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La bruja Malaje y el Rey Nosé

Una ciudad llamada fortuna.

El Arca de Luis Luis Garcia Orihuela

Foto:Vix

POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor| Poeta | Dibujante

 

 

Hace muchos, muchos años, cuando la magia, la brujería y los hechizos eran una práctica común, existió el país Fortuna, y en verdad que su nombre era adecuado, pues sus habitantes podían considerarse dichosos y afortunados de vivir en él.

Todos vivían felices en Fortuna a pesar de que la Bruja Malaje hiciera conjuras y hechizos para divertirse a costa de los demás.

El rey, al que todos llamaban “Nosé” por su afición en la corte a contestar cuando sus consejeros le proponían algo, diciendo “... No sé, no sé...” y luego se rascaba la barbilla con el dedo índice, se pasó muchos años de su reinado intentando acabar con la bruja Malaje.

Los aventureros y temerarios de toda la región, movidos por las suculentas recompensas ofrecidas, se internaban en los bosques intentando dar con la bruja sin conseguir detenerla. Este hecho, motivó que a Fortuna llegaran gentes de todos los lugares para intentar hacerse con la recompensa.

Al no conseguir resultados positivos, con el paso de los meses y los años, el interés por la bruja fue desapareciendo y Fortuna se quedó más y más pobre al ir reduciéndose el número de sus habitantes.

La bruja ejercía como tal cada vez menos, se hacía mayor y se le olvidaban los conjuros y los ingredientes de las pócimas, por lo que no tenía nunca claro lo que podía pasar cuando lanzaba un hechizo. Esto le causaba terror, pues tenía miedo de que un día se equivocara y uno de sus hechizos le afectara a ella convirtiéndola en algún animal y no se acordara luego del anti-hechizo.

Inexplicablemente, los Fortunianos no eran felices por este hecho, su vida ahora resultaba monótona y aburrida, sin ningún aliciente que diferenciara un día de otro cualquiera, y como si el país tuviera la misma sensación, envejecía al mismo ritmo que la bruja.

El rey, viendo que su reino se desmoronaba, mandó llamar a sus fieles consejeros en busca de una solución y tras largas deliberaciones se decidió buscar un mago para que con un hechizo devolviera a la bruja su juventud y con ello su memoria.

Los fieles consejeros del rey Nosé, le propusieron elegir para la realización de hechizo tan importante, de entre los mejores magos del reino, y tras varios “no sé”, “no sé” y tantas otras rascadas de barbilla con el dedo índice, decidió hacerles caso y ordenó poner carteles por todo el territorio, desde los macizos de Ayunasagüas, hasta las hermosas cataratas de Yuevebajo, pasando por los frondosos bosques de Chetú y el inhóspito desierto al Oeste de Secodassed; ofreciendo recompensaría al mago que fuese capaz de devolver a la bruja Malaje su lozanía y arte, esposándolo con su hija Yavés.

-¡Mirad!,¡mirad!. -Decían los aldeanos- Algo grande se prepara… el rey ofrece como esposa a la bella Yavés.

Todos se acercaban a los carteles que ponían los soldados del rey en paredes y en los troncos de los árboles que colindaban con las edificaciones de Fortuna, mas muy pocos eran los capaces de saber leer lo que allí estaba escrito. Se miraban entre ellos hasta que alguno de pronto comenzaba a leerlo en voz alta y todos se giraban a mirarle con ojos chispeantes llenos de júbilo.

Pasaron meses y meses, y ya cuando todo el mundo comenzaba a olvidarse de la recompensa y algunos otros a marcharse hacia otras ciudades como Gansonia y Flojerez más hacia el Norte del país, se presentó ante las mismísimas puertas de la ciudad un mago Chetuniano llamado Vechestu.

-Vengo a pedir al rey la mano de Yavés. Hacedme paso.-gritaba el-

Seguido de los aldeanos que se iban agregando a la comitiva, llego a la Sala de las Promesas, flanqueado por la soldadesca real. El rey Nosé, azorado y nervioso, se frotaba las manos con premura, mientras su hija sentada a su diestra esperaba el desenlace.

Ante un gesto real, todos callaron y el rey pidió pruebas a Vechestu de haber conseguido su conjuro.

El mago dijo un conjuro: “bruja Malaje, bruja Malaje, vente hasta aquí, con tu equipaje” y soltando unos polvos en el suelo del salón, se oyó un trueno, se hizo de noche y cayó un rayo en medio de todos. Al disiparse ruido y humo, allí estaba la bruja Malaje, toda ella joven, con su vestido negro sin jirones, escoba, sombrero negro de pico alto y su maletita de viaje estilo Ágata de la Parda.

La bruja señaló a Yavés con su uña del dedo índice, y tras decir sonidos ininteligibles lanzó su conjuro hacia ella convertido en forma de rayo, le dio en la cara y la convirtió en la más fea de todas.

-Vechestu, ahí tienes tu recompensa, ya puedes cogerla. Jajaja.

Todos vivieron felices a partir de entonces, todos menos Yavés. Vechestu regresó a Chetú y dejó de hacer conjuros. Con el tiempo la bruja se cansó y se marchó a Gansonia a montar una pescadería. El rey se jubiló y paso a segunda actividad, cuidando de su huerto y sus flores.

 

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