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Yo no soy Bukowski, (parte II)

Un fuerte olor a pachulí inundó mis fosas nasales. Luego el recuerdo: Linda.

El Arca de Luis 09/02/2022 Luis García Orihuela
Crédito:diariomoto

POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García Orihuela

Por Luis García Orihuela | Escritor | Dibujante

 

 

Había salido a dar una vuelta por los centros comerciales. No llevaba intención de comprar nada ni disponía de dinero para despilfarros, pero eran lugares dónde estar fresco en el mes de julio. Entré en uno de ellos y encaminé mis pasos a la sección de libros. Siempre era bueno saber lo que se cocía en la actualidad literaria y quizás con suerte salir de allí con alguna idea original. Estaba pasando por una temporada demasiado larga de bloqueo mental y de estrecheces económicas, nada buenas para mi persona. El ir a la caza de un puesto de trabajo no se me pasaba para nada por la mente, y mucho menos, levantarle el trabajo a otro. Un buen ciudadano no hacía eso. Por otra parte, todavía me quedaban dos meses de paro. No era mucho, pero me daba un margen de seguridad por un tiempo. Ojeaba “La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida”, un poemario reciente de la segoviana Elvira Sastre. Un fuerte olor a pachulí inundó mis fosas nasales. Luego el recuerdo: Linda. Me giré y allí estaba. Pagaba un libro en la caja registradora tirando de tarjeta de crédito. Entonces, me vio y vino a mí. Nos saludamos. Yo como alguien al que han pillado robando y no sabe qué hacer ni qué decir para justificar su acción tan reprobable. Linda, totalmente cambiada, se colgó de mis hombros y me dio un beso que valía por mil y que me supo a gloria bendita. Me hizo sentir más hombre que nunca. Más joven. Se apartó y soltando una risita celestial, parpadeó dos veces seguidas. Me invitó a su casa y acepté encantado. Tenía un bonito apartamento, no muy lejos de allí. Cuando salí una hora después, llevaba su número de móvil y una cara de tonto al que se le caía la baba.

Había llegado el momento. Era la hora de acudir a mi cita con Charly y saber de su propuesta. Finalmente, decidí ir. Como en los gatos, mi curiosidad era más fuerte que yo. Y tal vez ésta me comiese. Decidí aceptar el reto, ¿qué otra cosa podía hacer? Enfilé mis pasos por el emblemático barrio del Carmen. Luego tomé por la afamada plaza del Negrito y de ahí, a la calle Caballeros. Allí se encontraba la iglesia Parroquial de San Nicolás. Un gótico valenciano del siglo XV. Recordaba haberla visitado tiempo atrás motivado por la reforma que habían realizado en los frescos pintados en su interior. Justo al lado de su entrada, era el punto de encuentro acordado con Charly. Me llamó la atención la proximidad con la iglesia. Unos cuidaban del alma de los ciudadanos por el día y los otros se encargaban de que su estancia terrenal fuese placentera y lo más parecida al Paraíso Celestial. En realidad —pensé— no se hacían la competencia. Sonreí ante la visita de este pensamiento y miré antes de entrar la hora. Las doce. Llegaba puntual a la cita. Hacía buena noche. Entré y adecué mis ojos al cambio de luz. Pantallas de plasma vomitaban videoclips diferentes sin ningún tipo de piedad. Una música envolvente se encargaba mientras tanto, de no dejarme pensar con fluidez. El aire estaba cargado y olía a alcohol barato. Aquí y allá se podía percibir algún que otro entrechocar de cubitos de hielo. Lo único llamativo, unos cuadros de buen tamaño colgados en las paredes y con una cifra escrita debajo. Entendí debía de ser su precio de venta. La voz de Charly a mi espalda me sorprendió. “¡Hombre Bukowski! Has sido puntual. Tenía mis dudas de si vendrías…” Tomándome del hombro me llevó a presentarme a los dueños. Le pregunté por Linda. “Le dije ibas a venir. Pero, no le gustan estos sitios”.

 Luego de los inevitables saludos con los dueños del local y un pintor amigo suyo, nos acercamos a la barra. Pedimos unos cubalibres y me comentó de qué se trataba. El negocio, según él, consistía en que yo escribiera un poema para cada cuadro. El futuro comprador recibiría mi poema escrito en papel pergamino, y yo me endosaría una bonita cantidad por cada venta. Un porcentaje del precio de venta. La contrapartida era la necesidad de acudir cada noche y recitar alguno de mis poemas, tomar copas, “relacionarme”, según Charly, para hacerme conocido. “Es una idea genial, tío. Vamos a ponerles códigos QR y…” “Olvídalo Charlynwoski. —le dije apartándolo de malas maneras— ¿Para esto me has hecho venir hasta aquí? ¿Para que mendigue unos pocos pavos en este garito entre putillas y borrachos? No me vuelvas a llamar. Ah ¡Y yo no me llamó Bukowski!” Me di la vuelta en dirección a la salida. Sentí una de sus manos agarrándome con fuerza del hombro y tirándome hacia atrás con malos modos. Su voz se elevó gritándome. “¡No puedes hacer esto, desgraciado! Lo tengo ya todo hablado”. Me giré con el puño izquierdo ya cerrado y le di de lleno en su cara de niño bonito. Le había roto la nariz. Se tambaleó. Cayó al suelo como un fardo de estiercol, totalmente noqueado. La sangre pronto mancharía sus amados Jeans azules. Salí sin que nadie se preocupase por mi marcha, 

Afuera, el aire era fresco. Hacía una noche magnífica para pasear o para hacer el amor con una mujer joven que oliese a pachulí.

Saqué el teléfono y marqué.


Leé la primera parte 

Yo no soy Bukowski-posdata-digital-pressYo no soy Bukowski, (parte I)

 

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