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Cuentos insolubles II: extraño encuentro

Segunda entrega de cuentos insolubles en cuarentena.

El Arca de Luis Luis García Orihuela
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Dibujo:Luis García Orihuela

POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

 

 Esa puerta haré bien en no abrirla y mucho menos en cruzarla. Me pellizco la mano con el consiguiente resultado obvio y consabido: Me he hecho daño como un completo mentecato. Sabía me haría daño si me pellizcaba; y aún así lo hice. ¡Que memo! Ahora tengo un bonito hematoma y ninguna señal de que esto pueda ser un sueño. Si al menos hubiera un bar cerca donde tomar algo… Aunque tendrían que fiar a un hombre en pijama a rayas y no recuerdo ser conocido en la zona.

Me decido finalmente por la puerta inmediatamente colindante, no sin antes tronchar una rama de uno de los árboles para me sirva de apoyo y defensa. He conseguido romperla y ya en la mano calculo cuanto medirá de largo. Estoy pensando para qué demonios quiero saber ese dato o a quien le puede importar. No creo venga aquí –sea donde sea, aquí— un señor vestido de traje negro y corbata roja, diciendo que es de los premios Guinness y que viene a medir la varita por el caso de que hubiese batido un record mundial.

Tras este argüir, que diría Borges, decido no demorar más el cruzar la puerta, pues a lo lejos consigo vislumbrar a un hombre de mediana edad con sombrero de paja, que blandiendo un callao de los que quitan el hipo –Otra vez vuelvo a calcular lo que medirá ese bastón que esgrime— Me hace gestos inequívocos de estar airado, exasperado. Cruzo la puerta ya abierta y veo de soslayo como corre duna abajo persiguiendo la boina que se le ha volado.

Estoy al otro lado de la puerta, o quien sabe, igual es la puerta la que está al otro lado mío, de cualquier manera, digamos que estoy donde antes no estaba. Hace más calor, y eso me lleva a pensar si estaré enfermo. Me toco la fiebre para ver si tengo frente. Ya se que no es razonable y que no es así como se hace, si no al revés. Pero aquí, donde estoy, no semeja ser raro hacerlo así. De ser extraña mi actitud, más se podría decir respecto al conejo con gafas de sol de “Dior” y un piercing en cada oreja que asoman bajo su sombrero de copa impoluto y negro. Sus patas son bien grandes, fuertes y cuidadas. Su rostro resulta simpático, quizás por el hecho de ser un dibujo animado y sus colores muy vivos. Su cuerpo está contorneado por una línea negra, de un grosor de unos… Bueno, no importa. El caso es que se detiene junto a mí humilde y perdida persona. Está buscando una pared de fusilamiento; llegará tarde si no la encuentra pronto y no es eso lo que quiere. Él es un conejo suizo y por tanto siempre llega puntual a sus citas, aunque en esta ocasión –y última a lo que parece— sea su propia ejecución. Intento preguntarle a mi vez, donde nos encontramos o si al menos hay algún bar cerca donde hacerse un pinchito de tortilla y después un “simpa” –Un sin pagar—, pero el maldito conejo no escucha, mira el reloj gigante que lleva en la muñeca, a cada momento y no atiende a razones ni a nada. De hecho he intentado explicarle que debe buscar como “paredón de fusilamiento en Google” y no como pared, pero el muy cretino sacando una zanahoria del aire, se la come mientras me dice que es una pared de fusilamiento, porque no es una pared grande para muchos, sino para uno solo. Me da las gracias y se despide corriendo, cruzando otra de las puertas a mi vera. Por un segundo juraría haber visto un gato rollizo a rayas anchas horizontales, de una medida aproximada de… bueno, da igual, el caso es que sonreía con una boca de oreja a oreja. Me enjugo unas gotas de sudor en la frente, con la manga de la camiseta. Al bajar el brazo, es increíble lo que ocurre, un señor vestido de traje negro y corbata roja, se acerca sacando un metro.

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