Perseguido

El Arca de Luis Por Luis García Orihuela
El hombre corrió con todas sus fuerzas, a pesar de que ya no eran muchas las que le quedaban...
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POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

El hombre corrió con todas sus fuerzas, a pesar de que ya no eran muchas las que le quedaban. Estaba debilitado y sumamente cansado.  

 La persecución había comenzado nada mas salir del supermercado. Iba cargado con las bolsas de la compra que había efectuado.  En su mayoría eran alimentos para su casa y productos de limpieza de todo tipo. Seguramente, pensó,  alguien se había percatado mientras elegía los productos, de su estado actual y avisado inmediatamente por teléfono a los Cuerpos y Fuerzas de Intervención Inmediata. Sabía por historias escuchadas en cafés a los que acudía con cierta asiduidad  —siempre que disponía de dinero para ello— que aquella gente que ahora le seguía era la mejor en su oficio. 

Estaban entrenados y preparados para hacer frente con éxito ante cualquier eventualidad que se les pudiera presentar. Toda la maquinaria legal estaba a su favor y disponible para ellos. Su equipamiento era siempre de última generación, y los satélites estaban siempre disponibles las veinticuatro horas del día para su servicio. Nunca nadie dijo que hubieran fracasado en misión alguna. El gobierno les pagaba generosamente por ser su brazo ejecutor cuando la ocasión así lo requería, y para ello siempre estaban a la vanguardia.

Entró en una lavandería que sabía tenía salida a la calle de atrás. A pesar de la hora temprana ya estaba la tienda llena de gente esperando le tocase su turno para hacer uso de las lavadoras. Todos guardando los dos metros de distancia de obligado cumplimiento.

La fila, antes perfectamente ordenada, ahora se había convertido en un caos total. Nadie quería perder su turno después de llevar tanto tiempo esperando para poder lavar y desinfectar sus ropas. Pero aquel hombre resultaba un peligro para todos. Como si de un partido de futbol se tratase el que más y el que menos comenzó a driblarle y regatearle cuando el hombre se acercaba en su carrera por el interior en dirección a la calle. Nadie hizo nada por impedírselo. 

El hombre, aunque fatigado, encontró la puerta de salida de emergencia cuando ya el dueño de la lavandería salía tras de él enarbolando un bate de béisbol en la mano con no muy buenas intenciones y gritándole algo en chino. Le dejó ir.

Varios agentes del CFII entraron a la lavandería buscando al hombre. Sabían había entrado por la imagen satelital recibida por wifi en sus visores 5G. En pocos pasos recorrieron la lavandería dejando atrás una fila descompuesta con la gente a menos de un metro entre sí. Pero no les importó. Sin detenerse en su persecución, salieron a la calle tras el infractor, justo a tiempo de ver como giraba por la primera esquina en dirección hacia el embarcadero. Sabían que si lograba introducirse en alguno de los muchos barcos y veleros allí atracados, sería como buscar una aguja entre miles de agujas.

Al girar la esquina, el hombre ya exhausto, decidió soltar las bolsas con la compra para poder ir más ligero en su huida. Parte de su contenido cayó fuera de las bolsas y se derramó por la acera y el vial.

  Cuando los primeros agentes llegaron al lugar se encontraron de improviso con un grupo de personas que hacían lo posible por hacerse con los productos abandonados peleando entre ellos. Una mujer gritaba que eran de ella y que los había visto antes que nadie. Por el contrario un hombre de mediana edad se justificaba diciendo que era él y no otro el que había llegado primero a aquel desparrame de frutas, latas y verduras. Un hombre muy entrado en años y algo encorvado blandía su pesado bastón con aviesas intenciones. La caída al suelo fue inevitable. El primer agente en aparecer pisó una manzana y cayó hacia atrás, derribando a sus compañeros que le seguían de cerca. Estos a su vez, como un golpe bien estudiado de billar hicieron carambola con los que les seguían.

El hombre se había detenido en la boca más cercana del Metro. Le faltaba la respiración y se sentía incapaz de dar un paso más. Mucho menos de seguir corriendo. Se daba por vencido. Iba a levantar las manos en clara señal de rendición cuando pudo apreciar como desde el cielo descendían pequeños drones alineados en formación de cuña. Pensó venían por él. Buscó entre los bolsillos algún pañuelo con el que engañarlos. Hacerles creer que llevaba puesta la mascarilla.

Los drones pasaron de largo y volaron hacia el grupo de agentes y transeúntes que seguían enzarzados con la compra abandonada en la carrera del hombre.

Unas redes cayeron a pocos metros del grupo cubriéndoles por completo y luego se tensaron cerrándose.

La zona de contagio estaba asegurada.

 

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