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El arreglador de entuertos

LEYENDA.- A su despacho hacía mil años que no entraba ningún cliente. Quizás hoy llame alguien a su puerta y cambie su suerte para siempre. Aunque nunca se sabe si será para mejor.

El Arca de Luis 26/06/2022 Luis García Orihuela
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Crédito:Pinterest

POSDATA Digital Press|Argentina

 

Luis García Orihuela
Por Luis García Orihuela |Escritor |Poeta |Dibujante

El hombre detuvo su Audi TT Safari junto al bordillo de la acera. Bajó la ventanilla y comprobó que la dirección que llevaba anotada en la guantera del coche, era la correcta. Luego guardó el papelito, subió la ventanilla y salió del vehículo. Miró a los apartamentos que tenía enfrente. Eran unas edificaciones sobrias y de aspecto frío. Quizás de los 90 —pensó— La fachada era de tonos grisáceos. Estaba cubierta de desconchones por las partes más cercanas a la acera. No le inspiró mucha confianza aquel estado de abandono, pero se armó de valor y cruzó la calle en su dirección. Tenía claro que necesitaba a toda costa los servicios del señor Fisher. Entró al ascensor y pulsó el número 6.

 La puerta estaba entreabierta cuando llegó frente a ella. Aun así, no se atrevió a acceder al interior y decidió llamar primero antes de adentrarse. Por el resquicio de la puerta, se veía entrar algo de luz de la calle y lo que le pareció podía ser parte de un escritorio. Tocó el timbre de la puerta de entrada y comprobó que no funcionaba. Después, golpeó con los nudillos con no demasiada fuerza.

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Crédito:Pinterest

—Pase. No hay luz. Han cortado el suministro —dijo una voz de hombre desde el interior del apartamento —la puerta está abierta.

El hombre entró e hizo amago de ir a cerrarla.

—No cierre. Déjela como estaba. Se atranca y luego cuesta mucho volver a abrirla.

—¿Es usted el señor Fisher? —dijo el hombre con voz de ratoncillo miedoso.

—¿Quién lo pregunta? Amigo, lo civilizado es presentarse primero cuando uno llega a un sitio. ¿No le parece?

—Sí, sí. Desde luego. Lleva usted razón. Perdone señor Fisher. Es por los nervios sabe. Mi nombre es Marcel Dantés. Quisiera contratar sus servicios… si usted está de acuerdo, claro.

—Aún no le dije que yo sea Fisher ¿Verdad? Pero, está bien. Dígame una cosa... ¿Quién le ha hablado de mí y dado mi dirección? Mi nombre no figura en ningún listín telefónico de la ciudad.

 —Verá, semanas atrás conocí en un bar a un cliente suyo. Fue una coincidencia.

—¿Y me va a decir su nombre o tengo que quedarme aquí esperando a que suceda un milagro? El tiempo es oro señor… Marcel Dantés, y no me agrada perder dinero.

—Oh, no. Claro, claro. Le comprendo, señor Fisher. Es que en realidad desconozco el nombre de la persona. No llegó a decírmelo. En aquel momento, no caí en ese detalle. Luego, pensé en que no lo dijo por la vergüenza del suceso que había vivido en su casa.

—Vamos a ver, hombrecillo de dios —dijo Fisher, observándolo, mientras se dirigía hacia Marcel Dantés— ¿Cómo sabe que es cliente mío si no conoce ni siquiera su nombre? ¿Me lo puede explicar, de ser posible hoy?

—¿Puedo sentarme? —dijo Marcel Dantés, acercándose a la ventana y mirando unas nubes oscuras que se ensanchaban velozmente.

—Adelante, señor Marcel. No se prive. Póngase cómodo, y cuando lo considere adecuado, no antes, me cuenta los detalles y el motivo de su visita —dijo Fisher con cierta sorna en el tono de voz.

—La cuestión es que estando en aquel bar, escuché a un tipo decirle al barman que un día había amanecido con toda la casa llena de caracoles. Decía que habían aparecido, de pronto, incontables cantidades de ellos ocupándolo todo, subiéndose por las paredes, techos, lámparas, por dentro de los muebles… incluso en el interior del frigorífico, aunque en este caso, muertos por el frío del interior.

—Demonios, sí. Lo recuerdo. El señor Elmer. Un caso muy baboso y desagradable a priori, la verdad. Los caracoles dejaban su rastro por toda la residencia. Y él le facilitó mi dirección. ¿No es verdad?

—Así es, señor Fisher. Tal y como usted mismo acaba de indicar.

El señor Fisher se dirigió a la mesa de su despacho y abrió el cajón de más abajo. Sacó dos vasos de cristal y de un archivador, una botella de Evan Williams todavía sin haber sido estrenada. Luego, apartando el sillón libre, se sentó, la abrió y sirvió dos generosos vasos de whisky.

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—Tome un trago, le vendrá bien. No sé cuál es su caso, pero veo que ha de ser algo gordo a juzgar por su estado algo alterado.

Con las manos temblorosas, Marcel Dantés tomó el vaso y dio un largo trago, Fisher hizo otro tanto y se encendió un Partagas.

—Hace ya cosa de un año o más de ese suceso de los caracoles. Eran bien grandes e iban de un lado a otro como Pedro por su casa. Pero, siempre sin salir de ella. Nunca supimos de dónde habían salido. Por más que los sacasen de la casa, seguían y seguían apareciendo más y más. Era una auténtica locura. Dejaron todo hecho una verdadera guarrada con sus babas. 

—¿Y cómo lo resolvió? Aquel tipo dijo una y otra vez a los allí presentes que usted fue el único que consiguió acabar con ellos, y que otros lo habían intentado antes, sin éxito alguno. Pero, no reveló cómo lo había conseguido. Tampoco es que le estuvieran prestando demasiada atención a lo que contaba… estaba bastante borracho.

—Pero, usted sí le prestó atención por lo que me cuenta. Veo que Evan Williams le ha soltado la lengua, señor Dantés. ¡Vaya, empieza a llover! —Dijo, levantándose a mirar por la ventana de la oficina y dando una larga calada al habano que inundó al expirar la estancia con su presencia— En realidad fue sencillo. Invité a participar a un gran número de cocineros a realizar platos típicos de distintos países con caracoles. Por supuesto, había un premio en metálico bastante importante para el ganador o no se habría presentado ninguno. Poderoso caballero es don dinero, ¿verdad? Puse tan solo una condición. Deberían de cocinar todos los caracoles que había en el interior de la casa sin dejarse ni uno. Y así sucedió. Se extinguieron del todo. De hecho, estuve presente como jurado y comí una paella valenciana que tiraba de espaldas, puede creerme. Y ahora, ya entrados en faena, dígame, ¿cuál es su caso, señor Dantés? Le advierto que yo no soy barato. Mis tarifas son elevadas y más en estos casos, digamos tan especiales y anodinos. Soy un profesional.

—El dinero no es problema. Puede estar tranquilo. Usted ponga un precio y se lo pagaré gustoso de verdad.

—En ese caso, soy todo oído. Cuénteme el problema que le aflige y le ha traído hasta aquí. ¿Acaso, tiene también su casa llena de caracoles? Si es así le dejaré un buen precio…

—Oh no, no. Para nada. Verá señor Fisher, mi casa está llena de mujeres. Mujeres hermosas, vestidas con transparentes sedas que permiten ver y disfrutar de sus perfectas y sensuales formas. De hecho, son increíblemente cariñosas conmigo. Corretean por toda la casa de un lado a otro, ponen discos de mi colección durante las 24 horas del día, a gran volumen, vacían mi bar, saquean la nevera y la bodega.  Se suben en los sillones y sofás dando saltos eufóricos. Aunque, eso sí tienen, lo hacen descalzas. Mi mujer regresa en una semana de su gira con la orquesta. Es violinista. De hecho, la casa es de ella. Yo…

—No siga, señor Marcel. Aguarde un momento a que llene nuestros respectivos vasos con nuestro amigo Williams. Me parece que va a hacernos falta por lo menos otro trago.

Afuera, la lluvia golpeaba los cristales de los ventanales con insistencia. Parecía llamar al interior del despacho para que la dejasen pasar a resguardarse de los temidos rayos que rasgaban el cielo. Pasado un tiempo y ayudada por el fuerte viento, comenzó a golpear una y otra vez con mayor furia. Fisher llenó ambos vasos, le dio el suyo a Marcel Dantés y tomando el suyo lo vació de un trago.

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—Odio cuando el tiempo está así —dijo Fisher volviendo a recargar su vaso y regresando a mirar por la ventana— ¿No le pasa a usted lo mismo? En días así es cuando echo de menos no tener cortinas. No me agradan las tormentas.

—No quisiera parecerle pesado. Pero, en este momento lo que me preocupa mas es si llega mi esposa y esas mujeres siguen pululando por mi casa.

—Ah, claro, claro. Por supuesto. ¿Vive lejos? —dijo, terminándose el Evan Williams y apagando lo que restaba del habano en un cenicero de propaganda que sacó de un cajón del escritorio.

—Como a hora y media de aquí. Puede que algo más por el tráfico. Lloviendo ya se sabe. Cuesta salir de la ciudad.

—¿Ha venido en coche? —dijo Fisher, tomando el sombrero de la percha y un chubasquero a juego.

—Sí, sí. Vine en mi Audi Safari. Puedo llevarle si quiere.

—Bien. Pues no se hable más. Vayamos en su Audi. Luego, tendrá que traerme de vuelta. Tengo mi coche en el taller… una avería en el motor. Ya sabe…

—Sí. Ya sé…

 En cuanto salieron de la ciudad y se adentraron en la campiña inglesa, remitió la lluvia y asomó un leve y tímido sol que apenas calentaba. Apenas se cruzaron con otros vehículos. Tal y como había dicho Marcel Dantés antes de salir del despacho, el viaje hasta su casa les llevó más de hora y media. Al bajar del Audi, Fisher pudo comprobar el fuerte volumen de la música que salía desde dentro de la casa. Se oían voces de mujeres hablando entre ellas y riendo. Marcel Dantés abrió la puerta de la entrada con su llave y le invitó a pasar. 

—Bienvenido a Lower Slaughter —dijo Marcel Dantés con voz entre orgullosa por un lado y derrotada por otra— Verá que no exageraba en nada en su despacho al hablar de la casa y de sus habitantes femeninos.

—Puede creerme si le digo que empiezo a hacerme una idea bastante exacta. Tiene aquí convertido su hogar en un auténtico lupanar. C'est plein de femmes du trottoir.

Las mujeres eran de tez pálida, altas y rubias. Parecían nórdicas. Sus ojos grandes y ardientes, los labios anchos y gruesos, cálidos, seductores. Algunas iban ataviadas con suaves y lujosos terciopelos, otras con sedas que dejaban adivinar, y cuando no, ver sus cálidos senos, sus sensuales caderas y unas firmes y marmóreas piernas increíblemente largas y bien torneadas. Bebían todas ellas de vasos y copas que se iban pasando sin importar cual fuera su contenido. El enmoquetado suelo estaba cubierto en buena parte por botellas vacías. Algunas estaban rotas y sus contenidos derramados habían dejado manchas oscuras. Vasos a medio tomar abandonados en cualquier rincón de la casa. Sonaba I Love Rock 'N Roll y algunas bailaban entre ellas, apasionadamente. Besándose y tocándose lascivamente como en un trance. Nada parecía importarles o llamarles la atención. Ni tan siquiera la reciente presencia de ambos. Todo allí dentro olía a alcohol y a humo de cigarrillos. La atmósfera estaba cargada y el aire denso como en una despedida de solteros.

—¿Está seguro de querer deshacerse de estas mujeres? —dijo Fisher señalándolas a todas— Otro en su lugar se lo pensaría dos y tres veces antes de hacerlo.

—¡Por supuesto! Esto es una pesadilla para mi. Y mi mujer…

—Permítame —dijo interrumpiéndole— Voy a realizar una sencilla prueba para salir de dudas. Luego si le parece bien, regresaremos a la ciudad en su cómodo Audi… Safari.

Fisher se dirigió a la mujer que se encontraba más cerca de él, la agarró por la muñeca y tiró de ella con fuerza. No le opuso resistencia alguna y se dejó llevar vaso en mano. Luego, Fisher abrió la puerta de la entrada y de un fuerte empellón la lanzó fuera de la casa. 

Fue visto y no visto. Nada más salir, desapareció la mujer. Tan sólo quedaron en el empedrado de la casa los restos de cristales del vaso al caer. Al darse ambos la vuelta para volver a entrar, vieron a la misma joven que se encontraba nuevamente en el interior de la casa. Esta vez sin vaso, pero ya haciéndose con uno del suelo y buscando con qué llenarlo.

—Así tan sólo conseguirá dejarme sin la cristalería de mi esposa —dijo Marcel Dantés, con cierta sorna y abandono en sus palabras.

—Será mejor que nos pongamos en marcha. Por cierto, ¿el cuadro eléctrico lo tiene dentro o fuera de la casa?

—En el cobertizo que hay detrás.

—Pues yo de usted, ya que no pueden salir esas bellezas, aprovecharía para dejarlas a oscuras y sin música.

Poco después, subían al coche y dejaban atrás Lower Slaughter.

—Eurythmics. Are Made Of This. Al menos tienen buen gusto con la música —dijo Fisher, acomodándose en el asiento y colocándose el cinturón de seguridad.

—No me diga, que me da algo. Los discos de vinilo en su mayoría pertenecen a la colección de mi mujer. Pero, eso ahora es un mal menor comparado con todo lo demás

—Cuando nos deshagamos de ellas va a tener que inventarse una linda historia que satisfaga a su mujer cuando regrese.

—¿De verdad cree que hay esperanzas de deshacernos de todas ellas? Aquí no puede hacer como hizo con los caracoles.

—Ni comérmelas con arroz. ¿Y si las envenenamos? ¿Qué le parece? Luego tiramos sus cuerpos…

—No, no. Por Dios. Eso no. Olvídelo.

—Tiene la casa asegurada, ¿verdad?

—Pues claro. No estará pensando…

—Hombre, podría declararse un incendio fortuito… el seguro, luego…

—¡No! Olvídelo.

—Está bien. Está bien. Descartado el fuego entonces. Quizás una explosión por culpa de un escape de gas.

—No tengo gas. Todo es eléctrico.

—Bueno. Como usted diga. Por cierto, ¿cuándo llega su esposa?

—El lunes. Tenemos tres días. Tres días para echarlas de la casa y dejar todo en perfecto orden.

—Haré averiguaciones y daré con la solución. Usted no padezca. ¿Y vender la casa a un jeque árabe?

El viaje continuó sin percances, con Marcel Dantés escuchando las ideas que Fisher le iba proponiendo y diciéndole que no a todas las que le proponía. Al llegar a casa de Fisher, quedaron en verse en cuanto este tuviera algo importante.

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El sábado, Marcel Dantés aparcaba por segunda vez frente al inmueble del señor Fisher. Llegó hasta la puerta del despacho y entró sin esperar al permiso para hacerlo. Según le había dicho Fisher por teléfono, creía haber dado con la causa de todo y tenían la solución al alcance de la mano.

—Buenos días, señor Marcel. ¿Ha dormido bien?

—Pues sí. Me quedé en la ciudad, en un hotelito cerca de aquí. Pensé sería lo mejor si usted daba con algo.

—Bien pensado. Le veo mucho mejor que hace dos días. ¿Sabe? ayer me pasé dándole vueltas y más vueltas a la cabeza. Desde que me llevó a Lower Slaughter, me sonaba el lugar, Primero pensé que era por ser también cerca de allí en donde aparecieron los caracoles. Pero, luego volví a quedar intranquilo, poco convencido con eso. Estaba seguro de que había algo más. Y así era. Pasé la tarde de ayer en la biblioteca leyendo la prensa de fechas atrás. Y al final, di con ello. Una noticia que salió publicada lejos de la primera página. Ahora bien —dijo, rebuscando en el cajón y sacando una botella de Evan William sin estrenar. 

—Le serviré un trago. Vamos a tener que contratar un par de tractores, sus respectivos conductores y calculo que una media docena de hombres con palas y rastrillos.

—¿No estará pensando en derribar mi casa? Bueno, la de mi esposa.

—Tranquilícese. Tome Marcel. Beba un trago —dijo Fisher, sirviéndole un vaso con whisky —Lamento no disponer de hielo. Los de la luz… ya estará usted al tanto. No trabajan los fines de semana.

—Todavía no me ha dicho cuál era esa noticia.

—Oh sí. Es cierto. Véala usted mismo. Conseguí en un bar el periódico de ese día. El día en que aparecieron los caracoles salió publicada la aparición de un crop circles en Lower Slaughter. Un campo de trigo.

—¿Y eso le hace creer que guarda algún tipo de relación con mi problema? No lo entiendo.

—Eso y algunas cosas más. Pero antes, será mejor que espabilemos en hacernos con esos dos tractores. Mañana domingo va a ser imposible dar con nadie.

Llegó el domingo. Todavía no había amanecido cuando Fisher, llegó con su destartalado coche a las inmediaciones del círculo de la cosecha de trigo. Hacía frío a aquellas tempranas horas. Miró desde el interior del coche en busca de las personas que habían contratado, pero no vio a nadie. Consultó su reloj de pulsera. Todavía faltaban unos minutos para la hora acordada. Sabía que estaba en una propiedad privada y que lo que iba a hacer cuando llegaran los tractores, no sería para nada legal. Pero, no tenía más ideas. Aquella, por disparatada que pudiera ser, reunía algún atisbo de probabilidad de éxito. Volvió a consultar la hora. Si tardaban en llegar, Marcel Dantés le llamaría desde la casa para saber que era lo que pasaba que no se comunicaba. Comenzó a impacientarse y decidió salir a fumar un cigarro. Ya fuera, sacó del bolsillo una petaca llena de Evan Williams y se tomó un generoso trago. Luego, tomando el paquete de cigarrillos de su chaquetón, sacó uno y le prendió fuego.

—Como no vengan, juro que le prendo fuego a todo este campo. Al menos entraré en calor.

Unos destellos intermitentes frente a él le indicaron que ya estaban allí. Era la contraseña que habían acordado. Abrió la puerta del coche y sin entrar, devolvió las luces. La puerta de una furgoneta negra se abrió y descendieron los hombres contratados. Seis en total. Por delante de estos, pasaron al campo los dos tractores contratados y comenzaron a remover toda la tierra. Amanecía cuando todo el mundo se retiró del lugar, dejando tan solo un círculo perfecto de tierra, sin rastro de dibujo alguno formado por el maíz. Tomaba el teléfono para llamar a Marcel, cuando sonó el suyo de pronto.

—¡Ya está! Se fueron. O mejor dicho han desaparecido. Se han evaporado sin más.

—Iba a llamarle en este preciso momento en que han terminado con la faena encomendada. Del maizal ya no queda nada. Ni rastro. Cuando mañana aparezca por aquí su dueño, encontrará solo un gran círculo y por supuesto nada de maíz. Lo metimos todo en la furgoneta.

—¿Cómo ha sabido que funcionaría?

—Bueno, ya sabe… soy un profesional. Como los magos uno no revela sus métodos.

—Está bien. No le insistiré más. Quizás sea mejor así y no saberlo. Estoy satisfecho con su excelente trabajo. Pase a cobrar sus honorarios cuando quiera. He de dejarle Fisher, ya tengo aquí al equipo de limpieza.

—Estupendo. Mañana sin falta me pasaré. Ahora me voy a dormir un rato.

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Crédito:Pinterest

Fisher cortó y guardó el teléfono, luego subió al coche. Arrancó y dio un trago de su inseparable petaca. Finalmente, puso rumbo a la ciudad. Rió al pensar lo fácil que le había resultado dar con la solución al misterio. En la biblioteca, había visto una foto de prensa en la que se podía distinguir en el campo de trigo unos dibujos representando caracoles y mujeres.


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