al “gordo de mierda” ese de Tuduri no le pasó nada. Se cortó un poco el labio y no mucho más. Si mi papá se hubiera enterado de lo que pasó, me hubiera dicho que no lo lastimé lo suficiente porque no seguí yendo a sus clases de boxeo y que esas cosas me pasan por no hacerle caso.

 Mi mamá siempre se sintió culpable por mi estrabismo. Alguna vez algún médico le dijo que se debía a un esfuerzo producido en el parto porque nací de nalga, pero no es seguro que haya sido por eso. Me hizo operar de estrabismo a los 3 años en el Sanatorio Güemes, que pertenecía a la obra social de los obreros católicos y me hizo tomar la comunión a los 8 en la Parroquia Santa Lucía, que está ubicada en la calle Gascón en Palermo, como si alguna especie de patrona de los ojos me pudiera ayudar a ver mejor; y más con el palo dando que a Dios rezando mi ojo derecho logró tener algo más de visión y por lo menos hoy distingue la luz. Una luz gris, que titila, porque las cosas aparecen y desaparecen ante mi ojo derecho de ese modo si me tapo el izquierdo, para mostrarse más tarde aún más borrosas por el cansancio que le produce el esfuerzo de mirar.

 Pero ya no sé si por un esfuerzo en el parto o por una malformación de no sé que cosa en la cabeza me desvío de lo que les quería contar.

— Damián pasá, que la Dra. González te quiere ver - me dijo Soko. Soko es mi oftalmóloga, que de tanto vernos nos hicimos un poco amigos. Igual todo el mundo la llamá Soko a Fernanda Sokolowich y eso no me da más confianza que a los demás.

Yo pasé tan ilusionado, pensando que de una vez por todas cuando me operara ya nadie le iba a decir a mi mujer que estaba casada con un bizco. Si se entera que pensé eso en ese momento, me diría que soy un pelotudo, que esa estupidez únicamente yo la puedo pensar, que a ella no le importaba eso, que los grandes ya no te cargan por ese tipo de cosas y que yo hace rato que deje de ser un chico.

 Ya aprobada la operación y con fecha programada salí del Hospital Santa Lucía sabiendo que de concretarse la misma, así corriera el mayor de los éxitos, la tendría que repetir en unos años porque como el ojo derecho prácticamente no ve, con el tiempo y el cansancio que le produce el esfuerzo de mirar va a volver a su posición de descanso. Porque técnicamente es un ojo vago, que si carece de estímulo tiende a irse hacia adentro y hacia arriba, como por lo general hago yo, buscando escapatoria. Pidiendo por favor que lo dejen (o que me dejen) tranquilo y que de una vez por todas le permitan (o me permitan) escapar de quién sabe qué cosa.

 Al cruzar la puerta de entrada del hospital me tropecé con un chico en la vereda y mis anteojos lamentablemente se cayeron, pero por suerte no se rompieron. Los levanté, no tenían huellas del golpe que habían recibido, ni siquiera un rasguño y antes de llegar a ponérmelos, el chico me miró a los ojos como si me conociera.

 Se ve que de tanto forzarlos con los diferentes estudios médicos que me hicieron, o porque para variar me puse nervioso, cuando me miró a los ojos ese chico, estaba más bizco que de costumbre y lo notó.

(Pudo haberme hecho la misma pregunta que me hicieron hasta entrada mi adolescencia: 

— “¿Vos me estás mirando a mí?”

Pero no la hizo)

—El chico, más por curiosidad que por asombro, no dejó de mirarme nunca a los ojos y me dijo:

  —¿Te duele?

(Pensaba contestarle que no. Porque ya estoy grande y a esta altura no debería ponerme mal al contarlo, pero sí)

Esperé que la pregunta se repitiera en mi memoria una y otra vez.

—¿Te duele?...

— ¿Te duele? - repitió.

(Se hizo un silencio)                                                         

— A veces.

 

                                          

                            

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