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La escalera y la luna

Cuento inédito en cuarentena.-Estamos acostumbrados a ver la Luna desde la Tierra, pero... ¿y al revés?

El Arca de Luis Luis García Orihuela

Adan y la TierraIlustración:Luis García Orihuela

POSDATA Digital Press | Argentina

 Luis García Orihuela Por Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

 

 

CAPITULO I

 El niño, igual que hacía todos los días a la finalización de sus clases en el colegio, allí en la zona norte de Luz de la Luna, tomó el camino por el que atajaba más para llegar a su casa en los Altos de Kepler, uno de los tantos y tantos cráteres de la Luna que en su día fueron medio acondicionados para los llegados de la Tierra, los nuevos colonizadores.

  El camino del atajo era mucho más pedregoso que el convencional para or a su casa, pero se llegaba mucho antes y valía la pena, ya que así le quedaba más tiempo para jugar en el porche. Era un niño muy soñador y dado a preguntarse el por qué de las cosas. De pronto se  detuvo al encontrarse ante algo inesperado e insólito en un paraje tan desprovisto casi de todo, pues los cohetes enviados a la Luna no todos llegaron a su destino, muchos de los que portaban en su carga semillas de todo tipo habían estallado en el espacio al ser atacados por mercenarios o simplemente por deficiencias que se dieron al principio en sus fabricaciones. Así, se dio el caso de semillas con las que plantar los tan necesarios bosques que nunca llegaron. Lo que mas pudieron plantar fueron

pinos, miles y miles de pinos, pero en cambio nada de robles o abetos con los que hubieran fabricado con su madera unas sólidas y duraderas casas, pero no fue así y tuvieron que conformarse con los pinos y algunos que otros de procedencia china que crecían a un ritmo diferente cerca de los lagos y ríos creados artificialmente. Ante él se encontraba un hombre oteando el cielo y el paisaje a lo lejos, subido en un artefacto que aún no habiendo dispuesto nunca de uno igual, no por ello le resultó desconocido aunque si muy extraño de verlo allí. Lo había visto dibujado en uno de los muchos libros que su padre había traído desde la Tierra. Se trataba de una escalera de madera de dos hojas, con muchos peldaños y abierta en dos partes en forma de una uve invertida que le daba consistencia, permitiendo que pudiese estar subido arriba del todo sin llegar a caerse al suelo. Pasados unos minutos en los que el tiempo bien pudo haberse detenido del todo, decidió acercarse un poco más hacia el hombre subido a la escalera.

—Hola, buenos días señor. Eso en lo que está subido es una escalera, ¿verdad? —dijo con voz clara y serena.

—Así es, joven. Llevas razón. Es una escalera y de las buenas.

—Perdón, pero ¿por qué dice que es una escalera de las buenas? ¿Las hay malas? —dijo el niño un tanto confundido con la afirmación del hombre.

—Verás hijo, dije de las buenas por haber sido en otro tiempo carpintero. Esta escalera que ves —dijo señalándola con la mano— es buena por estar hecha por mi, con mis propias manos. Bien cierto es que no con una madera noble como habría sido mi deseo mas ferviente en un primer momento, pero no obstante, a pesar de ser madera de pino con lo que está hecha, fue fruto de una selección muy especial de entre muchas otras y puedo garantizarte que estas tablas que la conforman son de lo mejor de lo mejor que puede uno hoy en día encontrar en la Luna.

—Si, supongo lleva razón en lo que dice, desgraciadamente yo no entiendo de escaleras buenas ni de sus travesaños, por lo que he de creer en lo que usted me dice.

—Comprendo. Eres un chico desconfiado. Haces bien en serlo. Eres educado y vistes limpio, eso está muy bien. Te vi venir hace rato, casi desde que tomaste el desvío de la carretera; para atajar supongo, por que no estarás perdido ¿verdad?

—No, claro que no estoy perdido. Se muy bien en dónde estoy y adonde me dirijo. Vivo en los Altos de Kepler, y vengo del colegio Mayor del señor Ripley. ¿Lo conoce?

—No precisamente. Pero si de oídas. Tiene fama de ser un buen colegio. El señor Ripley es un maestro muy talentoso sin duda alguna. ¿Qué llevas en la mochila? ¿Libros de estudio? ¿Acaso llevarías algo de comida? No se cuanto hace que subí a la escalera, pero de seguro ha de haber pasado ya bastantes horas. Amanecía cuando desplegué la escalera y me subí en ella.

—¿Y no ha comido nada desde entonces? Estará desfallecido después de tantas horas sin comer nada.

El niño se quitó la mochila de la espalda y, dejándola apoyada sobre una de las muchas rocas que por allí habían, se dispuso a rebuscar en su interior, no tardando mucho en hacerse con una manzana que le había sobrado del almuerzo y un pequeño trozo de pan que le había sobrado.

—Eres un buen chico sin duda alguna —dijo al niño al ver que este se lo ofrecía con las manos extendidas pero sin conseguir llegar a su altura— ¿Te importaría ya de paso subir unos cuantos peldaños para que te lo pueda coger? No quisiera bajar de aquí arriba. El aire es fresco y se está muy bien. Si subes podrás disfrutar de las vistas que hay desde aquí. Son hermosas estas tardes primaverales. Espera, ¿No tendrías algo de agua? No pensé en traerme.

—Lo siento, pero me tomé toda la que llevaba en la mochila. En casa siempre me dicen que no he de tirarla, pues es un bien escaso que no debemos desperdiciar.

—¡Y cuanta razón que llevan tus padres! Pero cuanto me habría agradado que por una vez no hubieras hecho tanto caso a lo que te dicen y te hubiera sobrado un par de buenos tragos de cristalina agua.

El niño, haciendo caso a su petición, subió con cuidado unos cuantos peldaños, no sin tomar antes muchas precauciones en donde ponía cada vez el pie. La escalera no le daba demasiada confianza de seguridad a pesar de que lucía un aspecto imponente. Se la veía recia y bien terminada.

—Sube sin miedo, chico. Tranquilo que no te has de caer. Te doy mi palabra.

—Pero ya estoy bastante alto. Y además, ahí arriba donde usted está, no hay sitio para mas de uno.

—Ven, sube solo un poco más, verás que valió la pena. Desde lo alto de una escalera todo se ve distinto, tal y como lo vería un gigante.

—¿De verdad? —preguntó el niño ilusionado y abriendo mucho los ojos.

—Tienes mi palabra de honor, caballerete. ¡Palabra de At-Chiss! —pronunció su nombre de tal modo, que pareciera hubiera estornudado.

—¡Jesús! —exclamó el niño pensando lo había hecho, y sacándole al hombre de la escalera una gran carcajada.

—Gracias amigo, pero no estornudé como imagino has pensado. At-Chiss es mi nombre. ¿Tu tienes algún nombre? —Preguntó mientras mordía la manzana después de haberla limpiado con la manga de su camisa.

—Abel.

—¿No tendrás un hermano llamado Caín, verdad? —Preguntó con la boca llena de manzana y pan.

—No señor. No tengo hermanos.

El niño guardó silencio y contempló el paisaje como le había indicado At-Chiss que hiciese. Se había detenido a tres escalones de su vértice abisagrado, quedando su cabeza casi a la altura de sus sandalias. No se atrevió a subir más, pero tampoco le hacía falta. Siendo que el terreno no tenía demasiados altibajos, podía vislumbrar una buena parte de las zonas habitadas circundantes, como Encke o Reiner al este de Copernicus o Marius o Bessarión al sur del mismo Kepler, muy cerca ya de Procellarum. No conocía todo lo que estaba viendo desde arriba de la escalera, pero At-Chiss, mientras se terminaba de comer la manzana le fue señalando y diciéndole los nombres.

—Mira, aquello de allí es Galileo, y un poco más adelante, lo que se ve es la muralla de Reiner. y al fondo, las dos grandes torres de de Hovel.

—¿Y aquello de allí? Está muy lejos para distinguirlo —dijo el niño señalándolo con su pequeña, pero bien formada mano.

—Aquello es Bessarión.

—¡No! Yo digo detrás —aclaró señalando con la mano.

—¡Ah! Pues Tobías Mayer y a su oeste Pytheas, Euler y detrás Lambert, aunque de Lambert no se ve nada desde aquí. Haría falta una escalera mucho más alta que esta, Abel.

—Bueno, he de irme ya. En casa se preocuparán si llego tarde. Me ha gustado mucho las vistas. Gracias.

—Gracias a ti por compartir tu comida conmigo. Claro, ve, no sea se preocupen. Me has prestado un gran favor. ¿Te importaría cuando bajes tirar el tronco de la manzana?

—Lo guardaré en la mochila envuelto en la bolsa del almuerzo y lo tiraré cuando llegue a casa a la bolsa de la basura.

Llevándolo cogido con el pulgar e índice del rabito de la manzana, descendió de uno en uno los escalones que le separaban del suelo. Ya en terreno firme y habiéndolo guardado tal y como había dicho, se ajustó la mochila a su espalda y comenzó a andar. De pronto se detuvo, y dándose la vuelta le preguntó:

—¿Puedo preguntarle una cosa, señor At-Chiss?

—Pregunta pues caballerete. Dispara tu pregunta.

—¿Por qué está subido a una escalera en medio del camino?

—Mira, sería largo de explicar ahora, y mas siendo que tienes cierta urgencia en irte, ¿verdad? Pero te prometo que si vuelves a pasar por aquí mañana, te lo contaré.

—¿Va a pasar la noche aquí? ¿Subido a la escalera?

—Esa es mi intención. Aquí estaré mañana si vuelves.

 

CAPÍTULO 2

  Al día siguiente, nada más desayunar, Abel escamoteó algo más de comida en el interior de su mochila, aparte de una segunda manzana y algo más de pan. No olvidó una botella extra de agua y un buen trozo del queso que tanto le gustaba. Le parecía una locura lo de aquel hombre subido a una escalera durante todo el día y toda la noche, pero en el fondo deseaba con todas sus fuerzas que estuviese allí cuando saliera del colegio. 

En la Luna no había precisamente muchas cosas atractivas como era en el caso de la Tierra. El había nacido en la Luna, aquella era su casa, tanto más que la de sus padres, y solo sabía de la Tierra aquellas historias que le habían contado, lo que leía de los libros traídos de allí y alguna que otra película y documentales. Aquel lugar debía de ser enorme, pero según su parecer era un planeta demasiado habitado, allí debían de andar todo el mundo demasiado apretado y por lo que sabía yendo de uno a otro lado, siempre con prisas absurdas. ¿De que les servía tener jirafas o leones, ríos o mares, si no disponían de tiempo para verlos y disfrutarlos? 

Ya en el colegio, intentó prestar atención a las clases, pero la imaginación le desbordaba como la espuma en una jarra de cerveza mal echada. Pensó en contarles a sus compañeros del hombre de la escalera, hablarles del señor At-Chiss, pero, ¿Qué les podría decir? ¿Qué en su camino de regreso a casa el día anterior, había conocido a alguien subido en lo alto de una escalera de pino, construida por él mismo? De seguro le preguntarían que era lo que hacía allí subido, eso en el caso de que le creyesen su historia, incluso era posible que algunos quisieran comprobarlo por si mismos. ¿Y si al llegar no estuviera At-Chiss, y no hubiera ni rastro de su presencia del día anterior. No, se dijo, sería mejor guardar silencio y esperar hasta saber más. 

Cuando sonó el timbre indicando que la clase había concluido, tomó su mochila del suelo en un rápido gesto y se la colocó a la espalda conforme salía a todo correr sin mediar palabra con ningún compañero, los cuales le vieron marchar como alma que lleva el diablo hacia el camino que tomaba todos los días.

Apunto estuvo de caerse en mas de una ocasión, pues sus piernas, mas que correr, parecieran volar entre aquel camino de piedras y cráteres lunares por donde todavía no había llegado el paso del hombre con sus herramientas civilizadas de buen colonizador. Aquellos parajes se asemejaban a un gran queso gruyere con una gran riqueza de matices y colores, pero poco parecía importarle a Abel aquellos agujeros en el suelo —como él los llamaba—, era capaz de sortearlos con una gracia innata, propia quizás de quienes habían nacido en la Luna y no en la Tierra.

Mucho antes de llegar donde At-Chiss, ya vislumbró a lontananza la alta escalera, y a él, subido en ella haciéndole señas con los brazos igual que si fuera un molino de viento de los desaparecidos en la guerra. Resultaba gracioso verle subido allí arriba y haciendo aquellos gestos Llegó entero ante At-Chiss, aunque un tanto exhausto y preocupado de que pudiese caer con aquellos ademanes tan extravagantes. 

—Hola Abel. Te vi desde bien lejos. ¿Qué tal pasaste el día de hoy?

—Muy bien, gracias señor At-Chiss. ¿Ha dormido aquí toda la noche?

—En efecto. Si bien, es cierto, que me bajé en alguna ocasión a estirar las piernas. Arriba —dijo refiriéndose a lo alto de la escalera— no es que precisamente sea un lugar demasiado cómodo para estar sentado mucho rato, sin embargo, la vista es espectacular y en la noche el cielo con sus estrellas y cometas se ve limpio y hermoso; es una

imagen que no tiene precio. Por cierto, puedes llamarme At, lo prefiero.

El niño asiente, y tras pensarlo unos pocos segundos, se decide a preguntarle.

—Me dijo que si regresaba hoy, me contaría el por qué está arriba de una escalera, no parece que sea un buen sitio para vivir una persona… ¡Ah! —Exclamó al recordar— Le he traido algo de comer.

—¿En serio? Eres un gran chico Abel. Te lo agradezco de verdad. Con tu gesto, vas a evitarme el no tener otro remedio que regresar a mi casa a por comida.

—No tiene importancia, en casa hay mucha comida. He metido en la mochila una botella de agua de más. Pensé que si seguía aquí, también tendría sed.

—Has hecho bien. Veo que has pensado en todo, pero ¿no te regañaran en tu casa si se enteran de que tomaste comida de más?

—No lo creo, Todos los días sobra comida que terminamos echando en la máquina de hacer abono.

—Entonces perfecto. No se hable más del asunto. Este queso está buenísimo. ¿Te queda algo más de pan?

Abel rebuscó en su mochila. Comenzaba a oscurecer. Era algo más pronto que el día anterior, y las bandas de señalización instaladas en las cintas por las que pasaba los brazos para llevarla a su espalda comenzaron a emitir su característico brillo fosforescente.

—Vas bien equipado por lo que veo. Tu padre ha de ganar un buen dinero en lo que sea que hace.

—Trabaja en la compañía Transmoon. Realizan todos los encargos del ministerio urbanístico y de transporte. Algún día sus máquinas llegarán hasta aquí y aplanaran todos estos cráteres tan horribles. Mi padre dice que hay que terminar con todos ellos, pues son muy peligrosos. Algunos llevan mucho trabajo, pues son enormes y muy profundos.

—Ha de sentirse muy satisfecho con su trabajo, y de seguro que no ha de faltarle la razón en lo que te dice a ti, pero

cuando llegué ese día que comentas y llegue con sus máquinas hasta aquí, todo esto tan hermoso que ahora crece ante nosotros será arrancado, y quién sabe si resultarán irremplazables. ¿Ves esas margaritas amarillas de ahí? En la Tierra eran poca cosa cuando crecían, pero aquí… en este suelo se hacen gigantes, sus pétalos son como tus brazos y tan altas como lo soy yo o mas.

Por primera vez Abel se percató de su altura y aspecto físico. En verdad era bastante alto y delgado, sus ojos eran claros y azulados como un amanecer en verano, sus labios delgados y muy rectos, haciendo juego con una nariz capaz de soportar el peso de las gafas más pesadas que le hicieran llevar, pero no necesitaba de ninguna. Sus orejas, algo despegadas del cráneo le conferían un aspecto divertido, quitándole seriedad al resto del rostro que pareciera empeñado en darle una apariencia de tristeza. Quizás lo más extravagante de aquel hombre fuese su cabellos largo hasta más allá de los hombros y totalmente blancos. Le recordaba al libro que había leído de Don Quijote de la Mancha. Se fijó más detenidamente en su ropa, era de corte terráqueo y no lunar, pero debía de ser una ropa cara, pues se notaba a la legua que había pasado por las expertas manos de algún sastre. Le paraban como un guante. Su madre, a la gente que vestía así les llamaba «dandy», si bien no sabía con certeza que era lo que quería decir con eso.

—Me ha sentado estupendo este pequeño picnic que has improvisado. Un queso excelente de verdad. Le habría faltado una buena botella de vino tinto, pero ya, ya se que es pedir demasiado.

—En casa dicen no es bueno, por que luego la gente se comporta de forma extraña y hacen tonterías.

—Tienes razón pequeño amigo, pero está tan bueno un buen trago de vino tinto… en la Tierra lo tomaba por la noche, durante la cena… ahora recuerdo aquellos días con nostalgia y pesar. Todo esto resulta tan diferente y a la vez tan hermoso, que me conmueve y crea confusión. ¿Debí

quedarme en la Tierra? ¿Hice bien en venirme y dejarlo todo atrás? No lo se. Pero ahora ya no tiene remedio, no hay billete de regreso, solo lo hubo de ida.

Abel asintió, aunque no muy convencido de que lo que terminaba de escuchar fuera del todo justo o cierto, pero él ya sabía que los mayores tenían muchas rarezas y el subirse a una escalera de madera de pino debía de ser una más de entre muchas otras.

—At —dijo Abel mirándole a los ojos.

—Dime Abel.

—¿Por qué te subes a la escalera? No me lo has dicho, y dijiste que me lo dirías hoy.

—¡Cierto! No te falta razón. Tienes buena memoria. No. Pero si no te lo he dicho ya es por que en realidad no lo se a ciencia cierta.

—¿Qué quiere decir con a ciencia cierta, At? No entiendo eso.

—Quiero decir que ni yo mismo se el por qué lo hago. Sentí la necesidad, quizás imperiosa, de construir esta escalera que ahora ves, y cuando ya la tuve terminada no me lo pensé dos veces. Salí con ella sin decidir a donde dirigirme, me dejé llevar por la hermosura del paisaje que ante mis ojos se habría. Y ahora mismo, la verdad, es que no encuentro nada que me apetezca más que estar subido aquí arriba y ver como anochece. Quizás un día alcance a ver la Tierra tal y como veía la Luna desde ella. Por cierto, ¿No se te estará haciendo tarde para ir a tu casa?

—¡Uff! Es verdad. Había olvidado la hora. Hasta mañana At, que pases buena noche —dijo Abel mientras salía corriendo en dirección a su casa, a la vez que se ajustaba lo mejor posible la mochila a la espalda.

—Adiós pequeño hombrecito, adiós —dijo despidiéndose con un movimiento de la mano, mientras se recolocaba en una postura mas cómoda encima de la escalera.

 

CAPITULO 3

   Abel no pudo pasar al día siguiente a ver a At, ni al otro, ni durante los siguientes días. La razón fue, el que sus padres decidieron tanto el llevarle al colegio, como el recogerle a la salida del mismo. Quizás alertados (sin que él lo hubiese notado) por sus tardanzas en llegar a la salida de las clases, o bien por ciertas cantidades de comida que desaparecían misteriosamente y sin explicación alguna, de la despensa de la casa. Así fueron pasando las semanas y los meses, sin volver a ver al anciano de la escalera con aquel nombre tan gracioso que parecía un estornudo. ¿Qué sería de At? ¿Seguiría encaramado en lo alto de su escalera de madera de pino? Abel pensaba en él siempre que tenía algún momento de soledad, sobre todo a la hora de ir a dormir, cuando ya acostado miraba desde su ventana hacia la Tierra y dejaba soñar su fantasía mientras observaba el titilar de las estrellas y el paso de los cometas.

Apunto estuvo de contarles sobre At a sus amigos más íntimos, pero al final, siempre, en el último momento, desistía de hacerlo, prefiriendo fuese un secreto. ¿Podría ser igual de feliz en la Tierra subido en una escalera? No lo sabía pero le resultaba divertido el pensarlo.

Igual que en la Tierra, cuando llegaba el periodo de verano, lo mismo hacían en los Altos de Kepler cada vez que las temperaturas alcanzaban más grados de los soportables y deseables. Los colegios se cerraban, las tiendas abrían solo por el tiempo indispensable para dar servicio a sus habitantes, y en general, se podría decir, que mientras duraba dicha situación, la vida se detenía en aquel lado concreto de la Luna.

Abel, todas las noches, antes de irse a dormir, cuando su madre le había tapado y dado las buenas noches acompañándolas de un beso en la frente, se levantaba de la

cama, y procurando no hacer ruido alguno que le pudiese delatar, abría la ventana de su habitación y subía muy despacio la pesada persiana de madera. Su casa estaba situada en una posición más elevada que el lugar en dónde debía de encontrarse At y su escalera. Intentaba verle o vislumbrar al menos alguna señal o luz proveniente desde su emplazamiento, pero resultaba imposible, la distancia era considerable. Quizás, de haber dispuesto de unos buenos prismáticos como los que utilizaba su padre, habría podido divisarlo de día, aunque la verdad era que tampoco tenía muy claro hacia que punto exacto debería de buscar su presencia. Encendió su preciada linterna una vez más, y como todas las otras noches la apagó y conecto varías veces seguidas a modo de ritual o de código por él inventado. Repitió el proceso por tres veces más, y acto seguido la apagó definitivamente.

—¿Dónde estás At? ¿Ves mis señales?

Quedó unos minutos absorto sin notar el aire que entraba fresco por su ventana. Miraba sin ver, con los ojos muy abiertos, con esa expresión que los niños ponen cuando piden un deseo. Guardó su linterna en uno de los cajones de su mesita de noche y se dispuso a cerrar la ventana. Pronto tendría vacaciones y podría ir a verle, de seguro At tendría muchas cosas que contarle. Cerró con cuidado las compuertas de la ventana, agradeciendo que el frío viento de la noche lunar dejara de atravesar el frágil tejido de su pijama. De pronto, ya bajando la persiana descubrió por la línea del horizonte una luz intermitente que repetía fielmente la secuencia por él realizada momentos antes. Su corazón dio un brinco de alegría.

—¡At! ¡At! —Exclamó conteniéndose para no ser descubierto por sus padres— Agitó los brazos con la vana esperanza de que si era At el que había hecho las señales, en respuesta a las suyas, este le viese.

Pasaron semanas en dónde cada día era igual al anterior para Abel. Un día, de pronto, todo cambió para todos.

En la Luna todo era un revuelo, o al menos en parte de ella. (en concreto, en la zona habitada de la Bahía Media de Sinus Medii) Aquella zona había sido el primer lugar en dónde había comenzado todo.

 Hacía muchos meses que no había vuelto a llegar ninguna nave carguero de las que se quedaron dispersadas cuando se efectuó el ataque alienígena a la Tierra. Aunque se había mantenido toda la operación en secreto, nada mas comenzar los disturbios de los primeros ataques alienígenas,  y tras ser conscientes de lo difícil que iba a resultar salir victoriosos sin antes haber sido devastados por sus destructivos ataques, llegaron las prisas por poner miles y miles de kilómetros de por medio. El plan salió a la luz pública a raíz de una conversación mantenida —a priori, confidencial—entre un general del ejército del Aire estadounidense y un famoso director de cine. Al día siguiente todo el mundo sabía de la Operación Arca de Noé. 

 El carguero era un Oruga de cuatro cuerpos articulados de la clase C, estaba rectificado para permitir una mayor capacidad de carga. Transportaba armamento militar defensivo y unas veinte mil toneladas de la autentica y genuina bebida Toca-Tola, nada que ver con la lamentable imitación lunar de la Roca-Rola, que presumían sus fabricantes selenitas de ser refrescante: «La chispa de la Luna». Así le decían y promocionaban por toda la Bahía Media, intentando emular a la que había llegado a los hogares de millones y millones de habitantes de la Tierra.

Pronto corrió la noticia de la llegada del carguero lleno de Toca-Tola hasta los topes. En realidad era una noticia sin precedentes, no solo era una bebida refrescante y agradable en grado sumo al paladar, también traía a sus espaldas el recuerdo de otros tiempos en la madre Tierra, en donde todo

parecía ser más fácil, y nada hacía presagiar, el intento de invasión por una fuerza alienígena hostil.

En la Luna todavía no existía un censo de población a pesar del tiempo transcurrido desde que llegaran los primeros colonos huyendo de la guerra. Era un dato que ante tantas cosas como había que hacer en la Luna, parecía carecer de importancia. Algunos creían saber la cifra estimada de los afortunados nuevos inquilinos. Estimaban podría oscilar entre el medio millón de almas o incluso el millón, pero nadie sabía a ciencia cierta cuantos serían en realidad, pues muchos todavía seguían llegando por sus propios medios en aeronaves de pequeño tamaño. En cualquier caso, al enterarse, todos querían disfrutar y ser los primeros en beber una Toca-Tola bien fría. Quienes hacían las veces de dirigir y gobernar la Luna, se vieron en la necesidad de asegurar y garantizar las mercancías de los articulados de clase C, en evitación de cualquier intento a la fuerza, por parte de la población, para hacerse con dicho cargamento tan valioso para ellos. Aseguraron, a los que se presentaron, que habría para todos y se realizaría la entrega de una lata gratuitamente, con el fin de celebrarlo en cuanto estuviese toda la mercancía descargada, y comprobada por el departamento de sanidad. Aunque a regañadientes, consintieron en volver a sus hogares y esperar a que el momento llegara con prontitud. Los más optimistas y enardecidos gritaron consignas de hacer de dicha fecha un día de fiesta lunar, incluso algunos dejándose llevar de la imaginación propusieron se le diese el nombre de Día de Santa Tola. Aquel día no hubo clases en ninguna escuela, y Abel,  libre de sus padres, pudo por fin. ir a buscar a su amigo At.

 Cuando Abel llegó junto a la escalera de At, no podía dar crédito a sus ojos: Todo estaba cambiado. ¡Y de qué manera! En primer lugar, la escalera ya no era la misma, o si lo era

había sido reformada y fortificada. Ya no tenía solo dos patas, ahora eran muchas más, con decenas y decenas de peldaños, mostrando lo que debía de haber sido un trabajo laborioso y muy cansado de ejecutar durante mucho tiempo. Pero eso, no era lo más llamativo, en aquel terreno, alrededor de la escalera, y sobre todo, ascendentemente, parecía haber desaparecido el verano y haber dado paso a la primavera, con toda su plenitud de flores de todas las especies, aromas y formas, algunas de ellas muy raras y nunca antes vistas por Abel. Aromas y colores parecían inundar el paisaje con su colorida presencia. Nunca antes había olido Abel nada tan gratificante, ni había visto un paisaje más hermoso. Soltó su mochila de la espalda y dejándola caer en lo que hacía las veces de camino, respiró hinchando el pecho de aire todo lo que pudo, a la vez que separaba los brazos estirados hacia los lados. Aquella sensación de paz, de bienestar, no recordaba haberla tenido nunca antes desde que naciera. Pero, ¿como era posible que todo aquello estuviese sucediendo en pleno verano? ¿Qué había podido ocurrir allí, para que todo estuviera tan cambiado y en tan pocos meses? Y sobre todo, ¿En dónde estaba su amigo At?

—¡At! —se puso a gritar haciendo embudo con las palmas de las manos juntas, con el fin de amplificar el tono de su voz.

—¡At! ¿Estás? He traído Toca-Tola.

De pronto sintió un fuerte golpe en la cabeza que le hizo trastabillar, y finalmente, perder el conocimiento cayendo al suelo, casi a los pies de la escalera. 

Un vaso de agua fresca dejado caer sobre su cabeza, hizo que este reaccionara y se despertase de súbito sin saber dónde se encontraba en ese momento. 

—¿Qué ha pasado? ¿En dónde estoy? No te conozco… —dijo tras reflexionar por un instante.

—¡Hola! Mi nombre es Lalen. Lamento el golpe que has sufrido, iba cargada con unas maderas, y no te vi ahí, parado

delante de mí, hasta que fue demasiado tarde —dijo tendiéndole la chica una menuda y delicada mano.

—Soy Abel —le contestó mientras se rascaba la coronilla y fruncía el entrecejo— Encantado. Creo me está saliendo un bonito chichón marciano.

Lalen se rió ante la ocurrente frase de Abel, y le separó, en un gesto cariñoso, el flequillo de la cara. Eso que has dicho ha estado bueno. Dime Abel, ¿Qué te trae por aquí? No ha sido nada tu caída, las muchas flores que hay han amortiguado tu caída al suelo. Te pondrás bien, ya verás. De verdad que lo siento.

Lalen le ayudó a incorporarse y Abel se sacudió las hojas sueltas de las margaritas blancas y amarillas que se le habían quedado pegadas a la ropa y a la cara.

—Que pena las haya aplastado. Es muy bonito todo esto. Venía a ver a At. ¿No está por aquí?

—¿Le conoces? ¿Conoces al maestro At-Chis?

—¿Maestro? Pues claro que le conozco. Pero no sabía fuera maestro.

—¡Oh! Qué interesante. Has de contarme todo sobre cómo le conociste. Aquí apenas sabemos de él.

—¿Sabemos?

—Claro. Aquí somos muchos los que le ayudamos en su gran sueño. Mira, será mejor nos apartemos a un lado. ¿Te apetece un poco de agua? Tenemos un pozo que construimos entre todos.

—Pero, ¿cuantos sois aquí? —Preguntó Abel cada vez más extrañado por todo lo que veía y escuchaba por boca de Lalen.

—Pues la verdad Abel que no tengo ni idea. Vamos y venimos de un lado para otro trayendo toda la madera que podemos, así que no sabría decirte. ¿Es importante ese dato para ti? 

—No claro. Pero dime, ¿Dónde está At?

—At partió, Abel. Ya no está entre nosotros.

—Partió ¿a dónde fue? Quiero verle.

—A las estrellas.  At enfermó y murió. Nunca comía lo suficiente, y llegó con la escalera tan arriba, que allá en lo alto era mucho el frío que pasaba.

Abel emocionado por lo que estaba oyendo, comenzó a llorar en silencio.

—Se fue,..

—Así es Abel. Se fue. Pero sabes, nos dejó a todos una hermosa lección. Aunque estuviera un poco loco para el resto del mundo, nos regaló la ilusión por hacer y conocer cosas nuevas. Y lo que es más importante; nos regaló el mensaje de que hay que creer en los sueños y seguirlos siempre por locos que estos parezcan.

Abel se enjugó las lágrimas y asintió. Sentados en un bloque da maderas apiladas, tomaron una Toca-Tola y miraron a la escalera, que parecía tocar el cielo. De entre las nubes vieron de pronto unas luces intermitentes. Abel sonrió.

 

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