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Yo no soy Bukowski, (parte I)

El encuentro casual entre un artista bohemio y un poeta...

El Arca de Luis 06/02/2022 Luis García Orihuela

Crédito:culturacolectiva

POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García Orihuela

Por Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante 

 

Sonó el teléfono. Contesté. Era Carlos.

—Dime, Charly. ¿Qué tripa se te ha roto esta vez?

Charly era un amigo, o alguien que quizás podía llegar a serlo con el tiempo. Pintor a la vieja usanza. De unos treinta y pico años. Soltero. Artista bohemio. Era de los que lucían una melena larga y que no le daban un palo al agua. Ese tipo de artistas que uno se pregunta cuando los conoce, de dónde sacarán el dinero. Quizás papá o mamá disponen de cuentas bien saneadas y un gran amor por su hijo, por Charly. Eso de llamarle Carlos, por su nombre, queda relegado a un uso interno y privado dentro de la familia. Para el resto del mundo es Charly, sin más.

—Oye, tío. Tengo algo para ti. Creo que te puede interesar.

—¿A las once de la noche? Créeme que lo dudo. ¿No puede esperar a mañana?

No. No podía esperar. Quería que nos encontrásemos al día siguiente en un Pub, que se encontraba en el antiguo barrio del Carmen. Una zona de alterne muy popular, situada en el mismo centro de Valencia. El casco antiguo de la ciudad. Al parecer, para mis escasos recursos económicos como poeta, podía abrirse —siempre según él— una gran oportunidad difícil de rechazar. Por más que insistí a Charly para saber detalles del asunto, no conseguí hacerle soltar prenda. “Mañana hablamos allí, viejo. A las doce de la noche. Sé puntual, Chinoski”.

Aún no lo he dicho, ¿verdad? Charly me compara con Charles Bukowski, la estrella literaria estadounidense. Según muchos críticos perteneciente al realismo sucio, con autores como John Fante y Raymond Carver. Yo en cambio, no sabía con quién compararlo. Tampoco, era eso algo que me preocupase. Decidí acostarme y no dar más vueltas al asunto.

A Charly le conocí visitando el Ateneo Mercantil. “El oro de Klimt”. El título de la exposición era llamativo, pero sobre todo, lo que salía era el subtítulo promocional de “exposición inmersiva”. ¡Dios mío! ¿Qué hostia es eso?

Yo iba solo y él acompañado de una despampanante jovencita de unos veinte años, a lo sumo. Una rubia de rostro redondo, ojos vivaces y extrañamente oscuros que atraían las miradas, alejándolas de sus carnosos y sonrosados labios. Era una joven de casa bien, a la que no le debía de llegar el dinero para comprarse ropa de al menos, una talla más. Su apretada camiseta rosa mostraba unos incipientes pechos en pugna pugilística por escapar de su encierro y salir a tomar el aire. Charly, vestido con sus sempiternos jeans, como más adelante descubriría, formaban en su caso una segunda piel azulada plagada de bolsillos. Parecía que hubiese peleado con ellos puestos contra Lobezno, por los cortes que mostraba por encima y debajo de las rodillas. El caso fue que de alguna manera coincidimos los tres en el Ateneo. Creo, fue Charly quien quiso saber de mi opinión sobre Klimt y su obra inmersiva, o bien fue Linda, su acompañante. No lo sé. El caso es que hubo algo entre los tres. Era ese tipo de sensación que tenemos a veces, y que nos hace desear estar más tiempo con alguien y posponer el separarte. Nos presentamos y compartimos nuestros intereses profesionales. Charly jugaba a ser un dandy ante todo el mundo. Era mejor aparentando ser lo que no era que, como pintor, Linda estudiaba informática y era parte de su atrezzo personal, y yo, una sombra andante escondida entre mis versos en una ciudad que no sabía de mi existencia.

Salimos juntos a la calle y Charly se apresuró a decir de ir a tomar algo cerca de allí. Conocía la zona y se movía por ella como pez en el agua. No tenía pensado nada qué hacer para cuando terminase mí visita al Ateneo Mercantil, así que acepté sin problemas la invitación. Yo estaba intrigado por saber más de ellos y de su historia, de la relación existente entre ambos. Recuerdo que hasta pensé podrían ser una fuente de inspiración poética para mi reseco y abotargado cerebro. Nunca hice poema alguno. Pensé que ellos dos estaban igualmente intrigados por conocer de mis letras y de mi humilde personita. Así fue.

Encaminamos nuestros pasos hacia el Ayuntamiento y luego desde Correos a los famosos cines Lys. En sus manos, yo parecía un extranjero recién llegado a la ciudad, o peor aún: Un paleto llegado del pueblo. Ya no conocía nada de lo que veía a mi paso. Tan solo los nombres de las calles principales y la situación de algunos bancos emblemáticos, me resultaban familiares. Todo eran tiendas de ropa con los nombres en inglés, y negocios de comida para llevar a domicilio; en su mayoría, locales italianos y alguna que otra heladería y relojería. El Centro era como un inmenso panal de taxis revoloteando en círculos, a la espera de algún incauto extranjero que les hiciese una inesperada seña con la mano. Llegamos a la Gran Vía de les Germanies, yo exhausto ya y maldiciendo para mis adentros a qué mala hora había aceptado tomar algo con ellos. Finalmente, recalamos en una terraza de Ruzafa bastante mona. ¡Por fin!

Durante más de una hora, hablamos de lo que hacíamos cada uno. Linda participaba poco en la charla, apenas nada, pasando al poco a quedar postergada como un mudo testigo ocular de nuestro primerizo encuentro. Parpadeaba, con sus largas pestañas que parecían naturales daba la impresión de arañar el aire. Lo hacía siempre por dos veces, en un suave gesto muy vivo y provocador a la vez. Cuando Charly se lanzaba a una nueva perorata sobre lo que era su arte y lo que sería en un futuro que él presumía de cercano, Linda asentía, y su melena caracolada me lanzaba oleadas de un fuerte olor embriagador a Pachulí.

Curiosamente, se habían sentado uno a mi lado izquierdo y el otro a mi derecha, quedando yo en una incómoda posición central, de la cual siempre rehuía cuando se daba el caso. No me han gustado nunca los olores fuertes. Intenté prestarle más atención a Charly, a lo que decía, a lo que quería dar a entender sin tan siquiera él saberlo, pero su rostro a cada cerveza que nos sacaban en la terraza se diluía más y más ante mis ojos y su voz pasaba de ser varonil y embaucadora a ser una voz gruesa y densa, que por momentos llegaba hasta a mí como un fantasma, y en otros se escurría asustadiza como una escuálida colegiala a la que han pillado saltándose la clase.

Desde otra de las mesas de la terraza, un matrimonio ya entrado en años, nos echaba de vez en cuando una miradita para regresar a continuación a su plática. La mujer aprovechaba el acercamiento de alguna paloma cerca de su mesa, para echarle algunas migajas de lo que comía y así mirarnos con disimulo. Habría apostado algo a que intentaban situarnos en algún tipo de escenario o de rol. En acertar de alguna manera que teníamos en común entre nosotros tres tan dispares a la vista de todos. Ni yo mismo lo sabía. Charly hizo un gesto al camarero, al verle pasar. Le pidió la cuenta y aguardó a que le dijera el importe. Hice el amago de buscar mi billetera con poco convencimiento y una cierta lentitud. No sabía si me llegaría para cubrir todo el importe. Las cervezas habían volado sin apenas darnos cuenta más rápida que llegaban. Linda no hizo gesto alguno, tan solo un doble parpadeo. Sabía que pagaría Charly como siempre, como así hizo minutos después, al saber el importe. Charly insistió en que le diese mi número de móvil. Era difícil negárselo, sabía ser persuasivo cuando deseaba algo. Se lo facilité, sin embargo, él no me indicó el suyo. Tampoco le di importancia al hecho o la falta de él. Pensé que incluso era mejor así. Habíamos pasado un rato juntos, hablado de Picasso y los misterios descubiertos debajo de sus pinturas, de lo mal que estaban en las universidades y por supuesto del mundo literario, de Cortázar, de los cuentos de Borges, los poemas de Keats y su temprana muerte, de Bukowski y su estilo de literatura sucia. Pero no volveríamos a vernos nunca más. Nos despedimos. Charly fue el primero con un firme apretón de manos. Unas manos grandes e increíblemente fuertes. Linda, algo alejada, me tendió la mano con languidez. Era una mano delicada, blanca, de dedos finos y largos, de uñas pintadas de rosa al estilo parisino. Su tacto era fino y sedoso, agradable. Me regaló el destello de un doble parpadeo que me acompañó en el viaje de regreso hasta mi casa.

No habíamos vuelto a vernos. Charly me llamó unas cuantas veces. Casi siempre era para lo mismo: asistir a algún acto en que enardecieran su alto ego y saliera engalanado como un pavo real a su tÉrmino. Yo le daba largas. Le decía estar ocupado escribiendo algo. “Vamos “Bukowski”, ¡no me jodas, tío!”. Asistí a alguna de sus exposiciones y ahí quedó la cosa. Poco a poco, sus llamadas se fueron dilatando hasta desaparecer del todo.

 

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