Toba, el cronista

La Cima Del Tiempo Por Sil Pérez
Me sorprende la noche en este invierno de malevos y de bares clavados al vicio.Decido escaparme y evadir el estrés del teclado. Ni un solo detalle debe pronunciarse en alto. Así es la arena de la imprenta, así el secreto del cronista.

Toba, el cronistaFoto:Pixabay

Posdata Digital Press | Argentina

Por Sil Pérez | Poeta | Escritorasil Pérez



TOBA, EL CRONISTA

La cosa no anda para distracciones. El ambiente está caldeado con esto de la calle Gallo. Este crimen está devorando la poca lucidez que me queda. Hace horas salió la primera tirada, y ya estoy escribiendo para la próxima. Es que Crítica no anda con vueltas y, en esto de la competencia, más vale ser el primero. No sé lo que pasa en la ciudad más allá de estas noticias. Por los murmullos lejanos escuché que hoy  fue un día soleado. No levanto el culo de esta silla, a menos que sea para buscar documentos que sumen a la causa de esta noticia de primera plana. Ya a fines de julio, y el asesinato continúa en ebullición. Los transeúntes hasta se sacan fotografías frente al edificio de Güemes y Santa Fe. A veces no sé qué pensar: si es morbo ocasional o un reclamo de justicia. Y reflexiono sobre este punto mientras, ante la mínima distracción de Natalio Botana, me preparo un café amargo, no por gusto, sino porque honestamente no sé dónde mierda quedó la azucarera. Mi escritorio es un infierno de papeles. Soy José Antonio Saldías, y entre estas paredes ocultas hoy quiero contarles los vericuetos del crimen de Frank Carlos Livingston.

Es mi punto de vista; sé que no soy quién para modificar la historia pero, de tanto escribir sobre esta, saqué mis propias conclusiones.

El crimen ocurrió el 20 de julio, si es verdad que aún no terminó el mes y mucha información no puedo barajar, o tal vez sí. Depende de la astucia y perseverancia de este escritor. En fin, lo que sí puedo afirmar es que el muy señorito fallecido fue, más allá de un incontrolable mujeriego y jugador hípico, un golpeador y miserable. Casi nada para este barajador del dinero fácil.

Y los gritos de doña Carmen Guillot parecen seguir escuchándose desde algún lugar de la casa. Un grito acongojado por la sorpresa de ver a su esposo bañado en sangre. “Cosido a puñaladas” fue la gran noticia que despabiló a esta ciudad porteña. Una viuda sumida en el mayor de los espantos, y la duda más eufórica jamás pensada. Aún no se cuestiona a la amante jovencita italiana de este apostador, ni tampoco la deuda sostenida con comerciantes de la zona. Pero toda información es apetecible al momento de adelantar el matutino. La Nación y La Prensa no se andan con vueltas. Cualquier adelanto es primicia y competencia. Así se barajan las noticias ante el grito apresurado del canillita.

Hasta donde sé, el día anterior al crimen, este hombre calvo, de gruesos bigotes y de mal carácter había convenido encontrarse con amigos en el Hipódromo de Palermo. Allí corría su potrillo Yrigoyen, el más codiciado.  Estaba seguro de que el caballo no podía perder esta carrera. Al día siguiente ocurrió la tragedia, por llamarlo de alguna manera. Es aquí donde la investigación comenzó a hilar su gran destreza. Y los porqués superaron al resto de las preguntas. Las básicas que debe contemplar un cronista comprometido. No es por presumir, pero durante noches y días enteros dejo mi alma incrustada en las teclas de esta Virotyp.

La redacción es un tumulto de periodistas alterados que maniobran sus dedos al ritmo vertiginoso de la palabra. También la gráfica desafiante  intenta  provocar al lector. «Enlazarlo», como se dice en la jerga periodística.  Es un juego de ajedrez donde ganará el más audaz. El intrépido que ostentará la portada más osada. Serán estos los sabores que degustarán los morbosos ciudadanos, recostados confortablemente sobre sus chaise longe de Belgrano, o sentados ante los despachos de bebidas de los alrededores del Puente Pueyrredón.

Me sorprende la noche en este invierno de malevos y de bares clavados al vicio. Decido escaparme y evadir el estrés del teclado. Cruzo los adoquines de la calle Esparza y me sumo a una copas de tinto y a la humareda de un tabaco negro.

 No sé si fue buena idea venir hasta aquí. Aún sigue fresco lo de Sarajevo y también lo de este asesinato feroz. La decadencia del imperio astrohúngaro, y el desencadenante de esta guerra lamentable. Por estas horas el revoltijo entre conservadores y radicales tampoco es un hecho casual.

Tomo el último sorbo de este tinto que me quema el estómago. Llamo al mesero; una, dos voces; la tercera ya de un grito. No me quedó otra, entre el barullo y neblina de humo que aquí persisten. Emprendo el regreso hacia la guarida del tipeo. Un breve itinerario para este solitario de pocas palabras y mucha información.

Abro la puerta con el mayor de los disimulos, como si regresara de cometer un crimen reciente. Miro a mi alrededor. Todo parece estar exactamente igual, inmutable, sólido. Cada cronista inmiscuido en su escrito de último momento. El tictac insoportable de teclados que parecen aullar. Todo en su justo lugar. Una hilera de máquinas y de hombres encolumnados a la orden del señor Ruffet, esa autoridad policial de ojos saltones y de voz roncada, a quien se lo teme por su sagacidad a la hora de indagar. Libremente recorre  los pasillos lúgubres de este antro cursivo. Un litúrgico del delito, un feroz e intrépido detallista.  Aún sigo preguntando si alguno de nosotros tuvo noticias sobre la billetera de Livingston y su pañuelo de hilo (ambos artículos, aparentemente robados la noche del asesinato del mafioso jugador). Tanta presión me pone nervioso; soy obsesivo con mi trabajo, pero tengo mis propias estrategias de concentración. Pero Rufflet, como buen comisario, me pone bastante inquieto. ¡Ya está! Me equivoqué en el último párrafo. ¡Sabía que iba a ocurrir! Retomaré la nota; procederé a leerla nuevamente hasta encausar ese error y llevarlo hasta un final dantesco. Es que todo esto no deja de ser una película de terror, al mejor estilo  Nils Grandlund. Y no sé de qué me asombro si en definitiva es eso lo que busca el lector. Pero las dudas continúan, ¿por qué, al momento del crimen, el o los asesinos dejaron el reloj del oro con tapa que guardaba la víctima en el bolsillo? Ahhh... ¡y me olvidaba del lápiz de oro! Comentan los vecinos que aquella noche vieron salir del departamento a dos o tres hombres. En realidad, según dijeron, cerraron la puerta y se alejaron del lugar con una modorra llamativa. Se dirigieron hacia la calle Santa Fe. Bueno, bueno, son muchos detalles, a ver por dónde empiezo. Las horas van gatillando mi cerebro. En no mucho tiempo asomará Villanueva, su ayudante. Solo para embarrar aún más la cancha de datos que no siempre aportan a la causa. Aunque en estos casos vale juntarlos en una gran bolsa y desmenuzarlos de a uno. Tal cual ocurrió con la carne en el Mercado del Plata. Esa manera de trozar el hígado, cortar los costillares o picar la tripa no fueron detalles menores para el comisario, quien el sábado pasado se aproximó hasta el puesto y observó, con su ojo de lince feroz, cómo despanzurraban el pez al medio, cómo lo descamaban y hacían filetes finos, como si de un papel de seda se tratara. ¡Cuánta saña habría que tener para proceder de la misma manera con la víctima! Tantas puñaladas en un mismo cuerpo solo habla de un odio infernal. ¿Pero quién era ese carnicero que sin piedad destripó a este miserable de alta alcurnia?

Sigo escribiendo y entre los dedos siento que la sangre derramada se empantana en los teclados. Se hunde y forma un charco uniforme púrpura que logra marearme. Me detengo, me siento con náuseas. No sé si serán los detalles que debo plasmar, o ese vino asqueroso que bebí en el bar.

Este buen señorito Livington, o Frank para sus amigotes de la elite, solía tener algunos enemigos que, al parecer por su historial, se la tenían jugada. Meses atrás ya lo habían interceptado. Si no recuerdo mal, fue el 15 de mayo en la esquina de Amenábar y Manuela Pedraza. Este propietario de tres departamentos en Belgrano no se andaba con chiquitas; de eso estoy convencido.

¡Ay, Dios, ya están de vuelta! Son casi las ocho de la mañana y yo, con el estómago vacío, debo sumar a la edición el impacto de las colectividades de inmigrantes. Y uno más sobre las penurias económicas del conflicto. Estos muros de teclas y de silencios son la vara con que se mide la profesión. Hoy tan competitiva. Es que por estos tiempos ser formador de opinión es un gran peso para los cronistas. Nadie puede sentirse ajeno a Leopoldo Lugones y a Juan Payró. Desde un hueco muy pequeño observo a estos magnates de las letras. Y en mis momentos de ocio suelo escribir algunos poemas. Un vuelo que me aleja de estos hechos mundanos.  Seguramente de esta historia macabra haré también poesía.

¿Pero qué estoy haciendo? ¡No puedo distraerme a esta altura de la mañana!  Casi caigo rendido sobre este muro de papeles. Necesito despabilarme y seguir escribiendo.  El matutino está a punto de salir; solo faltan detalles. Tantos como el que la víctima de las golpizas de este maltratador vicioso era nada menos que su esposa. Sí, doña Carmen Guillot, la dama que extrapoló un feroz grito desde la ventana del departamento de planta baja, cuando vio a su esposo como chivo descuartizado desparramado en el hall.  Me llama la atención que el portero, quien forzó la ventana para ingresar a la habitación, debió destrabar la puerta interior. Aquí apunto un detalle no menor. Pero aún me resta saber quiénes eran las dos o tres personas que, al momento del crimen, se retiraban parsimoniosamente. ¿Existirá entre ellos una vinculación de complicidad con el asesino, o serán ellos mismos? Si durante tantos años la mujer fue víctima de innumerables acosos y golpizas, ¿habría ella planificado el hecho? Y, si así hubiera sido, ¿sería venganza o interés económico?  O las dos cosas. La cabeza me explota, y el tiempo se agota.

¡La competencia está que arde! Este recinto debe ser un templo sepulcral.  Ni un solo detalle debe pronunciarse en alto. Así es la arena de la imprenta, así el secreto del cronista. El crimen saldrá a la luz a primeras horas de esta mañana. La redacción  es por momentos un desfile de investigadores, y de falsos profetas del relato. Hay que manejarse con cautela y predecir el instante entre la palabra y la verdad. El crimen está casi ya plasmado en estas hojas matutinas. No tengo dudas de que el desenlace será noticia de alto impacto nacional. Una conspiración siniestra que estampará sus huellas en la historia. Así lo cree este cronista y dramaturgo, que alguna vez también fue historia.

 

 

 

 

 

Te puede interesar