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El efecto Monroe

'El universo no parece ni hostil ni amigable, es simplemente indiferente'. (Carl Sagan).

El Arca de Luis 02/10/2020 Luis García Orihuela
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Composición fotográfica:Luis G. Orihuela



POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García Orihuela
Por Luis García Orihhuela | Escritor | Poeta | Dibujante 



El intercomunicador del interior del camarote se iluminó proyectando un resplandor azulado, a la vez que generaba un apenas perceptible sonido de vibración acústica similar al zumbido de una abeja. La pequeña pantalla, junto al marco de la puerta, dejó ver el rostro del segundo oficial a bordo de la nave espacial esperando ser recibido. Con un rápido gesto, el capitán Monroe presionó el botón verde de apertura y le invitó a pasar.

—Capitán, nos estamos aproximando a la base de la Tierra en Marte. En breve entraremos a su exosfera.

—Gracias Donovan. Encárguese de que estén todos atentos a las comunicaciones. No tardaran en detectarnos e intentar contactar con nosotros.

 El capitán Monroe había sido un héroe en la lucha contra las naves alienígenas en la Gran Guerra en la Tierra. Habían aparecido sus naves por sorpresa, o mejor dicho, el día del ataque en que casi terminaron con la raza humana, dejaron de hacerse invisibles y mostraron sus naves ovales flotando suspendidas sobre las ciudades más importantes y mejor armadas del planeta. En la primera semana de luchas con los aliens, los gobiernos vieron como sus ejércitos uno tras otro eran diezmados con relativa facilidad, tanto en el mar como en el aire; solo en tierra se les conseguía plantar batalla gracias al conocimiento extremo del campo de batalla. Se mantuvieron reuniones secretas, se firmaron coaliciones entre la casi totalidad de las potencias del mundo, salvo China y emiratos árabes, cuyos dirigentes no quisieron saber nada, y acordaron luchar solos. Por supuesto, todos los gobiernos importantes de la Tierra habían dispuesto planes secretos de contingencia, ocultamiento y escape del planeta. Pasada la primera semana de ser derrotados una y otra vez por los aliens, decidieron había llegado el momento esperado. Prepararon una gran ofensiva con todo lo que quedaba utilizable con que hacerles frente, permitiendo así tener una oportunidad a todas las naves que ese día despegaron esperando alcanzar nuevos hogares donde vivir, aunque sin garantía alguna de que no fueran a ser descubiertos y atacados de nuevo allá donde quiera llegaran y se instalasen. Era una oportunidad para una pequeña parte de la raza humana de poder sobrevivir, de tener al menos la posibilidad, aunque remota, de alcanzar un futuro.

 En el 2027 había realizado su primer vuelo hasta Marte, entonces no como oficial de ninguna nave de guerra, sino como oficial en un carguero espacial, cuya única misión consistía en proveer de materiales de construcción al planeta rojo, muy necesitado por aquellas fechas de cualquier tipo de material, tanto sofisticado, como de simples muebles domésticos. Era un mercado nuevo, abierto al espacio exterior en su totalidad. Los aliens, habiendo sufrido más bajas de las que de seguro habían previsto en un primer momento, se habían quedado como dueños absolutos del planeta. No salieron a perseguir a la desbandada humanidad que huía por los confines del Universo en todas direcciones como ratones asustados abandonando el gran barco que era la Tierra.

Tomó en sus manos el marco con la fotografía de Yumiko, su prometida y querida Yumiko, tal y como siempre hacía antes de salir de su estancia a tomar decisiones. Sus facciones orientales eran suaves, dulces y transmitían calma a quien la mirase. Sus ojos, refugiados en un rectilíneo flequillo trazado como con un tiralíneas de los usados por los arquitectos en otras épocas pasadas, tan oscuros como el espacio sideral, le contemplaban en silencio una vez más en aquella noche infinita, en la que se desplazaban en la nave sin noción de la hora que fuese en aquel mundo azulado que ya no era su hogar. Sus labios, delgados, simétricos y estirados como un apunte en un dibujo, parecían sonreír, a la vez que llamarle diciéndole acudiera a su encuentro. Dejó el marco imantado en su sitio y se cambió la camisa plateada por una blanca de cuello Mao, la misma que llevara puesta el día que se despidiera de Yumiko siete meses atrás. 

—¡Comandante, comandante! —gritó entrando el primer oficial adjunto en la base de Marte.

—¿Qué ocurre primer oficial? Le noto un tanto nervioso a juzgar por el  tono de su voz.

—Se acerca una nave hacia nosotros. Por el pulso que transmite es una de las nuestras.

—¿Y cual es el motivo entonces de la urgencia en su llamamiento? Para estas cosas debería de saber que no he de ser molestado.

—Lo se, comandante. Discúlpeme le moleste durante su descanso, pero es importante; se trata de una nave que eliminaron los aliens. Sus operadores nos han transmitido que su capitán es… Monroe.

—¿Monroe? No es posible. ¿Acaso se ha vuelto loco? Murió en la última ofensiva de los aliens. En unos días se cumplirá los tres años del fatal desenlace.

—Lo se, señor. Así consta en los archivos de guerra de la nave. Fue un héroe condecorado a título póstumo. Su prometida Yumiko se hizo cargo de la medalla al mérito. Todos en la base la conocemos —contestó con un tono afligido en su voz el oficial Thamuro.

—¿Está usted seguro de lo que dice? ¡Dígame que lo han ratificado en los controles de mando! —le apremió el comandante Sullivan todavía incrédulo. Aquello no podía ser cierto.

—Mi comandante, no solo hicimos eso. Como usted recordará, cuando se construyeron las naves de la flota Estelar, se las aprovisionó a todas de un sistema de registro de voz, con el fin de crear una biblioteca sonora capaz de grabar, almacenar y comparar cualquiera de las voces tomadas como muestras —Thamuro hizo un alto en su respuesta, y tomando una bocanada de aire igual que lo haría un alcohólico de una copa de brandy para darse valor, continuó— Solicitamos confirmaran el comunicado y pasamos acto seguido la grabación por la base de datos.

—¿Y el resultado? —Apremió el comandante Sullivan.

—Era su voz, con una seguridad del cien por cien, comandante. No hay lugar a dudas.

El comandante Sullivan fue a decir algo, pero se contuvo.

—¿Comandante? Esperan les demos permiso para entrar a la plataforma — Insistió Thamuro con un cierto temor en el tono de voz.

—¡Que esperen! Entreténgalos como puedan. Necesito ganar tiempo para evaluar la situación y tomar la decisión correcta.

Una vez hubo salido Thamuro de la estancia, el comandante se dejó caer en la silla que utilizaba para escribir su diario particular de abordo. Recordaba bien aquel suceso, a pesar de ser tantas y tantas las cosas que habían ocurrido desde aquel fatídico día en que la Tierra, la especie humana, había sido puesta en jaque y a punto de ser extinguida de la creación. No podía creerlo. Monroe vivo. ¿Sería verdad? ¿Qué debería de hacer a partir de ese momento? No podía ir a Yumiko y soltarle aquella historia a bocajarro. De todos era sabido que el capitán Monroe había muerto derribando cuatro naves alienígenas, la última habiendo perdido los controles a causa de un impacto y estrellándose acto seguido contra una de ellas como un kamikaze moderno. El resto ya era historia pasada, Yumiko le esperaba en Marte para casarse. Ella era una brillante experta en mecánica virtual de combate. De pronto tubo una idea.

—Comandante a puerto, cambio.

—Aquí puerto. Adelante comandante. Cambio.

—Envíeme a mi estancia el inventario de toda la mercancía que transporta la nave del capitán… —Se le hizo difícil pronunciar su nombre— del capitán Monroe. Cambio y cierro.

Minutos después, en la pantalla se iluminó un pequeño círculo verde, indicador de que le había llegado la información solicitada. Abrió el archivo y se quedó absorto contemplándolo. Finalizado el minucioso examen de la carga que trasportaba, cerró la imagen y accedió al registro general. Poco después accedía al diario de bitácora de tres años atrás del capitán Monroe, a las últimas anotaciones registradas antes de su muerte en batalla.

—¡Dios mío! Pero… ¿Cómo es posible? Esto no tiene ningún sentido, no es lógico.

Antes de cerrar la pantalla llamó por el intercomunicador a Thamuro, y pasados diez minutos se encontraban ambos en el puente de mando del embarcadero, junto con el suboficial al mando experto en vuelos espaciales: Roland Kazinsky.

—Bien, seré muy concreto con ustedes dos, la situación a la que nos enfrentamos en estos momentos es la siguiente: tenemos una nave esperando a que le demos entrada para descargar mas de cien toneladas de material necesario para la construcción de la Base; hasta ahí va todo bien, pero la cosa se complica cuando en la nave todo parece indicar ser la del fallecido capitán Monroe, y no solo eso, si todo indica es la nave que se vaporizó en el espacio hace hoy tres años, el registro de voz comparado con nuestros archivos también indican que quien nos ha hablado desde la nave es sin lugar a dudas el mismísimo Monroe. Por cierto Thamuro, ¿Hay alguna noticia más del capitán y su tripulación?

—Tal y como me dijo, contactamos con la nave mi comandante. Les hemos pedido que esperen en evitación de un riesgo biológico en la zona de embarque. En media hora hemos quedado en volver a establecer conexión con ellos. No estoy seguro se hayan tragado el cuento, pero han aceptado esperar.

—Bien, no me importa lo crean o no. Eso nos da tiempo. Ha hecho un buen trabajo. Roland, es tu turno. Háblame sin protocolos de rango. Hemos de tomar decisiones y disponemos de poco tiempo. ¿Cómo puede estar sucediendo esto?

—Sin la presencia real del capitán Monroe aquí en la base, podríamos estar horas y quizás días teorizando variantes espacio temporales. Mi opinión es que le demos permiso para aterrizar y veamos que nos cuenta. Eso si es que en realidad es él y no un impostor con algún tipo de modulador de voz. En fin, no hay diagnostico si no hay paciente. Lo siento.

—Está bien, Roland, lo comprendo. Tienes razón. ¡Thamuro! El tiempo es oro. Pongámonos en marcha. Déle entrada a la nave del capitán Monroe, y más le vale que no sea un impostor. Tome todas las medidas de seguridad que sean necesarias para garantizar la seguridad del puente y avise a Yumiko para que se persone en el punto de encuentro, póngala al corriente de todo.

—Me temo que ya lo está. No he podido evitar que la tripulación se lo…

El comandante Sullivan ya no le escuchaba. Había partido veloz hacia la entrada de embarque.

El encuentro que tuvo lugar minutos después bien pudo ser digno de pasar a los anales marcianos. De la misma manera que sucedía en las escenas románticas en el cine del siglo XXI. Había descendido la nave al muelle, bajado de ella su tripulación y una ansiosa y  romántica mujer había corrido en busca del abrazo caluroso de su prometido. Yumiko se abrazó al capitán Monroe casi a punto de tirarle al suelo, ante la cara perpleja y de incredulidad del resto de los presentes que no salían de su asombro. No habían dudas posibles, la de por sí, fría Yumiko, era ahora un torbellino de pasión, un volcán en plena erupción incontenible. Se besaron fundidos en un solo cuerpo.

—¡Por todos los diablos, es Monroe! El muy zorro… ¿Cómo lo habrá conseguido? ¿Le habrán expulsado del infierno? —dijo el comandante Sullivan mostrando una gran sonrisa de satisfacción.

—Es un milagro, solo así se podría explicar que no esté muerto —aseveró el oficial Thamuro.

—Me gustaría pensar como usted —indicó Roland Kazinsky— pero mucho me temo que en esto no hay nada de dios y si mucho de ciencia espacial.

—¡Explíquese, señor Kazinsky! Se lo ruego de forma encarecida —conminó el comandante Sullivan en un tono oficial.

—Solo se me ocurre una posibilidad. Que el resplandor que se captó entonces no fuera el efecto del choque de la nave del capitán Monroe contra la nave líder de los alienígenas, sino que estos conocedores ya entonces del viaje en el tiempo, hicieran uso de dicha tecnología y escaparan de la colisión saltando en el tiempo, justo en el momento que la nave de Monroe se les echaba encima.

—¿Es eso posible? Los saltos en el tiempo nadie ha podido demostrar que sean viables de realizar.

—Nosotros desde luego no disponemos del conocimiento necesario para poder llevar a cabo viajes en el tiempo, pero si lo piensa en profundidad comandante, fuimos testigos de cómo aparecieron sus naves sobre nuestras ciudades. Todo el mundo dio por hecho de que se había tratado de un sistema de camuflaje, una tecnología superior que les había permitido hacerse invisibles para nosotros y nuestros equipos de detección, pero nadie pensó en la posibilidad de que hubieran aparecido de golpe, fruto de un salto temporal.

—De ser así cobraría sentido su teoría —corroboró Sullivan— y la nave de Monroe habría sido absorbida de forma involuntaria en el momento del salto por el campo creado por los alienígenas.

—Entonces —dijo Thamuro— el destello captado no fue obra de la colisión, el destello fue el efecto creado al dar el… —se interrumpió al darse cuenta de que le llamaban desde el centro de control a su comunicador personal. Lo mismo ocurría en el del comandante y en el de Roland Kazinsky. El comandante hizo una seña a ambos y dio entrada a la llamada con el suyo.

—Adelante. ¿Qué ocurre control?

—Comandante, tenemos un problema. O mejor dicho dos. Los sistemas detectan naves aliens dirigiéndose hacia nosotros… y bueno, sobre el otro problema, mejor le pongo la grabación de hace apenas un minuto:

«Les habla el capitán Monroe, solicito permiso…».

 

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