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El cementerio del siglo XVI donde enterraban a los niños con monedas en la boca

Las sepulturas se encontraron en Polonia durante la construcción de una carretera para unir los países Bálticos con el sudeste de Europa

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El cementerio del siglo XVI donde enterraban a los niños con monedas en la boca
Los esqueletos aparecieron durante las obras de construcción de una carretera (Facebook)

POSDATA Digital Press | Argentina 

Caronte, el barquero que transportaba a las almas por el río que dividía a los vivos de los muertos, no hacía viajes si antes no cobraba. De ahí que los difuntos no pudieran pasar al otro mundo sin llevar encima al menos una moneda. Era el pago del servicio en la Venecia del inframundo. Y qué mejor lugar para guardar tan preciado tesoro, la clave para no vagar durante cien años por las riberas del Aqueronte, que ponerlo dentro de la boca de los fallecidos antes de que fueran enterrados.

El mito es antiguo. Los griegos y los romanos ya practicaron este ritual, aunque también han aparecido óbolos de Caronte en el Próximo Oriente. Incluso los cristianos mantuvieron una tradición que duró hasta bien entrado el siglo XIX. En 1878, el papa Pío IX fue enterrado con una de esas monedas.

Prácticas funerarias
Los rituales griegos y romanos incluían óbolos de Caronte, que luego fueron adoptados por el cristianismo

En el sudeste de Polonia, los arqueólogos acaban de descubrir un cementerio del siglo XVI donde entre el 70 y el 80 por ciento de los cuerpos pertenecen a niños, según la Dirección General de Carreteras y Autopistas Nacionales, y algunos de estos fueron sepultados portando un óbolo. El espacio se descubrió durante las obras de construcción de la carretera S19 en JeĹźowe, cerca de la ciudad de Nisko, en la provincia de Podkarpackie.

Los obreros hallaron huesos humanos durante los movimientos de tierras. Los investigadores de la empresa Arkadia Firma Archeologiczna han estado trabajando en el yacimiento desde entonces y han desenterrado restos de hasta 115 personas. La tradición oral de la zona aseguraba que en ese espacio, conocido como las Montañas de la Iglesia, había un cementerio infantil y es por eso que los vecinos batallaron durante largo tiempo para cambiar el trayecto de la Via Carpatia, un proyecto que tiene previsto unir los estados bálticos con el sudeste de Europa.

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Algunos de los esqueletos encontrados en JeĹźow llevaban en la boca monedas acuñadas en la época de Segismundo III Vasa, un ferviente católico que fue el rey de Polonia desde 1587 a 1632 y que también reinó en Suecia, donde había nacido, entre 1592 y 1599.

También se encontraron óbolos conocidas como boratynki, que datan del reinado de Juan II Casimiro, hijo de Segismundo III y que gobernó la Mancomunidad polaco-lituana de 1648 a 1668. Las tumbas no contenían otros objetos, lo que ha llevado a los arqueólogos a concluir que esa comunidad era especialmente pobre.

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En la zona, que ahora está cubierta de bosques, no hay marcadores de tumbas y solo una pequeña capilla ofrece alguna señal de actividad pasada. Las fuentes antiguas, sin embargo, han revelado que durante una visita de los obispos de Cracovia a JeĹźow en 1604 ya había una gran iglesia parroquial con un jardín, una rectoría, una escuela y un cementerio. “Probablemente ya existía desde 1590”, indican los investigadores.

Los cuerpos se encontraron en el suelo arenoso, dispuestos siguiendo un eje este-oeste, todos con las cabezas hacia el oeste. Una tumba contenía los cuerpos de hasta cuatro niños, uno de los cuales era mucho más joven que los demás, yaciendo en formación cerrada pero sin estar los unos encima de los otros. Todos los cráneos descansan en la misma dirección.

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“La disposición de los esqueletos y su estado de conservación muestran que el descubrimiento es un cementerio de la iglesia católica, que sin duda estaba cuidado. Ninguna tumba estaba dañada por otra. Los habitantes sabían exactamente dónde tenían las sepulturas y las cuidaron”, señalan los investigadores polacos. En el extremo norte del cementerio incluso se encontraron también dos entierros de perros.

Fuente: La Vanguardia

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