El color de las lenguas 

Sin ojos que los miren Por Juan Botana
Bajo su lupa, todas las palabras y su visión de la historia se manifestaban.
El color de las lenguas -posdata digital press
Foto:Pollasqui

POSDATA Digital Press | Argentina

Lic Juan Botana Por Jaun Botana | Lic. en comunicación | Escritor

Poco antes de entrar a la carrera de paleontología se le cruzó el recuerdo de su otra pasión: la lengua. Pero fue solo un temblor de alerta que avisa la llegada de un recuerdo de chico. Su fascinación por las lenguas de los pueblos originarios tuvo su momento crucial cuando en la segunda temporada de “El Gran Chaparral” escuchó hablar a Manolito Montoya en fluido mapache. 

Fue ahí cuando se le cruzó el recuerdo de su abuelo materno. Más precisamente, una foto guardada en un viejo cajón. La foto olvidada colándose allí, para hacerlo dudar. Y cayó en la realidad de que él no era sólo vasco más italiano. Sino algo mucho más complejo con al menos dos ramas de pueblos originarios, lo que despertó en Sebastián un ansia de saber que aún hoy su otra pasión sigue viva.

Llegando el anochecer, en su adolescencia, el calor golpeaba. Mintiéndole a su madre, agarró sus cosas y se fue a Córdoba de vacaciones con un amigo. Pero su búsqueda en las sierras fue en vano y sufrió por primera vez la extinción de la lengua con un dolor físico. Quizás porque cuando creyó ser descendiente de kamiare y buscó aprender su lengua se encontró con un puñado insignificante de palabras que el castellano había diluido y el quechua menospreciado. Porque la lengua madre no siempre es el castellano o el quechua. No obstante, llenó su vacío idiomático aprendiendo una pizca de quechua que años después, ya como paleontólogo, lo ayudaría en su trabajo en Bolivia. 

Pero la búsqueda no terminó y como buen descendiente de europeos y de indígenas se puso a estudiar griego en la Colectividad Helénica con el profesor Sabas y Mapuzungún con Tulio Cañumil. De ahí su maravilla por el trabajo de Rodolfo Casamiquela y su regalo a la Humanidad, la recuperación del idioma guen’nayajish o tehuelche del norte a partir de un único hablante, Kalakapa, muerto en 1960. Él pudo explicar los nombres antiguos y demostrar que muchos de los topónimos en mapuzungún del norte patagónico eran traducciones de un nombre más antiguo dado por los guen’nakenna, que significaba exactamente lo mismo.

Y su doble pasión continuó por otras geografías. Hace dos o tres años en el Museo Almeida de Gualeguaychú le contaron de un mapa antiguo donde en la zona adecuada, el topónimo del río estaba escrito como Yaguarí guazú (nutria grande). Aunque lo entusiasmó, le parecía extraño que se deformara tanto un nombre pronunciado en un idioma tan bien conocido entonces como el guaraní. Luego le tocó conocer la historia de Blas Jaime, pastor evangélico de origen chaná que, rebelándose ante la sentencia oficial que decía que el nshañá lantec, la lengua chaná, estaba muerta y se desconocía, declaró conocerla y comenzó a enseñarla con 70 años ya cumplidos y de la mano del lingüista Pedro Viegas Barros. 

Hoy, una década después, varias personas han aprendido su legado, incluida su hija, Evangelina. Se han escrito libros y se va recuperando una versión aggiornada que, como dice el mismo Blas, está adaptada al entendimiento del oído blanco, porque si no sería imposible diferenciar sus palabras. También el chaná permite interpretar numerosos topónimos discutidos. Dice Blas: “¿Gualeguaychú? Si, es chaná. “Gua” es agarrar, asir; “le”, es la caña; “gua” es nuevamente agarrar; “hy” o “ay” es el pez, según lo pronuncian los hombres, pues las mujeres lo pronuncian “hychí”; finalmente, “nchú” o “ychú” es colectar”. Así que Gualeguay y Gualeguaychú significan casi lo mismo, “colecta de cañas y peces”. Para él la claridad del topónimo fue demoledora.

Dice también que desde hace unos años le fascinan los “pilas”, los perros calvos del norte argentino que habrían traído los incas, descendientes de los perros que llegaron con los primeros americanos desde Asia. Fue ahí cuando asistió a una reunión de criadores y estudiosos de estos perros en Salta organizada por Mónica Cassels y allí se encontró con Carmen Amaya, y en un intervalo comenzaron a charlar de la terrible y total pérdida del kakan, la lengua de los sherkain, los llamados diaguitas, que una vez se extendió desde el norte cordobés hasta Jujuy, prohibida por los españoles y ocultada por sus pocos hablantes, obligados al exilio. Ella le contó entonces de un proyecto que suponía su permanencia en la zona de Chachapoyas, en Perú, adonde teóricamente habrían ido a parar diaguitas vencidos por los incas y traslocados como mitmaqkuna o mitimaes a la frontera de los incas con los aucas, los salvajes de la selva. 

Entonces agarró sus cosas y se fue para Perú. Empacó sus dudas y se sumó al proyecto de Carmen y exploraron Chachapoyas, las ruinas de Túcume y alrededores, aunque sin hallar el menor rastro de los supuestos desterrados o su idioma. Años más tarde, al llegar al valle cordobés de Punilla, escuchó por radio de un proyecto local de recuperación del kakán y se acercó sumándose. Así llegó a conocer a una increíble mujer y su marido, Vimma (viento) y Oshuko (perdíz) que usaban la lengua antigua para curaciones. El idioma, de transmisión femenina de abuela a nieta y con prohibición de difusión había sobrevivido en algunos pocos linajes. Varios prestaron su colaboración para poner por escrito algunas de sus leyendas y un diccionario que pronto verá la luz. 

Bajo su lupa, todas las palabras de los valles calchaquíes y también su visión de la historia se manifestaban. De pronto los términos que nadie podía explicar, para ellos estaban clarísimos. Como una historia de topónimos y memoria. Tilkara era sencillamente el nombre de la Madre Tierra, la Pachamama; el algarrobo no es llamado taku como en quechua sino llasta, de donde se explica el duende Llastay; mi querido Ischigualasto pasó a tener significado, la Punta de los Nidos. 

Después en Francia tuve el gusto de escuchar hablar el occitano, la casi extinta lengua que se hablaba allí antes de la invasión del francés. Lo mismo pasó con muchos idiomas. 

Otro paleontólogo amigo de Sebastián le dice que no le entiende esta pasión suya por las lenguas. Por el contrario, sostiene con vehemencia que las lenguas deberían uniformizarse y el mismo castellano dar lugar al inglés y el inglés al chino, y que el pez grande se coma al chico hasta que toda la Humanidad hablase la misma lengua y todos y todas se entiendan. “Imaginemos si acá los argentinos hablásemos argentino y los peruanos, peruano, y los bolivianos, boliviano, y necesitásemos traductores para hablar con los uruguayos” dijo un nefasto otrora representante de nuestra nación. 

Sebastián creé, por el contrario que un mundo con una lengua única sería un lugar muy gris. Conocer las lenguas antiguas lo hace feliz y contribuir un poquito a evitar su extinción y difundirlas, le hace creer en un mundo mejor y más diverso. Como una especie de llamado a la acción. Para los paleontólogos con otra pasión. Para los que abrazamos la lingüística, alguna vez, y nos gusta la escritura. Para los indígenas y para todos los pueblos que perdieron sus lenguas a manos de un invasor. Para los que somos del color de las lenguas.

 

 

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