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El hombre que compraba tiempo (parte III

¿Se aproxima el final?, quedarás cautivado en este capítulo...

El Arca de Luis Luis García Oriuela

EL HOMBRE QUE COMPRABA TIEMPO PARTE 3 (1)
Foto: Pinterest



POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García Orihuela
Por Luis García Orihuela | Poeta | Dibujante



 El primer paso a dar era obvio y de obligado cumplimiento. Dirigí mis pasos hacia la feria, consciente de que no le encontraría allí, pero albergando la tenue esperanza de que bien pudiera dar con alguna pista que me llevara a encontrarle. No fue así. Solo pude constatar, el hecho de que al menos una parte de la historia contada por Dimitri era cierta. El tal  Némsi existía y había estado con ellos días atrás. Fue una de las componentes de la feria la que me dijo haber visto a “Né—sii”. Lo pronunciaba con una mezcla de  acento entre francés y una boca que debió vivir momentos de esplendor toda llena de dientes y muelas en su juventud, pero que ahora ya alejada en el tiempo, dejaba escapar el aire que expelía en un silbante tono entre dramático y aristocrático. La mujer sonrió al terminar de hablar, regalándome una sinuosa muestra de la oquedad de su huérfana boca. 

Casi Al final del día, ya sabía algunos datos acerca de él, sacados del Registro Civil y la Biblioteca Pública de Nueva York (NYPL). Solo pude hallar a alguien registrado con su mismo nombre, con la fecha de nacimiento en el año 1853; nada más y nada menos que coincidiendo con el nacimiento del pintor holandés Vicent van Gogh. No encontré a nadie más dentro del Estado con su mismo nombre, ni tampoco fecha alguna de inscripción como fallecido. Si dijera que quedé sorprendido les engañaría, pues una historia como la contada por Dimitri, hacía presagiar el acontecer de sucesos no previstos cuando menos. Así que no me extrañó, cuando sacando cuentas deduje, que de no haber muerto, en el momento presente, debía de ser el hombre más viejo del mundo a sus 158 años de edad.

 El tiempo apremiaba para Dimitri, pensé que incluso tenía menos del que él mismo se daba, pero si algo me inculcara mi padre, fue el actuar y pensar con sentido común. Vale más un buen cerebro, que unas piernas vigorosas; así que decidí regresar a mi apartamento, darme una buena ducha, ponerme ropa limpia y cómoda, y luego, sentarme ante un grande y caliente café y poner a trabajar a las neuronas en busca de una estrategia adecuada.

 Una hora después, ya entrado en calor,  me dediqué a mirar desde la ventana como anochecía. Abajo, en la gran ciudad, todo eran prisas; hombres y mujeres se desplazaban en todas direcciones, unos a pie, otros en grandes coches, en motocicletas, servicios públicos... Pronto la ciudad se vistió de luces para recibir a la luna con sus mejores galas. ¿Cómo encontrar entre tantos miles de personas a Pietro Némsi? Mi instinto me susurró algo, en voz apenas perceptible y mi corazón bombeó más fuerte, diciéndome “Hazle caso. Escucha a tu instinto. Déjate llevar.”

 Tres días después llamé a Dimitri. “Le he encontrado”. Quedamos al día siguiente en Uceda English Institute, en la  412—55th. Le encomendé acudiese con todo el dinero que le quedase, a eso de las cinco de la tarde. Desde allí marcharíamos juntos a la casa donde se hospedaba el “joven Némsi”. Quedó sorprendido por mi hallazgo y quiso asegurarse de que no estuviera equivocado y fuera otra persona distinta. Fue entonces, cuando me habló de la máquina por primera vez.  

 Insistió en saber, como le había encontrado; confesando que había puesto sobre la pista a una agencia de detectives con muchos recursos y hasta la fecha no habían averiguado nada al respecto sobre su paradero. Pensé, recuerdo, en decirle había sido un golpe de suerte, pero finalmente no pude resistirme a decirle la verdad. Aquella noche en el apartamento, cuando mi instinto me dijo que me dejara llevar por una corazonada, le hice caso. Pensé, si fueras él, ¿Que harías? Creí haberlo adivinado. En su caso, después de haber pasado por una movilidad reducida —andaba a pasos cortitos— y habiendo recuperado presumiblemente la juventud, al retroceder a cincuenta años atrás, lo primero que habría querido, habría sido salir a divertirme, tomar copas, ir a alguna sala de fiestas y pegarme la gran juerga, para terminar de madrugada acostado en algún burdel, en los brazos de cualquier mujer capaz de hacerme sentir feliz aunque fuera de una forma efímera y nimia. Con esa idea en la cabeza y no queriendo pensar en que podrían haber quizás, otras miles de posibilidades, compré un plano en una tienda, y subido en el coche, fui recorriendo los sitios de alterne, clubs, discotecas y prostíbulos, siempre buscando en sus inmediaciones  encontrar  una caravana blanca, con la cabeza de un toro rojo con las puntas de las astas ensangrentadas. En cuanto pasara el ansía de los primero momentos, sabía que sería prácticamente imposible de encontrar, así que había cruzado los dedos y alquilado una furgoneta al segundo día de mis pesquisas, —en aquel momento me semejó lo más prudente para pasar desapercibido y no llamar la atención demasiado—. Así fui sistemáticamente pasando una y otra vez por todos los sitios cercanos y ampliando el círculo un poco más cada día que pasaba. Creí desfallecer, cada día que transcurría se incrementaba el frío, y las lluvias se hacían más densas. Finalmente, al sexto día la encontré y solo tuve que montar guardia, a la espera de que su dueño se personase a por ella. Si no se había dado el caso de que la hubiese vendido —Y no parecía estar necesitado de dinero—, el joven de buen parecer que se acercó y abrió la caravana, enfundado en un anorak de piel negra, con otro logotipo en la espalda de los Chicago Bull, tenía que ser sin lugar a dudas él, y por lo tanto rejuvenecido. Le tomé unas cuantas fotos sin salir de la furgoneta y tras asegurarme de que no iría a ninguna parte sin yo saberlo, abandoné la zona.

 Satisfecho con la explicación dada por mi parte, Dimitri pasó a contarme los pormenores de “la máquina” como él la llamaba. Una vez hubo ofrecido su tiempo a Némsi, este le había dicho que solo resultaría posible tras pudiera comprobar de facto, que él se encontraba en disposición de poder ofrecer ese medio siglo de tiempo. Acto seguido, sacó de un compartimiento del interior de la caravana, una máquina del tamaño de una PDA algo grande, la conectó y le pidió que pusiera su dedo corazón en el centro de la resplandeciente pantalla, donde pudo ver como emergía un círculo rojo palpitante, coronado de extraños símbolos negros cuneiformes, los cuales cambiaron a un color dorado en cuanto entró en contacto la yema de su dedo medio con la pantalla. El palpitar del círculo rojo, comenzó entonces a adaptarse a la cadencia de su corazón, y una vez se hubo estabilizado, Némsi, manipuló la máquina, presionando por dos veces la pantalla, en lo que supuso debía corresponder a los años que quería consultar si disponía. Las luces,  como si fueran una ruleta de la fortuna, comenzaron a dar la sensación de girar a gran velocidad, y para cuando se detuvieron del todo, quedaron iluminadas de un tenue color verde. En esa tesitud y sin quitar el dedo del círculo, le conminó a que tomara una decisión en aquel preciso momento. En el instante en que dijo “Acepto” sintió un pinchazo en el dedo, y al retirarlo de la máquina, una gota de sangre cayó en el círculo. Este giró en el sentido de las agujas del reloj, como si fuera un desagüe tragándose su sangre. Satisfecho, le hizo entrega del dinero pactado y le despidió con premura, alegando tener prisa en irse. Me quedó claro también, aunque Pietro no me lo dijera, que él tampoco tenía ganas de quedarse más tiempo en el interior de la caravana, siendo que tenía una fortuna en su poder la cual nunca habría podido imaginar ni remotamente llegar a disponer ni en sus sueños más optimistas.

 

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