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La carta de María: cuento de Navidad

"Dedicado a todos aquellos que creen en la Navidad sin importar la edad".

El Arca de Luis 10/12/2020 Luis García Orihuela

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Crédito:Pintret

POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García Orihuela
Por Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

Érase una vez una aldea muy, muy pequeñita y con muy pocos habitantes, lo cual hacía que todos se conocieran entre sí y se pusieran sobrenombres; así pues, a Pedro el hijo de Alberto y Ana, le llamaban Pepe, el hijo del panadero o Pepet y a Don Antonio, Antoñito el Alcalde, por ejemplo.

 

 La aldea se llamaba Esperanza, pues pasó el tiempo, los meses y los años y las vías que debían de ponerse para disponer de tren, nunca llegaron ni siquiera a llevarse, de ahí que  quedara el nombre y ya nadie lo cambiara después. A pesar de ser pequeña, no por ello dejaban de disponer de una parroquia con su campanario y su cura Don Anselmo y una escuela con su profesora Amparito “la solterona”, Su ayuntamiento en el mismo centro y el cuartelillo de la policía, donde en alguna ocasión metían entre rejas en invierno a los indigentes que encontraban, para evitar se quedaran congelados en la intemperie, y al lado mismo vivía Don Francisco, el médico de todos desde hacía ya muchos años y salvo un cuerpo de bomberos que daba servicio a varias aldeas más, el resto lo componían algunas granjas en las que se cultivaba de casi todo.

Era ya la navidad, y Don Antonio… ejem, Antoñito, se asomó a ver las obras de colocación del árbol de navidad en el mimo centro de la plaza. Caía nieve, pequeños copitos blancos que se posaban despacito sobre tejados y árboles y cubriéndolo todo con su impoluto manto. A la puerta de la escuela, ataviados con abrigos forrados de “borreguito” por dentro, bufandas, guantes y gorros de lana, entonaban villancicos los componentes del coro de la iglesia, que no eran otros, que la práctica totalidad del colegio.

— Vamos chicos y chicas, empezar otra vez —decía Doña Amparo.. ejem, ejem, Amparito “La Solterona”, contemplada por Don Anselmo, que sonreía feliz al oírles cantar como los ángeles y emocionado ocultaba sus lagrimillas haciendo como que se sonaba su gordinflona nariz—

Y con estas letras cantaban:

En el portal de Belén hay estrellas, sol y luna

la Virgen y San José

y el Niño que está en la cuna.

 Ande, ande, ande, la marimorena

Ande, ande, ande que es la nochebuena.

 En el Portal de Belén hacen luna los pastores para calentar al niño que ha nacido entre las flores.

 Ande, ande, ande, la marimorena

Ande, ande, ande que es la nochebuena

 Una estrella se ha perdido y en el cielo no aparece, se ha metido en el Portal y en su rostro resplandece.

 

Ande, ande, ande, la marimorena

Ande, ande, ande que es la nochebuena.

 Don Antonio… ejem, Antoñito, viendo que todo marchaba según lo previsto en la colocación del árbol de navidad y que ya muy pronto estarían las luces de colores iluminándolo, se retiró al interior de su casa, no sin antes despedirse con gestos desde el balcón de quienes le hacían señas desde la plaza. Como todos los años, su aldea, Esperanza, sería la ganadora en el concurso del mejor árbol de navidad.

Amparito dio por bueno el ensayo de canto, y formándolos en fila de a uno, cogidos de la mano, les hizo pasar al interior del colegio mientras los contaba.

—Uno, dos, tres… cuatro, cinco, ¡Elena, deja eso y pasa!... seis… ¡Carlos continua y deja de hacer el payaso!... siete, ocho.

Ya en el interior, con los abrigos quitados y colgados cada uno en su percha, se fueron sentando todos en los pupitres. Expectantes esperaban como todas las navidades salir a la pizarra a leer su carta dirigida a los Reyes Magos. Todos sabían que la carta escrita por Roberto, el hijo del boticario, sería la que pediría los regalos más caros, que la carta de Elisa pediría la muñeca que más cosas fuese capaz de hacer y con toda la colección de vestidos para todas las temporadas; pero eso no les quitaba la Ilusión de salir a leer y ser los protagonistas al menos por unos breves minutos. Estando así las cosas, guardaron silencio con presteza, en espera de ser llamados, como así aconteció en cuanto Amparito les vio a todos ya sentados y formales. Fueron saliendo carta en mano conforme les nombraba por orden alfabético y leyendo la carta que cada uno había escrito como trabajo de clase. Ese era su último día de clase, ya que al día siguiente empezarían las vacaciones de navidad y cada familia colgaría un regalo en el árbol para engalanarlo y que así fuese el más hermoso de todos. Todo fue bien o al menos como siempre, hasta que le tocó salir a María, una de las más pequeñas de la clase, con apenas los ocho años cumplidos. Tardó en salir y lo hizo con pasitos cortos, despacio y cabizbaja. Llevaba un sobre muy pequeño en la mano y cuando subió el escalón de la tarima de madera, se detuvo en el centro y sacó muy despacito y con sumo cuidado, un diminuto papel, acaso del tamaño de una tarjeta de visita. Se quedó mirándolo fijamente y sus grandes ojos verdes comenzaron primero a coger brillo, luego a titilar y finalmente a encharcarse. Una lágrima del tamaño de la cabeza de una aguja, logró finalmente abrirse paso y surcar copiosa y veloz su rostro falto de agua con jabón. Su vestido azul marengo, arrugado, falto de un botón y con algunas manchas de barro, así como sus zapatos de charol negro, carentes de cepillado, hizo que todos de pronto cayeran en la cuenta de que algo malo pasaba. La niña apretó los dientes montando el labio inferior sobre el superior, apunto de echarse en llanto. Finalmente, con un poco de espasmos y un subir y bajar de sus pequeños hombros, dio lectura a su carta.

—Queridos Reyes Magos, os pido que por favor curéis a mi mamá… Un beso. María

Amparito, a la espalda de María, contemplaba como aquello era todo lo que pedía, escrito con una letra propia de una niña pequeña, pero cuidada con mucho esmero. Conmovida cogió a María en brazos, mientras esta, ya sin poder contenerse más, lloraba a moco tendido. Quiso la maestra, le explicara de que estaba enferma su mamá; más María no sabía decirle y se agarraba con fuerza a su cuello.

—¡Carlos! Corre, ve y avisa a Don Anselmo. Dile que venga aquí enseguida, que le necesito. ¡Date prisa!

Carlos salió corriendo a la vez que se iba colocando sobre la marcha todos sus útiles para combatir el frío, gorro, bufanda de lana, chaquetón y guantes. En sus prisas, apunto estuvo de tirar al girar el recodo de la calle, a Papa Noel, que no era otro que uno de los muchos voluntarios puestos por Don Antonio… ejem, Antoñito, para salir a dar vueltas por la aldea y tocar las campanillas a los cuatro vientos, con su ya consabido ¡Ho, ho, ho, ho!

      En la plaza, daban ya los últimos toques al árbol con las luces. Este año era más alto y frondoso que nunca el abeto, y los metros y metros de bombillas de colores se enroscaban en él hasta su cima, coronada esta por una estrella de cinco puntas con decenas de pequeñas bombillas de luz blanca. Ya nadie podría poner en duda quien sería el ganador ese año del mejor árbol de navidad. Noche cerrada, comenzaron a caer pequeños copos de nieve y a cubrir las calles de blanco, cuando ya regresaba el niño corriendo, con Don Anselmo siguiéndole a la zaga lo mejor que podía a causa de su sobrepeso.

María, no sabía dar explicaciones, no solo por su edad, sino porque su papá no había querido decirle más allá de lo justamente necesario. Dijo a trompicones que su mamá estaba en cama, muy mala y qué los médicos no sabían ponerla buena. Pronto acudió el alcalde llamado por Don Anselmo, y poco a poco se fueron congregando los padres que venían a recoger a sus hijos y enterándose del problema suscitado. Se había creado un corro, cuyo centro era la mesa desde donde impartía clases Amparito. Un pequeño arbolito de navidad, adornado con pequeñas luces rojas, iluminaba con su resplandor intermitente la carita de María, que se encontraba sentada en brazos de Amparito; intentaba consolarla pasándole los dedos entre su precioso y ensortijado cabello dorado, mientras ella agarraba fuerte el borrador sucio de tiza de la pizarra sin querer soltarlo. Al poco se hizo un pasillo entre unos y otros, y por el se dejó ver José, el papá de María, que medio asustado miraba a uno y otro lado como en busca de una explicación a lo que estaba pasando, sin poder 

llegar a imaginar, que muy al contrario, eran los demás allí presentes, los que esperaban y deseaban una explicación de él. José era un buen hombre, honrado, trabajador de sol a sol, honesto y querido por todos los habitantes de Esperanza. De carácter algo rudo y tosco, atendía su propia granja y hacía algunos apaños en las casas de amigos y conocidos, que las más de las veces se negaba a cobrar. Con todo así, les llegaba para vivir y dormir con la conciencia tranquila todas las noches como el mismo decía a unos y otros. Se quitó el gorro de lana y atusándose el cabello, se limpió la frente con un pañuelo de tela, con su nombre bordado en él. En pocas palabras, pues no era hombre de discursos, puso en antecedentes a los presentes. Rosa, su gran amor, la mamá de María, le habían diagnosticado los médicos especialistas de la ciudad, un tumor en el cerebro. Había solución: Operarla. Pero era una operación que muy pocos eran capaces de llevar a buen puerto y había algo más… Costaba mucho dinero. Un dinero que él no tenía, ni disponía modo alguno de conseguirlo. Cogió a María en brazos y tras dar las gracias a todos por su preocupación, salió de la escuela dejando a su espalda un aula en completo silencio.

La navidad, se había roto, quebrado en miles de pequeños suspiros, cientos de sueños y decenas de cartas escritas a sus Majestades los Reyes Magos, que ahora quedaban allí carentes de significado. Esperanza, siendo partícipe de ese dolor, no podría cantar alegres villancicos, ni reír sus habitantes lanzándose bolas de nieve.

Años después, Don Anselmo, contó a sus nietos lo que pasó aquella Navidad en Esperanza. La noticia corrió como la pólvora de boca en boca y de pueblo en pueblo. Todos los niños cambiaron sus cartas a los Reyes Magos, incluso Roberto, el hijo del boticario y Elisa. Todos pidieron les dejaran ese año dinero para poder pagar la operación de la señora Rosa.

La Alcaldía se reunió en junta extraordinaria, acordando por unanimidad vender todos los adornos comprados. Incluidas las tiras de luces del abeto de la plaza, sin las cuales sabían no podrían ganar el concurso.

Era la Nochevieja, todos expectantes veían acercarse el coche del alcalde, que muy despacito se acercaba a un rudimentario e improvisado púlpito en el centro de la misma plaza. En su interior, viajaba María con sus papás. Descendieron sobre una alfombra roja y allí ante todos sus habitantes congregados, le hicieron entrega a José de un cheque por un importe muy superior al necesario para la operación de Rosa. Todos festejaron la buena nueva, se abrazaban y besaban unos con otros. Allí a modo de portal de Belén, de pie junto al abeto, se encontraban, José, Rosa y María. Mostrando la imagen de la mayor de las alegrías.

Algunos cuentan que algo ocurrió en ese preciso momento; de todas partes, desde las montañas, caminos, sendas y puentes, comenzaron a llegar cientos de vecinos portando grandes velas encendidas y cantando villancicos. Una estrella, la más brillante de todas en el firmamento, pareció caer, para luego detenerse en la cúspide del abeto, refulgiendo e inundando con sus rayos todo el valle de luz. Por el aire comenzaron a llegar cientos de luciérnagas, las cuales fueron acomodándose en el abeto hasta dejarlo completamente cubierto con sus menudos cuerpecitos.

Verdad debió de ser lo narrado, pues en la entrada del ayuntamiento de Esperanza, se encuentra muy bien protegido por cristal, el premio de ese año al mejor árbol iluminado, el cual todos los años visita en las mismas fechas Rosa, acompañada de José y de María.

 

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