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Deathman  (Parte II)

 Han pasado varios días desde aquel suceso en el callejón...

El Arca de Luis Luis García Orihuela

DEATHMAN  (Parte 2)-posdata digital press Foto:Vandal

POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

 Han pasado varios días desde aquel suceso en el callejón. No tenía otro sitio donde ir que no fuera aquel lúgubre caserón de cuatro plantas, que heredara de mi padre a la muerte de éste. Ella habla poco, apenas lo justo. Eso me viene bien, ya que yo tampoco soy muy hablador y necesito tiempo, tiempo para pensar y tomar decisiones. Me ha costado, pero al final he conseguido sonsacarle su nombre, es Eva, salvo se lo haya inventado para proteger el suyo verdadero.

 Hoy me desperté todo sudado en la cama. Todavía me brotan en la cabeza flashes destellantes que pasan a ráfagas ante mis ojos jugando con mi memoria. He soñado que mi padre estaba vivo en la casa, discutíamos azoradamente y cuando queríamos darnos cuenta estábamos intentando matarnos. Veía como mis manos dirigidas hacia él cobraban luminiscencia, y como si de una radiografía se tratase, cuanto más me esforzaba en parar su corazón, en colapsarlo, más se veía el esqueleto, los husos de mi mano, de manera intermitente. Miraba a mi padre y le ocurría tres cuartos de lo mismo. Sentí una punzada aguda, profunda, fría como el acero. Vi como en ese momento su rostro mostraba su forma ósea de modo intermitente. Nadie estaba allí para ser testigo de aquel duelo épico entre padre e hijo. Mi madre, su esposa, hacía años había muerto bajo las ruedas de un conductor borracho que se dio a la fuga. Creí morir cuando mi padre hizo gestos con las manos… no se como, pero le vencí. Mi rabia y mi cólera callada  hizo sacara de mí, el poder más oculto e incontrolable. Con sus cerca noventa quilos cayó como un saco de tierra al suelo, mientras por la comisura de la boca le goteaba un hilillo de sangre.

 Eva se acerca, me coge de la mano y me dice que hablé en sueños. No quiero preguntarle, pero lo hago, me da miedo la respuesta que pueda darme. Solo me dice, “vamos…” y señala el exterior, hacia los árboles junto al cercano riachuelo.

 Fuera hace un día hermoso para pasear y tomar el aire. Decido salir y hacerle caso. Me refrescaré el rostro en el arroyo para despejarme. Dentro de la casa el aire está enrarecido y cuesta respirar. Mientras me hecho agua fría a la cara, veo mi rostro reflejado en la mansa agua que pasa y me pregunto… ¿habrán más como yo? ¿Con algún tipo de don o maldición?

 Eva lanza una piedra al centro del río y el chapoteo hace que los pájaros salgan volando unos y otros, dejen de piar y se escondan más entre las ramas.

 Sentado sobre un tronco caído, tomo una decisión, desde hoy seré Deathman.

 Despierto. Estoy atado a una silla con los brazos atrás y una capucha o similar cubre mi cabeza. A pesar de ello noto algo de claridad que me llega de fuera. Aunque imagino el resultado, intento liberar mis brazos de sus ataduras sin obtener éxito alguno. Era de esperar, quienes me habían llevado a esa situación no me lo iban a poner tan fácil. Respiro pues despacio, me relajo buscando mi paz interior y cierro los ojos a pesar de la situación en que me hallo. Intento recordar qué es lo que me ha ocurrido como para llevarme a dicha situación de total indefensión.

Poco a poco comienzan a fluir de manera ordenada, los hechos ocurridos… ¿horas atrás?

Entra en lo posible.

 Voy por la calle en dirección al coche, con bolsas de comida en ambas manos. He comprado bastantes cosas y pesan. Los brazos me caen a plomo, pero no he podido evitar el hacerme con algunas cosas para Eva. Unas barritas de chocolate. En los días que hemos pasado juntos, es una de las cosas qué he descubierto le gustan.

 Pienso mientras camino, en como más que cuidar yo de la pequeña Eva, es ella quien cuida de mi. Vela mi sueño como un perro lo haría con su dueño. Está empezando a anochecer y le dije regresaría pronto. Acelero el paso todavía ensimismado en estos pensamientos, cuando alguien asoma por la esquina corriendo como alma que lleva el diablo y medio chocando conmigo se le cae un paquete mediano al suelo. Lo recojo y le llamo a voces. Pero o no me oye o no me quiere oír. Al doblar por la esquina inmediata, escucho voces chillando y gente corriendo. Le persiguen, o al menos eso es lo que pienso en ese momento. Gran equivocación por mi parte. Centro mi atención en la gente y no en el paquete que todavía conservo en la mano extendida sin saber muy bien que hacer con él. Los perseguidores sin embargo, si que prestan atención al paquete. Después de eso, lo último que recuerdo es un fuerte golpe que recibo en la cabeza, el paquete cayendo de mi mano junto con mis bolsas de papel marrón. Se hace todo negro.

 Recuerdo que ya desperté antes, en la misma situación. Hablaban entre ellos del paquete. Contenía droga, cocaína de primera calidad y  por lo visto, al que se le había caído la había cogido “prestada” dentro de la banda, pensando escamotearla sin que se dieran cuenta. La escoria piensa siempre como escoria y con el juicio nublado. 

Noto las manos algo hinchadas e intento mover los dedos, cuando uno de ellos detecta el hecho y avisa a los otros de que he despertado. El que parece llevar la voz cantante, da la orden de que me interroguen. Suena algo alejada su voz, el sitio es húmedo y frío.

No tengo suerte. Tengo claro enseguida que para interrogarme no piensan quitarme para nada la capucha, pues recibo un golpe por segunda vez en la cabeza. Nunca he sabido si mi don puede “funcionar” sin ver, y hay algo más… ¿está supeditado como los celulares a disponer de “cobertura”? ¿A qué distancia puedo llegar a ser efectivo? 

No tardo en salir de dudas, aunque no pueda ver si puedo escuchar.

Me decido a contestar al interrogador, no puedo evitar a pesar de la situación en que me encuentro, que salga mi parte teatral, trágica cómica quizás.

 —Mi nombre es Deathman. 

 —¿Ah si?, pues yo soy Hulk… y no veas como pego…

 Consigo sacar mi voz más sepulcral de que soy capaz. Se que a este al menos lo tengo muy cerca, quizás unos treinta centímetros de donde me encuentro… por lo que se refiere a la distancia no se me escapará.

 —Arrepiéntete de tus pecados, vas a morir.

 Imagino la escena y mis manos colapsando su corazón, cercenando su mediocre vida. En seguida percibo que lo he conseguido. Le oigo caer estrepitosamente sobre algo. Mejor que mejor, esto atrae a los demás más cerca. Empiezan a decir frases como ¿Pero qué demonios..? ¿Cómo es posible…? Es demasiado tarde ya para todos, ahora estoy seguro que mi don funciona sin visión. Se hace el silencio. A pesar de todo sigo atado y algo cansado, quizás funciono como una batería y me he descargado.

 He perdido la noción del tiempo, pienso en la situación e imagino la cara de asombro que pondría la policía si entrara y viera la escena. Un hombre atado a una silla, encapuchado y vivo. Indefenso y rodeado de cadáveres aparentemente muertos por muerte natural. Infarto colectivo. Ni el mismísimo Hércules Poirot sería capaz de adivinar lo sucedido.

Un momento, escucho alguien acercándose, hace poco ruido. Siento el latir de su corazón, es mi ángel salvador. Es Eva, quién acompañada de un policía me quita la capucha y me desata. 

Volveré a comprarle chocolatinas.

***

 —¿Qué haces? —Me pregunta  Eva entrando a mi despacho—

 —Hola Eva, leía unos datos curiosos en Internet…—Me interrumpe— ¿De que tratan?

 —Son casos de muertes extrañas, las más extrañas seguramente. ¿quieres te lea alguna?

 - O si, por favor. Cuéntame. 

 —Verás, En Francia, un ciudadano, Jacques LeFevrier, quiso asegurar bien la manera de suicidarse. Así pues se fue a la cima de un acantilado y se ató un nudo alrededor del cuello con una soga. Anudó la otra extremidad de la soga a una roca grande. Bebió veneno y se incendió la ropa. Hasta trató de dispararse al último momento. 

Todo esto para querer morir, pues ese era su deseo.

Saltó del precipicio y en el mismo momento que caía se disparó. La bala, que no lo tocó, fortuitamente cortó la soga sobre él. Libre de la amenaza de ahorcarse, cayó al mar. El repentino zambullido en el agua extinguió las llamas y le hizo vomitar el veneno. Un pescador que pasaba por allí lo sacó del agua y lo llevó a un hospital, donde murió poco después… de hipotermia.

 —Vaya, menudas cosas lees. Cuéntame otra, anda.

  —Está bien, pero ésta ya la última. En el año 458 A.c., el afamado escritor griego Esquilo murió cuando un águila dejó caer sobre él una tortuga de gran tamaño, confundiendo su cabeza calva con una piedra. El ave tenía la intención de romper el caparazón del animal para poder comer su carne.

 —Uff, vaya historias. Al menos a ti no te confundirán con una roca.

 —Bueno, por aquí no es zona de águilas. Pero una sopa de tortuga no estaría nada mal.

 —¡Oh! ¡Qué asco! Sopa. Wuaa…

 —Voy a salir, regresaré lo más pronto posible. ¿Te portarás bien?

 —¿Acaso no lo hago siempre? ¿Puedo quedarme en tu Batcueva?

 —No.

 Se ríe conocedora de la respuesta. Sus respuestas mediante preguntas, tienen la virtud de dejarme siempre en la duda. He pensado probar algo, y no me puedo resistir a la tentación por más tiempo. Necesito saber. Si, necesito.

  Me he acercado a una de las zonas más populosas de la ciudad, donde más restaurantes hay, donde más basura se genera. He bajado a las cloacas en busca de alimañas, de ratas. No tardo en dar con ellas. Las hay por todas partes… corretean por las paredes, desafiantes. Hoy va a ser un mal día para ellas. Extiendo mis brazos en cruz y cierro los parpados. Me concentro. Noto mi don recorriéndome el cuerpo. Es como si detectara con un radar especial, decenas, cientos de pequeños corazones, miles. El sonido que hacen se incrementa en un chirriar taladrante mientras noto un cierto calor recorrer mis manos. Todo termina un segundo después. Abro los ojos mientras bajo los brazos, mis manos despiden en esta oscuridad una especie de luminiscencia entre amarilla y verdosa. Por alguna circunstancia que se me escapa, presiento que mi don de alguna manera ha aumentado, es más poderoso             que antes y soy capaz de controlarlo como nunca antes. A mi rededor se ha hecho un silencio absoluto y sepulcral. Por donde quiera que mire, solo veo ratas y más ratas muertas.

 Salgo a la superficie. Ahora tengo claro cual ha de ser mi cometido y para ello he de cubrir ciertos detalles. Para cuando regreso a casa, he cerrado varios de esos detalles. Mañana una empresa especializada me instalará un circuito de cámaras de seguridad. Eva dispondrá de una maestra “particular” y ambos tendremos un profesor de artes marciales y un servicio especial para cuidar la mansión. El dinero de la escoria estará bien empleado en esta causa.

 Contemplo desde la ventana del salón principal el mundo exterior y pienso lo distinto que es visto desde dentro de esta mansión tan enorme, donde al andar resulta imposible hacer ruido a causa de sus gruesas alfombras y las paredes se encuentran cubiertas de recuerdos del pasado. Mi padre tenía muchas cosas buenas y quizás una de ellas fuese su amor por el coleccionismo, tapices, armas de todo tipo, monedas, y objetos curiosos y extraños; algunos de los cuales ni siquiera se a ciencia cierta para que sirven, en el caso de que sirvan para algo.

 Descorro un poco  más la cortina y miro al fondo de mi derecha, se acercan nubes negras. No tardará en llover.

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